Retiro: 2do. día "El mundo está iluminado, y yo despierta"


Nora Galliano


Hoy no he salido de esta celda.
El silencio y la oscuridad son enormísimos, pero no es eso lo que me atormenta.
No sé qué me lastima más, si el desamor, el abandono o mi propia torpeza. Me acusaré de haber aplacado mi sangre, de no haberla dejado correr por mis venas, pienso; habitante forzoza de un mundo que yo misma elegí.
Evito la tentación de prohibirme para siempre toda expresión, ya que evitar el sentimiento no está en mis manos.
El deseo es tan feroz, puede dar tanto miedo...¿Como dejar aflorar lo que en mi infancia tuve que matar?
Desmesura, quédate conmigo, no me des la espalda...
No he cambiado de posición en el camastro en todo el día, paralizada.
De terror.
Solo se escuchan de vez en vez murmullos apagados y roces de faldas.
Y oraciones susurradas. Me están velando.
En algún momento alguien se detiene delante de la puerta por unos segundos, puedo escucharla respirar, y luego continúa su camino. Imploro para que no se le ocurra a nadie llamar; sería insoportable cualquier ruido nítido: haría estallar a mi corazón.
Se me han agudizado los sentidos; veo en la oscuridad, escucho voces que están a miles de kilómetros de aquí, huelo el pan recién horneado en la cocina de mi abuela hace ya cuarenta años.
No me atrevo a tocar.
Estoy sumergida en las tinieblas de mi alma y no puedo cerrar los ojos que autónomos insisten en seguir abiertos.
Hago el intento de rezar pero no puedo.
No puedo nada más que ser la espectadora inmóvil y aterrada de fantasmas que me envuelven y me tragan.
Intento asirme con la mirada de una mancha de humedad en la pared pero ésta a su vez cobra vida y se transforma en sucesivas imágenes de mi primera infancia: un jardinero aborigen que me mira con lascivia, una ciruela amarilla, redonda y jugosa como un sol, un pequeño charco de agua en el patio de ladrillos y mis pies descalzos, el sombrero de mi abuelo, el cuello blanco y rígido de aquel sacerdote y sus ojos encharcados, vistiéndose para celebrar su última misa, un niño pequeño como yo que me muestra su sexo, la cara posterior de la nave principal de la iglesia del pueblo con su ventanuco al ras del suelo para ventilar sus sótanos, y mi convicción de que allí moraba el demonio: el infierno en sagrado unión con el cielo.
En ese momento el miedo se acrecienta hasta perder incluso el nombre y convertirse en un misterio absoluto y desconocido...
Esa pequeña ventana me atrae como si me pretendiese. No me resisto. Tampoco podría eso.
Ya en el umbral, sólo atino a aspirar profundo y caigo inexorable en un abismo de siglos, estallando.
El dolor se torna insoportable, tanto como el deseo de no eludirlo más. Tan fuerte que carece de lenguaje.
Un alarido abismal y luctuoso brota de mis entrañas pero sé que nadie me escucha.
Luego de una eternidad, todo se detiene.
Todo.
Y allì estamos sorprendidos y rodeados por el polvo acumulado de los tiempos quietos.
Cubiertas las pieles por el sudor de una travesía de siglos bajo el sol ardiente de la tenebrosa opacidad.
La escasa ropa, ya inservible, con la que hemos recalado aquí, yace en el suelo muerta de agotamiento.
Estamos tan milagrosamente cerca el uno del otro que podemos olernos.
Cierro los ojos y escucho atónita el respirar entrecortado de él. La inconfundible y fragorosa respiración del hombre que me ha estado acechando a lo largo de tantas vidas.
Aún en medio de las penumbras, el adivina los signos de mi cuerpo que le confirman mi identidad: una piel morena, el hoyito sobre el labio superior, el olor agreste y oscuro, las manos grandes de campesina fértil, para abarcar un destino amplio, el cuerpo renacido, terso, tirante, fresco, una cabeza grande y redonda, una tacha debajo del núcleo de mi cuerpo.
Señales, marcas que luego en el largo camino del amor el irá reconociendo con obsesividad anatomista.
Yo quería que mis manos me aseveren la realidad de su presencia pero los brazos no me responden, exhaustos como están de alzarse una y otra vez hacia rostros que nunca son: tiemblan.
El mundo se torna tan estrecho, el cuarto tan minúsculo, la cama tan ínfima, que no hay lugar más que para los dos y para una luna azul pequeñita y menguante.
Balbuceo algo ininteligible, quedamente.
El siente como se le ahogan los ojos en una laguna mansa de lágrimas, y en ese instante sé que es un hombre capaz de adentrarse en los vericuetos más oscuros de mi alma y de recogerlos con infinita ternura. Está dispuesto a celebrar la última ofrenda.
Todo ocurre en una quietud sagrada.
La historia de todas las penas converge en el punto medio exacto entre los dos, y cuando yo comienzo a sentir por vez primera todas las muertes ocurridas en la espera, un movimiento alzado y lento del dedo índice suyo me interrumpe dejándome en vilo.

El dorso de su dedo ameriza apenas con un roce en lo alto de mi seno impidiendo mi aliento.
Un océano embravecido y oculto por milenios en lo profundo de mi corazón se desborda y me traga entera: me hundo, me ahogo, trago agua y sal: decido hacerlo.
Mientras su dedo continúa deslizándose casi imperceptible hacia abajo, hacia adentro, abriéndome la piel, el corazón, el alma, con un corte preciso.
El descubre que no puedo respirar y con lentitud perversa, acerca su boca a la mía para devolverme el aliento.
Es así como el recibe mi vehemencia marina.
Caemos, inevitable y velozmente, sin cesar, por el puro placer de rendirnos. Estrellándonos contra los pudores.
Nos acaracolamos. Una adentro del otro.
El me toma entre sus piernas y sus brazos para protegernos del maremoto.
Siento su piel en la mía, tan diferente, tan otra, tan íntima, tan extranjera.
Recorro con los ojos de mis dedos su espalda, contando miles de pequeñas lunas.
Un cielo poblado de lunas en un universo inexistente y exacto a la vez.
Me sostiene con fuerza mientras se detiene con exquisita reverencia y besa cada una de las células de mi cuerpo, que despiertan alborozadas como pequeñas luces encendidas en una ciudad con la caída de la noche.

Luego se extiende sobre mí, a lo largo de mi cuerpo y mi alma; los pies convertidos en serpientes se entrelazan.
Percibo su aliento mudado en labios sobre los míos, tenue.
Hemisferio norte, hemisferio sur.
Luz y oscuridad.
Con un rumor sordo de tambores de guerra, envueltos en gemidos dolorosos, el me avasalla y me puebla.
Mi cuerpo se opone, resiste, cierra filas, presenta batalla, se endurece, se tensa como una cuerda.
Sus manos musicales encarcelan las mías, crucificándome, exigiendo una rendición sin condiciones.
En aquel momento, algo en mi no se opone más. Cesa.
Me diluyo, me abro, lo cotejo, lo comparo, lo aprovecho, lo retengo, lo absorbo, lo igualo, lo amparo, lo aspiro, lo guarezco, lo refugio, lo cobijo.
Me muero en sus brazos mientras el recoge aturdido y exhausto mis ultimas palabras en su oído, apenas un murmullo: "basta, por favor".
Se ha cerrado el círculo.
No hay fronteras.
Encendida, veo con absoluta claridad.

Estoy en mi celda.
La mancha de la pared ha vuelto a ser de estática humedad.
Yo, jamás la misma.