Nunca volveré a África

Nora Galliano 


Cuando ocurre, es porque ya hace días que la tengo en la cabeza, dándome vueltas y vueltas, escenas, palabras, música, gestos, pertubándome las fantasías...
Hasta que de pronto llega el día, sé que si esa noche no me instalo con todos los fetiches de siempre a mirar Out of Africa, me va a dar algo...
A estas alturas, ya me conozco los parlamentos, (quien no se sabe los parlamentos de su película preferida, de tanto verla, y reverla, y gozarla?), y los repito en voz baja como quien reza una plegaria. El ritual es el siguiente: espero a que sea bien tarde, los pequeños estén dormidos, y los mayores fugados y que al día siguiente no tenga que levantarme temprano (me deja de cama). Preparo el sofá de la sala con almohadones para convertirlo en una cuna, y me llevo, como para el viaje que es, una manta, mis cigarrillos, pañuelos, un buen vino, pedacitos de queso parmesano, una botella de agua fría, y algunas frutas cortadas en trozos. Me acomodo como un gato delante del hogar, tomo el control remoto, y zás...
Comienzo a llorar en el preciso momento en que escucho la frase: I had a farm in Africa...repetida tres veces, inexorablemente. No, no se crean que comienzo allí y ya no me detengo. En verdad estoy toda la película sin llorar, hasta la escena fatal en donde vuelan sobre los flamencos, y ella estira su mano con la certeza que solo dá el amor, de encontrar la de él en su ascenso. Y luego el silencio, ese silencio...
Desde allí si ya no me detengo más, y lloro hasta redimirme. ¿Alguien ha visto en cine una escena más hermosa que esa? Yo no. Hay otra que está muy, muy cerquita...Aquella de la desfloración de Madame Olenska en manos de su amante, con el solo desabotonar de su guante, y besarle el dorso de la muñeca. Pero ésta, es imbatible. También tiene esta historia, la definición de "desgracia" más preciosa que yo he escuchado: "Dios está feliz, juega con nosotros". Esta película de amor que relata la historia del romance entre la escritora danesa Karen Dinesen, una de las cuentistas más deliciosas que he leído, y Dennys Hatton Finch, tiene todo lo que una buena historia de amor tiene que tener: incluso el consabido regalo de la brújula de uno de los amantes al otro. Es pura imagen y puro gesto, mirada, emoción. Hay tal economía de palabras, que hasta pudiésemos decir que es minimalista desde antes que existiera el concepto. Pero lo poco que se dice, que ellos se dicen, es de una hondura tal, que da escalofríos. El comienzo de la primera historia que ella le relata: "Había una vez un chino errante que vivía en Limehouse y una niña llamada Shirley...
" El diciéndole que "en toda la literatura universal no hay ni un solo poema de alabanza a unos pies." La descripción por Karen del desafío de los géneros: "A los hombres se les pone a prueba el coraje, a las mujeres la paciencia y la soledad." La advertencia de Berkeley a Karen cuando se da cuenta que ella está enamorada de Dennys: "A los viejos mapistas les gustaba escribir, "Cuidado, más allá del mundo hay dragones...
" Ella preguntándole a Dennys: "¿No te molesta que sea la esposa de otro?" "No, responde él, porque verdaderamente lo intentaste" La escena bajo las estrellas, mesa de por medio, el comenzando una historia para que ella la continúe: "Había una joven danesa que sacó un pasaje en Suez...
" Y ella continuando: "...iba para Marruecos, pero una tormenta la hizo naufragar, y recaló en una playa muy blanca, muy blanca...
" Pero no puede continuar, el deseo se lo impide. Se pone de pié, pasa a su lado y le roza el hombro. Luego ellos dos en la tienda, el rozándole la herida de sus labios con los dedos y preguntándole: "¿dolerá?"  "No, contesta ella. Pero cualquier cosa que diga ahora, le creeré", continúa...
La única escena de sexo, ambos desnudos, el sobre ella, mirándose con una intensidad de abismos a pocos centímentros de distancia. "No te muevas", clama él. "Quiero hacerlo", susurra ella. "No te muevas", vuelve a suplicar, como quien quiere detener el mundo allí mismo. La meseta del amor: "Cuando el venía a casa, jamás hablábamos de algo pequeño o real, como su trabajo o mi finca. Vivíamos apartados de todo, desconectados." Y la escena final entre ambos, sentados sobre los cajones de la mudanza, en la casa desnuda. "Comenzaba a acostumbrarme, a gustarme tus cosas", dice él. "Y yo a vivir sin ellas", dice ella. Y la declaración de amor de Dennys: "Tu me arruinaste el goce de estar solo." Luego el final y la muerte. Los leones que visitan su tumba, y ella diciendo: "A Dennys le gustaría ésto. Debo recordar contárselo". Con la certeza que dá saber que otro se ha metido dentro de una para siempre, y jamás ha de irse...
Y así pasa la en la vida muchas veces. Aunque nos empeñemos en negarlo, en no aceptar que las cosas no son como querríamos que fueran, como soñamos que fueran, que la piel no nos brille como nos brillaba, o el reloj no camine tan despacio como en la infancia, las desglorias del amor se imponen sin más ley ni más argumento que su contundencia. Y una tiene que aceptar que jamás volverá a Àfrica, como Karen, y no morirse de rabia ni de pena, ni de vejez. E intentar no entristecerse, al menos para siempre.