De locuras, pasiones y extrañamientos


Nora Galliano


Digamos que los humanos, me refiero a "nosotros los cuerdos", no nos permitimos delirar salvo cuando nos enamoramos.
La alucinación temporaria de la pasión nos pone en contacto con la locura más desatada, pero esa, una chifladura socialmente aceptada, hace que los demás nos miren con cierta sorna y hasta conmiseración. Sino, ¿cómo se explica que mientras una siente que habita para siempre en el paraíso o que se hunde definitivamente en el infierno los demás no nos tomen tan en serio, e incluso les causemos risa?
Nos tratan como a niños enamorados perdidamente o desosegados hasta el paroxismo por un oso de peluche maltrecho, y al que le falta un ojo.
Crecer es dejar de saber cosas, y cuando niños sabemos que absolutamente todo es amable, y resulta que para recuperar ese conocimiento, uno debe volverse monje budista.
Al respecto, James Hillman cuenta una anécdota deliciosa: Una mujer a la que el conocía volvió espantada de su viaje por el Brasil. Le relató que le pareció un lugar horroroso, fundamentalmente por su gente tan impresentable.
Una de las cosas que esta Señora había visto y la habían dejado vizca, era a un hombre negro, joven y absolutamente borracho, con los pantalones por los tobillos y el culo al aire, tratando de cojerse (follarse) con gritos frenéticos de éxtasis a una palmera. "A ella le pareció un monstruo" dice Hillman, "yo lo considero un iluminado, un maestro Zen".
Y yo puedo agregar algo que viene a redondear la sabiduría de ese hombre: mi amiga Cristina sostiene que hay árboles y árbolas, y que de todas las árbolas, la palmera es la vedette, tan derechita y con sus plumas en la cabeza.
En fin, que ya estoy desvariando.
Agrego: los psicólogos también tenemos la identidad medio agujereada, por lo tanto somos propensos como las novelistas y actrices a la disociación, el disparate, y a lo que algunos llaman ficción y nosotros llamamos Alma.
Cada poro de nuestra piel es uno de esos agujeros por donde se nos cuela de vez en cuando la multitud que a todos nos habita, y no nos podemos negar a concederles la palabra.
Hecha la aclaración, continúo sin saber muy bien para dónde voy.
He cometido muchas locuras en mi vida, pero todas ellas han sido el producto del enamoramiento por algo o alguien.
Va una a modo de ejemplo: Fines de los años setenta. Yo tenía entonces unos 18 años y aún vivía en casa de mis padres. En ese entonces estudiaba para instrumentadora de cirugía en un hospital del gran Buenos Aires y me había enamorado perdidamente del jefe de residentes. Un muchacho no muy alto, apuesto, moreno, y con unos ojos increíblemente oscuros y a la vez luminosos. Los ojos y la mirada, son algo muy importante en un quirófano, porque es lo único que uno ve del otro.
Tenía el pelo ensortijado y siempre se le escapaban algunos rizos por debajo de su cofia de cirujano. Ese pequeño detalle era para mi la quintaesencia de la belleza y motivo de adoración.
Pues bien, el no me dirigía la palabra, salvo de vez en vez, y siempre que lo hacía era por motivos de trabajo. Y creo que dos o tres veces se limitó a echarme una ojeada (que ahora supongo sería de curiosidad por la mirada de enajenada que tenía yo todo el tiempo atrapada como estaba en el delirio de la pasión).
En síntesis, yo estaba convencida de que el me amaba con la misma furia, y que si no se acercaba a mi, era porque era tímido...(les ruego dejen las risas para el final)
Yo lo acechaba constantemente, averiguaba todo lo que podía acerca de él, lo seguía por la calle y tenía la certeza (las certezas son el síntoma primordial de la locura) de que si tuviésemos la oportunidad de encontrarnos fuera del contexto del trabajo, caeríamos rendidos de amor el uno en los brazos de la otra y seríamos felices por siempre. El no era cualquier hombre, era El Hombre. El que había venido a esta tierra para encontrarse conmigo, como diría Drácula, "atravesando océanos de tiempo".
En esas andaba yo, cuando un día estábamos con una amiga que no necesitaba estar enamorada para hacer locuras (estaba loca de remate sin más...¿o será que la locura de amor es contagiosa? Lo voy a pensar luego), cambiándonos en los vestuarios del quirófano para irnos a nuestras casas.
Por una conversación entre dos enfermeras (era viernes) nos enteramos que el susodicho ensortijado, había partido para Mar del Plata a pasar el fin de semana.
Nos bastó una mirada a mi compañera y a mi. No voy a entrar en detalles para no aburrirlos, pero la cuestión es que al rato estábamos ambas haciendo auto-stop rumbo a la Ciudad Feliz (para los extranjeros: así se le dice a Mar del Plata, imagínense el desastre que la coincidencia de ese nombre produjo en mi imaginación desbordada: el momento de la Unión Mística había llegado, y yo estaba camino al cielo).
Lo que sigue, más que un camino al cielo, es una pesadilla. Ninguna de las dos teníamos un centavo; el viaje fué desastrozo, pero después empeoró.
Allí estábamos las dos en Mardel, bajo la lluvia, sin dinero, y aterradas con "la iluminación repentina" de que en algún momento debíamos llamar a nuestras casas antes de que nuestros padres hiciesen lo propio con la policía.
Le pedimos el teléfono a un comerciante, que pasó de almacenero a Héroe Mitológico en un suspiro.
Imagínense el cuadro: yo debía decirle a mi madre, católica reverente de aún hoy misa diaria y rosario permanentemente manoseado, que había escapado tras un hombre que no sabía dónde estaba, y que en ese momento me encontraba yo a 400 km. de mi casa (qué cosa lo de los 400 km ¿no es cierto Nocris?). Ni que hablar del cómo había llegado a allí.
Otra vez les ahorraré los detalles por escabrosos.
Dos días después, muerta de hambre, de frío y de miedo, estaba nuevamente en mi casa. Mi madre con un soponcio y encerrada en su cuarto, mi abuela llorando por los rincones y mi padre agotado de gritarme, de sacudirme por los hombros y propinarme mamporros.
Todo esa escena inolvidable, fué como una especie de "tratamiento intensivo de electrochoques", que me quitó la locura-enamoramiento en un plis-plás.

Hace poco me encontré con un amigo de esa época, cirujano el también, que aún continúa viendo al que fué objeto de mi delirio.
Me contó luego que le había comentado que se había encontrado conmigo.
Hernán, que así se llamaba el de los rizos, luego de buscar por largo rato en los laberintos de su memoria le dijo: "Aaah si, la recuerdo vagamente...era bajita y gordita, ¿no?"
Yo mido 1.70 mts., siempre he sido delgada, y a fines de los setenta, "flaca como una saraca", como decía mi abuela.
Fin del primer plato, el segundo para otro día.
Le cedo la palabra para concluir, a un antiguo trovador:

Mi amor es como una fiebre, siempre alargando lo que entretiene más largamente la dolencia; nútrese de lo que hace durar el mal, para complacer a su apetito, enfermizo e indeterminado.
Mi razón, médico de mi amor, furiosa de que no se observen sus prescripciones, me ha abandonado, y yo, en mi desesperación, invoco ahora un bien, que es la muerte, de que la medicina me habría defendido.
Privado de cura, estoy ya privado del auxilio de la razón, y mi demencia ha franqueado todos los límites, mis pensamientos y mis discursos son los de un insensato y se apartan locamente de la verdad.
Pues he jurado que eres blanca y creído que eras resplandeciente, tú, tan negra como el infierno y tan oscura como la noche.

Soneto CXLVII
William Shakespeare