Cumpleaños


Nora Galliano


El niño se ha quitado la toalla de sobre los hombros. Mira con fijeza la piscina y se toma los brazos con las manos, casi como abrazándose. Luego los extiende al costado del cuerpo, y parándose sobre las puntas de sus pies, se estira profundamente. Puedo ver la tensión en su torso desnudo. Dá un paso adelante, levanta la pierna derecha y se encarama en el partidero.
Con ambas manos toma las antiparras que coronan su cabeza, y las hace descender lentamente hasta que le calzan perfectamente en los ojos.
Inspira profundo, su pecho de once años se amplía vigorosamente.
Sé que sabe que estoy allí, a pocos metros detrás de un vidrio, acompañándolo como siempre. Puede sentirme. Nos sentimos mutuamente. El juez emite el primer pitido y el niño se inclina sobre sí mismo, hasta alcanzar con la punta de los dedos la superficie sobre la que está parado. El pié derecho, con rodilla flexionada adelante, el pié izquierdo apoyado sobre sus dedos detrás. Estira el cuello y fija su mirada en la meta. Todo su pequeño pero poderoso cuerpo se tensa, mientras las inspiraciones continúan distendiendo su espalda.
Se escucha el pitido de largada, y él se lanza al agua con ímpetu heroico mientras sostiene la respiración. En un breve instante, se mezcla, se confunde, es uno con el agua.
Sus brazos se extienden al máximo y ondean con un ritmo vigoroso y sostenido. Sus piernas extendidas acompañan los movimientos en una armonía sincrónicamente perfecta.
Una, dos, tres, cuatro brazadas, y en la quinta su cabeza voltea al costado para tomar aire. Yo me doy cuenta que contengo la respiración a mi vez.
Avanza veloz y sostenidamente, hay mucha gente y algunos me impiden verlo. Me volteo y sigo su trayectoria a través de la pantalla gigante que hay a mis espaldas. Ya ha recorrido unos 15 de los 25 metros. En ese momento todo su cuerpo acelera los movimientos, casi como si quisiera volar, en una batalla sostenida consigo mismo. Sé lo que piensa: "Lo mejor de mí. Todo, todo, todo...Todo lo que tenga".
En el instante final, con la última brazada, apoya su manito sobre la pared de la meta y su cabeza asciende junto con la mitad de su torso como un pequeño Poseidón. Se quita rápidamente las gafas, los ojos están encendidos. Se dá cuenta que llegó primero. Yo corro hacia el vidrio, y veo como le estalla la sonrisa en la cara, mientras escucha vitorear su nombre. Con los dos brazos se ayuda y sale de la piscina. Su cuerpo se expande y se contrae a toda velocidad, recuperando el aliento. Pero él sigue sonriendo, e iluminado, me busca con la mirada. Cuando encuentra mis ojos, con un gesto còmplice levanta su brazo derecho con el puño cerrado y el pulgar extendido hacia arriba. Llorando irremediablemente, le devuelvo el gesto.
Hoy es 5 de octubre y Renzo cumple 11 años. Un día como hoy, hace once años atrás, este niño, mi hijo, comenzó una ardua batalla contra la muerte, que duró mucho tiempo.
Luchó y compitió. Como hoy, jamás flaqueó, ni por un instante; lo he visto sostenerse solo, haciendo equilibrio sobre el abismo de su coraje aún en los momentos en que cualquiera se hubiese derrumbado; y siempre emergió de las aguas de la muerte con una sonrisa desafiante...
Siempre confiado, entregando todo, todo lo mejor de él, y ganó.
Desde hace dos años, cada cinco de octubre Renzo compite en este torneo de natación, que cae "casualmente" en esta fecha, en donde una y otra vez, ritualiza frente a todos los que lo amamos, su triunfo heroico, su coraje.
No espera trofeos, sencillamente despliega en esos 25 metros, de la manera más bella, su capacidad de entrega y heroicidad.
Pues el verdadero trofeo lo acompaña adonde vaya, grabado en su cuerpo, y lo hará siempre: cualquiera que lo mire, puede ver con nitidez la cicatriz enorme que le atraviesa la espalda