Destiempo

Nora Galliano 


Ella está parada en aquella vereda de otoño, húmeda. Está vestida pero completamente desnuda. EL delante de ella, sus ojos llenos de lágrimas la recorren, mientras
ella se mira reflejada en sus pupilas.
Un adiós de fuego se abre paso entre los dos.
Ella siente cómo el corazón se le deshace en el pecho, y
piensa que la estación se ha prolongado tanto,
tanto... Como si el tiempo se hubiese detenido sin previo aviso.

Con palabras y un gesto, ella le implora su corazón, por última vez, intentando robárselo del pecho con sus propias manos. A sabiendas de que el no puede, del mismo modo que ella no puede dejar de pedírselo.
Una imagen del alma, le impide arrojarse en sus brazos rogándole que no la deje.
Imágenes carcelarias, grabadas a fuego en su corazón. En su lugar, refugia su rostro en ese mismo corazón denegado, humedeciéndolo con sus lágrimas que parecen no van a agotarse nunca, como tantas veces y siempre el ha humedecido su sexo y su alma.
Es el tiempo del corazón, meciéndole la angustia en la piel.
Nadie puede decidir otra cosa. A merced del destino sus pieles y las manos.
El dolor se mete en sus entrañas y la recorre toda, hasta estallar en su cabeza.
Sismos intensos e internos que nadie ve. Solo ella: se tambalea levemente mientras un universo se desploma. Mudo y sordo final de un mundo. Toda la sangre se ha derramado, no queda ni una gota. Ríos de sangre tiñendo un mar de sábanas. El le ha dibujado una cruz de sangre en el pecho, con las mismas manos con que la ha amado tantas vidas, tantas veces.
Y la sangre que alguna vez sirvió para cobijar hijos, se convierte ahora en epitafio y tumba.
Y es por esa cruz hecha abertura, que el alma de ella se escabulle e intenta entrar en el cuerpo del hombre amado, y anidar en lo más profundo y oscuro de su corazón.
Tiempo sin tiempo, incertidumbre, alma sin tierra.
Frío de siglos. Un grito se apaga y el mar se desborda. Una profecía se ciñe alrededor de los
cuerpos, mientras otra recién nacida, levanta su vuelo

Amarle esa noche le había pedido.
Como la lluvia ama a la tierra.
Caer sobre el, despacio, mansamente, sin estridencias.
Invisible, sin sonido. Simplemente, caer. Desplomarse. Fundirse.
Ser esa noche en el, eso anhelaba.
Y luego nada. Ser nada.
Que no hay nada luego. Solo oscuridad.
Dame el sol, vente en mi.
Le suplicó con los ojos anegados.
Acobárdame con tus ojos y tus maneras.
Dame miedo.
Vénceme.
Yo claudicaré sin resistencias, extasiada, en tí.
Dándote aquello que te haga falta, mientras recibo lo nuevo.
Convierte mi sangre en la tuya.
Dame la vida.
Fecúndame. Démonos otra oportunidad, nos hemos esperado toda la vida...
Que la noche se acaba y no nos espera.
El día es eterno y no tiene paciencia.
Y la vida tan pero tan corta...
Pon tu mano en la mía. Ven, arrópame.
Entrégame el calor de mi propia piel, te necesito.
Acaríciame entera, y guárdame en tu haber y para tu provecho.
Dame aquella semilla que sólo yo sé cuidar.

Pero la noche se cerró sobre sus almas, impiadosa, cruel.
Ella se encerró sobre si misma, sólo para protegerse del dolor que la estaba fragmentando.
El se fué despacio, despacio, despacio...
Sólo les queda la sangre, el deseo, y la esperanza.
Y ese dolor inmenso que jamás claudica.