Espartinas

Nora Galliano 
 

Dos de la tarde. Un hombre y una mujer caminan cogidos de la mano bajo el sol inclemente del membrillo andaluz. No recuerdo de dónde vienen, ni tampoco adónde van. Sólo que tienen hambre. Uno del otro. Y de comida. Y sed. Caminan por una estrecha vereda blanca, el silencio los rodea. Espartinas duerme la siesta. Ellos ni siquiera conocen su nombre. El tiempo está detenido y a lo lejos repica una campana. Un cartel en una esquina señala el sitio donde se puede conseguir sombra y alimento. Un enorme portón hace las veces de señuelo. Cuajados de misterio, entran a un pequeño paraíso cubierto de vid en fruto. Mesas tendidas, brisa suave, silencio. Ambos se sorprenden ante todo de estar enfrentados, de haberse encontrado luego de atravesar océanos de tiempo. De la nada surge un mesero y les entrega sendos menúes. Con los años ninguno de los dos recordará las palabras que se dijeron, ni el primer plato. Pero jamás olvidarán las miradas. El amor como un aliento de nardos surgiendo desde la misma tierra y embriagándolos. Y los sonidos. Sobre la vid un telón de lona flamea al viento como una vela que llevase el barco de su unicidad navegando a través de la eternidad. Allí no hay nadie. En el mismísimo planeta no hay nadie. Salvo ellos dos. El tintinear de los cubiertos sobre los platos, alguien que lava vajilla en una cocina dentro, el rumor de su deseo. Y las campanas. Y las velas del barco. Y dos copas de vino. Y el postre que siempre preparaba la abuela de él. Un lugar inexistente, en un tiempo sin tiempo. Ese lugar no existe más que en el corazón de ellos. Y desaparecerá para siempre en el mismo instante en que ambos se levanten de la mesa, el hombre abrace a la mujer, y le susurre al oído: te amo.