Carta para una novia en las visperas de su boda.


Lic. Nora Galliano

Esta mañana, cuando tu madre me dijo que nos reuniríamos en su casa el viernes, cena de mujeres, amigas íntimas, antes de tu boda, se me disparó la imaginación. Comencé a escribirte esta carta en la cabeza y el corazón, aunque a poco de comenzar, me dije que en realidad, quizá la estaba escribiendo para mí, y si era para mi, era para todas las que allí estuviésemos.
Qué difícil, pensé. ¿qué decirle a alguien, qué decirme a mi y decirnos entre nosotras sobre matrimonios, en las vísperas de una boda, estando como está el mundo, inundado de problemas de pareja?
Pero pensándolo bien, ¿es así? En realidad, los problemas de pareja, son una consecuencia, son en verdad la consecuencia de un tremendo, único, gravísimo problema que portamos los humanos de estos tiempos, cada uno en su tremenda soledad: en realidad, tenemos problemas con el Amor.
Y por lo tanto, también con lo sagrado.
Hay dos condiciones ineludibles de lo sagrado: el Misterio, y su autonomía. No está en nuestras manos su control, más bien, somos nosotros los que estamos en sus manos.
En algún tiempo lo supimos: Eros era un dios a la vez poderoso e impredecible. Disparaba sus flechas a su divino antojo, y uno no podía más que padecer su herida. Con una paradoja agregada: la flecha que causaba la herida, era la misma que podía curarla.
Y a partir de allí, el hombre o mujer elegidos por el dios, “despertaban” a una nueva realidad, y a un tremendo trabajo vital: unirse a ese otro, encontrar el propio corazón, actuar en consecuencia, y reverenciar al producto de la unión: la relación en sí. Esas dos individualidades, estarían a partir de allí al servicio de lo creado en la unión, al servicio de una tercera cosa: la relación, de manera sagrada. Pero para eso, había que realizar un tremendo trabajo que era escuchar religiosamente al propio corazón durante toda la vida.
Hay una frase de Peter Pan que me gustaría rescatar, cambiando sólo una palabra: “Es más fácil aprender a volar, que aprender a amar (crecer). Para lo primero, solo hace falta polvo de estrellas, para lo segundo, se necesita toda una vida”.

Ayer descubrieron al décimo planeta de nuestro sistema solar: el planeta X. Gracias a los avances en el conocimiento científico, la física, la alta matemática y una sofisticadísima tecnología. ¿No es increíble? Sin embargo, la mayoría de nosotros que ahora podemos saber dónde está el planeta X, y hasta observarlo si tenemos acceso a los grandes telescopios, no tenemos ni la menor idea de dónde cuernos tenemos el corazón, ni qué nos dice, ni qué quiere, ni qué nos manda. Y cuando esto pasa, estamos en peligro: porque cuando un ser humano tiene el corazón en su lugar, pueden estar bombardeando, que siempre sabrá dónde ir, qué hacer, cómo protegerse y proteger. Pero cuando no... Ay cuando no...
Ningún padecimiento se le iguala. Yo creo que tu madre estará de acuerdo conmigo en esto.
Mi abuela sabía que la vida era difícil. Lo repitió hasta que se murió, y la única certeza que tenía era esa. Difícil, dura, dolorosa, enormemente trabajosa.
Con el paso de los años, dejamos las mujeres las largas horas de espalda curvada sobre la pileta de lavar, para meter en un santiamén grandes cantidades de ropa en un agujero, el mismo agujero por donde saldrá impecable minutos después, con sólo pulsar un botón. Podemos predecir qué tiempo hará dentro de 10 días, consultándolo por internet, y decidir qué ropa nos pondremos para esa fiesta. Esa fiesta a la que iremos no con el vestido que nos llevó meses bordar, sino con aquel que compramos a último minuto en un shopping center. Y la cena que disfrutaron mis hijos anoche, me costó lo que cuesta, más el costo de un llamado telefónico. Nada de amasar por horas, y dejar secar los fideos al sol.
Todo ese confort, nos sumió en una confusión, que si no fuera tan trágica, sería cómica por lo ingenua: hemos confundido el confort adquirido en la vida cotidiana, con la idea de que ahora la vida es simple, sencilla, fácil...
Hemos confundido la vida con la tarea pequeña de cada día.
Teléfonos, lavarropas, lavaplatos, internet, satélites, microscopios, aviones mediante, la vida sigue siendo tan difícil como lo fue siempre, y tan compleja.
En momentos de desesperación, clamamos por ayuda a los dioses, pidiendo compasión...
Sin darnos cuenta que ellos no están aquí para tenernos compasión a nosotros: si así fuese, no habríamos dejado nunca las cuatro patas.
Ellos nos exigen, que seamos quienes estamos llamados a ser. Que descubramos quienes somos, y para qué vivimos.
Sin piedad alguna.
Y es en esa sin piedad, que podemos llegar a descubrir nuestras mejores luces (el coraje, la inteligencia, la compasión, el amor, la sabiduría, la resignación, la templanza), así también como nuestras peores sombras (la cobardía, el desamor, la crueldad, la pereza, el desinterés, el egoísmo, la agresión).
Eros, al modo de cualquier dios que se precie, tampoco tendrá compasión de nosotros.
Y también es cierto, que no hay mejor lugar para reconocerse, para saber quien uno es, que a través de los ojos del amado.

No podemos elegir a quien amar: si eso fuese posible, tu madre estaría hoy junto a tu padre, y yo no me hubiese separado del padre de mis hijos. El amor nos elige a nosotros, y debemos estar a la altura, y honrarlo.
Y ¿qué significa eso? Tantas cosas... tantas como estar al lado; como ser compasivo; como dar lo mejor de mí; como hacer sacrificios; como caminar hasta quedar en los huesos por el tiempo que haga falta, por aquello que haga falta; como trabajar duro cada día; como ser transparentes y tener el coraje de mostrarnos tal cual somos, con nuestros tesoros y nuestras miserias; como aceptar al otro como es: realmente otro, diferente a mi, e incluso la mayoría de las veces, opuesto pero complementario; como intentar comprender y hallar el sentido hasta a lo más insensato; como perdonar de la manera más genuina, hasta aquellas cosas que nos resultan imperdonables, o tener el coraje de admitir que uno no puede perdonar, y que entonces, va a abandonar el barco, que va a marcharse; porque no nos engañemos: cuando decimos perdonar, pero no lo hacemos, no estamos siendo otra cosa que cobardes (aquel vicio despreciable, al decir de Ghandi...); como saber que el amor se dice pero también se hace, con cada gesto, con cada palabra, con cada paso.
Pero, comprender también, y esto es esencial, que todo esto, no se hace por el otro, y tampoco por mi: ni siquiera por nosotros. Esto tiene un sentido más, mucho más elevado aún, sagrado y misterioso: todo esto se hace, y debe hacerse, por la relación, que es lo mismo que decir, por el mismo amor. Es el único camino que tiene el hombre de venerar al dios que lo ha elegido como hijo suyo, y caramba... ¡la vida entera nos lleva estar a la altura! Por eso, cuando estés frente a una disyuntiva en tu pareja, no te preguntes que es lo mejor para vos, ni lo mejor para él, pregúntate siempre qué es lo mejor para la relación, y ten el coraje de llevarlo a cabo, con valentía, generosidad, honestidad, y hasta sacrificio si hace falta.

Mañana, lo sepas o no, vas a sellar con otro un pacto sagrado. Por eso la celebración: aunque ya no sepamos, aunque nos hayamos olvidado por qué, algo en nosotros sabe y llora en las bodas.
Te espera por delante una tarea heroica, en la que incluso puedes perder de vista el alma, que es como perder la vida o peor.
No será fácil, no lo será. Habrá mucho dolor, podemos asegurártelo. Habrá momentos de confusión, de tristeza, de desesperación y de angustia. Se perderán muchas veces, y otras tantas se hallarán. Habrá también alegrías, felicidades, éxtasis, risa y juego, como en todo camino sagrado.
Mañana, vestida de blanco, debe morir una vos: si afinas tus entrañas de mujer, hasta podrás sentirlo en el cuerpo.
Muere la hija, la niña, la ingenua. Pero luego de toda muerte, sobreviene un nacimiento. Nacerá una mujer entregada al culto del Amor y de la vida.
Aquel culto pagano que aún vive en nuestros corazones de brujas.
No estás sola. Las mujeres que estamos aquí, algunas te estamos precediendo, otras te acompañan, y otras te seguirán. Todas podemos escucharte, contarte, sostenerte, abrazarte, cuidarte, limpiarte los mocos, y tejer con nuestras manos la sangre de los partos que te ocurran siempre que haga falta, y hará falta muchas, pero muchas veces.
Nunca dejes de apoyarte en tu esposo, y nunca dejes de ser su apoyo.
Por ratos, deberás ser su madre, a veces su amante, otras su hermana, ocasionalmente su hija, siempre su esposa, pero eternamente, y por sobre todas las cosas, sé su amiga. Su fiel compañera en este viaje. Nunca te olvides que cuando lo pierdas de vista, porque alguna vez lo perderás, siempre que no se haya apagado el fuego, aunque quede solo una pequeña brasa, podrás volver a buscarlo, a reencontrarlo: disculpas, hallazgo de sentido, y reparación mediante si ésta hace falta. Y si el fuego se ha apagado, diselo en voz alta y clara, bésalo en los labios, y corre, corre rápido a zambullirte en tu corazón, para buscar lo que haga falta dentro tuyo; dile adiós, con amor, respeto y compasión, que la vida es corta y no sobra el tiempo, y vete sin mirar atrás.
No le temas al Amor. Es un pecado que se paga muy, muy caro.
Te deseamos suerte, coraje, templanza, y lágrimas para ablandar el camino.
Tenés todo nuestro amor y nuestra confianza a modo de amuleto y de plegaria.
Que los dioses te acompañen, cara mía.

Tía Nora