"Elegía"

Lic. Nora Galliano

Sì, tenías razòn: a veces me olvido.
Yo que te había dicho, que había jurado y prometido, y hasta me habìa enojado porque deslizaste aquel: te vas a olvidar...,me olvido.
Este julio van a hacer cinco años ya. Desde aquel día en que decidiste que ya era suficiente, y que no podías seguir llevando tan a la larga las cosas, como era tu costumbre, incluso para morirte. Tan esmerada habías sido para pasar desapercibida siempre, en toda circunstancia, que cuando ya la enfermedad llevaba diez años con vos a cuestas, llegué a pensar que algún día, de puro desorientada, llegarías a sobrevivirla.
Pero no. Aquel día te despertaste con dolor de cabeza, un pequeño dolor sin demasiada importancia, al menos en comparación con aquellos que te hacían gemir por noches enteras, volviste a dormirte luego de que te aplicaran un analgésico, pero antes le preguntaste a tu madre: ¿sabés algo de Nora?, “No, pero la llamo si querés, te respondió Raquel”. “No, dijiste, seguramente estará ocupada con el cumpleaños de Steve. Cuando la veas, decile que nunca se olvide de hacer todo aquello que hablamos. Que ella soy también yo”. “Mejor se lo decís cuando la veas vos” te respondió Raquel. “Vos decile”, dijiste, cerraste los ojos, te dormiste, y horas más tarde, ya habías muerto. Tan simple, que parecía inusitado.

Siempre fuiste una mujer brillante. Aunque lo tuyo no era destacarte, quien llegaba a formar parte de tu intimidad, conocía a la perfección la exquisitez de tu pensamiento. La carrera de filosofía había sido una de tus pocas pasiones, y las veces en que pude presenciar una de tus clases en la universidad, tuve la ocasión de admirar el efecto que tu intelecto sagaz y profundo, ejercía sobre tus alumnos.
Cuando te diagnosticaron cáncer, allá por tus 30 años, todavía estabas amamantando al menor de tus hijos.
Siempre recuerdo aquel día: aún estabas adormilada por la anestesia, y te dieron el resultado de la biopsia. Nos quedamos a solas, y me dijiste en un susurro: tengo miedo. Yo te conté un cuento. Te relaté el mito del dios Panos, mientras vos escuchabas con los ojos cerrados. Cuando terminé, abriste tus ojos, me miraste desde tu bella cara (eras tan hermosa...), y me dijiste: no me gustó. Me pediste que te alcanzara los cosméticos, te maquillaste y perfumaste, y me obligaste a que te cambiara el camisón, por uno de aquellos tan hermosos que nos habíamos mandado a hacer para parir los hijos. Te sentaste en la cama, y sonreíste.
Allí comencé a hablar yo de la curación, ese mismo día. Vos, no dijiste una palabra. Y nunca jamás en esos diez años que seguirían hablarías de curación. Cuando finalmente hice silencio, dijiste: te das cuenta? Yo que jamás me destaqué en nada, resulta que ahora me vengo a destacar por “Esto”. Pusiste énfasis en nombrarlo así.


Comenzamos, como no podía ser de otra manera, por Heiddeger. Seguimos con el Libro Tibetano de los muertos, y así y así. Buscando incansablemente un sentido. El último libro que leímos juntas, o mejor dicho que te leí porque tu vista ya no te permitía hacerlo, fue El patito feo, una versión corta e ilustrada para niños pequeños. La muerte ya no era un abstracto: era tu muerte, era tu vida. Y cuando uno está sentado sobre eso, descubre una cosa: solo anhela la profunda sencillez. ¿O será que la misma cosa, se reduce y se reduce, se deshidrata, se desinfla, y queda en los huesos, en lo que verdaderamente es, algo muy pero muy simple? Creo que si algo aprendimos, en esos larguísimos diez años, fue que las tres cosas más importantes de la vida: la vida misma, la muerte y el amor, son de una sencillez, y una cursilería, apabullantes.
Cuando tenías esos momentos de profundo dolor, de miedo aterrador, de locura angustiosa, sólo querías y te calmaban palabras como: ya corazón, no llores más, quédate tranquila, querés un caramelo? Me metía con vos en la cama, despacito para no incrementar tus dolores, te abrazaba como si fueses de cristal, y te acariciaba el pelo y las lágrimas, mientras cantaba en un susurro alguna canción de cuna. Claro que ya habíamos probado a Mozart. Sabíamos del efecto curativo que tenía y de las estadísticas y todo eso. Pero en aquellos momentos, en donde la vida, la muerte y el amor, eran tan reales como cualquiera de tus cuatro hijos, Mozart te sacaba de quicio, y a mi también. Sin embargo, canturrear la tonada de una ronda que habíamos jugado de pequeñas, nos trastocaba el humor en una pequeña alegría, casi de inmediato: “dame la mano, dame la otra, dame un besito sobre la boca”.
Vos, que tenías palabras para todo, aún en latín; yo que tenía explicaciones para casi cualquier estado emocional, descubrimos juntas, a lo largo y a lo ancho de ese camino, que las cosas fundamentales ni se hablan, ni se explican, ni se justifican, y que uno aprende casi todo lo importante que debe aprender en la vida en el jardín de infantes: tómense siempre de la mano cuando salen a la calle; conviden a los compañeros;, si una amiguita se enoja contigo no es que no te quiera, es que tiene un mal día, tan solo déjala tranquila que mañana se le pasará; no se lastimen; cuiden a los más pequeños; todos podemos cantar y bailar, no solamente los que lo hacen “bien”; hay cosas que cuando se rompen pueden arreglarse y otras no; si no te gusta Carmencita déjala en paz, hay un montón de otros nenes y nenas para jugar, ella es perfecta como es y habrá otros niños que sí quieran jugar con ella; hay momentos para hablar y momentos para hacer silencio;, y pocas cosas más.
“Todo es tan sencillo...”, me decìas una y otra vez. “Cuanta palabra para nada, cuando la cosa solo se reduce a quizá una: bondad. Yo solo espero que sean buenos conmigo, amables, y tengan sentido del humor. Que me amen y me tomen la mano. Que vengan a verme cuando tengan ganas, y cuando no, no. Y entonces cuando vienen, ay cuando vienen! Muevo el rabo como Noche (así se llamaba tu perra), y espero con ansiedad que tan solo me tomen la mano y me cuenten historias de aquel mundo al que yo también pertenecía, en donde la gente se pone zapatos, se peina porque tiene pelo, y se preocupa que no se le corra el rimmel, tan solo porque aún tiene pestañas. Nunca te olvides. No hables de más. No tiene sentido”
“Jamás me olvidaré”, te decía yo convencidìsima. “te vas a olvidar”, repetías vos. Y yo me enojaba, protestaba, te rebatía. Y entonces vos, volteabas la cabeza, mirabas hacia fuera a través del ventanal, y me pedías: no me acomodarías las almohadas? Nada más que para no avergonzarme y decirme: ves? Ya te has olvidado.

Tantas cosas que a cualquiera en otra circunstancia le hubiesen podido parecer de lo más complejas, resolvimos juntas en un instante, y de la manera más sencilla posible. Como cuando ya no podías cocinarle a Imanol, y el lloraba sentado en tu cama. ¿te acordás? Apelamos a lo que ya habíamos aprendido, a la sencillez. Todos en esa casa se tomaban la cabeza con las manos, y se preguntaba cómo hacer para resolver la cuestión y el sufrimiento de ese niño, que al reclamarte que le cocinaras, no hacía más que exigirte que no estuvieses enferma, que no pasara lo que pasaba. Preparamos aquella canasta, con volados y moños, y nos encargamos que siempre tuviera dentro todas aquellas cosas que a Imanol le gustaban: caramelos, chocolates, chupetines. Entonces cuando él tenía alguno de sus “ataques”, vos lo invitabas a sentarse a tu lado, a acurrucarse contra tu cuerpo, y mientras le contabas alguna historia cotidiana, pelabas un caramelo como quien prepara un soufflé, y se lo metías en la boca. Eso, solo eso fue suficiente.
Algunas escenas, las guardo como tesoros. Como aquel dìa en tu última primavera: llegué a tu casa con un enormísimo ramo de hortensias que había cortado en mi jardín, casi no entraba por la puerta. Me miraste con ternura, mientras yo las esparcía en floreros por todo el cuarto, y te hacía ver que este año había logrado algunas celestes aparte de las rosas, porque le había puesto hierro a la tierra. Vos guardabas silencio. En un momento yo estaba de espaldas a vos, y me dijiste: “pensar que el año que viene..” Y se te quebró la voz. A mi me corrió un escalofrío por la espalda. “No seas tonta”, dije. “Sabés perfectamente que puedo salir de acá en un rato, que me atropelle un conductor ebrio, y seas vos la que me las lleves a mi”. Ni bien terminé de decirlo, me dí cuenta que había dicho una pavada. Una frase hecha para tejer la angustia. No me atreví a darme vuelta y enfrentarte, entonces escuché tu risa queda. “No somos nada”, dijiste comenzando un juego. “Hoy estamos y mañana no”, continué yo. Y así seguimos un buen rato, diciendo frase hecha, tras frase hecha, hasta que nos corrieron las lágrimas por las mejillas de risa, y yo tuve que correr al baño para no hacerme pis encima.

Cuando murió mi padre, y vos ya casi no podías moverte, en medio de tanta tristeza y penar, decidí no avisarte.
Al día siguiente del entierro, tocan el timbre, y te veo de pié en la puerta, apoyada en tu bastón: te había traído un taxi. Salí a recibirte pero cuando iba a hablar, me hiciste un gesto para que me calle. Con una mano te sostenías del bastón, y con la otra de mi brazo, al que apretabas tan fuerte que si miro fijo, aún me parece ver en él las huellas de tus dedos. Cuando finalmente recorrimos el camino de entrada y pasamos a casa, te sentaste en una silla del recibidor tan cansada y resoplante, como si hubieses recorrido África a pié. Me puse en cuclillas delante de ti, apoyè mis manos sobre tus muslos, y comencé a decirte con la voz quebrada: “Supuse...”. Me callaste con un gesto y continuaste vos: “¿A qué suponer si podés preguntarme? No vuelvas a hacerlo, nunca más, nunca más”. Apoyé mi cabeza en tu regazo y lloré amargamente durante un buen rato, mientras vos me acariciabas y susurrabas palabras de consuelo. “Siempre puedo acompañarte, siempre. Aunque no pueda”, decías. Fue la última vez que viniste a casa, y la vez más hermosa también.

Otra escena que recuerdo, fue el mismo día de tu muerte. En un momento te tomé la mano, y me dí cuenta que estaba perfectamente arreglada, suave, las uñas pintadas. Tu madre tomó crema de su cartera, y comenzó a pasarte crema por las manos. “Se las arregló ayer”, me dijo, mientras vos dormías ya el sueño que terminaría en tu muerte. En ese momento supe que habías vivido sabiamente hasta el final, y que tu madre continuaba ese quehacer, con ese gesto amoroso de encremarte y acariciarte, cuando supuestamente ya no lo necesitabas. Un universo entero en tan poquita cosa.

La última vez que nos vimos, festejamos algo, no recuerdo bien qué. Todos los días festejábamos, mientras antes no habíamos hecho otra cosa que intentar comprender la vida. Solo al final, habíamos aprendido finalmente a vivirla. Ya hacía rato, que no nos interesaba comprender. Sólo festejar. Si no recuerdo mal, era el resultado de un partido de fútbol. Nos tomamos una copa de champán, también estaba tu madre. Nos reímos a las carcajadas y si, fuimos felices. Tan felices como jamás habíamos logrado serlo cuando leíamos a Heidegger. Hicimos planes. Iríamos de pic nic al campo, cuando llegase la primavera, nos vestiríamos de largas faldas y nos pondríamos moños en la cabeza. Llevaríamos una canasta primorosamente arreglada, llena de exquisiteces y de la mejor vajilla. Yo cabalgaría para vos: solo para que me vieses, y en ese mirarme, cabalgar conmigo. Mientras vos permanecerías sentada en una manta, con la espalda apoyada sobre el más frondoso ombú que hubiese en aquel lugar. Fue el pic nic fantaseado más hermoso que tuvimos jamás.

Aquella mañana cuando Raquel me llamó para decirme que estabas en coma, corrí como una poseída al lugar más lejano de mi casa, y me metí debajo de una mesa. Lloré y grité un buen rato, mientras mi esposo intentaba por todos los medios, sacarme de allí. Hasta que te escuché: no te olvides.
Me sequé los mocos, me vestí, y caminé las cinco cuadras que me separaban de la clínica, en una de las mañanas más frías que recuerde.
Cuando llegué a tu lado, estabas sola, sobre una camilla, respirando con dificultad, inconsciente.
Yo te tomé en brazos, te quité la gorra de lana, y te besé con el más profundo de mis amores en tu cabeza calva.
Te fuiste como viviste, en silencio y sin bochinche, horas después.
De vos sólo me queda aquel gorrito que usabas en invierno cuando ya no tolerabas la peluca. Y lo aprendido, que como una mala alumna, me olvido una y otra vez.
Pero en noches como ésta, lo recuerdo, y me abrazo a mi misma si no tengo a quien abrazar. Aún así, sé que cuando me abrazo, te abrazo. Cierro los ojos y la boca, y canturreo: “en coche va una niña, taralì, en coche va una niña, taralì, hija de un capitàn, taralilulì, taralilulà...”