EL ECLIPSE DE LA CONCIENCIA
La luna del mediodía


Manuel J. Moreno  


La expectación provocada por los eclipses del Sol, ha sido históricamente grande e impregnada de inquietudes. El pasado 11 de agosto de 1999 asistimos (en España) al último eclipse de Sol del milenio, naturalmente para quienes computamos el tiempo desde la tradición judeocristiana. El tenaz e incansable maratón mediático por hablar y mesmerizar a la población con explicaciones, sugerencias, tradiciones y precauciones, ha amplificado y magnificado el evento, incrementando el vivo interés que el ser humano tradicionalmente siente por este tipo de fenómenos astronómicos, hablamos del ser humano natural y no del prefabricado hombre moderno, atareado y enclaustrado en la artificial vida de las urbes, en gran medida, desconectado de la naturaleza viva de la que un día se exilió.
Este urbano y maleable hombre moderno, feligrés incondicional de la nueva religión universal, del catolicismo (universalismo) de la razón, de la ciencia, en la que tiene un fe ciega, una fe tan poco científica, habla ahora de las supersticiones y creencias antiguas, con una prepotencia y una frivolidad dignas de atención. "Sin embargo, toda ciencia es función de la psique y todo conocimiento tiene sus raíces en ella. La psique es la más grande de todas las maravillas del cosmos y la condición sine qua non del mundo como objeto" C.G. Jung. Este ciudadano anónimo de cualquier urbe civilizada, televisivo y adicto a las noticias, habla y se deja hablar, casi arrodillado, de la mera razón de ser de los eclipses, ante cuya ignorancia "el hombre de todas las épocas" se estremeció, desde una conciencia primitiva capturada por presagios, temores y amenazas nebulosas. "El hombre intenta penetrar en la verdad fáctica de la naturaleza, pero en sus límites últimos e insondables, al igual que en un espejo, se encuentra a sí mismo" C.F. von Weizsäcker

Algo más decente que la legión de pseudoprofetas que venden augurios apocalípticos de toda índole y colorancia, el racional y prudente hombre moderno, que conoce el mundo a través de los touroperadores y de las cadenas internacionales de hoteles y rutas turísticas, habla del eclipse en tono jactancioso, desde esa posición reduccionista e ignorante de quienes todo lo minimizan, sustrayéndole a la Vida, a la experiencia vital e inmediata (no mediatizada), instintiva e inocente, su misterio palpitante y necesariamente irracional. "Toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterio al mundo." Umberto Eco

Ahora bien, si analizamos el meollo de la cuestión veremos en seguida, que la problemática específicamente humana se sustancia en una gran fragilidad e inestabilidad de la conciencia, conquista tardía de una evolución en pleno desarrollo. El camino hacia la objetividad, hacia una conciencia cabal de la realidad, de las cosas, de nuestro ser y estar en el mundo, cuya historia data de los miles de años en que el hombre camina erguido sobre la epidermis del planeta Tierra, supone el desarrollo de una conciencia que el hombre actual, está lejos aún de poseer. "Lo que no se entiende no se posee" Goethe

"Pero igualmente relativa es también la conciencia, pues dentro de sus límites no hay simplemente una conciencia, sino toda una escala de intensidades de conciencia. Entre el "yo hago" y el "tengo conciencia de lo que hago" no sólo existe una diferencia del cielo a la tierra, sino que a veces hay hasta una patente contradicción. Hay entonces una conciencia en la que priva lo inconsciente y una conciencia en la que domina la autoconciencia." C.G. Jung

Los fenómenos, situaciones y fuerzas que tienen lugar en la mente humana, tienen tal relevancia y actualidad, que son inconscientemente "proyectados", "exteriorizados", "colocados" fuera, merced a este mecanismo instintivo de equilibrio psicológico ("la proyección es, como nos lo ha enseñado la experiencia médica, un proceso inconsciente, automático, por el cual un contenido inconsciente para el sujeto es transferido a un objeto, de modo que este contenido aparece como perteneciente al objeto" C.G. Jung), de modo y manera que el hombre, es decir, la conciencia yoica de la persona humana, pueda relacionarse y mantener contacto vital con dichos "contenidos" (procesos inconscientes), al observarlos "fuera de sí". (de este modo y como ejemplo, el hombre varón busca relación con el aspecto femenino de su psique, con el ánima, a través de una mujer afín a esta condición apriorística, lo cual ocurre análogamente en la mujer respecto al varón)

Aunque su patria esté lejos de ubicarse en algún lugar de la geografía terrestre o del espacio extraterrestre, los dioses del olimpo, aún viven e interactuan con nosotros, en un ámbito diferente de realidad, aunque no menos radical y específico: la psique inconsciente.

En efecto, desde allí se comportan como complejos autónomos, condicionando de forma manifiesta e incontestable el comportamiento humano, tanto individual como colectivo.

Estos dioses del pasado, como cualesquiera otros, han sido "introyectados" (retornados a la psique de donde partieron como "proyecciones".) e integrados en la personalidad, o al menos percibidos como cualidades y características propiamente humanas. Ares-Marte se vivencia como espíritu combativo, "marcialidad" y sentido estratégico-militar propio del guerrero, fuerza y tesón luchador..., etc., estas cualidades antaño atribuidas a la acción del dios de la guerra, como características suyas, han sido redescubiertas y catalogadas como disposiciones psíquicas y estructuras que definen nuestro carácter. Afrodita-Venus se reconoce hoy en los sentimientos amorosos y la sensualidad; Eros-Cupido como pulsión sexual, con esa "química" que une o desune a los amantes, erotismo proyectado en el dios como representación colectiva de la líbido en su manifestación sexual; Cronos o Saturno constela la vivencia y percepción psíquica del transcurrir del tiempo; Hermes-Mercurio, la capacidad y la necesidad que el hombre experimenta de comunicarse y de interelacionar los acontecimientos con el devenir histórico de los pueblos, de la sociedad humana en su conjunto.

Que tales complejos, fuerzas psíquicas, arquetipos, cualidades del carácter o como quiera que las concibamos, sean hoy día "entendidas" como estructuras mentales de la anatomía psíquica humana, mayor o menormente activas en un individuo y no como dioses vengativos e independientes, no modifica ni un ápice el realismo, la operatividad y contundencia de sus efectos y la supremacía de sus designios.

Los dioses, seamos o no conscientes de ello, siguen habitando el Olimpo tras el umbral de la conciencia.

Y todo esto nos lleva nuevamente al eclipse del Sol, para comprender que aquello que el hombre teme, ese fin del mundo y sus funestos presagios, aquellos miedos primitivos que conjura sobrestimando estrechos juicios de valor que su razón le precocina, es el ocultamiento de su conciencia, el fin de su imperio, el anegamiento de la misma por los oscuros y temibles peligros de la irracional alma primitiva. "Todos los procesos naturales convertidos en mitos, como el verano y el invierno, las fases lunares, la época de las lluvias, etc., no son sino alegorías de esas experiencias objetivas, o más bien expresiones simbólicas del íntimo e inconsciente drama del alma, cuya aprehensión se hace posible al proyectarlo, es decir, cuando aparece reflejado en los sucesos naturales." C.G. Jung

El fin del mundo (anunciado por muchas religiones), es en definitiva, una buena traducción-analogía del fin de la conciencia-percepción de la realidad. O, ¿qué es lo que ocurre sino, cuando alguien pierde la conciencia definitivamente, sino que el mundo se ha terminado para él?, ¿O no es el eclipsamiento definitivo de la conciencia, su irreversibilidad inapelable lo que nos hace estremecer y renegar de la muerte?.

El Sol se nos presenta invariablemente, a través de la historia de las civilizaciones, como un símbolo viviente de la conciencia, de la luz del mundo (símbolo a su vez de Cristo, "Yo soy la luz del mundo"), de aquella facultad que nos permite "ver", percibir, conocer... Sacar a la luz un asunto es arrancarlo de las tinieblas de la no-luz, es decir de la no-conciencia.

Que la Luna, representante de la noche, de la oscuridad, asociada en el folklore, los mitos y las manifestaciones culturales todas, con las tinieblas, el misterio, los presagios, lo inquietante, la locura (Pérdida y suplantación del control de la vida psíquica, por factores (hacedores) inconscientes que se lo arrebatan al Yo, centro y eje de la conciencia), se interponga, eclipse, tapone o impida al Sol reinar sobre el firmamento supone una dramatización vívamente alegórica de un peligro y de una amenaza que nadie debe ignorar, ni como individuo, ni como colectivo. Sabiendo que la conciencia, frágil e inestable, es una conquista filogénica que debe cuidarse, afinarse, desarrollarse, fortalecerse, no sólo a través de la razón, sino muy fundamentalmente mediante todo cuanto nos mantiene conectados con lo vital, fuera y dentro de nosotros mismos, en la naturaleza que habitamos y sobre todo en la naturaleza que somos.

Manuel J. Moreno
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