DE NUEVO EDIPO, O LA ACTUALIDAD DE UNA ILUSIÓN


Raúl Ortega
Analista Junguiano 


 
-Y ¿qué podría temer un hombre para quien los imperativos de la fortuna son los que le pueden
dominar, y no existe previsión clara de nada? Lo más seguro es vivir al azar, según cada uno pueda. Tú no sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales que antes se unieron también a su madre en sueños. Aquel para quien esto nada supone más fácilmente lleva su vida.
Yocasta, en Edipo Rey (Sófocles)

Amigo mío, ésta es justamente la obra del poeta,
observar e interpretar sus sueños.
Creedme, la ilusión más verdadera del hombre
se le ofrece en los sueños;
Todo arte poético y toda poesía
no es sino interpretación de sueños verdaderos.
Los Maestros Cantores (Hans Sachs)

...La última encarnación de Edipo, el continuo romance de la Bella y la Bestia, estaban esta tarde en la esquina de la calle cuarenta y dos y la Quinta Avenida, esperando que cambiara el semáforo.
Joseph Campbell

En una carta de 1924, Freud le escribe a Fliess (1): "El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos complican en cuanto nos damos cuenta de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior. El hecho de que el héroe peque y sin saberlo contra su intención, constituye la exacta expresión de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales". A partir de su interés por los significados implícitos en la poesía, la fábula, el cuento, la leyenda, y de su fascinación por los grandes clásicos, temperamento que no puede sino compartir todo aquel que con intuición y vocación genuinas se acerque a intentar comprender los entresijos ocultos de la Psique, desde el trabajo del pionero maestro divulgado popularmente como inconsciente, Freud empezó a sentirse particularmente atraído por la leyenda, clásica entre las clásicas, del rey maldito Edipo. Por supuesto, era un tema que redundaba desde su interior, cuya ubicuidad, como él la llama, fué reconocida sobre la base de esta irradiación desde su propia naturaleza inconsciente, que él finalmente amplió según sus investigaciones y experiencias comparativas al sujeto humano en general. En su propio autoanálisis (dicho sea de paso, herramienta de trabajo para mí fundamental, auténtica escuela, a pesar del rechazo de muchos discípulos analistas), fué haciendo luz y concientizando elementos psíquicos que al parecer tenían directamente que ver con los mitemas que al mismo tiempo le exponía esta tragedia griega como desde un espejo numinoso. Y paralelamente a ésto, sus casos, sus historiales de trabajo, donde desde muy temprano sus zalameras fräuleins, ellas en especial, empezaron a confiarle sus escabrosas (y siempre supuestas) anécdotas infantiles, y a transparentar a través de los sueños que llevaban al análisis las mismas "criminales" y perturbadoras inclinaciones.
Como también señala Andrés C. Berta (2), sobre estos tres pilares se cimentó la exhaustiva preocupación y ocupación cuasi monolítica de Freud por el mito-complejo edípico, a partir de la cual se universalizó la cuestión hasta tal punto que se ha convertido en total dominio público, y es común hablar en la calle del complejo de Edipo desde entonces, por cierto muchísimo más común que conocer de cerca el mito.
La popularidad que esta leyenda tenía en la antigüedad griega, en nuestros días parece que se ha metamorfoseado en la universalización de una hipótesis psicológica, trocando también la expresión artística y el contexto sacro por la expresión científica y el entorno bastante más prosaico.
Por supuesto que germen tan fecundo y tan prolífico, simiente que prospera fértil en tan remotamente distantes épocas, tema universal por lo tanto, cargado de profunda significación de hecho debe estar para el ser humano, y por ello se justificaría sin forzaduras, aunque hubiera sido a priori, tanta atención prestada desde una disciplina humanista por antonomasia como es la psicología.
Centenas de autores contemporáneos se han ocupado del edipo como complejo. Todo discípulo del psicoanálisis por supuesto, y los más aventajados cada uno aportando sazón y condimento más o menos sofisticado a las directrices básicas dictadas por el maestro vienés. Ferenczi, Klein, Dolto, Kohut, Blos, por citar una pequeñísima muestra de ejemplo. En el resto de escuelas psicológicas, por alusiones a tan prominente material, también las referencias han sido y son continuas. Jung se ocupó de él, obviamente, y todo junguiano, de una manera u otra también ha tenido que tomar posiciones al respecto.

En esa tónica he decidido realizar este trabajo. Hacía tiempo que tenía ganas de enzarzarme en un debate lo más frente a frente posible que pudiera con la cuestión que la Esfinge nos plantea respecto al significado del mito de Edipo, cuestión que he ido rozando y comentando tangencialmente desde hace años. Doy las gracias al Dr. Ejilevich Grimaldi y a su conferencia "el mito de Edipo a la luz de una posible interpretación junguiana" (3), que recientemente tuve ocasión de estudiar, por haber sido el hito detonante que me ha instado y sugerido concretar esta empresa, que no tiene otro proyecto que aportar una visión más que incite a seguir reflexionando al respecto. Desde luego, un problema con grandes cuernos. O, mejor dicho, con cara de mujer, cuerpo de toro, garras de león, cola de dragón y alas de ave.
Para ello se me hace necesario a mí también retornar a los orígenes; obviar un tanto lo juzgado y prejuzgado hasta ahora sobre el mito de la manera más popular, que es por ende lo juzgado y prejuzgado generalmente sobre estos contenidos de la psique, y replantear desde ahí quizás otra hermenéutica que puede que acceda a una visión distinta de lo que sea que se trate el complejo edípico. El marco seguirá siendo la psicología analítica, junguiana, pues es el recipiente que me resulta aún más adecuado para seguir conteniendo mis consideraciones hasta la fecha al respecto.

Multitud también de investigadores contemporáneos desde otros marcos distintos de la psicología se han hecho cargo también e in extenso del problema del Edipo, a menudo a través de una óptica más cercana al entorno mitológico original. Desde la antropología, disciplina hermanada a través del humanismo con la psicología, y en algunos representantes especialmente interconectada, el eco de este mito ha reverberado profundamente a través de autores como Lèvi-Strauss, Robert Georgin, Alfred Kroeber, Spiro, Malinowski. Mitólogos, filolólogos y filósofos, como J.P.Vernant, M.F. Galiano, Karl Kerényi (4), María Zambrano, Sartre; algunos actualísimos como H.F Bauzá, y otros al contrario, como Nietzsche, del que no me quiero olvidar, y aquella su gran preocupación por la tragedia helena, que incluía a menudo referencias al tebano, desde una época prefreudiana. Ahí tenemos también los "remakes" desde la esfera artística, como el de Cocteau en su Machine Infernale, Les Gommes de Robbe-Grillet, Gide en su Oedipe, Passolini en su Edipo Re, Anouilh con su Antígona. Por citar sólo una brevísima reseña de aquellos que se han preocupado muy concretamente por este mito en algún momento de una forma particular. Imposible olvidar a autores que han incluido también al Edipo entre sus estudios por la temática mitológica general, el mitema incestuoso, parricida o de héroe en particular, de la talla de un Campbell, un Eliade o un Rank.


Según los datos más aceptados, la primera versión de la leyenda nos llega a través de Homero en el canto XI de su Odisea. Al parecer posteriores son los poemas épicos Edipodia de Cinetón y Tebaida, de los que sólo nos han llegado escasísimas referencias. Aproximadamente tres siglos después de Homero, ya entrados en el siglo V a.c., apogeo quizás de popularidad de esta historia y también del teatro en general griego, le siguen Esquilo y una tetralogía (tres tragedias y un drama de sátiros) sobre el mito completo de la que sólo conservamos Los Siete contra Tebas; Sófocles, con su más famoso Edipo Rey y sus "epílogos" Edipo en Colona y Antígona; Eurípides, con sus Fenicias.
Del siglo primero d.c. nos llegan la Tebaida de Estacio y el Edipo de Séneca. Del siglo XII El Romance de Tebas, y más cerca, ampliando información, tenemos recreada la historia en el Edipo de Corneille (siglo XVII), el homónimo de Voltaire un siglo más tarde, y de esta misma época, la ópera de Sacchini, Edipo en Colona. Así como también reseñar algunas partituras musicales dedicadas al desdichado por Mendelssohn, Mussorgsky, e Igor Stravinsky, desde el siglo XIX al recientemente pasado.

Repaso argumental
Se hace necesario contextualizarnos con el material fundamental. No poco se ha comentado y debatido sobre la cuestión de si este mito parte de bases históricas, biográficas, o no. Ocurre a menudo con leyendas de tamaña difusión e importancia, como la cuestión medieval de Arturo, sus caballeros y Merlín. También tenemos presente esta discusión, pero justamente a la inversa, en el reactualizado debate sobre la figura histórica de Jesús. Hay investigadores más concretistas, que no pueden entender la energía y la fama de una historia si no le antecede una facticidad histórica, "sólida", del mismo modo que sí la entienden otros que son de talante más idealista, abstracto.
Con respecto a esto, adhiero la opinión de Bauzá, que comenta al respecto:
"Cuando Sófocles se ocupa de la figura de Edipo, el dramaturgo echa mano de una leyenda preexistente que, naturalmente, ya era conocida por los espectadores que asistían a las representaciones dramáticas. Para el imaginario griego de la época sofóclea el caso Edipo está visto como un mito heróico y como tal es preciso considerarlo. En consecuencia, no hay que buscar a través de él ni la explicación de un suceso histórico, ni una alegoría, ni una manifestación de fenómenos naturales, tampoco un símbolo, sino simplemente el relato mítico en torno de un héroe trágico.
Eso no invalida considerar el hecho de que la figura de Edipo, en tanto que personaje mítico-legendario, pueda haberse constituido a partir de alguna base histórica como efectivamente parece que sucedió. Desde el momento en que el mito se desenvuelve en un tiempo histórico, sin dejar de ser mito, conlleva también en su discurso elementos que pertenecen a la sociedad y a la historia (...)"(5). Eso sí, a consideración y en cuarentena dejo su declaración "tampoco un símbolo". Obviamente, hasta donde nos conducen todas las evidencias, cuento, mito, símbolo, son harina del mismo costal.
Corre el año 2002 y seguimos hablando de Edipo. La sociedad griega precristiana, sus chismes y escándalos serían incapaces de afectarnos tan profundo. Edipo, como eco de sociedad, no nos diría a estas alturas nada. Nos interesa por tanto todo aquello que tiene de atemporal, y por lo tanto, de siempre de moda, actual. Freud dice: "(...)En cambio, el Edipo rey continúa conmoviendo al hombre moderno tan profunda e intensamente como a los griegos contemporáneos de Sofocles(...)".
Tal y como escuché decir una vez a alguien, comentando una obra también muy polémica en este aspecto, los modernos relatos de Carlos Castaneda, no importa si estas cosas ocurrieron o no en realidad; son de todos modos, y en sentido atemporal, verdaderas.

El guión más famoso y aceptado es el que esbozo a continuación, incluyendo los prólogos genealógicos significativos, y que son indispensables en el posterior estudio de la "etiología" del problema quizás heredado por Edipo:

Cadmos, ascendiente enorgullecedor de la estirpe, primer rey de Tebas, cuenta entre sus grandiosas hazañas haber vencido a un dragón y a través de este éxito y la ayuda de Atenea, fundar la misma ciudad, e inventar la escritura. Logros que consiguió mientras buscaba recuperar a su hermana Europa raptada por Zeus en forma de toro. A través de su hija Semele, concebida con su esposa Harmonia, abuelo de Dionisos, y a través de su hijo Polidoro, unido a Nicteis, abuelo de Labdacos. De Labdacos se dice que murió en lucha contra Pandión, rey de Atenas, dejando la herencia del trono a favor de su hijo Layo, siendo aún demasiado joven, por lo que pasó a ser ocupado en regencia por Licos, tío abuelo de Labdacos. Sin embargo, Licos desposee a su bisnieto Layo y se declara rey. Comete perjurio e injusticias contra su primera esposa, Antiope, para casarse con Dirce. Zeus se apiada, y engendra con ella sus futuros vengadores y los restauradores de la legítima estirpe real tebana: sus hijos Anfión y Zeto (en algunas versiones los originales fundadores de la ciudad), que acaban matando a Licos, y haciéndose con la custodia de Tebas. En ese tiempo Layo huye y es acogido en su corte por el rey Pélope, hijo del oscuro Tántalo. Sin embargo, ofende las normas de hospitalidad, civismo y moral, raptando al hijo de su anfitrión, Crísipo, y violándolo, suicidándose éste de vergüenza después, lo que provoca que Pélope pida el amparo y el apoyo de los dioses para maldecir al infractor. Es escuchado por Hera (también por Apolo), quien finalmente será la que desde Etopía envíe la maldicion poco hospitalaria de la Esfinge a la grande Tebas, importunando gravemente el reinado de Layo, cuando éste, ya de regreso a su patria una vez muertos Anfión y Zeto, había tomado como esposa a Yocasta, hermana de Creonte, para reinar legítimamente junto a ella. Pero este problema apareció después de la primera complicación que tuvo que afrontar el matrimonio. No tenían hijos, por lo que decidieron visitar Delfos para escuchar consejo sabio. La Pitia les espetó que de ellos nacería un hijo, que sería asesino de su padre, y se casaría con su madre, trayendo sobre la familia la mancha de sangre y pecado. Así que cuando tiempo después Yocasta parió un varón, Layo, asustado, le perforó ambos piés y los ató juntos fuertemente con una correa, dando orden a un criado, en connivencia con su esposa, de que lo llevara al monte Citerón y lo dejara a su mortal suerte colgado de una rama. Pero este criado, movido de compasión por la inocente criatura, la entrega a un amigo pastor, a las órdenes del rey de Corinto. Así, el niño pasa a ser adoptado por Pólibo y su esposa Mérope (también conocida como Peribea), hasta entonces aquejados de falta de descendencia, que lo llaman Edipo, por sus piececitos hinchados. Allí crece como hijo de los monarcas, y se hace un adolescente admirado por sus valores, entre ellos precisamente ser muy rápido y diestro en las carreras y las dotes gimnásticas en general. Se cuenta entonces que en el transcurso de una fiesta donde el vino aflojó las lenguas, o en una pelea con compañeros envidiosos, alguien le reveló con saña que en realidad, no era hijo de los reyes de Corinto. Edipo, turbado, decidió hacer la peregrinación a Delfos a preguntar sobre la verdad de esta afirmación, pues ni Pólibo, ni por supuesto Mérope, están dispuestos a contarle la verdad. El oráculo le repite lo que ya le contó a Layo, sobre su horrible destino. Que sería asesino de su padre y yacería en incesto con su madre. Edipo, creyendo que sus padres eran de hecho Pólibo y Mérope, decide exiliarse de Corinto y del entorno de su infancia y adolescencia, para siempre, intentando conjurar al terrible oráculo, y marchó solo camino quizás a Daulis.
En un estrechamiento del sendero, un puente a veces, otras una encrucijada entre Daulis y Delfos, en la Fócida, se topan casualmente el cortejo de Layo, con cuatro sirvientes y un carro, y el peatón Edipo. Por el derecho de paso, se enzarzan en pelea cruenta en la que Edipo mata a Layo, el rey de Tebas, y a tres de sus criados, dando por cumplida en ignorancia la primera parte del funesto oráculo. Uno de ellos huye. En una versión el vencedor se lleva el cinturón robado del adversario.
Sigue su camino hacia Beocia, y en el monte Ficio se topa con la Esfinge, que asolaba la región, y asediaba a Tebas, razón por la cual Layo iba de camino a Delfos con su séquito, en busca de solución, en una de las versiones. Proponía un acertijo, o dos, según otro relato, y como quiera que fuese que ninguno de los interrogados contestó hasta entonces, los fué aniquilando, incluyendo a varios jóvenes célebres de la ciudad. Los acertijos eran: ¿Cuál es el ser que tiene voz y por la mañana camina en cuatro patas, al mediodía en dos y en la noche en tres? Y ¿Cuales son las dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra y la otra a la una? En cualquier caso, Edipo respondió correctamente: El hombre, que en su infancia camina a gatas, luego a dos piés y en la vejez ayudado por un bastón; la noche y el día, que en griego son ambos sustantivos femeninos. La Esfinge se siente derrotada, y se tira de cabeza, suicidándose, o bien Edipo le clava la espada y la mata.
Creonte, hermano de Yocasta, había prometido la mano de su hermana, ahora viuda, a aquel que los librara de la maldición de la Esfinge, junto con el trono del reino, que él regentaba desde la muerte de Layo. Y así fue como se cumplió la segunda parte de la profecía, el yacer junto a la madre, pues Yocasta fue uno de los premios para Edipo. En feliz ignorancia del pecado transcurrieron algunos años buenos para Tebas. Edipo era un rey querido y admirado por sus hazañas heroicas. El matrimonio tuvo dos hijos, Eteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene, aunque otra versión, sin obviar el matrimonio incestuoso, hace que sin embargo los hijos los tenga con otra mujer.
Pero la estirpe maldita de los Labdácidas tenía que seguir soportando la expiación de sus crímenes, conocidos y por conocer, bajo el yugo de la justicia de los dioses. Y así la peste y la infertilidad empezaron a asolar de nuevo a Tebas, como nuevas plagas. El reino se convirtió en tierra yerma, y Edipo mandó a consultar el oráculo para saber qué estaba ocurriendo en realidad. El oráculo de Febo respondió que la plaga respondía a la falta de expiación del crimen del antiguo monarca Layo, así que Edipo se aprestó a maldecir con fuerte punición al culpable, al que inmediatamente empezó a buscar con sus pesquisas. Para ello interrogó al sabio Tiresias, invidente, que le dijo la insoportable verdad. No le creyó, pues parecía ser demasiado horrible para ser cierto, y siguió sus indagaciones, pero éstas le llevaron finalmente, y muy pronto, a descubrir con claras pruebas toda la verdad sobre su procedencia, sobre la auténtica dimensión de sus actos y logros, y sobre su destino. Yocasta, que intuyó lo que sobrevenía antes que su marido e hijo, intentó hacerle desistir de sus indagaciones. Pero una vez todo a la luz, no soportó el horror y se colgó de una viga del techo. Ante tamaña desgracia, Edipo tomó un alfiler del vestido de su madre y esposa, y se cegó para siempre los ojos. Tal y como el mismo había prometido como castigo para el culpable, se exilió, empujado también por sus propios hijos varones, que ya habían empezado a pelear por la sucesión del trono; pobre, ciego, torturado por sus hechos, y acompañado de su hija Antígona llegó hasta Colono, en los alrededores de Atenas, en tiempos en que gobernaba Teseo, a quien le pidió asilo, cosa que el monarca hizo con gusto. Se instaló en un bosque consagrado a las Euménides, y desde allí y apoyado por su anfitrión, rechazó toda propuesta de intervenir en la guerra civil en que quedó sumida Tebas después de su partida. Sintiendo próxima su muerte, encomendó a Teseo el cuidado de sus hijas, y se internó en el bosque. Se abrió la tierra, y sólo el monarca ateniense fue testigo de la prodigiosa manera en que Edipo abandonó este mundo.
El "epílogo" de la historia se preocupa del triste final de la estirpe, de la llegada de Antígona de nuevo a Tebas justo cuando sus dos hermanos se han exterminado mutuamente, y de la polémica por el enterramiento de los cuerpos entre su tío Creonte y ella, que acaba con el suicidio de la fiel hermana e hija y de su novio, Haimón, hijo de aquél.

Edipo y el principio del placer
Una de las diferencias entre la manera de abordar materiales simbólicos, como sueños y mitos, de las escuelas freudiana y junguiana, es la de intentar atenerse estrictamente al contenido explicitado por este material o no. Elementos incluidos en las premisas de hermenéutica de la escuela freudiana, tales como el concepto de censura, desplazamiento, o el abuso de la asociación libre, facilitan a veces introducir en el símbolo tanto como quiere extraerse de él, o se alejan mucho de éste, de manera que se puede acabar perjudicando la objetivación de su significado propio. Un problema paralelo es el de la querencia reduccionista, que da por sentado que los niveles mágicos, suprahumanos, divinos, tan a menudo expresados por el símbolo sin ninguna cortapisa sino todo lo contrario, deben explicarse como sublimación tan apoteósica como vana de contenidos que en su fundamento se refieran a un estrato bien concreto, que por ser humano, demasiado humano, hunde raíces en lo biológico o fisiológico, y es por un lado "hipnóticamente" coaccionante y por otro tan azorante de reconocer que es imposible mirar de frente (diríamos que quiere explicarse lo numinoso como una deificación histérica, obsesiva, pueril, de una sombra irresistiblemente compulsiva). Para el prejuicio reduccionista, lo mágico, divino, lo totémico, tiene per se una segunda intención inherente, de dudosa moralidad, por ser precisamente a menudo infrahumano, animal; una máscara que sirve a la vez a cierta catarsis y ganancia de estos contenidos tabú, y a su ocultamiento. El psicoanalista sagaz puede racionalizar exhaustivamente y desvelar en toda su trivial realidad lo aparentemente extramundano: "De lo que pudiéramos llamar fuerza del Destino nos parece gran parte comprensible por la reflexión racional, de manera que no se siente la necesidad de establecer un nuevo y misterioso motivo"(6). O bien, visto desde otro ángulo, todos estos misterios tan excelsos como fatuos se explican en referencia a residuos y subproductos filogenéticos desde una edad que se considera ingenua, débil y absolutamente subjetiva: en la Humanidad, el amanecer de su cultura y civilización, y en cada hombre, su infancia: "(...)La investigación de estos productos de la psicología de los pueblos no es, desde luego, imposible; es muy probable que los mitos, por ejemplo, correspondan a residuos deformados de fantasías optativas de naciones enteras a los sueños seculares de la Humanidad joven"(7).
Para el pensamiento positivista, para la mente racional moderna, el pensamiento mítico es un balbuceo, a la postre un desatino, al que hay que asomarse quizás con cierta condescendencia, pero siempre a rectificar e iluminar hacia su "verdadera" dimensión: el prejuicio cientifista moderno, por supuesto.

Partimos de la base también válida para nosotros, de que los símbolos encierran significados ocultos que pueden ser desvelados y acercados a una comprensión racional. Pero intentaremos no forzarlos en ninguna dirección prefijada, ni los trataremos con condescendencia piadosa, sino con admirado respeto y hasta con obligada obsecuencia. Respeto fundado en la experiencia y lograda ya comprensión de que los productos de la fantasía, ni son ingenuos, ni son residuos de puerilidad o de debilidad infantil, ni son material obsoleto. Antes bien, la investigación del símbolo fantástico nos ha llevado ya hace mucho a comprobar su superioridad semántica, y a atisbar que, en efecto estando antes que el pensamiento racional, sus líneas firmes y definidas, y sus provechosas aplicaciones y tecnología, ese antes no significa por detrás y a la zaga, inmadurez o "premadurez", sino a priori, fundamento, y no más subjetividad y parcialidad, sino menos. Un antes que constantemente se confunde con el pronóstico certero del porvenir. Por cierto, un proceso evolutivo en el que desde luego no debemos confundir, mirando con atención, el eterno retorno del deseo compulsivo infantil, con la forza del destino.

Entonces, lo primero que habría que señalar de nuestro Edipo tal y como lo conocemos, es que por ningún motivo podemos diagnosticarlo de ser precisamente el ejemplo perfecto del complejo al que presta el nombre. Como decía el psiquiatra antropófago en el Silencio de los Corderos, lo que se desea con intensidad es lo que se ve. Y Freud estaría perfectamente de acuerdo con eso. Edipo, y su estrato de inconsciente personal, biográfico, no tuvieron manera de desarrollar ningún apego por Yocasta, porque la infancia la pasó con Mérope, su madre adoptiva; para él, hasta el día de la verdad, su madre real. Yocasta no pudo impregnar con su atractiva presencia la fase edípica de Edipo, y Layo no pudo fomentar en su hijo una rivalidad, por no existir para él. De hecho, en ningún lugar de la tragedia se encuentra en el protagonista que el móvil del deseo por esta mujer sea el que lo encienda a realizar ninguno de sus actos. La leyenda de Edipo desde luego no es la leyenda de la guerra de Troya, avivada a través de la pasión por una mujer. No se destaca en ningún punto una calidez compulsiva hacia el matrimonio incestuoso (ni con Yocasta, ni mucho menos con Mérope), y antes bien, resulta en todo momento su efectiva boda una unión a la tradicional usanza, un matrimonio conveniente, al que se llega (aunque finalmente se trate de uno de los dos puntos centrales del intríngulis trágico -incesto y parricidio-) de una manera, por más agradable que fuese, accesoria, además de fortuita. Como también es un arrebato de cólera impersonal (porque no tenía idea de quién estaba enfadado) y puntual lo que conduce a matar a Layo, y no una persecución sistemática de éste. Precisamente es este carácter de fortuna, de algo no fomentado desde el deseo de Edipo, sino desde algo más allá de su ego y su gusto personal, lo que más resalta en el guión del mito, como de hecho hemos escuchado decir a Freud más arriba. Lo que pesa en su periplo, observando imparciales lo que nos cuentan explícitamente, es cómo los tres personajes centrales son atraídos entre sí desde una especie de "concupiscentia ex machina" que implacablemente cumple el designio impersonal de aglutinarlos, mucho más allá del deseo personal de ninguno, el cual en realidad, por parte de todos, y en tanto podemos analizar según los hechos, se nos demuestra justamente contrario.
El psicoanalista perspicaz y astuto nos diría, como viene diciendo durante más de un siglo, que el guión esconde precisamente detrás de la puesta en escena su fundamento, y que no es explícito el deseo porque es precisamente inconsciente; la obra tuvo a la hora de ser creada un tácito censor. Pero justo ahí, es donde osa introducir una sospecha que en principio a nada inducen los hechos y "síntomas" analizados, y que como avisé antes, inculca en la exégesis del mito un prejuicio y una valoración que de él en sí no se extrae. La mitología griega es, como todas las mitologías, muy a menudo obscena. Está llena de deseos ilícitos sin tapujos, y de crímenes execrables, como por ejemplo abundantes parricidios, muchos con alevosía y premeditación. La misma saga de los labdácidas está llena de delitos de esta calaña, como se evidenció más arriba. Cuando quiere mostrar concupiscencia (sexual o agresiva o de cualquier otra índole), la mitología, exactamente como un sueño, la suele investir en un personaje, divino o humano, la figuriza, y lo catexia con una intención con poco o ningún tapujo. No es el caso. Si esta leyenda, incluido Freud, nos inflama por lo que cuenta, repito, atengámonos mejor a tal.

Para seguir apologizando el edipismo "manifiesto" de Edipo, a pesar de nuestra primera objeción, podría decirse que el guión quiere contarnos que si bien la fijación regresiva de nuestro protagonista en cuanto a doctrina debía ser hacia Mérope y Pólibo, Layo y Yocasta son imagos parentales tan perfectas, que por eso la trama las inviste de la paternidad real, como guiño al público comprensivo. Así escuché argüir alguna vez. Pero ¿cómo justificamos tan perfecta similitud entre las dos parejas, que a su vez justifique una transferencia tan lograda que podamos hablar no de desplazamiento, sino de práctica igualdad objetal? Pues sí: ambos son parejas reales. Pero Edipo no mató a Pólibo en Layo, porque no mató a un rey, no según lo que podía saber. Atacó a un desconocido, que casi lo atropella. Y con respecto a la boda con una reina, como su madre edípica... es un deseo "transferencial" tan común y tan poco particular y personal, que todos los jóvenes tebanos que aniquilaba la Esfinge incluían en su arrojo la misma intención, seguramente hasta siendo hijos de las más humildes costureras. El deseo de desposar una reina, no es necesario buscarlo en el pasado infantil, sino justo al revés.
Si para forzar una apología doctrinal convertimos a Layo y Yocasta en cuasi perfectas imagos parentales edípicas, quizás debería entonces contarse una historia muy distinta de la original: que Edipo al descubrir la verdad, se hubiera desesperado no por haber roto un tabú, sino por no haber logrado el objeto que deseaba en verdad.

Por lo tanto, si no queremos falsear los datos y llegar demasiado lejos quizás a un lugar equivocado, tenemos que atenernos a la trama, y la trama imposibilita que el móvil del incesto y el parricidio, sea el deseo edipiano, tal y como se entiende en el contexto freudiano (una fijación parental de la libido infantil), ni poco ni muy inconsciente, de Edipo.
Layo y Yocasta no son imagos parentales, son los padres de verdad. El incesto y el parricidio son reales, y el cuento impacta por esta cruda realidad, que todos estamos de acuerdo afecta a la realidad psíquica de todos los espectadores de una manera fundamental. El incesto y el parricidio son los auténticos protagonistas de la acción. Pero no puede explicarse el núcleo del conflicto como un problema que partió de un nudo familiar infantil; al menos esta leyenda, no ejemplifica eso, y creo que eso queda perfectamente claro. Debe existir, si damos por genuina la historia de este mito, otra manera diferente de entender cómo arraiga este problema en la psique humana. Esa otra manera se empieza a comprender una vez que percibimos que en realidad, padre y madre reales son una imago parental, una transferencia, de contenidos que están aún más profundos, más cerca de la originalidad, y que tienen su propia autonomía.

Pero argumentar todo ésto es una perogrullada, y además bastante insulsa por repetida. M.F Galiano opinaba exactamente lo mismo: "Resulta ya tópico decir que Edipo no tenía el menor complejo de Edipo; esto es cierto en cuanto a Pólibo y Mérope, y tampoco pudo odiar a Layo si no lo conocía(...)"(8).
Por cierto, en verdad en esta tragedia, como evento psíquico digno de reseñarse por evidente, quizás antes que el supuesto complejo de Edipo, habría que inferir un complejo de Layo, que sería propio del padre cuando ve amenazado su estatus por el hijo y se apresura a exterminarlo. También podríamos llamarlo complejo de Herodes, claro, o algo así. No es una tontería; desarrollemos un poco más.
Cuando hablamos de complejo de Edipo se nos viene a la mente, antes que el tema relacionado con el padre, todo lo relacionado con el complejo materno. En psicoanálisis, el centro de valor del complejo materno es la fijación sexual en la madre. Más adelante haré un dibujo más amplio de los temas, aparte del sexual, que puede aglutinar un complejo materno, más propiamente referenciado. Pero me gustaría ahora detenerme en esta cuestión: el complejo de Edipo freudiano parte del deseo sexual, enfocado en la madre. El odio/miedo al padre es una consecuencia de esta primera causa. No lo registramos básicamente como un complejo de hostilidad hacia el padre, sino que todo el asunto se nos presenta en principio girando en torno al deseo del hijo por la madre. Una cuestión que parte de una pulsión eminentemente sexual. Hijo, madre, sexualidad. Ciertamente Freud se ocupó muchísimo del complejo paterno, y deambuló en torno a la importancia de la figura del padre una y otra vez. Por supuesto, en cada acercamiento al complejo paterno trató la cuestión de la cultura, la moral, la civilización, las instituciones, el ordenamiento social y la conciencia. Y es que si madre nos traslada al mundo femenino del Eros, padre nos inserta en los valores del Logos, y desde nuestra visión, ambos son elementos constitucionales y originales de la psique humana, de igual a igual fuerzas instintivas fundamentales. Pero como para Freud no, lo que nosotros llamamos Logos, la directriz moral, el impulso a la consciencia, hacia la filosofía, el juicio y las ideas, en última instancia el espíritu, tiene que ser en él una consecuencia reactiva y a posteriori de las tribulaciones del Eros humano, su primer móvil fundamental. Para ambas visiones, a la postre padre es Ley (ya sabemos que propiamente hablando Logos, idea más globalizadora), pero para el psicoanálisis fundacional, es una ley que se impone al sujeto desde el miedo, la coerción y una fantasmal culpabilidad emocional, y no por su mérito propio y por ser una aspiración original de la psique humana.
Sin embargo, en el mito que nos convoca, y en general en todos los mitos griegos, y a la postre en la mitología universal, la rivalidad con el padre tiene una categoría complejal (ya podemos empezar a decir arquetipal) propia y genuina, no derivada de la filiación hijo-madre, y es que está íntimamente ligada a un problema de primerísimo orden para la cultura universal: la cuestión del poder, de la sucesión en el mandato. El problema entre Layo y Edipo, es un problema entre los dos, directo. Son reyes, y descendientes de un héroe semidivino fundador, Cadmos, un prometeo civilizador. No es necesario recurrir a la rivalidad por una hembra, la madre, para justificar el encontronazo entre ambos. Ni en razón de motivaciones personales, ni en razón de las razones que necesite el Destino. Un trono, un reino, ya sería suficiente motivo genuino para justificar una enemistad.
Como en la gran mayoría de cuentos, obtener a una princesa y obtener la corona real, por ejemplo matando un dragón y/o venciendo al rival (temas todos que aparecen perfectamente contenidos en el Edipo) son dos motivos paralelos. Pero no es dable apresurarse a derivar sin más unos motivos de otros, y a convocar demasiado superficiales causaciones dinámicas. Incluso en las historias donde más francamente la conquista heroica es realizada en pos de la fascinacion de amor, que no es el caso, se acaba manifestando finalmente a menudo como esa pasión sirvió de acicate, de estímulo o incluso de trampa para lograr en verdad lo que el héroe sin ese "cebo" no hubiera sabido que debiera haber alcanzado: un crecimiento psíquico, una expansión consciente, y un logro civilizador. La naturaleza vence a la naturaleza.
Es más, retrotrayéndonos al reduccionismo comparativo con el mundo animal, podemos diferenciar como las luchas entre los machos jóvenes y los viejos no sólo se circunscriben en una inmensa mayoría de especies al ciclo de celo. La agresividad siempre se fundamenta, desde el reino animal, en una autoafirmación intensa del valor propio, empezando por la defensa de la propia supervivencia. Ni en casos donde es bastante evidente la razón de la agresiva lucha por el usufructo de las hembras, podemos obviar que al lado de la descarga sexual están siempre en juego la territorialidad, la dominancia y la confrontación comparativa de la madurez de los machos. Esto es especialmente cierto en especies comunales donde existe la jerarquía, y el sistema piramidal de sociedades. Caso que es el humano.

En este punto podemos diferenciar en el mito, nítidamente, como uno de los temas nos remite a la libido sexual, y con eso a la órbita freudiana, y como el otro, directamente, al complejo de poder, y con eso a la órbita adleriana. No, no es dable a estas alturas obviar en la economía de la psique humana, en su filogénesis y en cualquier momento de su biografía o de la historia de la cultura, y menos analizando cuentos, sueños, leyendas y mitos, la cuestión del liderazgo, la conducción, el impulso a la conquista y el impulso a "reinar". De ninguna manera al menos, en la psique masculina. Haciendo un tanto de abogado del diablo del poder, incluso podríamos contemplar el triángulo edípico de una manera diferente con respecto a su causación: el hijo quiere conquistar la posición de poder del padre, por lo cual apetece conquistar una de sus más preciadas posesiones: la hembra-madre. Este alegato apoya Edipo, cuando dice en la obra de Sófocles:
"Ahora, cuando yo soy el que me encuentro con el poder que antes tuvo aquél, en posesión del lecho y de la mujer fecundada, igualmente, por los dos, y hubiéramos tenido en común el nacimiento de hijos comunes, si su descendencia no se hubiera malogrado -pero la adversidad se lanzó contra su cabeza-, por todo ésto yo, como si mi padre fuera, lo defenderé y llegaré a todos los medios tratando de capturar al autor del asesinato para provecho del hijo de Lábdaco, descendiente de Polidoro y de su antepasado Cadmo, y del antiguo Agenor". Y en esta declaración se incluye también un sentimiento positivo del hijo por el ejemplo honorable en la figura del progenitor. Pues no sólo fundados por el sexo se ama a la madre, y no sólo se odia al padre por su supuesta interposición. En realidad, ambas figuras están cargadas ambivalentemente, desde siempre. En este sentido, la experiencia nos muestra que es extraordinariamente común en la infancia masculina desarrollar una imperiosa atracción sexual por el padre, a veces mucho más vehemente que la ejercida por la madre, allí donde una investigación profunda descarta una simplista objeción de homosexualidad (9).

El problema del incesto; sexo. El problema de la rivalidad por el liderazgo; poder.
Adler vs Freud, una vieja polémica. Abandono por un momento el ritmo argumentativo para hacer una avanzadilla y en ella una acotación rápida pero contundente: En realidad, este nuevo problema de huevos y de gallina y la dialéctica escolástica sobre quién vino antes o qué fue después, la psicología analítica lo resuelve basándose en la experiencia en un nivel diferente, que aglutina en una estas posturas divergentes sobre el instinto sexual y el impulso de poder: obtención del matrimonio con la hembra añorada en el contexto de un mito heroico es un síntoma-símbolo de unificación entre Yo e Inconsciente, integración del Anima. Pero como integración del Anima es devenir consciente el Sí mismo, significa instantáneamente esta boda madurez y autorrealización del sujeto, no sólo placer de amor. En el proceso de la integración del Anima, se dan multitud de terribles pruebas y obstáculos draconianos, que en realidad y en última instancia corresponden al enfrentamiento entre el Yo y el Sí mismo, hombre y Dios, de poder a Poder, como el ángel en el vado y Jacob. "Si la discusión con la sombra es la prueba que consagra oficial al aprendiz, la discusión con el anima es la prueba que consagra maestro al oficial"(10). Un oficial, siempre tiene una cuadrilla a su cargo: es un mandamás. Y con ello aparece Jung, y las consideraciones de su escuela, como el tertium non datur entre las consideraciones de Adler y las de Freud.

Acabamos de encontrar en el mito de Edipo, razones suficientes para abordar un mitema, un complejo, un arquetipo, diferenciado del tema sexual, por mérito propio. Acabamos de mostrarnos que el asesinato de Layo no "sólo" fue un parricidio, sino algo más importante para toda una comunidad: un regicidio. Y eso implica mucho, más allá de la satisfacción o la frustración sexual de un individuo y de los escándalos privados de una familia.

No hay que irse muy lejos para hallar referencias ejemplares muy claras del mismo motivo: la rivalidad entre Cronos y Zeus, en lo más alto del panteón mitológico heleno. El mitema es similar en muchos puntos. Padre-rey que quiere evitar ser destronado, destruido, por su descendencia, e intenta exterminarla, y descendencia que en su punto más heroico, logra destituirlo en lucha y hacerse con el poder, a través de un designio imparable incluso para padres de dioses. Desde luego, supongo que gobernar un Olimpo, per se es un bocado apetecible, que en nada tiene que envidiar los favores de cualquier deliciosa mujer... incluso si es la madre. Como rey del Olimpo, Zeus desposó a su hermana Hera. Un matrimonio que aún sin participar de tabúes contra la "suprema pasión", nunca fue del todo satisfactorio.
En cualquier caso, como ya hemos empezado a mostrar, ni una cosa se deriva de, ni quita a la otra. Generalmente son motivos solidarios y entretejidos.
La misma historia de Teseo, amigo tardío de Edipo, se teje sobre las intrigas de la corona de Atenas, y de algún modo Teseo, accidentalmente también, mató a su padre justo antes de acceder a su corona, amén de también haberse criado lejos del reino que le correspondía. Y luego mata a su hijo, en un triángulo donde la hostilidad del padre, el amor de su madrastra Fedra y la inocencia de Hipólito, dibujan una especie de edipo inverso. Belerofonte es un héroe cuyo mito también nos recuerda muy directamente la intriga del nuestro. Fue exiliado por asesinar al rey de Corinto, y fue recogido y aceptado, incluso redimido de su deshonor, en la corte del rey Preto de Tirinto. En este caso, su mujer, Antea, otra Fedra, despechada por no obtener los favores del casto héroe, lo acusó de justamente lo contrario, seducirla. Así que es enviado en desconocimiento de que es una venganza de Preto a otra corte, la de Yóbates, padre de Antea, encargado desde una segunda intención de sacrificar al héroe. Lo envía contra la esfinge de esta historia, la Quimera, y la vence. Recupera honor, gloria, gana la mano de otra hija de Yóbates y, como no, la corona de Licia. Finalmente, una de las versiones de esta historia acaba con un Belerofonte ciego (también) y paralítico, alejado de los humanos.

Mitos, leyendas, cuantos de hadas, todos están llenos de intrigas de poder por la corona de los reinos; intrigas entre los príncipes y los reyes.

¿Cuál es la principal razón para que la trama edípica devuelva al héroe a su reino natal? ¿Para que se consume un incesto, o para acceder al trono que le corresponde por legitimidad? ¿Cuál es el complejo que padece Edipo en realidad? ¿Es una regresión al pasado infantil, o una progresión hacia su destino de madurez, como príncipe que tiene que demostrar su capacidad adulta para gobernar sobre el pueblo para el que nació predestinado hacerlo, y ser rey?

Edipo, Rex.
En Mysterium Coniunctionis, Jung dice: "Al representar el rey generalmente una personalidad superior que suele ser objeto de una estimación no ordinaria, se ha convertido en el portador de un mito, es decir, destinatario de las manifestaciones del inconsciente colectivo. La parafernalia externa de la realeza nos lo muestra muy claramente. La corona simboliza su relación con el sol, emitiendo sus rayos; su manto enjoyado es el firmamento estrellado; el orbe es una réplica del mundo; el elevado trono lo exalta por encima de la multitud; el tratamiento de "Majestad" lo acerca a los dioses. Cuanto más retrocedemos en la historia más evidente se vuelve la divinidad del rey. El derecho divino de los reyes ha sobrevivido hasta tiempos muy recientes, y los Emperadores Romanos usurparon incluso el título de dios y exigían el culto a su persona. En Oriente Medio toda la esencia de la realeza se basaba mucho más en creencias teológicas que políticas. Allí la psique de toda la nación era la base verdadera e indiscutible de la realeza: el rey era evidentemente la fuente mágica del bienestar y la prosperidad de toda la comunidad organizada formada por hombres, animales y plantas; de él emanaba la vida y la prosperidad de sus súbditos, el aumento de los rebaños, la fertilidad de la tierra. Esta significación de la realeza no fué algo inventado a posteriori; supone un a priori psíquico que se remonta muy profundamente en la prehistoria y se aproxima mucho a constituir una revelación natural de la estructura psíquica (...)" (11).
El simbolismo del rey nos remite automáticamente a las ideas de realización, diferenciación, consciencia, valor, civilización, cultura, progreso, evolucion, logro. Llegar a serlo es comunmente la meta mítica heroica; como dije antes, por sobre todo bajo el designio de la masculinidad. El rey es el representante supremo y más diferenciado de una cultura, su quintaesencia. Representa su más alto valor, un valor civilizador. "El rey es la tierra", por eso las tribulaciones de Edipo, de todos los labdácidas, y de Tebas y su pueblo, van de consuno. Más allá de su significancia colectiva, sociocultural, en la estructura psíquica individual el símbolo del rey refleja el núcleo de la consciencia, su escala de valor, su más alto logro y poder y su máxima diferenciación. Representa la voluntad más acabada, la quintaesencia del ego, el centro del yo. Más en propiedad y profundidad significa el punto de contacto, más estrecho o más amplio, en que el ego encarna al Self. Claro, el Self significa el ideal de autorrealización psíquica, por eso allí donde el yo ha logrado una corona legítima, allí donde ha logrado "ser rey", ha triunfado como héroe en cierta forma y ha alcanzado una más o menos alta (según el logro en relación con el supremo Rex, el Self), madurez, diferenciación y autorrealización.
Como vemos, en el simbolo real confluyen representaciones que engarzan la reminiscencia intuitiva del Sol psíquico, en el centro del Inconsciente Colectivo, el Sí mismo, la imagen del más alto valor (divinidad), con la manifestación de éste en el ámbito del ego, en la conciencia, y con la manifestación colectiva, social. Kether, la Corona, y su filiación con Malkuth, la manifestación, en el árbol sefirótico, ronda esta misma cuestión de relaciones íntimas entre el Sol transpersonal y la luz de la conciencia. El símbolo del rey concientizado siempre tiene, en mayor o menor grado por lo tanto, una cierta significancia de epifanía. Como instrumento de Dios, el hombre es la facultad donde el ojo divino se mira a sí mismo y se ve. Al menos, esa idea límite sustenta en muchos puntos tanto el pensamiento místico postescolástico medieval, léase Meister Eckhart, como la metapsicología de Jung. Habría que añadir que como instrumento, también implica la instancia de crear, concretar, hacer.
Cada vez que conseguimos un logro, cada vez que alcanzamos determinación, independencia, autonomía, perfección y desarrollo, y con esas armas logramos ubicarnos, asentarnos, conquistar un pedazo de mundo para nosotros, estamos acercándonos a un trono. Cada vez que una cualidad latente, que un contenido inconsciente, logra luz de concientización, y de impulso caótico pasa a ser un elemento reconocido, diferenciado, un instrumento de cierta voluntad y con cierto grado de aplicación, el Sol de la conciencia resplandece con el brillo de una corona real. A eso se refería Freud cuando decía que Donde Ello era, el yo debe advenir (en realidad ese impulso es más fundamental humano, que la misma sexualidad bioógica desde nuestro estrato animal). Acercarse al rey, es acercarse a la "genitalidad". En todo ser humano, el paso de la infancia a la autodeterminación adolescente, y de ésta hacia la ubicación y el logro social, es un camino regio, un camino de integración en la cultura (aunque se siga una senda contracultural), un camino de educación, adiestramiento, pulimiento, perfeccionamiento, cualificación. Es marchar en la dirección de ser alguien, de la diferenciación, de traer y traernos a la luz.
Por supuesto, en este proceso quedan cosas atrás. Y también es cierto que "nuestro rey", nuestra adaptación y lo mejor de nosotros, en lugar de estar en conexión con el Sí mismo, puede estar mucho más al servicio de la adaptación social, y nos una tanto a lo colectivo externo como nos separe del Inc. Colectivo y de nuestra identidad radical. Éste es el problema de la máscara, de la imitación servil más o menos acabada de lo que entendemos como triunfo, como héroe o rey, según nos llegue del entorno cultural, en lugar de la autorrealización. Por ello existe la figura simbólica del Sol Niger, el rey oscuro, en conexión con el abuso de poder, con la mala legislación, con los valores vitales erróneos, con la decadencia de un gobierno obsoleto. En la vida de una persona o un país. Puede ser una actitud impregnada de hybris e inflación, errónea, que separe mucho al ego de su sustento interior natural; puede ser un padre, un mal padre, un Dark Father (como apunta Grimaldi en su conferencia), que autoritariamente siegue las semillas de renovación en su clan; puede ser un gobernador, un director o un monarca, que con sus juicios, dictados y valores, separe a sí mismo y a su comunidad de la ley natural. Puede ser la escala de valores nefasta en la que se basa la meta de toda una sociedad.
Ahora bien, incluso en los más óptimos procesos de cualificación egoica que se producen en la primera mitad de la vida, que tienden los mejores puentes al mundo a partir del llamado de su vocación interior, queda después pendiente la necesidad de un retorno conciliador con los orígenes, para alcanzar siempre más y más completud. Y ésto precisamente suele ser más agudizado cuánto más óptimo y genuino ha sido el desarrollo hacia la "perfección" vocacional anterior. No sólo la rebelión de la autenticidad convoca la oposición del inconsciente contra la falsedad de la máscara, sino que con la vehemencia más intensa convoca su verdad más profunda también precisamente en aquel carácter que de por sí tiende a seguir incansable los hilos del destino en pos de su verdadera meta, siempre distante, quemando velo tras velo. El justo Job y el mismo Jesucristo, son ejemplos de ésto que estoy diciendo, dejando clara constancia que el horrible calor del infierno no es sólo destino de "falsos e injustos", porque toda verdad es relativa, y toda verdad más grande se alcanza después de sacrificar la anterior. Aún para el más honorable, una crucifixión marca el hito entre la mirada al mundo que madura en la primera mitad de la vida, y la mirada al Cielo que suele reclamar la Psique después.
El retorno a la fuente del alma, sincero y honesto, el replanteamiento de las verdades vitales y el reencauzamiento de la dirección vital y la estructuración de una nueva escala de valor más acorde con la última verdad, la que podríamos decir interna al mismo tiempo que del más allá, más allá de lo inmediato aparente, es un motivo constante en los sueños de muchos individuos que para generalizar llamamos sueños de la mitad de la vida. Una paciente a sus 40 años soñó: "...Una enorme paloma que habla me guía. Me insta a caminar por el lecho de un arroyo de agua cristalina, descalza. Pero no en dirección de su curso; quiere que suba contra corriente, hasta la fuente"
(Tal como le exhortó Yavé a Moisés delante de la zarza ardiente: "No te llegues acá: quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Exodo, III, 5)
Deconstruirse es sobre la base de fuego y dolor, siempre, porque se trata de la muerte de uno mismo, y de un sólo posible renacimiento. En este díficil proceso, nuestro pequeño rey-ego se enfrenta al gran Rey Cósmico que es el Sí mismo, que se le presenta así como un gigantesco enemigo y rival fantasmal, que de repente le hace todo tipo de trastadas y pone todo tipo de zancadillas a los éxitos y deseos entre los que se movía la vida del sujeto hasta entonces. El Dios de Job y la idea del Diablo bastan para aquilatar con suficiente precisión que de lo que estamos hablando, puede ser de una catástrofe de dimensiones malignas y no raramente mortales. El Dios del amor y la compasión, en momentos así, queda totalmente desdibujado frente a la más completa imagen de Abraxas. Frente a una imagen así, la pregunta de por qué este mundo es tan a menudo injusto y doloroso siendo gobernado por un dios de caridad, se convierte en una pregunta ingenua. La justicia se basa en otros valores, y el Dios, o la Diosa, que realmente parece gobernarlo todo tiene a menudo la misma compasión que un león mordiendo el cuello de la gacela o que una catástrofe natural, por ejemplo... un diluvio.
Dejando al margen la imagen más completa y compleja de Abraxas, rondamos con estas notas el arquetipo que desde hace tanto la astrología quiere revelar con Saturno. Él es dictatorial, implacable, rígido, severo, siente aversión por el cambio o la renovación (su tránsito es lento, el más lento entre los planetas visibles de la antigüedad), pesado como el plomo. Su otro nombre es Cronos, y su corona luce oscura las insignias del rigor, el karma (ojo por ojo) y la nigredo. Hablando con profundidad, es el aspecto oscuro del Sí mismo, el aspecto oscuro del "Padre y Rey" último del Yo y de la Humanidad, pero precisamente uno de sus aspectos, el más exotérico y proyectivo, vive muy a menudo encarnado, imbuido, en esa escala de valores que toda sociedad compele a introyectar en sus miembros, con vocación dictatorial. De esta forma, es un arquetipo que engloba tanto al tirano que se aferra a su poltrona y no quiere bajo ningún motivo abdicar de su poder, como a la Sabiduría de Dios, que conoce las verdades inmutables, eternas.
A través de esta ley severa y del concepto de máscara e imitación, estamos tocando el ámbito de lo que en psicoanálisis intuitivamente se llama superego, con ese resabor de malestar en la cultura, de opresión. Cuando Freud puso como ejemplo en Tótem y Tabú aquella imagen del padre-rey primigenio, represor, estaba creando un mito alrededor del arquetipo de Saturno. Precisamente para un judío, esta imagen de Dios Padre le es absolutamente cercana: tradicionalmente Yavé, es equiparado a Saturno (12). Mientras él creía estar respondiendo a la pregunta de cómo se genera una imagen de Dios a partir de un impulso biológico del animal humano, en realidad es muy patente como la imagen más cercana a él de Dios, le inspiraba la creación de su mito heroico, más allá del conjunto posterior de todas sus racionalizaciones al respecto. Y no sólo eso: él invistió para sus súbditos, muy en especial para Jung, la encarnación de ese mismo arquetipo saturnal (13).
No es necesario explicar cómo los símbolos padre y rey se entrecruzan. Es muy obvio como padre representa al rey en su clan, rey es el padre de su comunidad, y finalmente Dios Todopoderoso es una imagen tradicionalmente paterna desde el universo metafísico, especialmente en el monoteísmo judeocristiano. El nexo común es la cualidad fundamentalmente masculina (ojo, masculina, no única del sexo varón -en otros lugares he referido como a mi entender, el animus de la mujer representa con mucha más propiedad lo que el psicoanalisis atribuye intuitivamente a su instancia superego frente al yo femenino, y es perfectamente definitorio de lo que significa un complejo paterno) de conducción, perfección, triunfo, logro y concienciación racional y tecnológica, Logos.
Del mismo modo la figura del hijo es asimilable simbólicamente con la del Príncipe, bajo la égida del sucesor, el heredero, el aspirante. Nuestro Edipo empieza siendo en efecto ambas cosas: un hijo como todo mortal, pero más hijo todavía (permítaseme la licencia) porque cargaba en su destino con una seria polémica con su padre, y un príncipe, que es por demás un hijo con una gran responsabilidad añadida.
También hay que tener en cuenta que las dinastías monárquicas se instauran a partir del derecho de sangre, desde tiempo inmemorial, y siguen estirpes genealógicas. Por lo tanto, el problema de la sucesión y del máximo poder, desde muchos ángulos queda conexo al problema generacional entre padre e hijo.

Sin posibilidad de recurrir a causaciones biológicas y sexuales, la dinámica entre padre e hijo, príncipe y rey, en una expresión arquetípica con un valor muy especial, la tenemos en la evolución religiosa de nuestro propio modelo moral, vital, social y cultural, mitificada en la cuestión del Dios Padre y de su Hijo, Jesús, que vino a renovar Su Mundo y el mundo de aquel tiempo y acabó de hecho coronado, y heredero del Reino de su "progenitor" (aunque aquí abajo esos laureles lucieran como espinas). Hijo del Hombre, Rex Judaeorum, la polémica sobre el reino de este mundo, el conflicto con Herodes, Pilatos, el César, el templo, Caifás y su sanedrín y a posteriori, como corolario, el símbolo de la Trinidad presidiendo la trama... Todo eso hace de esta historia un fabuloso compendio explicitativo del mitema del que nos estamos ocupando ahora. Volveremos después, cuando en el contexto de la trama del Edipo, me detenga de nuevo en esta cuestión que la psicología analítica refiere como conflicto Puer-Senex.

Toda esta argumentación intenta diferenciar la figura del padre como mero esposo de la madre, extraerla del ambiente psicoanalítico que lo adscribe a lo sexual, incestuoso y regresivo, para acercarla a la de referente progresivo de realización, adaptación y madurez del hijo, al mismo tiempo que reto a superar por él, obstáculo probatorio. Principio de consideraciones que para ser justos también empiezan a destilarse en muchos discursos de Freud, más o menos tácitamente.
Incluso en este sentido, pero yendo aún más lejos, inferir un más allá del principio de progenitura y familiaridad, para acercarnos a la esfera del conflicto entre príncipe (principio) y rey, bastante más "exogámico" e impersonal. En la figura del rey se destila del padre, como hemos empezado a ver, lo que en él se proyectaba del Sí mismo del hijo. Como tal, rey significa su más alta meta y logro humano, la Individuación, y la familiaridad y paternal relación endogámica de su figura con respecto al hijo-príncipe, resulta de ser un contenido que le brota a éste desde la misma fuente de su alma, mucho más íntima que un lazo fisiológico de sangre.
No entraré aquí en disquisiciones sobre la debida androginia de una imagen del Sí mismo, pues el mito que nos ocupa es un mito ejemplificador de un proceso de individuación masculino. Sin embargo añado que aunque Rey es uno de los símbolos de la meta de identidad del ego especialmente en un hombre, como a fin de cuentas ego es conciencia, es luz, Sol, tanto en hombres y mujeres (escribiendo ésto a sabiendas de toda la reserva que se debe tener ante la precariedad de este postulado simplista, tema que es la base de la más famosa polémica entre Jung y Erich Newmann -14-), tampoco es impropio del todo para un proceso ejemplificador de un despertar y crecimiento de conciencia femenino.

En el mito de Edipo, los símbolos nos conducen a una de las imágenes más altas de la meta de una evolución consciente, a lo más óptimo del significado del devenir autorrealizado: literalmente a la consecución de un trono ganado en mérito propio y legítimamente, por lo tanto hacia un individuo altamente diferenciado, excepcional y genuino, muy por encima de la madurez de la media, y ejemplificador de lo más alto y mejor de una civilización y de una comunidad; capaz de superar pruebas y obstáculos donde otros fracasan, y así ser quizás acreedor del gobierno de todo un pueblo. Un hombre que deambula cerca de la esfera de los dioses. Hablando en propiedad: un auténtico Héroe.
Pero no sólo por vencer a la Esfinge, el Dragón, derrocar a un viejo rey seguramente inepto y acceder a su puesto público en la cúspide de la dignidad tebana, queda demostrado que Edipo, lejos de ser un hombre atrapado en una fase libidinal prematura, como lo etiqueta el psicoanálisis, es un hombre que alcanza uno de los más altos grados de "genitalidad". También el final de la leyenda, incluido el inexorable cumplimiento de la trágica profecía y la subsiguiente decadencia, lo acerca aún más a esta posición y valoración de heroicidad, crecimiento, y a la postre, ejemplo social. Cuando nos centremos en los comentarios comparativos con el arquetipo universal heroico veremos, a mi entender, cómo y por qué.

Una de las mil caras del Héroe
Tampoco es precisamente ningún descubrimiento catalogar el mito de Edipo como un caso particular del universal mito heroico. A excepción del psicoanálisis, que lo diagnostica con una falla en su madurez que lo coloca por debajo de la superación de un complejo y por lo tanto, en definitiva, como un ejemplo de lo que no debería ser y de ahí la tragedia, prácticamente todo el resto de exégetas que lo contempla ha visto en él tantos motivos que lo asimilan al mito universal de los más grandes civilizadores y héroes, y una trama tan similar a cualquier leyenda sobre logros y triunfos de los individuos excepcionales y semidivinos, que aunque sea eximiéndolo de sus culpas y fallas a través de la mala suerte, no han podido degradarlo de su categoría de ejemplificador del camino de los más elevados logros humanos, el mito heroico.
Sin hablar abiertamente de heroísmo, Freud nos cuenta sobre su valoración de lo que significan para él los individuos más valiosos y punteros en una civilización: "Para muchos de nosotros es difícil prescindir de la creencia de que en el hombre mismo reside un instinto de perfeccionamiento que lo ha llevado hasta su actual elevado grado de función espiritual y sublimación ética y del que debe esperarse que cuidará de su desarrollo hasta el superhombre. Mas por mi parte, no creo en tal instinto interior y no veo medio de mantener viva esta benéfica ilusión. El desarrollo humano hasta el presente me parece no necesitar explicación distinta del de los animales, y lo que de impulso incansable a una mayor perfección se observa en una minoría de individuos humanos puede comprenderse sin dificultad como consecuencia de la represión de los instintos, proceso al que se debe lo más valioso de la civilización humana. El instinto reprimido no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistiría en la repetición de un satisfactorio suceso primario. Todas las formaciones sustitutivas o reactivas, y las sublimaciones, son insuficientes para hacer cesar su permamente tensión. De la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el exigido surge el factor impulsor, que no permite la detención en ninguna de las situaciones presentes, sino que, como dijo el poeta, "tiende, indomado, siempre adelante" (Fausto, I). El camino hacia atrás, hacia la total satisfacción, es siempre desplazado por las resistencias que mantienen la represión, y de este modo no queda otro remedio sino avanzar en la dirección evolutiva que permanece libre, aunque sin esperanza de dar fin al proceso y alcanzar la meta. Los procesos que tienen lugar en el desarrollo de una fobia neurótica, perturbación que no es más que un intento de fuga ante una satisfacción instintiva, nos dan el modelo de la génesis de este aparente "instinto de perfeccionamiento"; instinto que sin embargo, no podemos atribuir a todos los individuos humanos. Las condiciones dinámicas para su existencia se dan ciertamente en general; pero las circunstancias económicas parecen no favorecer el fenómeno más que en muy raros casos"(15). (La cursiva es mía)
Freud no se cuestiona la existencia de estos individuos punteros. Él mismo señala sin ninguna duda la existencia del héroe, aunque da un dibujo muy reduccionista, y obviamente, degradado y pesimista de sus razones. Sin embargo, no es difícil percatarse en su discurso de una manisfiesta contradicción, azorada, entre la apología reduccionista y la calificación sobre "lo más valioso de la civilización humana".
En realidad, "reducirse" imparcialmente a los motivos de la evolución animal es bastante evidente que conduce en realidad y en la práctica a esa impresión poética de "tendencia indomada hacia delante" (16), sin necesidad de acudir a ninguna represión e impulso reactivo e impropio, sino a la mera fuerza natural. Del mismo modo que él mismo postuló las fases oral, anal, edípica y genital (y a ellas inherentes la idea de evolución y refinamiento), es fácil pues al menos hipotetizar la posibilidad de que lo que él llama instinto de perfeccionamiento sea la posterior evolución de la genitalidad hacia un quizás más alto grado de madurez. Por cierto que hoy día, "reducirse" incluso a la partícula física elemental es ingresar en el cosmos de las más grandes ideas religiosas y filosóficas de la Humanidad.
Me resulta científicamente prejuicioso y extremadamente parcial restarle al impulso de conocimiento, de creación y de conquista humano su genuinidad. La fascinación por las ideas, la religión, el culto, la política, el arte, es tan evidente deducirla en la raza humana a través de los hechos (sin ir más lejos), por los que siempre nos conoceremos, y que son los síntomas de nuestra humanidad, desde el principio de los tiempos hasta siempre, como directo y evidente es experimentar en cada uno de nosotros ese mismo instinto hacia esa luz, sin necesidad de menospreciar otros estratos de nuestra entidad humana como son los que conciernen al hambre y la sexualidad. Me es aún más penoso proviniendo de un hombre cuyo mejor rendimiento humano lo obtuvo fundado sobre la base de esta aspiración: desvelar la verdad, servir al Logos. Curar haciendo luz en las tinieblas del desconocimiento de sí, y hacer progresar a la Humanidad con su creación filosófica. Es muy patente el papel de Freud como héroe civilizador de nuestro tiempo, y su entrega absoluta y fascinada al progreso cultural. Sin embargo, en un punto sucumbe al prejuicio filosófico de la época (que no a su instinto sexual, precisamente) y hace apología de un Eros deformado por el prisma positivista en detrimento del Logos que lo impulsó toda la vida, sin ver lo que tenía siempre delante de la nariz: una reproducción de la inquisitiva Esfinge en la mesa de su despacho, mucho más cerca y más viva que el cuadro de su mamá y su papá. Como un héroe que después de haber vencido mil dragones y haber iluminado miles de grutas fantasmales, se dice cínicamente a sí mismo que todo lo hizo porque le faltó fornicar más.
Quien revive la infancia, al lado de las imágenes de los padres, de hacer pis y defecar, no puede menos que ver su impulso constante e innato a olfatear, curiosear, intuir, pensar y fantasear la verdad. Y a crear y re-crear. Quien revive la infancia, no puede sino recordar que su cuerpo mismo le impulsaba minuto a minuto a crecer inexorablemente, empujando por sí mismo hacia la "genitalidad", comprender su mundo y madurar como humano. Tomamos finalmente constancia de que la naturaleza no pierde tiempo empujando hacia atrás, ni aferrándose tozudamente a objetos pasados (eso es más un problema de miopía o inmadurez del yo) si no es para finalmente progresar más lejos en el ser uno mismo y así garantizar precisamente la satisfacción de todas las pulsiones e instintos, muchas de las cuales hoy sabemos que se despiertan avanzando la edad... incluida la "pulsión de regreso a los orígenes".
La regresión a las imágenes parentales, aparte de producirse por una inmadurez del yo, por su infantilismo, y crear por lo tanto una neurosis no ya por la ley del deseo contra el principio cultural, sino por la fijación regresiva de la conciencia contra el impulso a crecer y avanzar más allá de su pequeño nundo de enseres y cosas a primera mano, también aparece cada vez que el impulso de la libido se ve frenado hacia delante por algún obstáculo, frustración o decepción, y ésta regresa a un lugar de adaptación anterior (de donde se produce esa sensación de que "cualquier tiempo pasado siempre fue mejor"), pero también, y es el punto que más ahora nos interesa, aparece cuando se ha completado un discurso completo vital, una parte de la vida ha sido desarrollada, y hay que retornar a los orígenes para empezar a avanzar de nuevo desde aquellas semillas que quedaron aún por regar. Exactamente, tal y como el Sol después de su cénit, comienza a declinar hacia el abismo de la noche, para luego renacer.

Tener ego, consciencia, es el atributo humano por excelencia. La identidad; al lado del sujeto del conocer, el impulso sine qua nom de conocer el mundo y a sí mismo, valorarlo y vivirlo fundado sobre eso, lo que llamamos cultura. El ego es una estructura dada humana, que no es imaginable cómo puede ser creada por ningún obstáculo externo ni ninguna represión desde afuera. Por el simple hecho de tener ego, queda muy preliminarmente justificado el "impulso a la perfección": el yo es consciencia, y la función de la consciencia es iluminar e instrumentar. El yo madura en el principio de realidad, y de entrada es absolutamente justificable darle un peso a este instinto como salvaguarda y diferenciación del instinto de supervivencia, cuya pulsión más arcaica se delata en la agresividad o el miedo. Cuanto más lejos y más intensamente cumpla con su función de reconocer realidades, externas e internas, se supone muy obviamente que su fundamento mejor satisfecho está.
Postular un sistema psíquico encerrado en lo fisiológico, basarlo en una libido de origen y vocación animal, y a partir de ahí y a través de estímulos y obstáculos externos convocar el epifenomeno de la cultura humana, ¿sería algo así como la conversión de las cabras en filósofos gracias al bastón del pastor? Con una dificultad añadida: ¿cuál fue la primera cabra que se convirtió en pastor?
Entender la cultura humana y su mundo de Ideas y logros como una especie de síntoma obsesivo ritualista de defensa contra el pánico fóbico a caer en la tentación tabú, es no entender ya de entrada que en el ritual obsesivo o el síntoma de conversión no se expresa tanto el censor y el lenguaje de la represión con sus pretendidas sublimaciones y desplazamientos, como el símbolo del inconsciente que en sus rictus, incluso los más grotescos, intenta expresar y sacar a la luz su auténtico contenido instintivo. En realidad, siguiendo el hilo del ritual obsesivo, la conversión histérica o hasta la imaginería psicótica, llegamos al mismo punto del que brotan las obras más terminadas de la humanidad creativa, y en lugar de desplazarnos hacia la pretendida "periferia impropia" de lo social y moral, el superego, de nuestra economía psíquica, nos adentramos en el núcleo de nuestros más profundos instintos, donde yacen ocultos en la misma esfera tanto los tabués como los tótems eternos.

Nuevamente, el logro "sublimativo" de Freud en su mito cosmógonico particular sobre la horda primitiva, desde este aspecto nos acerca al mito del Génesis judeocristiano, sometiéndose inconscientemente al patrimonio de la religión, en lugar de "desplazarla" y explicarla. Al estilo de Lévy-Strauss, podemos hacer una comparación estructuralista de ambos mitos:
Génesis Tótem y Tabú
-Mito genesiaco, "cosmogónico". -Idem
-Rebelión contra el mandato de Dios, el Padre. -Rebelión contra el gran Padre. Parricidio.
-Manzana y serpiente, símbolos ambiguos y -Móvil sexual.
dobles sobre la sexualidad y el conocimiento.
-Comida de la fruta. -Comida ritual caníbal.
-Expulsión del Paraíso, el orden primigenio. -Fin del ciclo y el orden primitivo.
-Aparicion de la conciencia del bien y del mal y la culpa. -Complejo de culpa y restricciones morales.
-Concepto de pecado original, culpa heredada. -Idem
-Despertar a un nuevo grado de conciencia y a la civilización. -Idem

Así que tenemos la rebelión contra el Padre como representante del antiguo régimen de civilización y la aparición de un nuevo orden instaurado como era del Hijo, proceso donde se unen el logro, el progreso y la luz con la sombra del pecado, la separación y la pérdida, exactamente igual que en el mito prometeico. Un mitologema que como ya hemos antes mostrado es bastante clásico y universal. En el Génesis, pareciera que el acto de pecar y su inmediata consecuencia inaugura la diferenciación entre lo bueno y lo malo (árbol del conocimiento del Bien y del Mal), lo cual abre la luz de la conciencia al juicio, al pensamiento y la valoración del mundo. El que empieza a pensar y actuar por sí mismo (Sí mismo), tiene que saber soportar el pago de su rebeldía ante la Norma; en general, tiene que soportar su responsabilidad más profunda. En el mito freudiano, que en sus símbolos cuenta lo mismo, sin embargo en su explicación conceptual se debate en forzadas racionalizaciones, porque intenta no apartarse en ningún momento de la etología animal por prejuicio, y así jamás recupera para el hombre el apropiado valor de su autoconciencia: la moral queda reducida al juego de poderes entre el impulso sexual y el miedo a la castración, ya sea frente a objetos concretos reales, padre y madre, actuales o primitivos, ya sea frente a fantasmas antepasados, y el instinto de verdad y crecimiento queda constreñido a un entretenimiento para olvidar la frustración primaria, un día alcanzada... y rechazada otra vez con renovado pánico.
Por supuesto, el mito de la horda freudiano es un intento de reelaborar el Edipo con todo el argumento "doctrinal" a la vista y bien claro. Algo así como una explicitación del Edipo como mito, que se presupone más latente, y a la vez extenderlo como nudo complejal desde el origen biográfico personal hasta el origen filogenético de la raza. Ésa al menos parece ser la intención consciente. Al estilo de las explicaciones alquimistas, que prometen dilucidar de una forma más aprehensible a la razón y más demostrativa el lujo de simbolismos precedente de su tradición, y luego se explican con un nuevo abtruso simbolismo que apenas en algunos casos remonta hacia un nuevo nivel de comprensión de las cosas, Freud con un mito clásico pretende haber desvelado otro. Impresionante testimonio del poder generador del símbolo, que se abre paso con renovado ímpetu siempre, allí donde le dejen el menor hueco, incluido en mitad del racionalismo de la filosofía cientifista moderna.
Mientras intenta reducir la relación hombre-Dios, bien diferenciada en el mito genésico, a una relación paterno filial en el suyo, se obliga a dotar a su padre primitivo de un poder y unas atribuciones cargadas de mana, precisamente ¿divinas? En efecto, desde el edipo como complejo hasta acá se ha destilado del mero padre la figura patente del tirano rey, más cercana a la relación ego arquetipo, ego Dios, que ninguna relación personal hijo-padre, ni primitiva, ni actual, si entresacamos de ella las forzadas proyecciones del niño en la figura del papá, claro, que por cierto nunca son tantas como para poder explicar con ellas los atributos que desde siempre tienen las imágenes divinas. De hecho, dice Freud mismo: "(...)Según explicamos ya en otro lugar, dicho padre primordial fue el prototipo de Dios, el modelo conforme al cual crearon las generaciones posteriores la imagen de Dios" (17). Así es: imposibilitado de explicar la economía psíquica humana sin acudir a la idea de Dios, intenta in extremis introducirla, como un genio de cuento en un frasco, en la figura del padre, y para que quepa, tiene que grandificar esta figura hasta un nivel, precisamente, míticamente irracional.
Por cierto, es muy llamativo en la práctica terapéutica como, mientras la teoría psicoanalítica pretende introducir a Dios en la figura del padre, los sueños de los analizandos aquejados de los correspondientes complejos intentan volver a extraer desde la imago parental, hinflada por la consiguiente proyección, la figura genuina de un Dios, y restaurarla a su dimensión propia (18).
El hombre que criticaba el absurdo de la religión como artículo de fe dogmática, aduciendo que "No hay instancia ninguna superior a la razón" (19) y proclamaba tácitamente la relación entre su concepto de sueño y las religiones al decir de las segundas que "Son ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la Humanidad"(idem), era el mismo que inauguró una nueva era de fe por petición de principio en el contenido de los sueños, y en empezar a desvelar las razones ocultas tras su fachada de aparente absurdidad. Y eso de "deseo más antiguo, intenso y apremiante de la Humanidad", encierra en verdad una implicancia tal y es tan profundo que dice mucho más de lo que él mismo cree decir. Cuando también comentaba que "Tales ideas que nos son presentadas como dogmas, no son precipitados de la experiencia ni conclusiones del pensamiento"(idem), no estaba desde luego reflexionando en la manera en que había nacido su propia idea mítica angular sobre el origen de la civilización.

La llave de la exégesis del símbolo, la que podía de veras avanzar un paso más a fondo y de verdad desvelar hacia otro nivel el misterio, estaba en otro lugar. Como siempre, a resguardo del espíritu de la época, en el mismo horno de donde nace la matriz generadora del mito, el cuento, el sueño y por ende la vida misma: el espíritu de las profundidades. La fina intuición marca la verdadera dirección de las respuestas. Recorrer el camino, es otra cosa.

Si en el mito freudiano, la nueva conciencia con sus nuevas luces y sombras y el inicio del despliegue humano civilizador parten de un conflicto edípico, y permanecen siempre como un derivado sustitutivo alrededor de esta causa primordial, en el mito judeocristiano, desde el principio la sexualidad y el instinto luciferino de conciencia y renovación aparecen unidos y solidarios (instinto luciferino que en el mito prometeico aún es más patente). En todo caso, el nombre de Árbol del Conocimiento, no deja lugar a dudas sobre el sentido fundamental de aquel apetito rebelde. Venus, Afrodita, Lucifer, es como astro el amanecer en el cielo estrellado, la primera luz en el "albor" de la noche, une petite aube, un despertar de conciencia. Nuevamente, el arquetipo del Anima, Eva, donde se unen los extremos Lilith y Sofía en la misma manzana explica perfectamente el trasvase entre Eros y Logos sin tener que recurrir a causaciones concretas rebuscadas y artificiosas que, en último término, hemos demostrado en realidad son creaciones de la fantasía mítica moderna, tan arquetípica como la de siempre.

"...y de este modo no queda otro remedio sino avanzar en la dirección evolutiva que permanece libre, aunque sin esperanza de dar fin al proceso y alcanzar la meta" En esta declaración pesimista, nuevamente Freud con su fina intuición habla por boca de un arquetipo archiconocido en la vida e historia de las religiones y gnosis. Está hablando de la ilusoriedad del mundo, de la banalidad de la vida, envuelta siempre en un engaño y una ficción. Está hablando como un hindú que predica sobre los velos de Maya, como un cristiano sobre su valle de lágrimas, como un gnóstico del torpe demiurgo, como un budista de la rueda del Samsara. En su concepción, esta imposibilidad de cumplir la auténtica meta se basa en que ésta quedo atrás, de una vez por todas; la suprema realidad del deseo humano, frustrada definitivamente, y todo discurrir hacia las luces y las alturas conscientes es un alejarse del paraíso primordial no alcanzado nunca, y perdido para siempre. Para no remontarse demasiado del entorno palpable de la biología y del por qué causativo del iluminismo, ese paraíso anhelado queda proyectado en la imagen de una unión sexual concreta y en un recuerdo reprimido desde la infancia. Mas el discurso religioso, esotérico y místico tradicional precisamente cuenta que es lo concreto, lo más próximo y palpable, el mundo de la apariencia. Es un discurso que parte del platonismo de toda aquella humanidad que ha intuido, inferido o hasta sentido con el tacto directo del alma alguna vez como móvil psíquico y vital primario una Idea, que nosotros hoy llamamos Arquetipo. En este sentido, la esperanza a alcanzar no queda existencialmente imposibilitada: el por qué de las cosas se complementa con el para qué y su destino, y la Jerusalén Celestial, la Budeidad o el Nirvana, no por ser difícilmente alcanzables, dejan de ser el sentido último de la vida. En último término, ése es el anhelo del camino heroico, el Agarttha donde mora el rey del mundo (20).
Justamente el elemento "madre", que para Freud en su acepción concreta es uno de los valores más reales en la economía psíquica del sujeto, la hermenéutica del símbolo nos lo muestra como el responsable (corresponsable, para ser exactos, junto con el ego encargado de tomar postura frente a él como arquetipo) en algunos de sus atributos de una de las más grandes estafas y engaños en que puede caer el individuo: "Ahora bien, ¿qué es ese factor proyectante? Oriente lo conoce como "La Tejedora" o Maya, la danzarina que genera lo ilusorio. Si no la conociéramos hace rato a partir de la simbólica del sueño, esa interpretación oriental nos pondría sobre la pista: la que rodea entre velos, la que envuelve entre redes, lo que traga, apunta irrecusablemente a la madre."(21).
Sí, Yocasta, la que conoce sin entender los sueños escandalosos del vulgo, la que duerme viviendo su realidad y envuelve de velos, sin quererlo ni saberlo, la vida soñada de Edipo.

Pero volvamos una vez más a empezar por el principio y a contar en lenguaje y concepto moderno, con la esperanza de que irrite y moleste lo menos posible al sentido eterno, esta historia mítica sobre la vida de uno de esos raros casos en que un hombre creció más alto y más lejos de lo normal, para gloria de su raza, y pagó muy caro como todo auténtico héroe su cercanía a las estrellas.

Exégesis
Comenzaremos con los nomina. Edipo significa "pié hinchado", y es un apodo que muy probablemente le viniera del estado en que tendría los piés de bebé atravesados por un clavo y amarrados cuando lo abandonó su papá. La acepción más aceptada para Layo es "zurdo". Remontándonos a su abuelo Lábdaco, sabemos que este nombre significa "cojo".
Realmente, son muy significativos estos apodos. A priori, parece que nos habla de una genealogía de reyes deformes. Dejemos el calificativo de zurdo para después, y ocupémonos primero de las extremidades inferiores, por doble alusión.
Colin Wilson nos cuenta: "El hombre camina en la tierra con sus pies fisicos; pero en la vida lo hace con sus pies psicologicos. Su nivel psicologico externo es sensual, es cosa de la sensacion, de los sentidos. Sus pensamientos y sentimientos externos provienen de lo que captan a traves de los sentidos. Este es el nivel que representan los pies psicologicos de su ser, pies distintos a los de su ser fisico. Y la clase de zapatos que calzan estos pies son sus puntos de vista, sus opiniones y las actitudes que viste o utiliza para allegarse a una vida sensual. Si no fuese por los cinco sentidos no habria vida externa (...) El Hombre que entiende la vida únicamente a través de las pruebas que le ofrecen sus sentidos, no es un hombre psicologico. Es un hombre sensual. Su mente se apoya en los sentidos. En otros escritos se llama a ésta la "mente carnal" (Colosenses II.19) En este caso piensa desde los pies, no tiene cabeza. Y piensa especialmente desde la clase de zapatos que calzan sus pies. Esta es la forma de su verdad; es diferente en diversos casos, pero siempre corresponde al mismo orden o al mismo nivel. Aún dista mucho de ser un Hombre. Piensa de una manera literal. Toma la parabola literalmente (...) Mezclar el pensamiento de los pies (los zapatos) con el de la cabeza, es confundir niveles. El pensamiento de los pies determina los zapatos; éste es el pensamiento sensual, el que tiene que ver con los objetos de los sentidos. El pensamiento de la cabeza es psicologico y tiene que ver con el significado de las cosas.
Estos dos órdenes de la verdad no se contradicen, pero pueden convertirse en contradictorios si se les considera opuestos.
No son opuestos, sino que corresponden a niveles distintos. Son formas diferentes de la verdad, a distintos niveles. De modo que la verdad tiene formas diversas, a diferentes niveles. Pero si el hombre piensa únicamente con los pies, no podrá entender la idea de niveles. Pensará unicamente en un nivel, y convertirá en opuesto lo que no es. Y así ocurre que en cuanto las gentes pierden todo sentido de niveles, o de proporciones, cuando pierden el sentido de niveles superiores e inferiores, el mundo se convierte en opuestos. El resultado es violencia. (...) La purificacion del pensamiento, el cambio de mentalidad , lo simboliza el lavado con agua; esto es, lavar la sensualidad de la mente.
El lebrillo es el receptaculo que contiene el agua, aquello en lo que se concentra el agua. Los pies son la mente inferior en contacto con el mundo exterior. Y esto es lo que ha de cambiarse en esta vida."(22).
Por lo tanto, parece que hablando de piés, "tropezamos" de entrada con alusiones directas a un conflicto entre hombres superiores e inferiores, a un tema que atañe directamente al problema de evolución psíquica humano y a los niveles de lucidez y conciencia. Se trata de la manera en que cada uno "anda por el mundo", su camino, su dirección, qué valora, qué es capaz de ver y tocar, y qué no. Estas cosas son de las que se ocupan Jesús y Nicodemo en su famoso diálogo: «Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.» (Juan 3:1-8). Nicodemo usa los piés sensuales para acercarse a la metáfora del nuevo nacimiento; su maestro le corrige, y le insta a usar los piés lavados, simbólicos, espirituales.
Sabemos perfectamente que Edipo se debía lavar muy bien los piés en el lebrillo, porque fue el único que logró desvelar el misterio de la Esfinge, no apto para piés llenos de barro. Había que encontrarle el sentido oculto a la metáfora. La pregunta del monstruo en sí, nos conduce también a la cuestión de los piés. De Edipo se cuenta que ganaba en las carreras de jovencito, así que usaba muy bien sus piernas. A lo mismo nos remiten sus peregrinaciones y exilios como excelente peatón, desde la adolescencia. Parece que su herida de pequeño, al no matarlo, lo hizo más fuerte en todo lo que atañe a esa zona corporal, también en su significado simbólico. Como un sacrificio propiciatorio. Así como la ceguera muy a menudo acompaña a la videncia, la cojera mitológica a menudo acompaña también a la capacidad de llegar más lejos en ciertas cualidades, y a menudo éstas son precisamente, como ya sospechábamos, las mentales y espirituales. Se trata de la cuestión del sacrificio: quien muere a lo sensual, renace a lo espiritual. El lavado de piés es una especie de bautismo de éstos, pero sabemos que bautismo es una muerte y renacimiento iniciático, y conlleva por eso la misma significancia que el sacrificio del que estamos hablando. Así que podemos empezar a percibir en la saga labdácida, pensando con piés simbólicos, quizás una herencia a favor de concebir la vida de una manera filosóficamente superior que el resto. Una herencia de superioridad de Logos, que era la garantía de legitimidad de su realeza, genealógicamente establecida por el indiscutible héroe Cadmos. En nuestro mito, es muy patente la presencia de una figura del Sí mismo de Edipo tanto en su abuelo cojo, como en el ciego Tiresias. Tiresias aparece en la trama como la voz de su futuro: en un Tiresias acabó transformándose él, a través del gran sacrificio que le inflinge la tragedia. En cierto modo la cojera, la ceguera, son ciertamente castraciones. Pero pensando con los piés adecuados, comprendamos la castración como sacrificio de la visión y el apetito meramente sensual, hacia el devenir psicológico espiritual.
Robert Johnson nos cuenta en su libro Equilibrio entre el Cielo y la Tierra, autobiográfico, como a través de un accidente que le seccionó una pierna, tuvo su primer contacto con el Mundo Dorado, la altura celestial. Yo mismo tuve ocasión de entablar trato con un chamán indígena mexicano, descendiente de zapotecas, que me relató como sus capacidades de curandero y vidente las recibió a cambio del sacrificio de la cojera permanente de su pierna derecha.

Saturno se representa como cojo. La cojera como toda merma física es en efecto una limitación, y tal como hemos dicho, se impone en sacrificio. Ambas cosas, el limitarse a lo que uno es, y el sacrificio de lo vano en pos de lo trascendente, nos conducen directamente a la idea de Individuación, y por ende a Saturno como imagen de un riguroso maestro, resentido y malhumorado, por todo lo que se obliga y obliga a abandonar y perder.
"Paseo con un amigo por una calle llena de luz, de ambiente medieval. Parece una casba moruna, atestada de gente, tiendas y mercaderías. Entonces recuerdo que llegó la hora de las lecciones; caminamos hacia el monasterio, cerca del mercado. Tras la enorme puerta, una sala de estudio. Un monje viejo se aplica en enseñar a un niño, y me mira enfadado: parece que llego tarde a mis obligaciones. El ambiente de la sala es lúgubre y oscuro. Me adelanto hacia la puerta de atrás de salida, y miro el patio del monasterio. Está bañado de luz radiante, y el verde del césped rutila belleza primaveral. Me digo: volverá algún día otra vez el tiempo de disfrutar de la vida".
Este sueño fue tenido por un analizando justo al inicio de una recidiva de la neurosis, que lo obligaba a un nuevo periodo de introversión, a través de una fase de nigredo.
Con el tema del viejo riguroso y el aprendiz niño, nos adentramos en la dinámica simbólica Puer-Senex. Como dije mucho antes, uno de los secretos escondidos al lado del tema padre-hijo, príncipe-rey, ego-Sí mismo. La Alquimia a menudo equipara al puer con Mercurio y al senex con Saturno. Mercurio, el de los piés alados; Saturno, el cojo. Dédalo, el padre, Icaro, el hijo. En este sentido el senex templa el espíritu ensalzado y volátil del puer con la prudencia y la mesura, coagula la obra, acerca el espíritu a la tierra, enseña la verdad divina y dentro de ella la limitación humana. En otro aspecto, sacrifica la pasión vital dispersa a favor de la concentración y profundización introvertida.
Así como el dragón es el representante del Inconsciente Colectivo, la Madre que sustenta a la conciencia, y en su aspecto devorador y como guardián del gran tesoro de la vida se erige como reto probatorio frente a los pequeños y los grandes héroes, Saturno es el aspecto probatorio y retador del centro de la Psique, el Sí mismo. Casi prodríamos decir que son sinónimos, sino fuera sobre todo porque, vuelvo a repetir, estos parangones son perfectamente adecuados sólo para la psicología masculina. El dragón, como la Esfinge, devora la vida sobrante y deja vivir sólo a la flor de la raza humana, si ésta así se demuestra, y aún así de muy mala gana. Saturno, como ya apunté más arriba, como Cronos, por ejemplo figurizado en la imagen de un Herodes, o de un César (rey de este mundo) sólo es vencido por el Puer Aeternus capaz de devenir a su vez Senex, depositario de la nueva verdad que es capaz de hacer frente a la ley anterior tradicional y constituirse como heredero legítimo renovador de la norma eterna.
En la historia bíblica de Jacob y Esaú tenemos un compendio de todo lo que estamos hablando. Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas, es considerado el hombre carnal, terrenal, y Jacob, su hermano mellizo, un hombre santo, patriarca judío, el mismo Israel. Jacob luchaba ya en el vientre de la madre con su hermano, intentando ser el primogénito (heredar pues el gobierno de su tribu). En el parto, nació detrás de Esaú, agarrado férreamente de su talón, para no quedarse atrás. Finalmente fue la lucha que llevó a cabo en el vado contra el Ángel, el varón, la que le concedió su título y legitimidad patriarcal. El Ángel le secó el muslo a Jacob, y de ahí en más, el patriarca fue cojo.
De Jacob se cuenta pues que nació luchando con Esaú, el hombre peludo, sensual y cazador, para arrebatarle la primogenitura, el "trono", ya en el parto aferrado al pié del hermano; que engañó a padre y hermano para obtener la bendición de primogenitura; que luchó contra el mismo Dios, para que le bendijera como patriarca, todo ello mezclado nuevamente con el tema de los miembros inferiores y la cojera, y además León Dujovne en su libro El Zohar (23) nos cuenta que Jamor, otro de los personajes con los que entró en conflicto a lo largo de su vida, significa asno, y lo equipara a lo pagano e impío, a la altura de lo que significaban los egipcios para los judíos en aquellos tiempos. Pero ya más arriba señalé que Saturno, uno de cuyos atributos es el asno, estaba íntimamente emparentado con el Dios de Israel, Yavé, como uno de sus aspectos crueles y sombríos por un lado, y carnales e instintivos por otro. Así que me parece muy obvio pensar que desde el principio Jacob luchó contra el mismo Yavé, el genuino Padre, detrás de diferentes máscaras, incluida la imago parental figurada en su hermano mayor (que obliga a incluir una acepción paradójica al símbolo tradicional de Esaú como representante de los pueblos gentiles) y la de su mismo padre, del que reclamaba y logró bendición y sucesión, como se ve que en su carácter es constante, por engaño o por la fuerza.
La heroicidad hay que demostrarla tras muchas rivalidades, es un asunto de competitividad, tras el que se esconde el obstáculo probatorio de Saturno, "el diablo cojuelo", que impone el reto, inflinge sacrificios, y es parte como Mefistofele de aquella fuerza que quiere el mal y acaba, a veces, haciendo el bien.
Es obvio que toda esta cuestión de rivalidad y del adversario nos circunscribe a los problemas con la sombra. Al hablar de la sombra como Saturno, estamos hablando del estrato más arquetípico del tema del opositor, del aspecto oscuro de la misma imagen de Dios desde el centro de la psique. Ese centro a la vez que cósmico es a la vez el núcleo más íntimo de la personalidad total del sujeto. Esa intimidad, al ascender en estratos y acercarse más a la órbita del yo, se figuriza en personajes adversarios del entorno del sujeto. Así como decimos que el héroe cuando lucha contra el dragón, está luchando contra su propia Madre, en definitiva contra él mismo, ocurre exactamente con los motivos que estamos tratando. En este caso, y lo observamos perfectamente en el mito bíblico del que acabamos de hablar, el adversario puede ser un amigo íntimo, un hermano, un padre. El doble oscuro. Claro, para simbolizar cosustancialidad, pertenencia íntima, ninguna mejor metáfora que figurarse en elementos de la misma familia (24) Para también reseñar ésto, tenemos a la vista cercana un mito moderno de enormísima popularidad: la saga Star Wars, de George Lucas. En ella, reconocemos mitemas perfectamente edipianos: la lucha contra el padre, que no se descubre que lo es hasta muy avanzada la trama, y el incesto latente, en la figura de la hermana. Aquí son las manos, y no los piés, los miembros de sacrificio. La nave planeta del padre oscuro, la Estrella de la Muerte, es una alusión clara y directísima a Saturno. Por supuesto, comparte con Edipo y con el resto de mitos heroicos ancestrales el tema del doble nacimiento, la orfandad, la adopción, la inquietud adolescente de aventuras, y el destino inexorable de encontrarse cara a cara con la tragedia, pues quien siente el impulso vital más elevado y heroico, es quien más siente la necesidad de ser él mismo, y enfrentarse pues consigo mismo.
De este modo vamos despegando del enfrentamiento del héroe contra su padre el motivo regresivo y mezquinamente trivial familiar, para pasar a su ámbito propio: el periplo heroico individuatorio, el problema del poder, de la verdad, y los opuestos cósmicos del bien y del mal. Es decir: el enfrentamiento contra el padre no como causa y origen de toda esa travesía vital de búsqueda, sublimada en un periplo heroico "perfeccionista", sino el enfrentamiento contra el padre como una de las metáforas personales del enfrentamiento con un poder paternal divino, infinitamente trascendente, original y superior. Un problema cósmico, que cabe a la vez como un pulgar en el centro más íntimo y familiar del corazón. Eso sí, en su mayor extensión, de los corazones más grandes y apasionados, los corazones heroicos.

Como toda esta temática gira en torno a arquetipos masculinos (competitividad, liderazgo, poder, diferenciación, creatividad, logro, sabiduría, Logos, Sol vs. Sol), el símbolo fálico no debe andar lejos. En efecto, Jung dice: "...El falo es vidente, artista, taumaturgo; por lo tanto no es de extrañar que nos encontremos características fálicas en los videntes, artistas y taumaturgos de la mitología. Hefesto, Weland el Herrero y Mani (el fundador del maniqueísmo, cuya condición de artista se pondera también), tienen piés deformes. En efecto, el pié tiene poder procreador mágico, como expondré más adelante. Parece ser igualmente típico que los videntes sean ciegos. El nombre del antiguo vidente Melampos, a quien se le atribuye la introducción del culto fálico, significa pié negro. La fealdad y el aspecto desagradable caracterizan a los cabiros, dioses ctónicos misteriosos, hijos de Hefesto a los cuales se atribuía poderosa furza mágica...la figura del enano conduce a la del niño divino, el puer aeternus, del joven Dioniso, Júpiter Anxorus, Tages, etc. En la decoración de un vaso de Tebas...hay un Dioniso barbado...junto a él un niño; luego sigue la figura de niño caricaturizado...y después de nuevo una caricatura de hombre barbado...Se supone que ese conjunto correspondía a un grupo escultórico ritual que había en el santuario. Esa suposición coincide con lo que nos enseña la historia religiosa: trataríase de un culto originalmente fenicio del padre y del hijo (...)"(25)
Bien, ahí tenemos todos los temas tratados juntos. Por cierto, se habla de Tebas, y por cierto, Dioniso es familia y no muy lejana de Edipo. En la Ilíada Homero cuenta que en medio de una discusión matrimonial, en la que el niño se puso de parte de su madre, Zeus agarró por los piés a Hefesto y de ahí el motivo de su cojera. Al mismo tiempo, lo halaga el poeta llamándole el de la sabia inteligencia. Aunque no es la única versión sobre la cojera del ingenioso herrero, una y otra vez, los mismos mitemas edípicos resuenan.
El falo es un símbolo bisagra, y ya entramos en la esfera de lo instintivo sexual y en el ámbito del triángulo inferior chákrico; me gustaría ampliar esta cuestión. Emma Jung en su profundo ensayo sobre la leyenda del Grial, nos cuenta: "Saturno...era una "estrella negra" y un malhechor a quien pertenecían asnos, dragones, escorpiones, víboras, zorros, gatos, ratones, aves nocturnas y otras fieras...En la Antigüedad el asno, tenido por especialmente fogoso, era sagrado para Saturno, y por eso fue venerado también como dios de la fertilidad. A nivel psicológico tiene que ver con la demonización de la sexualidad, en la que aparece especialmente la sombra y el aspecto oscuro y animal de lo divino"(26) Hemos visto como la marca en los piés, en los miembros inferiores, nos habla de un enfrentamiento fálico, "espermático", muy propio de la individuación masculina. Podría decirse que es la huella del paso por el ataúd de plomo de la nigredo, y por lo tanto del ataque de Saturno, el lado oscuro del Sí mismo, al ego. Es una cicatriz de castración, y literalmente, en la experiencia, a menudo nos remite a ese campo. Una vez escuché decir a un neurótico que trataba, cuya crisis había comenzado por una impotencia (fenómeno que en los últimos años parece haber arreciado en las crisis individuatorias masculinas (27)): "Siento que el Diablo me ha agarrado por los testículos". Pero como vencer en estas lides significa integración de esta Sombra, el individuando que logra atravesar esta frontera adquiere, a través de esta herida cicatrizada, una renovada fuerza fálica y un renovado poder en su cualidad solar masculina, incluida su sexualidad. Así, todas estas cojeras, tal y como hemos mostrado, pasan de ser síntomas de castración, a precisamente su contrario, falicidad más completa, exactamente como la ceguera del sabio es síntoma de su más profunda y aguda videncia.
El pié como falo y zona crucial en la lucha contra Saturno, cuyo primer asalto suele darse en la materia prima de la esfera instintiva, lo entrevemos en la leyenda del joven Aquiles, asaeteado por su enemigo en el talón. Las ¿flechas de la pasión? cumplieron con su mortal objetivo en este caso, y la flor de los guerreros atenienses fue prematuramente marchitada. Mitema muy similar el que nos aparece también en la leyenda de San Esteban. El gigante Talos, guardián de Creta, fue vencido por los Argonautas de una manera parecida a Aquiles, gracias a su única debilidad en el calcañar. Cita Emma Jung tratando de la herida lunar/saturnal (28) de otro símbolo paradigmático del tema que nos ocupa, el Rey Pescador: "...puesto que, tal como se dice en salmos 10,3, los impíos tensan sus arcos durante la oscuridad de la luna nueva y disparan a aquellos que poseen un corazón sincero"(29) (Por cierto que la tradición cuenta que el hierosgamos Luna-Sol ocurre en Luna nueva, así que al mismo tiempo que se inyecta esta ponzoña, se produce la anhelada coniunctio. No olvidemos que este mitema y toda su implicación queda expresado también en el Edipo en el momento en que él, a raíz de la toma de conciencia de su incesto, se clava en los ojos los broches-alfileres del vestido de Yocasta, en la cámara nupcial de ambos, después de que ella yazca muerta)
Con cierta claridad podemos rastrear el motivo del instinto "rebelde" y primitivo en la leyenda de Jacob y Esaú de nuevo: Esaú peludo, ctónico, nos apunta a la esfera de la instintividad primitiva. La abundancia de pelos nos remite directamente a la liberación instintiva, y son abundantes los símbolos del Sabio Anciano que nos lo pintan peludo, feraz, salvaje y libre, como el "monstruo" Iron John del cuento tan magistralmente tratado por Robert Bly (30). San Juan Bautista, Elías, son a menudo descritos muy pilosos. El dragón Madre y Saturno el Padre enfrentan a la conciencia con toda la carga arcaica ctónica telúrica del Inconsciente Colectivo y el Sí mismo, y tienden a disolverla en estadios psicológico culturales regresivos, al mismo tiempo que usualmente inyectan sus símbolos en la esfera pulsional primaria, cortocircuitándola con las parafilias. Según mis investigaciones, justo debajo del motivo del incesto concreto subyace ya directamente una animalización, deshumanización, de la conciencia. Jung solía proponer como ejemplo de posesión colectiva por un arquetipo de Sí mismo arcaico, como ejemplo de una redención salvadora regresiva, por lo tanto negativa (exactamente igual que una misa negra), la expansión del nazismo en la nación quizás más culta e inteligente del corazón del primer mundo. Una posesión del ancestral Wotan de una civilización moderna postcristiana. Esta fuerza primitiva, eterna, debe ser recuperada, y traída como fuente de progresión cultural y anímica a la conciencia, y éste es el reto heroico: unir lo pasado y eterno con lo temporal y presente. Como Saturno, al Sí mismo no le importa de qué forma, lo que quiere es que la Ley intemporal se cumpla. Contra esa tendencia que puede ser peligrosamente regresiva, el héroe implora a la Luz y a todas sus fuerzas, y Dios mediante, la Naturaleza vence a la Naturaleza. Pero como hemos visto, es fundamental recuperar conexión total con la esfera instintiva, y debe ser de hecho la naturaleza, no la mente y la represión, la que venza a la naturaleza. Este proceso es del que se ocupa el misterio dionisíaco. Jung dice al respecto: "La identificación retrospectiva con los antepasados humanos y animales significa desde el punto de vista psicológico una integración del inconsciente y propiamente un baño renovador en la fuente de la vida, en la que se vuelve a ser pez, esto es, inconsciente como en el sueño, la borrachera o la muerte; de ahí el sueño de incubación, la consagración dionisíaca y la muerte ritual en las iniciaciones (...) Verdad es que la autonomía y autarquía de la conciencia son cualidades sin las cuales ésta no habría nacido; pero por otra parte entrañan el peligro del aislamiento y de la aridez, pues al determinar la separación del inconsciente determinan asimismo que el hombre se sienta extraño a sus propios instintos. Y la falta de instintos constituye una fuente de errores y extravíos sin límites"(31). Más abajo, siguiendo el hilo de la interpretación de un sueño, sigue contando: "El puesto importante del centro está evidentemente destinado al gibón que hay que reconstruir. El gibón pertenece a los antropoides y por su afinidad con el hombre constituye un símbolo sumamente apropiado para expresar esa parte de la psique que desciende hasta lo infrahumano. En el ejemplo del cinocéfalo, ligado a Thot-Hermes y que era el mono más desarrollado que conocieron los egipcios, vimos que, gracias a su parentesco con la divinidad, es un símbolo apropiado para expresar la parte del inconsciente que se halla por encima del nivel de la conciencia" (Idem). Una paradoja saturnal, la del padre enemigo, el amigo rival, el Diablo y el Sí mismo.
Finalmente, Jacob y Esaú, se reconciliaron y volvieron a ser hermanos amigos, exactamente como en aquel episodio anterior después de pelear toda la noche, el mensajero de Dios bendijo a Jacob al alba, y por cierto le reveló su verdadero nombre, es decir, su identidad realizada: Israel. (32)

El motivo del pié hinchado, deforme, y la cojera, nos ha llevado muy lejos y muy profundo en nuestras disquisiciones sobre la identidad real de Edipo. Hemos visto que lleva la huella de todo lo que significa un enfrentamiento heroico con el Padre Oscuro, Saturno. Ahora nos dirigimos a la figura de su padre, Layo, y lo encontramos en efecto tachado de zurdo. Siniestro. Un pasaje de su biografía nos concretiza los rasgos "torcidos" de su carácter: la violación y rapto homosexual de Crísipo, hijo de su amable anfitrión Pélope en aquellos tiempos difíciles. Me parece que a pesar de los argumentos de Grimaldi en su ensayo (33) a favor de darle el mayor peso a la rotura del tabú hospitalario frente al abuso homosexual mismo, una de las versiones donde el agraciado joven se suicida nos cuenta que esta violación en sí tuvo su gran implicancia y su pecado. En cualquier caso, bajo ningún aspecto estas actitudes tuvieron excusa para el padre Pélope, y su denuncia como ya sabemos fue avalada por el Olimpo. Tampoco intentar matar a un recién nacido es una actitud honorable, y dudoso es en tal caso aún el eximente de la defensa propia.
Curiosamente, el tema Crísipo Layo nos vuelve a insertar en la dinámica Puer Senex, y simbólicamente desde entonces, antes de que naciera Edipo, nos está hablando de que este posterior dirigente, ya desde joven, necesitaba una renovación de su "torcida" conciencia y por lo tanto de su actitud malsana inicial para ser rey y mandatario de un pueblo civilizado. El problema de la renovación del rey, nos traslada instantáneamente al tema de la tierra yerma, pues ya sabemos que el rey es su reino y su esterilidad es la de su misma tierra. En ese estado se encuentra a Tebas Edipo cuando en su peregrinar hasta esa ciudad, su ciudad, llega: una tierra árida y estéril, asolada por la plaga de la Esfinge. Un estado de cosas tal ya nos remite a la incapacidad y anquilosamiento de su monarca, y a la necesidad de ser destituido y renovado por un principio gubernamental nuevo. Un príncipe. Sobre esta cuestión, apunta Grimaldi: "...La Esfinge se dirigía básicamente al ser humano masculino. Jamás se supo acerca del Mitologema edípico, que ésta haya planteado su famoso enigma a una mujer. Se dirigía al individuo masculino, entonces esto de que su azote metaforiza una generalizada esterilidad, una falta de sangre nueva, podría generar la contemplación de esta posibilidad"(Idem).
Con la respuesta a la Esfinge, Edipo demuestra estar a la altura de su destino vocacional hereditario: suceder en la corona de Tebas, en el momento preciso. Mitológicamente, es la Esfinge el obstáculo probatorio que demuestra la incapacidad del padre y la destreza del hijo. Es por ello como si la Esfinge fuera la que provocara el mortal enfrentamiento final entre ambos, y así Edipo se convierte en mero instrumento de la vocación y de la ley impuesta por el arquetipo, y por ello del Destino; del suyo, el de Layo, y el de Tebas. Un destino que dadas las energías arquetípicas consteladas, exigía el "decapitamiento del rey" y el trasvase de su corona a favor del más adecuado. Algo que está incluso más allá de "karmas" personales, intrigas y venganzas sobre pecados veniales: el renacimiento del sol, la conciencia, el rey. Corrió a cargo de ejecutar esta "sentencia celeste" directamente el mismo rival e hijo, aún cuando nadie sabía lo que ocurría ni lo que realmente estaba puesto en juego, pero en propiedad, si arquetípicamente es así lo más exacto, en la práctica concreta cualquiera o cualquier cosa podría haber sido el intermediario verdugo. La destitución y la sucesión, debía ser realizada, y así se hizo.
En aquella encrucijada (la encrucijada, lugar de esta disputa, el vado donde el ángel luchó contra Jacob, se refieren al mismo motivo: el lugar donde se cruzan consciencia e inconsciente) otra vez Layo le fue hostil a Edipo. Sus energías desde siempre encontradas. Otra vez Edipo sintió peligrar su vida, aunque él no lo sabía, por el mismo hombre. Esta vez se defendió, y mostró ya su adulta supremacía: venció.

Temino la breve amplificación del motivo del enfrentamiento entre Edipo y Layo, con un ejemplo práctico y actual a partir de mi práctica clínica. Un joven de 32 años, que acababa de tener un encontronazo muy fuerte con un dirigente afamado dentro del ámbito de su mismo gremio vocacional y profesional, que era a la vez su tutor, del cual no había salido airoso, soñó lo siguiente: "Soy un guerrero medieval, y me debato en duelo tremendo con un rival terrible. Estamos los dos en campo abierto. Mi enemigo es un espadachín de enorme talla, y está además engarabitado en un andamio, con lo cual su posición es doblemente ventajosa. Su atavío es abigarrado y oscuro, no se le ve el rostro, parece más bien como una sombra enorme de guerrero informe. Me digo que en esa inferioridad de condiciones, es imposible mi victoria, así que me propongo zarandear la construcción donde está subido (ciertamente parece débil), para al menos tirarlo al suelo, y colocarlo a mi mismo nivel. Así lo hago y lo logro, pero sus mandoblazos acaban por reducirme de nuevo, y caigo al suelo. Tendido y rendido estoy en el sueño, cuando me despierto sobresaltado, mas la escena continúa como una visión hipnagógica, en una especie de lúcido duermevela: yazgo en la cama, y a mi lado una sombra enorme envaina su espada un segundo antes instrumento de su victoria. Es mi enemigo. Se dirige a la puerta de salida del dormitorio, y justo antes de abandonar la escena, se vuelve, y escucho: -Hoy te perdono, pero este duelo no ha terminado. Volveré a terminar mi trabajo-. Entonces es cuando despierto realmente".

Un sueño como éste se preocupa de recalcar que lo que ha ocurrido a nivel externo, personal, es un asunto que en realidad esconde un motivo arquetípico fundamental para el analizando (y posiblemente para el otro implicado en la reyerta). En aquel econtronazo con su tutor-enemigo, estaban en juego sus valores vocacionales y su destino vital creativo y profesional, como el devenir de su proceso fue por demás mostrando. Estaba implícito su conflicto con su particular Saturno, la sombra del Padre. Como luego ampliaré un poco más cuando me ocupe del motivo del triángulo edípico, en la personalidad del adversario se esconde el reflejo de lo que nosotros mismos somos, o debemos ser, sobre todo cuando el arquetipo está profundamente activado, cual este caso. A partir de un encontronazo así, donde ya se ha destilado desde la figura original y amorfa del colectivo padre la de un maestro y tutor con rasgos más definidos dentro del proceso individuatorio, un representante más preciso de lo quiere significarse como "padre" para el sujeto (con una vocación y posición determinadas -lo que denota que el parentesco íntimo está mucho más allá de la filiación familiar y de sangre-), es decir, una imagen del Sí mismo más definida, puede perfectamente deducirse hacia dónde se dirige y qué busca la libido progresiva del sujeto. No sólo tiene uno la talla de la mujer que ama, como suele decirse, también el mismo rango del que se descubre como nuestro enemigo, en una revuelta del destino. Sí, exactamente igual que vemos le sucedió a Edipo.

Ahora que reconocemos como en los mismos piés nuestro protagonista llevaba la marca de su estirpe y el sello de su necesario destino heroico, podemos entender por qué su ingreso en la vida y sus albores ya comienzan cumplimentando un requisito clásico de la biografía de todo héroe que se precie: un "doble nacimiento":
"(...) el héroe no llega al mundo como un mortal común porque su nacimiento significa un renacimiento desde la madre-esposa. De ahí que el héroe a menudo tenga dos madres y, como señala Rank en diversos ejemplos, es con frecuencia abandonado y recogido por una pareja a cuyo cuidado crece. Es así como tiene dos madres. Un ejemplo típico son las relaciones de Heracles con Hera... En la epopeya de Hiawatha, Wenonah muere después del parto, Buda es cuidado por una madre adoptiva. A menudo, la segunda madre es un animal (la loba de Rómulo y Remo, etc.). La doble madre puede ser reemplazada por el tema del doble nacimiento...De esta suerte todo aquel que renace se convierte en héroe... Una madre es la real, humana; la otra la simbólica, es decir, que se representa como divina, sobrenatural o de algún modo extraordinaria...Quien proviene de dos madres es un héroe (...)"(34)
Son absolutamente habituales en la infancia las fantasías con respecto a la procedencia mágica de los padres. El niño se resiste en un poso de sí a ser engendrado por una pareja trivial humana: o sus padres son agentes secretos camuflados, o tienen poderes ocultos, etc. Es la resonancia del origen arquetípico inconsciente, pero la transferencia más o menos grande en las personas del ambiente familiar infantil de sobra conocemos qué extravíos y desvaríos produce...incluido en el investigador del trasfondo psíquico y de la simbología del "deseo" inconsciente. Para ser justos, el mismo inconsciente gusta de proyectar sus arquetipos en las personas que tiene a mano, mientras la conciencia no le ofrezca canales de simbolización más adecuados, o si encuentra apropiado para la trama individuatoria del sujeto que así suceda (ésto más que una proyección, es una sincronización arquetípica, como por ejemplo acabamos de ver que ocurre en el análisis de los mitemas de encuentro Layo-Edipo, y también así ocurrirá con Edipo-Yocasta). En nuestra cultura moderna las relaciones familiares están especialmente sobrecargadas con la intensidad de las imágenes y energías de los dioses y diosas inexistentes ya socioculturalmente, o son transferidas a partir de la adolescencia a también sustitutivas instituciones, ideologías y partidismos mediocres. Asimismo, las relaciones de amor están muy soprepesadas por la intensidad del Animus y el Anima, especialmente activos en momentos como éste. Los dioses se han despeñado de cabeza desde las alturas olímpicas a la templada confortabilidad de las salas de estar de la familia burguesa, los campos de fútbol, los cantantes de baladas, los cruceros por el caribe y los coches de carreras, la nicotina y la cocaína y hoy (en realidad como antaño, pues llevan toda una eternidad despeñándose en cosas parecidas), buscan héroes que los rescaten.
De todos modos, en cualquier época histórica el proceso de individuación, que es lo que quiere mostrarnos el camino del héroe, ha querido conducir al sujeto más allá del conforme social hacia la verdad trascendental de su esencia, por eso hoy, como siempre, así como nadie encuentra al animus ni al anima sin vivir cierta peripecia amorosa, nadie halla el camino de retorno a los dioses ancestrales originales si no atraviesa los complejos personales fijados en padre y madre y/o las figuras sustitutas de los mismos arquetipos que en cada caso se presenten. Quien tiene que renacer, tiene que viajar hacia atrás, que es mejor dicho hacia adentro, volver a entrar en el útero como bebé y salir de él como adulto re-madurado, y así atravesar y trascender los mismos lazos de sangre.
Por otro lado, quien tiene que demostrar que está creciendo, tiene asimismo que medirse con la talla de su Padre y de su Madre.

Así que precisamente en Edipo el mito señala con claridad que él no es solamente una criatura producto del ayuntamiento carnal de sus padres y congénitamente perteneciente a ellos, sino un ser con un origen individual y propio, por ende un destino también genuino. El mismo motivo de la independencia de la filiación carnal lo encontramos en el nacimiento de Jesús a través del embarazo virginal de María. La idea es que el héroe es hijo del Arquetipo, y a él se debe, no tanto a su familia, y se debe a ella en cuanto ésta es representante del Arquetipo y en cuanto y modo ésta lo sea en efecto, lo que en la práctica en realidad se debe a la proyección de los complejos.
Fue niño y púber sobresaliente, y a la hora de la primera infidelidad familiar, la hora de la adolescencia, ésta fue cumplimentada precisa y exactamente. El oráculo hizo las veces de su función propia: la intuición, que anuncia el discurrir del devenir psíquico inconsciente desde el plano arquetípico, y marca con su llamado inapelable la ruptura del pasado hacia el futuro inmimente. Nos recuerda este abandono de la casa natal en busca de aventuras al joven Perceval, cuando a pesar de la insistencia protectora y regresiva de su madre viuda, él quiso partir solo y vagabundo en pos de su deseo de convertirse en caballero. Su madre, de hecho, murió nada más verlo abandonarla y dejarla sola, pero él ya no podía volver la vista atrás. Esa incapacidad de regresar atrás, ese impulso "exógamo" hacia adelante, lo desató el oráculo de Delfos cuando le consultó Edipo.
Ahí comienza su periplo adulto. Edipo ya ha empezado a encontrar preguntas y respuestas sobre la verdad de sí y de su mundo. Empezar a preguntarse por las cosas parte de una sospecha, y el tebano empieza a mostrar ya el carácter inquisidor que le pertenece. Propio del héroe es desenterrar tesoros, rescatar rehenes de vientres de ballena, vencer lo casi invencible, hacer luz en lo desconocido y alumbrar verdades. No, ninguna de esas cosas es un logro "sólo" del deseo, tenacidad y voluntad férrea de su ego, puesto que precisamente la predestinación del heroe, el ser llamado a serlo incluso antes de su nacimiento, nos dice que se trata de la realización de un arquetipo inconsciente. En lenguaje psicológico, cercanía a los dioses significa gravitación cercana al Inconsciente Colectivo. Es decir, esos logros quieren ser realizados desde el corazón de la Psique. Desde la oscuridad, algo busca la luz y salir a la superficie, y reclama para ello del esfuerzo de parturienta de la conciencia. Por eso el héroe es inquisidor, porque siente inquietudes insoslayables en el centro de su pecho, y por eso además a veces sin buscar a posta, se topa con respuestas y a cada paso sorpresas. Sin embargo, ya estamos familiarizados suficientemente con las tendencias contrarias del Inconsciente, con su faz devoradora, regresiva: desde la oscuridad algo quiere apresar a la conciencia y devolverla a su origen inconsciente. Esta dinámica paradójica psíquica se nos presenta así como si fuera la explicitación de una voluntad que hubiese creado la conciencia, el yo del hombre, y aún no estuviera segura de este logro y quisiera una y otra vez comenzar de nuevo el "experimento". Pero más bien resulta como si la tendencia actualizadora, creadora, concretizadora, en definitiva diferenciadora y separadora de la Psique, en todo momento estuviese compensada por su tendenecia totalizadora, completadora y vinculante. Una tensión entre la copa y la raíz del desarrollo psíquico. En lenguaje mitológico, una tensión entre el origen en el Paraíso y el destino en la Jerusalén Celestial del alma del hombre (cuya relación podría expresarse muy bien con un Uroboros). A través de este proceso oscilatorio de sístoles y diástoles, de excursiones y retornos extravertidos e introvertidos, muertes y renacimientos, se evidencia como es una estructura a priori, un Arquetipo, lo que quiere garantizarse su manifestación, y una manifestación y concretización temporal tal que haga la más completa y fiel plasmación de su estructura y ley interna eterna. Como si algo quisiera nacer siempre, pero sin prisas, no de cualquier modo, ni en cualquier circunstancia, y sólo según y en qué "pesebre" (=ego). De ahí los miles de obstáculos probatorios que tiene que superar el héroe. Para alcanzar el tesoro de la más enorme vitalidad, tiene una y otra vez que enfrentarse con la pesadilla y el caos de la muerte. Estas ambivalencias paradojales psíquicas son percibidas por cualquiera que con una fuerte intuición y un sano juicio se acerque a observar la Psique. Freud postuló su propia ley de opuestos psíquica, al condensar su estructura dinámica en la descripción de dos fuerzas antagónicas: Tanatos y Eros. Obviamente, ese dibujo no es más que una actualización parcial de aquella idea ancestral más completa que nos lega el taoísmo desde aquel analista perfecto que fuera Lao Tsé, y su mandala Yin y Yang y el Tao que los engloba unificándolos, hermanádolos en un sentido subyacente y una ley dinámica comunes, conceptos que Freud no llegó a esbozarse.
El héroe por tanto es el tipo más "iluminista" y concientizador humano, el que más rigurosamente asume aquel "instinto de perfeccionamiento" civilizador a favor del crecimiento de la conciencia, pero eso se basa precisamente en ser el más llamado y apegado a la órbita del Inconsciente. Inconsciente mitológicamente hablando es la Madre, pues psíquicamente, es la madre original de la que brotamos los hombres y nuestros egos como hijos. Venimos de Dios y su Paraíso, venimos del lodo, la tierra y los animales, y ahí comienza la ambivalencia del elemento Madre. Como hemos visto, el héroe es el que abandona con más ímpetu su aparente origen, su madre y familia, para buscar su destino lejos. Psíquicamente ésto quiere decir impulso hacia la emancipación y madurez del ser y la conciencia, impulso hacia la diferenciación individuatoria. Pero también sabemos que lo que busca al fin y a la postre, es el tesoro encerrado en el vientre de la Madre, y para ello busca ávidamente, más que cualquiera, a la Madre. Aquel que vemos por siempre ligado en la imaginería y el culto a la figura de su Diosa Madre, dijo: "No piensen que vine a traer la paz a la tierra; no vine a traer la paz, sino la espada. Vine a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre, y a la nuera en contra de su suegra." (Mateo 11, 34-35)
Pero no es correcto decir que sea el héroe el que busque ávidamente a la madre. Mucho mejor dicho sería: la Madre, el Arquetipo, se busca a sí mismo a través del héroe, y por eso es muy díficil distinguir a veces si es el hijo predilecto ("prístino hijo de la madre", como se llamaba a sí mismo Jung, parafraseando a los alquimistas) el que la busca a ella o es ella la que lo atrae magnéticamente a él través de su periplo.
Este periplo de héroe es por tanto un camino que se aleja siempre del origen buscando el origen mismo, así que no es de extrañar que su dibujo sea circular típicamente. Hoy sabemos que visto en cuatro dimensiones, en perspectiva espaciotemporal, la circumanbulatio que describe el auténtico desarrollo psíquico no es una circunferencia, sino una espiral.
A veces las biografías son muy geométricamente descriptivas en este sentido. Un analizando, justo antes de realizar una travesía lejana, una gran aventura que en principio lo despedía para siempre de su origen natal, tuvo este sueño, del que sólo contaré lo que para ahora nos es útil: "Estoy en el punto de salida de la pista circular de un estadio olímpico, tan grande, que recorre el mundo entero. Veo como mi prometida, que es a la vez mi madre, se mete en un ascensor y desciende, y entonces se pierde. Ahí empieza mi recorrido, pues tengo que recuperarla..." Este sueño acababa retornando al punto de partida, después de pasar por infinitas peripecias around the world, y en la vida real, en contra de los planes de este paciente, así sucedió realmente.
En este sueño y esta anécdota real, se superponen y sabotean los deseos del yo con aquella "concupiscentia ex machina" de la que hablaba al principio, la ley interna del arquetipo, dotando como vemos a las figuras de significados ocultos, ambiguos, dobles, y a la trayectoria de una estructura a priori que magnéticamente atrae hacia una forma circular donde ir es venir y viceversa, el deseo consciente de linealidad.
Si apelamos a una psicología personalista para explicar estos galimatías dinámicos, siempre acabamos entrado en contradicciones. Sólo conceptos tales como Anima, a la postre Diosa, que colocan el fundamento dinámico de la atracción más allá de la figurización personal, englobando a madre y esposa, y el concepto trascendente de individuación que engloba la sed de aventuras, experiencias y vivencias exógamas con el endogámico conocerse y retornar a sí mismo, nos dan un sustento adecuado para empezar a entender en qué nivel pueden comenzar a interpretarse con cierto fundamento estos hechos internos y externos.
Quien más lejos debe llegar en la vida, es quien más profundo retorna a sí mismo. Esa es la máxima que subtiende historias como la anterior, el periplo del héroe universal desde el plano mítico, y por ende, la trayectoria vital de nuestro Edipo.
Hace rato que vimos que el deseo edípico no nos valía para entender las razones de los hechos principales acaecidos en el mito al protagonista. Ahora vemos que al deseo personal en sí, hablando universalmente, más consciente o inconsciente, se sobrepone una dinámica psíquica muchísimo más vasta, a partir de una psique que lejos de ser "personal e intransferible" (a la manera en que entendemos nuestra relación con el cuerpo), se extiende como sistema abierto a un entramado cósmico donde existe un orden implicado que ahora llamamos arquetípico, que se inserta también en el mundo y el cosmos, de manera que ya no podemos referirnos a la psique sólo a través de las pulsiones y deseos que somos capaces de inventariar e inferir desde el yo, sino mucho más profundamente, a través de lo que sucede, pues lo que sucede, lo que se plasma alrededor del sujeto y es de su incumbencia (aunque por ingenuidad ni lo note ni lo sepa) expresa su móvil psíquico y el decurso de la libido que lo sostiene tanto o más que su hambre, su miedo, o su ardor. Con estas disquisiciones hollamos el mágico terreno de la sincronicidad.
También apuntamos la idea contrapuesta a aquella que hace partir el deseo en el complejo materno edípico sólo desde el ello-yo hacia el objeto externo, porque situamos también a la imago materna, el "objeto", en el interior, y sin perder la connotación de Otro, le adjudicamos una parte de psique propia, la scintilla del arquetipo al que inviste, que es capaz por lo tanto de "desear" muchas cosas autónomamente, y entre ellas, "desear al yo". En torno a esto apuntamos que en la relación madre e hijo concreta, no podemos obviar que el deseo de la madre hacia él pueda ser el móvil del reencuentro o la retención posesiva y no al contrario, y porque esta circunstancia parte de un arquetipo, por eso decimos míticamente que al héroe lo busca su madre, el dragón, tanto o más que puede buscarlos él mismo. De aquí hablamos de madre devoradora como arquetipo, y comprendemos la realidad psíquica de figuraciones tales como vampiras, lamias, súcubos y sirenas.
Ahora que vamos a ocuparnos del regreso al origen de Edipo, su Tebas natal (después de haber tratado este punto como llegada a su destino y sentido espiritual y vocacional, y después de haber aclarado de qué manera se sobreponen en el mito heroico el avanzar y el regresar), es momento de hacer recuento de las cualidades del arquetipo que nos vamos a encontrar en este mitema: "El arquetipo de la madre tiene, como todo arquetipo, una cantidad casi imprevisible de aspectos. Citando sólo algunas formas típicas tenemos: la madre y abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la cual se está en relación, incluyendo también el aya o niñera; el remoto antepasado femenino y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la diosa, especialmente la madre de Dios, la Virgen (como madre rejuvenecida, por ejemplo, Demeter y Ceres), Sophia (como madre amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis, o como hija (madre rejuvenecida-amante); la meta del anhelo de salvación (Paraíso, reino de Dios, Jerusalén celestial); en sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra, el bosque, el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna; en sentido más estricto, como sitio de nacimianto o engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija (rosa y loto); como círculo mágico (mandala como padma) o como tipo de la cornucopia; y en el sentido más estricto la matriz, toda forma hueca (por ejemplo, la tuerca); los yoni; el horno, la olla; como animal la vaca, la liebre y todo animal útil en general.
Todos estos símbolos pueden tener un sentido positivo, favorable o un sentido negativo, nefasto. Un aspecto ambivalente es la diosa del destino (parcas, graeas, nornas); uno nefasto, la bruja, el dragón (todo animal que devora o envuelve a sus víctimas en un abrazo, como un gran pez o la serpiente, la tumba, el sarcófago, la profundidad de las aguas, la muerte, el fantasma nocturno y el cuco (tipo Empusa, Lilith, etcétera)..." (35)

Ahora que entendemos cómo es la Madre la que le sale al paso a Edipo, tomándolo por sorpresa, podemos ya percibir claramente que la Esfinge forma parte de una de las constelaciones particulares del mismo arquetipo. Distintas versiones nos cuentan su genealogía, todas bastante monstruosas. O era hija de Tifón y Equidna, o de ésta y su hijo el perro Orto, en relación incestuosa. Ya señalé antes como el incesto acometido, conduce rápidamente hacia la animalización regresiva. Incluso hay una versión que la hace hija de Layo, por lo tanto hermana del mismo Edipo. No nos extrañaría esta circunstancia, pues ya sabemos como el héroe es en verdad el mismo dragón al que derrota. En todos los casos, sigue los pasos de su madre: la Equidna era un ser mitad mujer mitad serpiente que asesinaba a todos los viandantes que se acercaban a su cueva. Su hija decidió imitarla, tomando como asiento el monte Ficio, maldiciendo por ello a Tebas.
El héroe siempre es estimulado a solucionar acertijos; nuevamente piénsese por ejemplo en Perceval, al toparse con el desfile espectral dentro del castillo del Grial. Edipo se encontrará con la paradigmática Esfinge.
Hemos visto antes que una de las acepciones del arquetipo materno, que prefiero ya englobarlo en el más general de lo Femenino y casi estoy tentado de resumirlo en una acepción muy ampliada del concepto de Anima, era la de Sofía. En otro lugar me he ocupado de este aspecto del alma femenina que como diosa virgen-madre, por ejemplo como María, y como diosa madre-amante aún más diferenciada y superior, Sofía, apoya e instiga el aspecto Logos de la conciencia masculina. Es una cara del anima que alimenta y sostiene las cualidades mentales y espirituales tan queridas a esta conciencia. Como Diosa Madre Blanca, fomenta la introvesión, el retiro y la castidad, es el aspecto más lunar de lo femenino (Sofía incluye la terrenalidad del arquetipo). Bien, la Esfinge es el aspecto más terrible de este eterno femenino. Carga al yo con preguntas constantes, acertijos, y lo obliga una y otra vez a debatirse en pensamientos obsesivos. La ansiedad neurótica acostumbradamente tiene ese sesgo de angustia cósmica, existencial, y su pánico está lleno de preguntas a menudo directamente filosóficas sobre el sentido (recordemos a un Poe, a un Kierkegaard). Ahí está actuando la Esfinge detrás de bastidores, y la relación con las parafilias que incluye su mitema, tal y como vimos antes, nos hace un dibujo bastante completo del mundo interior neurótico, especialmente del mundo interior de la neurosis que Freud llamaba obsesiva. En los cuentos donde aparece una cruel princesita que pone como reto a sus pretendientes una adivinanza, y si no la responden los mata (Turandot), estamos viendo lo mismo. Es la compulsión a la reflexión obsesiva tan propia de la nigredo, que a veces como un koan, conduce a trascender la mente y a encontrar nuevas premisas paradigmáticas en cuanto a sí mismo y a la vida; otras, a la muerte del yo por devoramiento del inconsciente, y a la paralización total de la vida en un rumiar constante que se convierte en un girar y girar sobre los temas como perro persiguiéndose la cola.
En la etapa de nigredo se encontraba Tebas asediada por el inquisidor monstruo. Edipo venía de un largo peregrinar solo, como un exilio en el desierto, con sed de aventuras y vida, sí, pero probablemente bastante desconcertado por el resultado de sus primeras pesquisas, metido en sí mismo, malhumorado, taciturno y pensativo. Y ese estado, en lo que supone de introvertido, es la perfecta preparación para encarar el problema de la Esfinge. Descendió hasta el reino de la madre terrible, y desveló el primero de sus enigmas. Le robó su tesoro, un tesoro que era suyo. Superó con total éxito esta incial prueba de encontrarse consigo mismo, y obtuvo la necesaria recompensa. Pues quien demuestra que es superior al resto, por ley está obligado a gobernar sobre los demás. Layo demostró lo contrario, y así fue destituido a favor del que sí mostró su valor. La respuesta de Edipo inauguró la luz del albedo para Tebas, y un periodo de progresiva y extravertida prosperidad.
En este punto del mito del héroe el sol consciente ha llegado a un cénit. Una cualidad ha sido desarrollada suficientemente desde su raíz, un trozo de Ello ha advenido Yo. En este caso se trata de las funciones principales de Edipo, aquellas que giran en torno al Logos; es un rey muy cabal.
Pero con ésto no se acaba el proceso, y precisamente llegado a lo mejor habría que esperar y predecir, si el mito ya de entrada no nos contara eso mismo, que oculta y al acecho está la semilla de lo peor que haga a ese sol nuevamente declinar. Un proceso inexorable y cíclico.
Sabemos en qué va a consistir eso peor que será el áspid que haga tropezar y caer a este Ra. Obviando el también trágico motivo del parricidio, ocúpemonos ahora del incesto con su madre, Yocasta.
Sobre el motivo del incesto dice Edinger: "Freud fue el descubridor del arquetipo del incesto. Lo llamó complejo de Edipo y lo interpretó concreta y personalistamente. Jung cogió ese motivo y lo entendió tanto subjetiva como transpersonalmente. Desde el punto de vista subjetivo, el incesto se refiere al ego que está teniendo conexiones intimas con su propio origen, su madre psicológica, el inconsciente. El incesto es un evento tan violentamente prohibido porque en el proceso psicológico evolutivo, al ego humano le cuesta un esfuerzo inmenso separarse del inconsciente, su madre, para permanecer como una entidad más o menos consciente, responsable y separada. Para perder esa posición tan duramente ganada, el tirón hacia atrás para regresar a sus orígenes debe haber sido muy poderoso en el pasado y por lo tanto tenía que ser respondido por un tabú incestuoso muy estricto. Estoy hablando ahora del incesto psicológico que significa que a uno le está prohibido tener relaciones con el inconsciente (...) Entonces llega el asunto importante de la adivinanza, y con ello una imagen simbólica importante que expresa un aspecto del encuentro del ego con el inconsciente. El encuentro con el inconsciente presenta al ego una adivinanza, y el ejemplo clásico es la adivinanza de la esfinge. Esto es un asunto a vida o muerte porque si se plantea la adivinanza y no se contesta, se pierde la vida; mientras que, como en la historia de Edipo, si la adivinanza se contesta, se destruye la esfinge. El tema de la adivinanza es una prueba para la consciencia que, en efecto, establece si el ego tiene, o no, suficiente potencial de consciencia para pasar al siguiente grado de desarrollo (...) Pero el proceso completo se experimenta como incesto, y así prosiguiendo con ello aumenta la brecha del tabú más profundo del ego".(35)
Y Jung nos cuenta: "El incesto era el hierosgamos de los dioses, la prerrogativa mística de los reyes, un rito sacerdotal, etc. En todos estos casos tratamos con un arquetipo del inconsciente colectivo que según iba incrementándose la consciencia, iba ejerciendo una influencia cada vez mayor sobre la vida consciente. Hoy ciertamente da la sensación de que las alegorías eclesiásticas del novio y de la novia, por no mencionar la completamente obsoleta coniunctio alquímica, se hubieran quedado tan marchitas, que ya no encontramos el incesto sino en la criminología y la psicopatología del sexo. El descubrimiento del complejo de Edipo por parte de Freud, un caso particular del problema general del incesto y su incidencia universal, ha reactivado sin embargo, este antiguo problema, aunque únicamente entre los doctores interesados en psicología. Y el que los profanos sepan muy poco de ciertas anomalías médicas o tengan una idea equivocada respecto de ellas, no cambia las cosas más, que el hecho de que el profano ignore el porcentaje real de los casos de tuberculosis o psicosis.
Hoy en día el médico sabe que el problema del incesto es de índole prácticamente universal, y dicho problema asciende inmediatamente a la superficie en el momento en que se retiran del primer plano las habituales ilusiones. Pero generalmente, sòlo conoce su aspecto patológico y la aversión que le produce el propio nombre de incesto, y deja estancado al problema, sin llegar a aprender la lección de historia de que la penosa confesión de la sala de consulta es simplemente la forma embrionaria de un problema perenne que, en la esfera suprapersonal de la alegoría eclesiástica, y en las primeras fases de las ciencias naturales, crearon un simbolismo de suprema importancia. En general, ve solamente la "materia vilis et in via eiecta" del aspecto patológico, y no tiene ni idea de sus implicaciones espirituales. Si fuera consciente de esas implicaciones, podría percibir asimismo cómo ese espíritu que ha desaparecido, regresa a cada uno de nosotros de una forma poco apropiada y, sin duda, reprensible, que en ciertos casos predispuestos, causa confusión y destrucción incesantes tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. El problema psicopatológico del incesto es la forma natural y aberrante de la unión de los opuestos, una unión que, o bien no ha sido nunca objeto de una dedicación psíquica para hacerla consciente, o bien, si se ha tenido antes consciencia de ella, a estas alturas ha desaparecido de vista una vez más".(37)
Desde esta perspectiva, podríamos tranquilamente decir que en el plano mitológico, el ayuntamiento de Edipo con su madre no es tan grave, y antes bien, remite su figura hasta la orbe olímpica, pues lo premia cumpliendo con una prerrogativa divina, faraónica, imperial. En ese incesto queda constancia del acercamiento del héroe a su inconsciente, y con ello, de la proximidad a su Sí mismo y última meta vital.
Pero Edipo no era un dios, y en su cultura los reyes no tenían la prerrogativa de casarse con sus madres y sus hermanas. En su cultura, los dioses castigaban muy especialmente el pecado de hybris, el querer acercarse al Olimpo demasiado, y olvidar la separación entre sus atributos y los de los humanos que se debían servilmente a ellos, por muy heoricos que fueran. Para empezar pues, el incesto era un pecado de altanería y orgullo contra la ley de los dioses. Pero no sólo por prepotencia divina los humanos se hacen cargo del tabú del incesto. Matar esfinges, derribar rivales y ser rey queda dentro de los logros de los que pueden participar los hombres como tales. Mas incluso los héroes se cortocircuitan psíquicamente, porque no es soportable para el equilibrio dinámico humano, si transferencian hacia lo concreto la tendencia que tan universalmente (como bien sabía Yocasta) puja desde el inconsciente hacia el encuentro consigo mismo, hacia la reunión de los opuestos, con la imagen del incesto. Eso lo pueden soportar los dioses, que son siempre idénticos a sí mismos. Los hombres viven en proceso, y para que ese proceso se cumpla, el incesto visto con piés sensuales debe ser asimilado a otro nivel, y la mente carnal sustituida por la simbólica; la psicológica que decimos hoy. Por eso el incesto es un tabú comprendido y aceptado por los humanos, y por eso el cometerlo es tan horrenda tragedia, pues es un crimen contra la humanidad misma.
Un sueño puede hacernos entender de manera muy gráfica como el inconsciente mismo avala, explica y da sentido al tabú del incesto. Un analizando tenía serias dificultades en su pareja, que le obligaron a frustrar definitivamente sus planes de matrimonio. La atracción que sentía por la chica era intensa, así que esta decisión tajante fue para él motivo de un enorme sacrificio. El día que tomó la decisión, soñó ésto: "Estoy en mitad de una guerra, los bandos se están masacrando. Estoy con mi novia, que aparece representada por una figura de mi misma hermana. Ella me dice que para solucionar el conflicto, debo matarla. Me entrega un puñal para que lo haga. Yo no quiero, no puedo hacerlo. Ella insiste, y finalmente cometo el crimen. La escena cambia, y ahora me encuentro en un casa grande, una donde viví con una novia que tuve hace años. En una de las habitaciones, la que debía ser la cocina, se celebra el velatorio de la difunta. Yo no entro en la habitación, me mantengo como observador en la puerta. Pasan tres días, y entonces el techo se abre al cielo y desciende mi amante-hermana transfigurada. Es un ángel, con una expresión extática. Bendice a los presentes, a los veladores. Yo no recibo la bendición, pues estoy al margen de la sala, pero la belleza de la escena me hace llorar. Así despierto, en mitad de la noche, bañado en lágrimas. Veo la Luna a través del marco de la ventana; estoy en paz".

La vida heroica es excepcional, pero a todos nos concierne porque en todos más o menos profunda y extensamente se esboza, pues es el genuino ejemplo del destino de los hombres, y por eso es universal y eternamente aclamada y adorada. No son nada comunes tampoco en la crónica de chismes sociales los parricidios y los incestos, pero hemos visto como la rivalidad padre hijo, contemplada en sus diferentes niveles de significado más allá y por encima del concretismo, tiene que ver con todos nosotros quizás especialmente en algún momento de la vida. Puede que no a una altura heroica, pero sí de la manera humilde y típica en que puede concernir a cualquier hijo de vecino. Entre pegarle a un padre, cosa no sé si infrahumana pero sí bastante fea como reza en algún dicho la sabiduría popular, y luchar en un vado con un suprahumano ángel del Señor, va todo un espectro de escenas muchísimas de las cuales se reconocen perfectamente en la vida cotidiana, y son estas vivencias comunes, universales, de las que todos con mayor o menos intensidad participamos, las que nos hacen identificarnos muy personalmente con los hechos que sobre este arquetipo nos cuenta el Edipo.
Freud a su manera universalizó el mito, trivializándolo me parece que en exceso, al reducirlo tanto. Nos convirtió a todos en edipos, y nos selló con el recuerdo de él grabado a fuego indeleble desde los sucesos infantiles de toda la raza humana. En un punto es agradable: todos somos de repente reyes, todos somos héroes de leyenda. Pero la Esfinge se ríe de nosotros porque sus preguntas en el ciudadano medio, siguen sin tener respuestas. Freud olvidó que un complejo de Edipo no sólo puede basarse en matar a un padre y en yacer con la madre, sino también en solucionar enigmas que no están al alcance de cualquiera.
Nosotros no universalizamos de esa manera el impacto del mito, sino basándonos en su cualidad numinosa arquetípica. En las biografías legendarias de los homos máximos, se expresa en estado puro lo que en el resto de hombres es aún amorfo, informe, mescolanza. Pero es a raíz de esa similitud, aunque sea preliminar y primaria, por la que el mito engancha el interés de la humanidad entera. Por lo tanto, si el "parricidio" (es decir, la rivalidad "padre-hijo") es un arquetipo que tiene un rango de incidencia colectiva y media, deberíamos buscar en el motivo del incesto un rango de incidencia similar, que quede a nivel medio y universal, entre el extremo infrahumano del coito "contra natura" y el hierosgamos de los dioses.
Gracias al mito de Edipo precisamente hemos logrado separar esos dos grandes conflictos que en la psique se significan como complejo paterno y materno de su adscripción causal a las fases evolutivas libidinales de la primera infancia y a su juego dinámico entre los objetos concretos. El mismo mito nos ha instado a viajar más atrás, hacia lo "prenatal", es decir, hasta el Inconsciente Colectivo y sus arquetipos que, exactamente como el oráculo de nuestro cuento, carga al hombre desde antes de nacer con la maldición de sobrellevar las semillas de su destino (es decir, el desarrollo vital que le es propio). Por eso mismo podemos decir que el mito igualmente nos ha empujado a mirar hacia delante, hasta el futuro adulto, para seguir entendiendo a qué se refiere ésto de la dinámica hijo-padre-madre. "Padre" y "madre" son dos realidades psíquicas que el niño empieza a toparse dentro de sí mucho antes y más íntimamente que en el hogar de la familia, presentando en efecto unos complejos conflictos para la psique del sujeto que le surgen directamente en mitad del corazón, y sólo como derivada expresión en la sala de estar o los dormitorios de la casa de la infancia. Como arquetipos que son ya vemos que bajo una faz u otra, acompañan todo nuestro periplo vital; no son sólo modelos infantiles. Hablar de la peor o mejor resolución del complejo en la infancia es una ingenuidad. De hecho, el mismo Freud pasó toda su vida intentando resolverlo; enfrentarse con Saturno y un dragón, no es un juego de niños.
Como arquetipo, vemos que el motivo del incesto no tiene nada de infantilismo, sino todo lo contrario. Es una condición sine qua nom de madurez, pues busca realmente religar la conciencia con su base original inconsciente, para producir un mayor logro a la postre de desarrollo psíquico, "genitalidad". Ya hablamos antes de ésto, cuando apuntábamos que el descenso incestuoso a los orígenes psíquicos se daba en su forma más acabada después del discurso más alto de una diferenciacion egoica. En el mito del héroe, por lo tanto, el incesto regresa justo después de la mayor ascensión solar. Su momento propio es la segunda mitad de la vida, y su dirección propia el retorno a las fuentes del ser interior, y por ello, precisamente, la ruptura con la máscara de las apariencias y la visión infantil del sentido de la vida. El arquetipo del incesto empuja a la conciencia a regresar al útero desde el que nació (y desde el que nace nuevamente a cada instante), precisamente para morir y renacer, y emanciparse en cada proceso repetido como éste, un poco más de la filiación con papá y mamá, de la filiación colectiva trivial. Como nos demuestra Jung en Psicología de la Transferencia y en Mysterium Coniunctionis, los participantes de este incesto, digamos, legítimo, sólo de una manera parcial son las imágenes parentales. Se trata más bien del encuentro con el Animus y el Anima, los verdaderos sponsus y sponsa de la conciencia, bien sea masculina o femenina, y se dramatiza en la vida cotidiana muy a menudo con una relación objetal transferencial, no raramente sincrónica, que normalmente afecta profundamente a la esfera del amor. Las Bodas Químicas, el matrimonio de Sol y Luna. El juego entre el amor y el odio, la muerte y el renacer, adquiere a este nivel todo su arquetípico esplendor. El problema de la pasión, siempre espinoso, ahora toca profundamente el nivel más visceral, y plantea los interrogantes más profundos en torno al misterio del amor. El Tantra oriental es la disciplina que más explicítamente se ha ocupado de estos problemas dentro del ámbito tradicional. En nuestras historias medievales de las Cours d´amour percibimos como ciertos amores "distantes", muy exogámicos en apariencia, ponen en juego de manera mucho más acabada que la relación con imágenes parentales, el auténtico arquetipo completo de la unión consigo mismo, a través de la boda con figuraciones más apropiadas y completas de los novios interiores, que trasmiten no sólo el siginificado incestuoso de retorno al origen psíquico, sino su progreso hacia el futuro posterior, y que precisamente por esta exogamia, permitan poner en juego no sólo la espiritualización del arquetipo, sino también su concretización, su sexualización.(38) Este compromiso entre incesto y exogamia es el mismo motivo que la antropología encuentra extendido en las comunidades tribales humanas originales y llama matrimonio de primos cruzados.
Toda neurosis es un divorcio doloroso entre conciencia e inconsciente, que el incesto y la boda quieren recomponer. En la práctica terapéutica hacemos exploraciones de la infancia del analizando, pero no buscamos con ello la causa allí de su padecer, la etiología de su neurosis. No al menos de la manera en que ese concepto se quiere entender en la práctica analítica más corriente. La neurosis es actual, el problema está en el presente, no es el conflicto una herencia remota legada desde un pasado traumático, como si sólo fueran gritos de fantasmas prendados de ilusiones obsoletas que se niegan caprichosamente a abandonarnos y dejarnos en paz. Buscar la causa de esa escisión en algo que ocurrió de una vez en la infancia, es como buscar las causas de un divorcio en algo que pasó durante el noviazgo de la pareja o en la luna de miel. De todos modos es arquetípico buscarlo así, atrás, en un primum mobile: unos en la primera infancia, otros en el momento del parto, aún otros en el momento de la muerte de la anterior reencarnación. El mito a su vez nos devuelve al pecado original, a las vasijas rotas al inicio de la creación que desparraman la luz divina, etc. Pero nosotros intentamos entender ese simbolismo mítico no como un antes, en el tiempo, sino como un encima, en un nivel superior, un "in illo tempore" justo en la raja entre los mundos de la conciencia y el Inconsciente Colectivo.
Nos internamos en la infancia precisamente siguiendo la indicación incestuosa del inconsciente, de caminar regresivamente, buscando por sobre todo las primeras manifestaciones de las semillas que se quedaron allá sin florecer. Las tendencias que aquí ahora se niegan a seguir dejándose enmudecer, incomprendidas, tan vivas hoy como en el pasado, y tan preñadas de posible madurez como desde el principio. La voz de nuestra otra personalidad, cuando empieza a gritarnos perentoriamente de nuevo, es muy común que lo haga al principio aún con la voz arcaica con que nos hablaba en la infancia. Rastreamos esta originalidad perdida, y volvemos a recuperar no ya a la madre, sino al hijo que se quedó atrás sin crecer; un niño extraño, porque entre sus juegos y fantasías infantiles destila una sabiduría propia del anciano más cabal. En vez de niño podríamos decir el hombre primitivo, ancestral, que vive dentro de nosotros. Sí, en realidad buscamos la voz de una sabiduría instintiva, que muchas veces el niño que fuimos y el que siempre llevamos dentro sabe escuchar mejor. Volvemos a la infancia como volvemos al sueño, no hacia atrás meramente, sino hacia adentro. Intentamos hacer el recuento, la anamnesis, de todas las manifestaciones que nuestra psique profunda nos ha legado desde entonces hasta el día de la crisis actual, esperando encontrar las indicaciones precisas para rectificar, mejorar, cambiar, según cada caso, el decurso vital. Sentimos miedos arcaicos, sudores fríos de pesadilla; de repente un destello de luz extática.
Sin embargo con mucha normalidad el Inconsciente produce en el presente suficientes indicaciones de sus tendencias actualizadas, e incluso a menudo su manifestación es tan novedosa, que se convierte en una pérdida de tiempo mirar demasiado atrás biográficamente, porque el niño-anciano, el salvaje tribal que vive dentro, está aquí y ahora, y nos habla fuerte y quizás con lenguajes nuevos al ego que somos en la actualidad.
En el proceso de cicatrización de la herida neurótica es cierto que de diferentes modos pasamos a ser niños que regresan a la madre, pero también amantes que se desposan, y paradójicamente también almas embarazadas que esperan dar a luz un hijo muy preciado que fría y técnicamente llamamos función trascendente. No, no es algo que sucedió en la infancia biográfica la clave de la escisión. La verdadera clave es el conflicto de diferenciación y conjunción de los opuestos que es la esencia de la Psique junto con su tendencia hacia un sentido final, que intuitivamente los orientales llaman Tao y nosotros, sin decir mucho más, proceso de Individuación. Un problema siempre actualizado, por el hecho de estar vivos, desde el principio hasta el final de nuestra existencia, y quién sabe si más allá, por delante y por detrás de ésta.

Sin embargo, el que "los conflictos del alma infantil" ya hayan dejado de ser el paradigma explicativo de las neurosis, ésto no quiere decir que en el desarrollo psíquico no estemos siempre lidiando con diferentes acepciones de la infantilidad. Obviando los casos en que los arquetipos maternos y paternos están tan completamente atrapados en su manifestación e influencia en las imágenes objetales parentales, debido a cierta debilidad de la conciencia, lo cual produce los casos flagrantes más "edípicos" de fijación infantil, donde el individuo adulto sigue sin romper el cordón umbilical con su padre y/o madre reales, el mero hecho de que en el proceso de desarrollo psíquico estemos siempre confrontando la actual etapa de desarrollo humano con la siguiente, más madura y superior, y por ello estemos siendo siempre confrontados por los arquetipos de Padre (Sí mismo-Dios) y Madre (Anima-Diosa), nos da clara idea de que siempre somos ingenuos niños con respecto a la etapa que debemos alcanzar en el próximo escalón de madurez. Con respecto al Sí mismo, el yo es un crío que no acaba de crecer nunca.
Esta infantilidad es especialmente aguda mientras el individuo viva restringido en su máscara y mimetizado con el entorno colectivo, ajeno a su propio ser interior y a su identidad real. Sobre este conjunto de temas oímos decir a Jung: "El camino comienza en el país de la infancia, es decir, en la época en que la conciencia racional del presente no se había separado aún del alma histórica, del inconsciente colectivo. Si bien la separación es inevitable, no determina, empero, un alejamiento tal de esa psique crepuscular de los tiempos primitivos que suponga una pérdida absoluta del instinto. La consecuencia es una falta de instinto, y por ende una desorientación en la situación general del hombre. La separación tiene asimismo como consecuencia el que el "país de la infancia" permanezca definitivamente infantil y constituya por ello una fuente permanente de impulsos e inclinaciones infantiles...Como consecuencia de esto, la conciencia se ve completamente invadida de infantilismo, o bien tiene que defenderse permanentemente de éste, aunque sin resultado, con senil cinismo o con amarga resignación. De manera que se impone admitir que la actitud racional de la conciencia del presente, a pesar de sus innegables éxitos, tiene una acomodación, respecto de muchos aspectos humanos, impropia, infantil, que la hace contraria a la vida...Infantil no es solamente aquel que continúa siendo niño durante demasiado tiempo, sino también quien se separa de la infancia y piensa que lo que no ve ya no existe"(39).
Hemos dejado atrás el concepto de inconsciente como mero recinto de pulsiones primitivas, animalescas e infantiles, para hacer responsable al insuficiente desarrollo colectivo medio de la conciencia racional, sólo aparentemente madura, de buena parte de ese infantilismo. Esta puerilidad de la conciencia, del yo, en último término, de una cultura que carece de medios de desarrollo para el mundo interior, es en efecto la responsable de que cierto estrato personal del inconsciente, el estrato complejal, donde se mezcla la influencia del arquetipo con la proyección en el mundo biográfico y personal del yo, esté lleno de pulsiones infantiles a falta de diferenciación y maduración. La máscara del ego convoca una máscara en el inconsciente personal. Ésta es la infantilidad con la que bregamos a menudo en la neurosis: la inmadurez de la conciencia para afrontar su base vital interior, y las expresiones pueriles y primitivas del inconsciente mientras no se le facilitan medios maduros de manifestación y cultivo.
El hombre masa ingresa en el mundo adulto colectivo colocándose una máscara, con una pose, que imita la vocación y escala de valores de un auténtico yo. Se encorseta unos slogans, y se integra en el mundo y la vida como todos los demás que mira cuando mira al exterior. Este proceso de integración por una parte es necesario; adiestra la impulsividad caótica y la canaliza en el sentido de la responsabilidad, utilidad y construcción. Implica una separación del mundo muchas veces narcisista y autista infantil, en fomento de la adaptación e integración egoica social y adulta. Pero tal y como hemos escuchado decir a Jung, esta separación normalmente es tal que lo distancia en mucho de su auténtica identidad, sita en su mundo interior. La máscara crea un puente al mundo colectivo exterior, pero una barrera para la identidad interior. Garantiza confort, seguridad, calor, acompañamiento, puede que incluso éxito, lujo, fama, poder, pero encierra en una botella al genio individual, al daimon, a la visión más realista de las cosas, y con ello al óptimo periplo vital y sentido de estar vivo. Pocos son los que ingresan en el mundo adulto siguiendo los hilos de su auténtica vocación y en pos de su verdadera identidad. Es más, en una sociedad donde el ser adulto confina con su racionalismo todo el mundo extraño del alma humana irracional en un exilio, los mejores y los peores caminan juntos por las vías de la marginalidad, por las vías de la sombra. En una sociedad así es normal que el héroe se perciba como antihéroe, e incluso así se perciba a sí mismo. El problema del puer eterno, que es el aspecto del héroe en contacto con la vanguardia y la revolución social (el aspecto del héroe como renacido, cercano al mundo interior que ya hemos visto como también se nos refleja desde la infancia, con su grito de la imaginación al poder) se hace especialmente complicado y virulento en una sociedad así, y se transforma en un problema generacional, como vimos sucedió con el colectivo hippie en los sesenta. Pero ésto nos aleja mucho de nuestro tema, así que regresemos a él.
El desarrollo de la conciencia, su maduración dentro del proceso de individuación, es relación biyectiva directa con la maduración y desarrollo de los representantes por antonomasia del inconsciente: el animus y el anima. Podemos hablar de grados de individuación refiriéndonos igualmente tanto al despliegue consciente, a la "iluminación", del individuando, como al desarrollo escalonado del arquetipo que se pone en juego compensatorio con la conciencia en este proceso. Acabamos de ver que a la infantilidad del yo, le corresponde infantilidad del inconsciente. Para un hombre, pues, primitivismo e infantilidad del anima, es decir, de lo femenino en él y de su percepción de lo femenino en el mundo. Para una mujer lo mismo con respecto a su animus. Primitivismo e infantilidad del animus anima quiere decir concretismo, arcaísmo e indiferenciación. Sus aspectos individuales quedan atrapados en los estadios inferiores y más superficialmente colectivos del arquetipo, estancando la individuación, y su inconsciencia queda atrapada en la proyección hacia los estereotipos que sobre lo femenino y lo masculimo percibió primitivamente la conciencia en las imágenes palpables del padre y de la madre. La máscara del yo, el hombre colectivo, fuerza entonces a enmascarar también al animus y al anima en las imágenes parentales; más profundamente, la indiferenciación del hombre masa convoca la indiferenciación e infantilismo de los arquetipos anima y anima sometiéndolos a imágenes arcaicas y colectivas de lo femenino y masculino alrededor de las imágenes aprehendidas desde el padre y la madre. Para el anima, por ejemplo, este estadio primitivo significa que su feminidad queda atrapada en la Madre como matter, materia, en dos polaridades: el hombre en este estadio infantil busca meramente de la mujer alimentos y cuidados (cualidad directamente heredada de la función materna), y un objeto sexual satisfactorio.
El anima atrapada en la figura primitiva materna, es un motivo que aparece constantemente en sueños. En los cuentos, la princesa atrapada por el dragón se refiere a lo mismo, y en la mitología tenemos un excelente ejemplo de este problema en la leyenda del rapto de Perséfone, arrebatada del cálido regazo de la Gran madre Deméter, que la mantenía en estado larvario de niña boba.
Un estado así de cosas no puede dar lugar más que a unas relaciones entre sexos colectivas e infantiles. El descubrimiento de niveles más verdaderos del Eros, del amor, queda reservado a experiencias más maduras y profundas del proceso individuatorio. El hombre masa, colectivo, perfectamente adaptado a su entorno, mimetizado con él, que disfruta aparentemente de una excelente salud social y psíquica, orgullosamente alejado de las querencias caprichosas de los neuróticos inadaptados, con su aparente vida adulta, suele ser sin embargo para las cosas más serias un ingenuo niño, y este aspecto infantil destaca especialmente en la esfera matrimonial. Las imágenes de lo femenino y masculino que prestaron madre y padre, sólo se diferenciaron lo justo para incluir el sexo y con ello la mínima exogamia. En una gran proporción, el matrimonio del hombre trivial es, en definitiva, un...incesto. Un incesto que sella un estado de cosas donde una conciencia como hijo no es capaz de mirar por encima de las apariencias y del consenso colectivo, que conoce tan poco del mundo y sus misterios como de ella misma, de la mano de un inconsciente como madre, indiferenciado (mater saeva cupidinum), fundamentalmente proyectivo que, como dijimos algo más arriba, la rodea de velos que la envuelven y la ciegan, como una tela de araña. Un incesto que sella el estancamiento de la vida bajo la faz de un falso progreso, en un permanente estado de infantilismo: "Esa comodidad lleva a la inconsciencia de la propia personalidad y a ese pretendido matrimonio ideal en el que ella no ve a él sino como "papi" y él no ve a ella sino como "mami" y en que además él y ella se dan el uno al otro todos esos nombres"(39).
Hacía bastante rato que buscábamos una incidencia media, trivial y bastante extendida del motivo del incesto, y ya la hemos encontrado. Esta boda velada, secreta, con los complejos parentales tras la fachada de una aparentemente irreprochable exogamia "genital" y adulta, es precisamente el más extendido tipo de relación matrimonial en el seno de una cultura humana, a nivel de su vasta y homogénea clase de hombres y mujeres colectivos, masa.

Si miramos con agudeza, vemos que nos estamos refiriendo a dos tipos de incesto, por decirlo así. Uno es el arquetipo en sí, que se halla entre los pilares del fundamento energético del proceso de Individuación, la unión consigo mismo. La boda entre las "almas gemelas", entre el yo y animus anima en última instancia. Este otro incesto del que acabamos de hablar se da a nivel de complejos enmascaradores, es un encadenamiento a lo colectivo y más bien, como hemos visto, es una boda regresiva con el pasado, con la infancia y la adolescencia, con padre y madre.

Edipo con Yocasta se enfrenta al problema que le plantean a la vez los dos incestos tratados. Como arquetipo individuatorio, la irrupción del mitema incestuoso en ese justo punto de su periplo vital era esperable, como ya apuntamos. Al vencer a la Esfinge años atrás, Edipo liberó del inconsciente una buena proporción de su personalidad y una vocación auténtica. Liberó su destino a medio plazo de las garras de la madre, y rompió así un gran número de cadenas con su pasado, su infancia y su adolescencia. Ingresó en el mundo adulto sobre la base de haber encontrado su camino individual, y no a través de una máscara que muestra adultez donde sigue quedando un orbitar apegado y magnetizado a la infancia y al origen indiferenciado. Extrajo de la madre su primer tesoro valioso, y así se desprendió de ella y su infantilismo, y ocupó por mérito propio el trono que le esperaba. El mito nos muestra que ésto no es fácil: multitud de jóvenes lo intentaron y no lo lograron. La misma proporción que luego en la sociedad vive detrás de las máscaras.
Pero quien está llamado a vivir una vida verdadera, está llamado a no estancarse jamás, y a seguir completando su diferenciación para siempre. No hay un solo tesoro a rescatar, ni hay un solo dragón a vencer. El inconsciente es eterno, y por eso aunque vencida una vez, la madre que él es en realidad no muere, sólo se retira y espera a la siguiente prueba. Y el siguiente encontronazo paradigmático está acechando al héroe precisamente en la segunda mitad de su vida, después de haber consolidado los logros de la primera. El descubrimiento del incesto con Yocasta, en este momento de la biografía de Edipo, sólo corrobora que la profecía de Jonás devorado por la ballena, el Sol tragado por el mar en el Oeste, éste mismo eclipsado por la Luna, la crucifixión y el martirio y el descenso a los infiernos se ha corroborado una vez más en la biografía legendaria de un héroe.
Para la acepción arquetípica del motivo del incesto de Edipo, no importa que éste hubiera durado años en estado latente, sólo el momento en que brota desde las profundidades su motivo y su ley inexorable se hace evidente. El encuentro entre conciencia y anima, el inconsciente, una de las acepciones del problema de su ayuntamiento con Yocasta, sigue las fases estrictamente esperadas, que el Rosarium Philosophorum inventaría como sigue:
Encuentro entre el rey y la reina. La verdad desnuda. Inmersión en el baño. Coniunctio. Muerte. Ascensión del alma. La purificación. El regreso del alma. El nuevo nacimiento.
Tal y como reza el arquetipo, la cámara nupcial donde una y otra vez fue llevada a cabo la coniunctio, es ahora el tálamo de la muerte y el supremo sacrificio para los dos amantes, una vez descubierta la verdad desnuda (las etapas "floridas" del proceso, la albedo, es de lo que se ocupará después el Edipo en Colona).
En efecto, la unión de la conciencia y el inconsciente es un retorno a la fuente, al caos original, en pos de la renovación. Implica una muerte inexorable, un paso por el infierno, una purga, que acaba por destrozar las apariencias anteriores y descorre un nuevo velo hacia las verdades, creando un nuevo cosmos. Podríamos decir ahora que otro de los motivos del tabú contra el incesto es la experiencia de profundo sacrificio y muerte que implica (en el sentido por el que se decantaba Edinger), intentando evitar así el contacto terrible entre conciencia e inconsciente. Ciertamente, si desconocemos el valor profundo y arquetípico de la muerte en la bodas químicas, lo que destaca del tormento en torno al incesto es su valor como pago por la expiación de un pecado (así es como lo contempla en principio el mito).
Que Edipo necesitaba un cambio de mentalidad, una renovación, que él como Sol ya había completado un decurso y necesitaba iniciar otro, superior, y llevar su destino a nuevos puertos, lo dejan claro la esterilidad y las plagas que asolaban de nuevo a Tebas. Ya sabemos lo que ocurrió con Layo en un momento similar y, asimismo, ahora con Edipo.
Tanto conciencia como anima se imponen un sacrificio con su boda, donde un mundo anterior de infantilidad perece, en pos del nuevo destino de madurez que aguarda.
Así llegamos a ocuparnos de la otra acepción incestuosa: de todos esos años ingenuos donde Edipo y Yocasta vivieron en gran proporción de espaldas a su propia identidad y a la verdad de sus vidas, niño con madre, como en una prolongada infancia. Este estado de cosas no desmiente el éxito maduro de Edipo al lograr vencer a la Esfinge, obtener la corona de Tebas y desposar a la reina, y todo lo que hemos dicho de bueno con respecto a eso. Pero la madurez y la diferenciación ya sabemos que no es un logro de una vez para siempre; se lleva por partes, y ocuparse de un sector de la personalidad siempre deja otras cosas que somos en la sombra. Sí, exacto. Hemos hablado mucho de las luces y del heroísmo de Edipo, de sus aciertos, de su madurez; ahora vamos a hablar de su indiferenciación, sus debilidades, su inferioridad, su sombra. No podría ser de otra forma, pues hablando de Yocasta y de incestos, estamos hablando del anima y la dialéctica con ella y su integración, lo que nos pone en contacto con lo demoníaco y lo angelical, lo bajo y lo alto, lo divino y lo infrahumano, el sentido y el caos, la luz y las tinieblas, la diferenciación y el desarrollo y la indiferenciación y el estancamiento. El mayor logro individuatorio, al lado del mayor pecado y catástrofe, alrededor del incesto.
Como decía Jung, en su matrimonio muchas veces el hombre se casa con lo peor de su lado flaco. Y es que el anima siempre es la depositaria de las funciones inferiores y menos diferenciadas en que se apoya el yo, de ahí los tratos que siempre tiene con la sombra y su implicación con el inconsciente personal del sujeto (amén de su implicación como arquetipo, en un nivel más profundo, con el Inconsciente Colectivo -esta doble faz es la que le sirve como función puente hacia el Sí mismo-). Ya hemos visto que en una conciencia colectiva, que ni siquiera ha diferenciado sus funciones más adaptadas en un sentido individual, no es esperable del anima que le corresponde más que la manifestación a su vez más primitiva y también más colectiva. Pero también en conciencias más diferenciadas esta instancia psíquica cumple con una de sus funciones más constantes, que es la de representar siempre todo aquello que forma parte aún del no-yo del sujeto, el trabajo de diferenciación que queda pendiente, lo más atrasado y rezagado de su proceso de Individuación.
Ya expuse antes que en la primera mitad de su periplo, a través de la derrota de la Esfinge gracias a su ingeniosa mente, y de su ascensión hacia un puesto eminentemente masculino, Edipo ha diferenciado en sentido muy individual su Logos. Pero su Eros quedaba pendiente para la segunda mitad de la vida. Junto con su Eros, un aproximamiento mucho más íntimo a la totalidad de su ser y a la conexión con la fuente primordial del sentido de la vida. Una parte del anima, en consonancia con la parte de su conciencia que despunta heroica, fue individualizada y rescatada del abismo inferior del caos inconsciente (¡rescate y esponsales de la princesa-reina!). Pero otra parte no, otra parte quedó atrapada en la inferioridad del complejo materno, a la manera en que desarrollamos más arriba, y esa parte es la que durante años va a representar Yocasta como su consorte en el velado incesto.
Opina Grimaldi en su conferencia que Edipo se significa como la Episteme y Yocasta la Doxa. Opino lo mismo, pero prefiero decir que Edipo es esencialmente un gnóstico, un hombre que está llamado por las verdades del cosmos y de sí mismo, un hombre de conocimiento, y que Yocasta es un ser trivial, de carácter colectivo, que prefiere no arriesgar la comodidad y la adaptación en pos de ninguna verdad novedosa ni ninguna sopresa. Prefiere atenerse a las verdades y normas dadas (precisamente muy propio de la posesión por un complejo paterno). Alguien ha traducido su nombre con el significado de "la que sobresale por su hijo", y ahí quizás descubrimos su carácter similar a una de esas mujeres suficientemente masculinas y ambiciosas para querer destacar como heroinas, pero que sin poder encontrar su autoidentidad real debajo de la máscara y el valor propio que le proporcionaría la herramienta legítima para eso, intentan medrar a través de un esposo hijo o sus mismos hijos carnales, en los que deposita su hambre de poder y triunfo. Este rasgo de carácter preocupado por el prestigio lo confirma Edipo, cuando le dice: "-Tranquilízate, pues aunque yo resulte esclavo, hijo de madre esclava por tres generaciones, tú no aparecerás innoble".
A veces se comenta que Yocasta conocía la verdad, y vivía encubriéndola. No sería raro, pues en caracteres así, si la conveniencia es grande, todo pecado y todo dilema es alejado del campo de visión con una pose de belle indifférence, a favor del más óptimo funcionamiento de las relaciones entre los seres que le importan y entre éstos y el entorno. "Lo que no se ve, no existe". De hecho hay un momento en que exhorta al cese de las investigaciones, pero es justo en el instante cuando ya a ella misma le parece obvio, por los datos que acaban de salir a la luz, que Edipo puede ser su mismo hijo, y recomienda no seguir inquieriendo, porque acaba de descubrir adónde va a conducir todo y quiere retrasar y amortiguar lo máximo la inexorable tragedia. Precisamente por eso no se le puede acusar de complicidad en el crimen, ni ateniéndonos a la trama y los contextos; más bien ella hace en todo momento sólo honores a su máximo interés en que todo permenezca en la armonía que estaba, en que su marido vuelva a calmarse y atenerse a razones prácticas y a que las cosas no pierdan sus cauces colectivos extraviándose en sombríos derroteros, y honores a su mínimo interés en desvelar verdades. No parece ocultar ningún secreto, sino mostrar inquietud en que las cosas no se desquicien. Cuando llega la confirmación, su reacción final es bastante obvia de una persona que de repente se siente traumáticamente horrorizada; eso sí, cuando el crimen se comprueba consumado, y además todas las cartas están encima de la mesa, imposible ya taparlas.
Su escaso interés por la trama misteriosa de la vida, la inferioridad de su intuición, lo denota su discurso en detrimento de la veracidad de los oráculos, en los que sin embargo Edipo nunca deja de confiar.

Hacemos un dibujo hasta ahora sólo desfavorable de este carácter, pero eso no me parece justo. No es sana la infidelidad a la verdad, ni el desinterés por ésta. Pero un Logos que desprecie los valores acomodatorios del Eros, y que no ofrezca justo tributo a la fidelidad del amor y las relaciones, es un principio que jamás encontrará las verdades que busca.

Ahora bien, aplicamos la ley de reciprocidad que la psicología nos permite, y acabamos descubriendo que Yocasta, con toda su colectividad, trivialidad, indiferencia e indiferenciación, es un rasgo que pertenece al mismo Edipo. Claro, lo venimos diciendo hace un buen rato: la infantilidad de su matrimonio, ese estar casado con su complejo materno, es síntoma y expresión de los propios rasgos infantiles e inferiores de su carácter.
Edipo obtuvo un logro, crió fama, y se echó a dormir, durante años. Como un Hércules al servicio de Onfale, el héroe al lado de Yocasta comenzó a explorar su feminidad y su aspecto extravertido, en lo mejor de esta prueba. En lo peor, fue seguramente arrastrado por la trivialidad y la concupiscencia del mundo, como un Jesús que en el desierto se hubiera dejado tentar por los ofrecimientos de la serpiente. A través de la crisis, en donde se enfrentó con las verdades más sombrías de su carácter (como que en lugar de haberle seguido dado opciones a su alma en crecimiento, sencillamente se acostó y comió con ella), recuperó su identidad gnóstica e inquieta original, extrajo su anima de la identidad con el mundo, de los velos de apariencia de la madre devoradora, y continuó su periplo. Algo así como nos cuenta aquel himno atribuido a Bardesanes (41).
Como vemos, frente a una sociedad atrapada masivamente en los complejos maternos y paternos, una sociedad edípica, a la manera en que lo hemos mostrado, Edipo se destaca precisamente por ser ejemplo de los pocos con ese "instinto de perfección" que les impulsa a viajar más allá, y lograr superarlo.

La imagen de un Edipo ciego pero que ya es capaz de ver lo que antes estaba oculto, y es sabio y sabe de sí mismo y el mundo muchas cosas, nos remite a la consecución de la asimilación de un amplio sector de su Sí mismo para esta segunda mitad de su vida que estaba antes perfectamente representado por el anciano Tiresias. Sobre ésto no necesitamos hacer más comentarios que los ya expuestos a lo largo del artículo.
El mitema del Anciano acompañado por la Jovencita, tal y como lo muestra la imagen de Edipo con su hija Antígona, después de su exilio de Tebas, merece algunas amplificaciones. El trasvase de la figurización del arquetipo de lo Femenino, en representación del inconsciente, desde la madre a la hija tiene connotaciones precisas: la conciencia ha crecido en madurez y totalidad, está más cerca del Sí mismo, y el anima pues que le corresponde y le acompaña-opone está en relación más igualitaria con ella. La relación con el inconsciente ya no es de hijo a madre, sino de padre a hija, nótese la tajante diferencia.
En su autobiografía Jung habla del arquetipo que representa una pareja así, a colación de las visiones y contactos que él mismo tuvo con la figura de un anciano sabio que se hacía llamar Elías acompañado de una jovencita, Salomé, que era ciega (aparte del cariz autónomo de estas imágenes arquetípicas ¿reminiscencias de la influencia profunda del Edipo a través de su implicación aún en aquellos tiempos con Freud?): "En tales incursiones al mundo de los sueños se halla con frecuencia un anciano que va acompañado de una joven y en muchas narraciones míticas se hallan ejemplos de tal pareja. Así, por ejemplo, según la tradición gnóstica, Simon Magus andaba siempre en compañía de una joven que debió recoger en un burdel. Se llamaba Elena y pasaba por la reencarnación de la troyana Elena. Klingsor y Kundry, Laotsé y la bailarina, son otros tantos ejemplos...Se podría decir que ambas figuras son encarnaciones del Logos y del Eros"(42)

El vagabundeo de Edipo, su austeridad y extrema probreza, nos parangonan su figura casi diríamos que con un santón hindú, un sadhu, o con los votos de sacrificio de los monjes cristianos. Existe una costumbre extendida en la India para la casta brahmánica, que prescribe que la máxima honorabilidad del varón de esta estirpe llegado a cierta edad, es abandonar todas sus posesiones y prepararse para la muerte acometiendo la vida peregrina y mendicante del sadhu.
Al instalarse en el corazón de un bosque, en un lugar de culto consagrado a las Euménides, diosas especialmente vengadoras de los crímenes familiares y del derecho matriarcal, está dejando claro su reconciliación con el Inconsciente y la expiación y exculpación de todos sus pecados. Como ermitaño, como un Merlín exiliado en los bosques, se ha convertido en aquel "prístino hijo de la Madre" que es el hombre sabio en perfecta armonía con el Inconsciente Colectivo. Su amistad con Teseo, rubrica su pertenencia a la estirpe de los más grandes héroes, y a pesar de sus desgracias y costos, o precisamente por ellos, la consecución de los tesoros más sagrados, su éxito individuatorio.
La forma de su muerte, especialmente mágica y apoteósica, no deja lugar a dudas sobre la filiación divina alcanzada por Edipo, y el retorno definitivo a casa.

Sófocles Rey
Notoriamente el poeta se cuenta a sí mismo a través de la fascinación y entrega a sus obras y a los motivos de éstas. Edipo en Colono, última entrega de la saga "best seller" de este autor, fue escenificado póstumamente, a instancias de su nieto, Sófocles el Joven. Pasa así a formar su obra completa sobre el ciclo tebano parte de esas grandiosas obras cúlmen de los mejores creadores, que son la ocupación hasta el final o hacia el final de sus vidas, y que resumen su más acabada sabiduría, como por ejemplo el Parsifal de Wagner, el Turandot de Puccini, el Fausto de Goethe.
En efecto, a sus 29 años Sófocles derrotó al hasta entonces rey del teatro de su tiempo, Esquilo, casi treinta años mayor que él (obviamente, un padre) en un concurso. Obtuvo en total 19 veces el triunfo en los concursos de esta índole, y su amistad con Pericles le introdujo en los más altos círculos políticos de su tiempo.
En su vejez, la problemática Puer Senex que es una de las dos columnas en las que se vertebra el Edipo, se explicita por un lado en la fascinación que siente por su nieto ilegítimo Sófocles el Joven, que a su vez le devuelve ese cariño con admiración y sobrada preocupación por el éxito y divulgación de la obra de su abuelo, como hemos visto, y en la problemática con su propio hijo, Jofón, que lo acusó de demencia senil y de incapacidad para administrar sus bienes, de lo que tuvo que defenderse el poeta ante los tribunales, citando precisamente un texto de su Edipo en Colona como prueba de su lucidez. Reminiscencias del desprecio a Edipo por parte de sus hijos, ambiciosos de quedarse ya con el trono de Tebas, que nos cuenta aquella misma obra y su continuación y desenlace en el Antígona.
Como héroe, Sófocles debía anhelar profundante su origen y su destino (en boca de Yocasta pone su propio conocimiento de la profusión del motivo incestuoso en los sueños, posiblemente a partir de la experiencia propia), y por eso hizo que su Edipo terminara los días en la misma tierra natal del artista, Colona, en paz consigo mismo. Con Edipo el mismo Sófocles cumplimenta su propio periplo. Uno de los discursos finales en esta obra nos revela el ínteres íntimo del poeta por retornar a los brazos de la Madre, en la muerte, después de una vida llena de éxitos que se desvanecen como futilidades ante la sabiduría de los años: Todo el que esté interesado en una vida más larga prescindiendo de la normal, ese será claro para mí que oculta torpeza, porque la prolongación de los días ha puesto ya montones de hechos más cerca del dolor que de otra cosa, mientras le deleitable no lo verá por parte alguna cuando uno llega a una edad mayor que la debida. En cambio, cuando los derechos propios del Hades hacen acto de presencia, sin cantos nupciales, sin sones de liras y sin danzas, no hay más que un auxiliar para todos: la muerte al fin. Claro que él murió a los 90 años; debió parecerle aún así, una vida corta la suya.
La tragedia y el misterio dionisíaco nacieron de hecho en torno a los mismas inquietudes mítico poéticas, la primera del segundo, como una floración artística desde el tronco religioso agridulce, profundamente vital, de las vides de Baco. La mirada del hombre iluminista, progresista y optimista (apolíneo lo llamaría Nietzsche), muy a menudo no es capaz de ver en la tragedia más que resignación, fatalismo, pesimismo, muerte y duelo. Después de los tiempos sofócleos donde seguramente gozó de buena salud aún la valoración intuitiva de la moral trágica y en general del mito, por la cercanía al oficio religioso dionisíaco, primero el existencialismo de una época crítica, que ya le tocó vivir a Eurípides, y luego el racionalismo filosófico con sus éticas geométricas lógicas, me parece que fueron perdiendo la pista incluso dentro de la misma cultura helena, de lo que quería escenificarse en el teatro con estas terribles obras y de lo que se catartizaba realmente allí.
Como cristianos podemos conocer perfectamente qué cara y qué cruz tiene la tragedia mítica: el Viernes de Crucifixión y el Domingo de Pascua. Donde sólo con criterio débil somos capaces de ver en la tragedia muerte y destrucción, hay también renacimiento; donde sólo pérdida, en realidad la semilla de un mayor éxito.
Como escuché decir a un maestro zen una vez, cuando le interrogué sobre aquello que había obtenido con su práctica rigurosa de años: "No he hecho más que perder, perder y perder...", mientras en su mirada y su entusiasmo dejaba translucir todo el tesoro que ya tenía acumulado.

El triángulo edípico
"Podría decir que me hallo en los sótanos de mi casa familiar, en el piso más bajo de la torre de apartamentos, aunque en la realidad ya no vivo ahí. Estoy con la que parece ser mi novia, que aparece frente a mí, desnuda de cintura para abajo, mostrando una rotunda pelvis que a mí me transmite absoluta fertilidad. Entonces llega un hombre, más viejo que yo, que es una mezcla de figuras: tiene la cara de mi padre, pero luce ataviado según el estilo "rastafari". Parece un tipo underground, un porrero, quizás también podría decir algo así como...un chuloputas. Entonces mi novia duda un momento, se va con él, lo abraza y me dice que ése es el hombre al que pertenece en realidad. Que le gustaría estar conmigo, ser sólo mía, pero me transmite en su actitud que yo no alcanzo la hombría y varonilidad de ese otro individuo. Contemplo con resignación como los dos se marchan abrazados. El tipo en ningún momento me dice nada, pero me mira con sonrisa sarcástica".
Este sueño de tan clarísimo contenido edípico fue tenido por un analizando que en aquella época permanecía soltero. Al poco tiempo, toda esta constelación de energías psíquicas cobró realidad de manera sincrónica, gracias a un par de revueltas del destino, en la vida exterior del paciente cuando quedó inmerso en mitad de la profunda problemática que plantea una relación triangular: pasó a ser amante de una mujer comprometida. Entre las peripecias e idas y venidas de esta tensión, se fueron explicitando y concretizando de una manera escandalosamente evidente los contenidos que antes su anima le esbozaba simbólicamente a través de los sueños, y los misterios que escondía el carácter de ésta, que antes en la terapia sólo inferíamos a partir de la exégesis del material surgido del inconsciente. Al mismo tiempo se puso en juego a través de la competitividad implícita en una relación así, la madurez y el destino "varonil" del sujeto: no sólo en función de la consecución de su conquista amorosa, sino de la conquista de su auténtica posición y ubicación madura como hombre, ya al margen de su relación. En efecto, cuando descubrimos cuál era su aténtica vocación en este sentido avanzando el análisis a través del desarrollo del drama, nos dimos cuenta de por qué durante tanto tiempo, a pesar de su aparente madurez colectiva y adaptación social, el inconsciente no había hecho más que presentarlo como un adolescente inmaduro, que aún no ha alcanzado la "victoria sobre el padre", es decir, que aún no ha alcanzado la referencia de su aténtico destino como adulto, y así entendimos por qué el anima, como evidencia el sueño, se negaba a tomarlo en serio como prometido: esperaba mucho más de él.
Decía Alejandro Dumas que las cadenas del matrimonio son tan pesadas, que a veces se necesitan tres para poder sobrellevarlas. Desde el vértice opuesto, podría decirse que para expresar todo lo que contiene y conlleva la conquista del anima para un pretendiente masculino, el símbolo y la sincronicidad pueden presentarla como prometida atrapada en los obstáculos que tiende contra el compromiso su padre o...su marido.
En el triángulo amoroso, como símbolo, pero también a menudo en la parodia de la realidad, el "rival" se delata como la sombra saturnal del amante pretendiente. Como padre-amante del anima, es a la vez el suyo propio, y así se ponen en juego todas las fuerzas centrales de la psique en torno a la individuación del sujeto, tanto los aspectos del Eros como los del Logos, tanto la conquista exterior como la interna. En relación al caso práctico que estoy usando como ejemplo, la personalidad de aquel deshinibido padre-chulo marginal del sueño resultó que escondía en efecto rasgos remotos del sujeto que fue necesario actualizar e integrar en el nivel adecuado. Su aspecto dionisiaco, su rebeldía interna, su capacidad de travesuras, toda su capacidad para dedicarse tan responsable y seriamente "como un padre" a una profesión marginal y vanguardista, debieron ser desenterrados, bebidos, vividos e integrados trabajosísimamente. Todo ello entrelazado íntimamente con el problema relacional y amoroso que le planteaba a la vez, por adentro y en el correlato externo, su anima amada.
Por eso allí donde una historia de amor presenta un conflicto de rivalidad, insto siempre a prestar atención a lo que "el otro" le está diciendo al sujeto sobre sí mismo, y a no sólo ocuparse en el significado de la persona de su interés erótico, pues así es como tanto nos dice sobre Edipo el mismo Layo. En general pobre amor es aquel que no incluye la guerra, pues la pasión de atracción entre los elementos es real de veras cuando incluye la enemistad entre ellos, propia de las naturalezas.
Dentro de estos contextos es donde el "triángulo edípico" luce con el brillo, la potencia y la actualidad que le es más adecuada como arquetipo, en un juego cada vez más serio, más individual, más profundo (y también más peligroso), y no en lo que los adultos podemos percibir, más bien como inferencia de la constelación activada interna de nosotros mismos, en los incipientes reflejos del arquetipo en la infancia.
Lo que el Edipo nos cuenta a su modo también lo hacen al suyo, a veces de manera mucho más reveladora y directa, todos los cuentos donde aparecen princesas poseídas por magos oscuros, doncellas a rescatar de las mazmorras de castillos gobernados por tiranos, víctimas de barba azules en apuros y, especialmente, los mitos medievales sobre los problemas del amor cortesano, como el famosísimo triángulo entre Lancelot, Arturo y Ginebra, o el Tristán e Isolda. Como diría Jung, estas leyendas surgieron en una época semejante a la nuestra desde más de un punto de vista.
El Edipo trata con símbolos menos diferenciados, por eso quizás su validez sea más eterna, pero estos cuentos nos transmiten destellos muy acabados y muy modernos sobre una temática que debido a la renovada inquietud cada vez más vibrante del alma, propia de momentos críticos, y por ello del animus anima, están plantados cada vez más impúdicamente delante de nuestras narices, sobre nuestras mesas...y camas. Los conflictos matrimoniales crecen en extensión y en intensidad, y la triangulación empieza a parecer la forma sombría favorita de un patrón de atracción cada vez más popular en mitad de todo este caos del corazón y la cabeza.
Ya lo sabemos, cuando el sol pierde su brillo es tragado por la noche, y la luna entonces asume el mando. La Diosa vuelve a preguntarnos sobre el amor y sobre el sentido de la vida, planteando acertijos geométricos imposibles de solucionar con una mente matemática.
Pero todos estos problemas necesitan ser tratados aparte; no caben en un epílogo pequeñito y esquemático como éste.

 


Raúl Ortega
Analista Junguiano

 

(1) Freud, Sigmund. Obras Completas.-Biblioteca Nueva, Madrid, 1975 (citado por Andrés Caro Berta, en (2))
(2) Andrés Caro Berta: Edipo mito, drama, complejo. Revista Relaciones-Freudiana XXI.http://www.uyweb.com.uy/
(3) "Mito de Edipo a la luz de una posible interpretación junguiana", artículo publicado en la web de la Fundación
C.G. Jung de psicología análitica de la República Argentina, http://www.fundacion-jung.com.ar/
(4) Lamento no haber tenido acceso aún a una obra en este menester suculenta: Edipo y variaciones, firmada al alimón por Karl Kerényi & James Hillman
(5) El mito del héroe. Morfología y semántica de la figura heroica, Edipo, H.F Bauzá.
(6) La cita continúa, un tanto suavizando la tajante afirmación: "...los menos sospechosos son los casos de sueños de traumas; pero una más detenida reflexión nos hace confesar que tampoco en los otros ejemplos queda explicado el estado de cosas por la función de los motivos que conocemos" Freud, Sigmund. El yo y el ello & tres ensayos sobre teoría sexual y otros ensayos, Ed. Orbis, Barcelona, 1983
(7) Freud, Sigmund. El poeta y los sueños diurnos. Obras Completas.-Biblioteca Nueva, Madrid, 1975 (cita en (2))
(8) Galiano, M. F. Prólogo al libro: Diccionario de mitología clásica, de Falcón Martínez, C., Fernández Galiano, E. & López Melero. Alianza Editorial, Madrid, 1997
(9) Abundante documentación sobre el tema en Monick, Eugene: Phallos. Ed. 4 Vientos, Chile.
(10) Jung, C.G. Arquetipos e Inconsciente colectivo. Paidós, Barcelona, 1994
(11) Jung, C.G. Rex & Regina. Mysterium Coniunctionis. Collected Works of C.G. Jung (Vol.14)
(12) "...Albumasar atestigua que Saturno es el astro de Israel". Citado por Jung en: Aion. Ed. Paidós. Barcelona, 1992.
(13) Chislovsky, Alberto. Jung y el proceso de Individuación. Ed Continente, Argentina, 1994.
(14) "(...) Erich Newmann tiene una idea algo diferente. Él sugiere que el Sol es el principio de consciencia tanto para el hombre como para la mujer (...)" Edinger, Edward F. Conferencia sobre la lectura comprensiva de Mysterium Coniunctionis. Traducción particular desde el inglés.
(15) Freud, Sigmund. Op. Cit. en (6).
(16) Coincido con Freud en su apreciación de que el más adelante temporal en la evolución no tendría por qué significar per se ni peor ni mejor, como él expresa en otro lugar, porque el baremo de perfección comparativo es muy discutible dentro de cualquier proceso de cambio. Pero indudablemente, no es discutible en la realidad de ese cambio, el aumento de complejidad, la creatividad renovada en cada nuevo "invento" evolutivo, la mejora de ciertas capacidades y la aparición de otras nuevas, en definitiva, la línea hacia adelante evolutiva, en dirección a lo novedoso y lo más complejo y refinado, y no conformándose nunca con lo pasado. Si a ello nos permitimos llamar instinto de perfeccionamiento, es aplicable como tal tanto a la evolución biológica como a la evolución humana. Se trataría pues de un evento cósmico, que es aplicable desde la formación de galaxias y sistemas solares a partir de la primera explosión, hasta al desarrollo de la civilización humana, y al desarrollo de la misma humanidad dentro de la psique del ser humano. La psicología analítica no gusta de llamar al instinto de evolución psíquica perfección sino completamiento. Además da por sentado que Hombre, es una idea a realizar, no está dado de hecho psíquicamente
en el animal humano.
(17) Freud, Sigmund. Op. Cit. en (6).
(18) Jung, C.G. Cap. 1-Las relaciones entre el yo y el inconsciente. Paidós, Barcelona. 1990.
(19) Freud, Sigmund. Op. Cit. en (6).
(20) "El título de «Rey del Mundo», tomado en su acepción más elevada, la más completa y al mismo tiempo la más rigurosa, se aplica con propiedad a Manú, el Legislador primordial y universal, cuyo nombre se encuentra bajo formas diversas, entre un gran número de pueblos antiguos; acordémonos simplemente, a este respecto, del Mina o Menes de los egipcios, del Menw de los celtas y del Minos de los griegos. Este nombre, por otra parte, no designa en absoluto a un personaje histórico o más o menos legendario, lo que designa en realidad es un principio, la Inteligencia cósmica que refleja la luz espiritual pura y formula la Ley (Dharma) propia de las condiciones de nuestro mundo o de nuestro ciclo de existencia; y es al mismo tiempo el arquetipo del hombre considerado especialmente en tanto que ser pensante (en sánscrito mânava)". Guénon, René. El rey del mundo. Ed. Cárcamo. Madrid, 1987.
(21) Jung, C.G. Aion, Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Paidós. Barcelona, 1992.
(22) Wilson, Colin. Del ensayo "El hombre físico y el hombre espiritual. Primera parte".
(23) Dujovne, Leon. El Zohar, tomo II. Ed Sigal. Argentina.
(24) La figuración de los componentes psíquicos en personas del entorno se produce a veces por proyección, transferencia, pero no pocas por el principio de sincronicidad. Más cuanto menos personal y más arquetípico sea el componente estructural puesto en juego en la relación dada. Esto es perfectamente observable en las relaciones de pareja, donde el anima o el animus aparecen muy a menudo representados, dramatizados, en la personalidad real del amante
(25) Jung, C.G. Símbolos de Transformación. Ed. Paidós. Barcelona, 1993
(26) Jung, Emma-Von Franz Marie Louise. La leyenda del Grial. Ed. Kairós. Barcelona, 1999.
(27) Como se remarca en (28), la influencia del anima en este problema es inseparable de la influencia de Saturno, como padre temible de ella, y por lo tanto el "suegro exigente del yo".
(28) La relación entre dos enemigos arquetípicos del ego-conciencia, la luna nueva y saturno, está fuera de toda duda. Se trata de la pareja Sabio Anciano-Anima, en su faz más oscura.
(29) Op. Cit. en (26)
(30) Bly, Robert. Iron John. Ed Gaia. Madrid, 1994.
(31) Jung, C.G. Psicología y Alquimia. Ed Santiago Rueda, Argentina, 1957.
(32) También podríamos analizar este mitologema desde la figura de Esaú como sujeto, y así percatarnos como para él, su hermano Jacob significa su Saturno, su opositor, su Sí mismo a la postre. Según huentro hilo argumental, el que Jacob lo aferrara del talón al nacer, es una prueba a favor de ésto.
(33) Op. Cit en (3).
(34) Op. Cit en (25)
(35) Op. Cit en (10)
(36) Op. Cit en (14)
(37) Op. Cit en (11)
(38) En su libro la prostituta sagrada, Nancy Qualls Corbett propone como componentes arquetípicos de la Coniunctio, en legítimo incesto, a la Prostituta sagrada del templo y al Extranjero.
(39) Op. Cit en (31)
(40) Op. Cit en (10)
(41) "En el himno gnostico al alma, el hijo es enviado por los padres a buscar la perla perdida de la corona del padre. Esa perla está en el fondo de una profunda fuente cuidada por un dragón en Egipto, en el concupiscente y ávido mundo de las riquezas físicas y espirituales. El hijo y heredero parte en busca de la joya y se olvida a si mismo y olvida su tarea en la orgía de los placeres mundanos egipcios, hasta que una carta del padre le recuerda cuál es su deber. Se encamina hacia el agua y se sumerge en las oscuras profundidades de la fuente, en cuyo fondo encuentra la perla que ofrece a la divinidad suprema" Jung, C.G., Op Cit en (10)
(42) C. G. Jung: Recuerdos, Sueños, Pensamientos. Ed Seix Barral, Barcelona, 1991.