"Te acompaño en el sentimiento"


Lic. Nora Galliano


De pequeña, siempre asistìa a los velorios de mi pueblo de la mano de mi abuela.
Me gustaba mirar con cuànta gravedad ella se vestía para la ocasiòn, y observaba con curiosidad, cómo su gesto se iba transformando a medida que la ropa y los accesorios adecuados, iban deslizándose por su cuerpo. Cuando terminaba de acomodar el último detalle de la ropa, me tomaba de la mano, y salíamos.
Ella se detenía un momento frente a la entrada de la casa de aquel que había pasado a "mejor vida", susupiraba profundo, y me arrastraba dentro. Sin dubitaciones, enfilaba grave y erguida hacia donde estuviese sentada la viuda (pongamos viuda en éste caso, pero digamos que era hacia el deudo de mayor jerarquía), se detenía muy compuesta delante de su presencia, y sin tocarla y casi en un susurro, murmuraba: "te acompaño en el sentimiento", mientras su mano apretaba la mía con firmeza.
Luego se sentaba donde hubiese lugar, y allí se quedaba por horas, en silencio. Si la viuda hacía algún comentario, ella asentía con la cabeza, o a lo más, decía alguna que otra palabra ininteligible, para luego cerrar la boca, y no volver a abrirla.
A los niños nos gusta hablar. Somos animales de palabra, y nunca la ejercitamos tanto como en la infancia. Pero, si yo intentaba quebrar el silencio con algún comentario, ella siempre me miraba, y ponía su dedo índice delante de su boca, sin emitir sonido.
Yo no me planteaba nunca por qué no debìa hablar, pero sabía perfectamente que no había que hacerlo.
Como en el caso del velorio del marido de Doña Juana: ¿cómo era posible que la misma mujer que vociferaba contra su marido día y noche sin descanso y con razòn, como aseguraban las vecinas, estuviese ahora que él había muerto, a punto de quedar empapada en su propio llanto como debajo de un chaparròn?
En fin, demasiados misterios para tan pocos años.
Cuando ya me cansaba de tanto silencio e inmovilidad, despacito y sin ser vista, me deslizaba afuera, donde ya otros niños estaban jugando y riendo, y a veces organizando "expediciones" a la sala del ataúd, que siempre eran dirigidas por aquellos más valientes, que se atrevían no solo a mirar al muerto a la cara, sino también a tocarlo.

"Te acompaño en el sentimiento...". Lo escuché tantas veces, como tantas jamás me pregunté qué se estaba diciendo, cuando se decía eso.
A medida que fuí creciendo, fuí como todos, participando en debates adolescentes sobre las cosas de la vida y de la muerte, y cuando le tocaba el turno a la famosa frasecita, todos concordábamos en que era una "pavada", y por si fuera poco con ser estúpida, trillada; tan pavada como los velorios: ¿què sentido tiene masoquearse así? Habíamos descubierto una vez más lo tarados que eran los adultos, y decididos estábamos a desalojar para siempre los velorios, cementerios, y demás simbología y ritual mortuorio de nuestras vidas.
Pero claro, uno no puede sostenerse mucho tiempo en esa cándida inocencia, y algún día inesperado sobreviene la Caìda.
Tenía yo 34 años, cuando la vida me sacudió tanto por primera vez, que casi me mata. O si tuviese que bien decir, lo diría de éste modo: donde la vida me sacudió tanto, que la esperanza de la muerte, era verdaderamente un alivio al tiempo que una ilusión, porque también supe en ese momento, que no se me iba a permitir "retirarme", y sólo me quedaba enfrentar Eso.
¿Cómo describirlo? Voy a utilizar las palabras que usó un hombre al que tuve que acompañar por horas a transitarlo: cuando Eso había pasado, el me dijo, "Primero se sintió como un hierro caliente en medio del pecho, luego...me fuí convirtiendo en un agujero, hasta que de mí no quedó nada. Pero yo seguía allí, padeciéndolo, sin poder escapar"
Nunca escuché mejor definición, e incluso me ayudó a mí para explicarme mis propias "expediciones involuntarias" a Eso...¿o "en" eso? ¿o las expediciones de Eso a través de mi?.
¿Es algo que viene o algo que se va? No podría asegurarlo; lo único que sé con certeza, y en lo que solemos acordar aquellos que lo padecimos es decir toda la raza humana adulta, es en que no es algo que a uno le pase, sino algo en lo que uno se sumerge, o mejor dicho, es sumergido, sin ninguna posibilidad de sustracción.
Como psicóloga y por mujer, he tenido muchas veces que quedarme presenciando la expedición que Eso hace a través del cuerpo y del alma de la gente. Jamás podía decir nada, cuestión que angustiaba severamente a mi yo psicoanalista, ya que se supone, que un/a psicoanalista, siempre debe poder decir "algo". Pues yo no podìa más que estar allí en un profundo alerta, y devolver siempre las miradas de quien delante mía guardaba ese silencio aterrador. Y volver a bajar los ojos, cuando quien se debatía en ese mar enloquecido, bajaba su mirada.
¿Qué cuernos estoy haciendo yo aquí, sentada, quieta, inmóvil, en silencio? Debería decir algo...Pero la boca no se me abría más que para dejar escapar de tanto en tanto un suspiro.
La respuesta me vino de una sabia maestra, Cecilia: "Lo estás acompañando en el sentimiento, no hay otra cosa que se pueda hacer".
Entonces comprendí aquella frase, que no por trillada era menos cierta.
Acompañar a alguien "en el sentimiento", significa solo Estar Ahì. Inmóvil y en silencio como una orilla, donde quien sea que esté siendo devorado por Eso, por ese mar letal y abrumador, pueda volver los ojos de tanto en tanto, para no terminar sucumbiendo.
Eso no se expresa en imágenes, ni en palabras. Eso ni siquiera se expresa: sencillamente Es. Por lo tanto, no hay nada que se pueda decir o hacer en semejante situaciòn.
Porque no hay nada que lo quite o lo alivie. Tan solo se lo padece. Y me atrevería a decir más: cualquier cosa que se diga o se haga, en pos de aliviarle al otro el padecimiento, se transforma en una daga caliente, insoportable, atroz. Por eso hay tanta gente que elige velar a sus muertos en la mas completa soledad: porque hoy día no hay muchos que sepan acompañar en el sentimiento y con su ignorancia, finalmente, terminan haciendo más mal que bien.
"El silencio es salud", gritaba mi padre cuando se hartaba de escuchar nuestra cháchara de niños contentos.
Yo hoy podría agregar: hay silencios que son sagrados.
No todo es "comunicable", y en esta era que transitamos, en donde la posibilidad de estar siempre "conectados", nos vende la ilusiòn de la "comunicación", creo que es necesario que conversemos sobre estos temas. Se habla tanto de la palabra, y tan poco del silencio...¿Qué pasaría con una partitura que se escribiese nota tras nota, sin silencios intercalados? El valor del silencio en la música es indiscutible, y cuando una pieza está bien ejecutada, esos silencios, hasta pueden "escucharse".
A ninguno de nosotros nos cabe la menor duda del valor de la palabra. ¿No sería hora pues, de que reflexionásemos también sobre el silencio, y le adjudicásemos el valor que le corresponde?
Por mi parte, antes de callarme de una buena vez, me gustaría reproducirles un párrafo de C.S. Lewis, del libro Una pena observada, (libro cuya lectura recomiendo calurosamente, ya que es una reflexión sobre la vida, la muerte, el dolor y el amor, tan lùcida y honesta, que por momentos produce dolor en el cuerpo) en donde el autor hace el esforzadísimo y doloroso intento, de mirar atentamente su pena en medio de un duelo; ahì va:
"Nadie me dijo nunca que la pena se siente casi igual que el miedo. No tengo miedo, pero la sensaciòn es la misma; esa agitaciòn del estòmago, esa inquietud, bostezos. Paso tragando saliva. Por momentos me parece estar ligeramente ebrio, o que me han golpeado. Hay una especie de barrera invisible entre yo y el mundo. Me cuesta absorber lo que dicen los demàs. O quizàs no quiera escucharlos. Es tan sin interès. Pero deseo que los demás estén cerca. Me aterran los instantes en que la casa está vacía. Si tan solo guardaran silencio..., o hablaran entre sí y no conmigo...."

Lic. Nora Galliano