Un destello de humanidad en las oscuridades del corazón


Guido De Marco


Yace en una caverna dentro de cavernas un cementerio.

Un mausoleo para sueños e ilusiones.

Fosa de nefastos recuerdos y alegres memorias.

 

Es un lugar donde crece el rencor, y donde se alimentan las penas.

Un mar oscuro donde todo lo bueno tiene anclas.

Un cielo donde las nubes no hacen más que sombras.

 

Pero sobre este mar y este cielo hay un sol.

Un sol que no brilla, opacado por las recurrentes pesadillas de la bondad que se ahoga.

 

Un eco se escucha en las cavernas, sus columnas se estremecen.

Un largo camino recorrió ese viento de paz.

Hasta las profundidades de esa cueva de inseguridad.

 

La tenue brisa calmó las olas del mar, barrió las nubes del cielo y perfumó el aire que

apestaba al rancio olor que saturaba la caverna desde antes de que el tiempo fuera tiempo.

 

El eterno frío que congelaba la mismísima libertad que vivía en la cueva se fue, y una

desconocida sensación de calor derritió las anclas e hirvió los mares.

 

Las almas de sueños que nunca se soñaron y los cadáveres de ilusiones que se

encontraban en el abismo, tomaron la ruta del viento.

A un lugar remoto, lejano a la caverna, llegaron.

 

Ahora libre de la cruda maldad natural de las cavernas, el sol puede brillar.

Se elevó el viento en un torbellino de pasión, y la esfera celestial se llenó de paz, y poco a

poco, encandiló su mundo de verdad.

 

Y allí, en las antes oscuras profundidades de la naturaleza humana, el mausoleo

de sueños e ilusiones, se transformó en la brillante cuna de algo más eterno

que el tiempo y más grande que el universo:

El amor.

 

Ahora resplandece el cielo, y se aclara el mar.

Pero en el horizonte asoman las nubes, y a lo lejos se agitan las aguas.

Un terremoto de miedo está por llegar.