Jung y la Serpiente

Raúl Ortega
Terapeuta Junguiano


Cada mil años nace un Buda. En mi sueño el Buda nace en plena noche. Una estrella brilla en el cielo para anunciar el nacimiento del Buda. Yo estoy allí y tengo la misma edad durante todo el sueño.

Observo el nacimiento del Buda y le veo crecer ante mis ojos hasta que se
convierte en un joven, como yo, y somos eternos compañeros. Somos buenos amigos (la temeridad de una idea así). Somos felices estando juntos y existe un gran compañerismo y alegría.

Un buen día llegamos a un río que fluye en ambas direcciones a la vez. Medio río corre en una dirección y el otro medio en la otra, donde las dos
corrientes se encuentran, en el centro del río, hay unos torbellinos muy
grandes. Yo cruzo nadando hasta el otro lado, pero el Buda queda atrapado en un remolino y se ahoga.

Me siento desconsolado; mi compañero se ha ido. Así que espero mil años,
otra vez brilla una estrella en el cielo nocturno y de nuevo nace un Buda en
plena noche. Paso otro largo período como su compañero.

Aquí se pierden los detalles, pero por algún motivo tengo que aguardar otros mil años para el nacimiento de un tercer Buda. De nuevo brilla una estrella y el Buda nace en medio de la noche y yo soy su compañero hasta que crece. Somos amigos y me siento feliz. Entonces tengo que esperar una vez más mil años, hasta la época actual, para que el Buda nazca por cuarta vez. No obstante, esta vez las circunstancias son diferentes y más concretas. La estrella brillará en el cielo anunciando el nacimiento del Buda, pero el nacerá esta vez al alba. Y nacerá del agujero que forma un nudo en el árbol cuando los primeros rayos de luz solar incidan sobre él al amanecer. Estoy lleno de dicha y expectación, porque he esperado mil años para que mi querido compañero renazca.

Aparecen los primeros rayos de sol. Tocan primero la copa del árbol y van descendiendo al ir subiendo el sol (algo que no ocurría en la vida real). Cuando los primeros rayos de sol tocan el nudo del árbol, sale una enorme serpiente. La serpiente es gigantesca, tiene unos treinta metros de largo, ¡y va directamente hacia mí!

Estoy tan aterrorizado que me caigo de espaldas. Entonces me pongo en pie y corro con todas mis fuerzas. Cuando creo que ya he ido suficientemente lejos, miro hacia atrás y veo que la serpiente está corriendo detrás de mí, ¡y que mantiene su plana cabeza exactamente sobre la mía!

Así que, lleno de pánico, corro dos veces más rápido. Pero cuando me giro a mirar, allí está la cabeza de la serpiente: ¡todavía exactamente sobre mi
cabeza! Corro aún más y miro, y la serpiente sigue allí, y sé que no hay
esperanza. Entonces, por alguna intuición, formo un círculo tocando la
cadera derecha con el brazo derecho. Sigo corriendo y la serpiente introduce lo que puede de su cabeza por el círculo, y entonces sé que el peligro ha pasado.

Cuando termina el sueño seguimos corriendo por el bosque, pero ahora la
serpiente y yo estamos hablando y el peligro ha disminuido.

R. J., El Equilibrio Entre el cielo y la Tierra (1)

Robert Johnson, el analista junguiano mundialmente conocido en la actualidad por éxitos literarios de la talla de We, La Llave del Reino Interior o la obra ya citada, entre muchos otros, tenía 24 años cuando fue visitado por este sueño. Había llegado “casualmente” a Suiza desde Estados Unidos, en un vagabundeo bohemio que lo condujo a estudiar unos meses en el recién fundado Instituto Jung de Zurich. Corría el año 1938. El mundo civilizado sufría una grave crisis cuyo desenlace posterior todos conocemos, y Robert se analizaba, de bastante mala gana por cierto, con una de las discípulas más íntimas del mismísimo Carl Gustav: Yolande Jacobi.

Este sueño tomó por sorpresa a la analista: le pareció un simbolismo demasiado “viejo” para un muchacho aún tierno y lozano. Sin embargo, fue grande su curiosidad y lo puso en manos de Jung, al margen de la terapia. El viejo profesor se sintió conmovido por una visión tan profunda, e hizo llamar a su presencia a Robert. Le interpretó el sueño como si fuera la condensación de toda su vida, la esencia de todo su destino y del sentido de su existencia. Técnicamente, se trataba de la diferenciación de todas y cada una de las cuatro funciones psíquicas, con el punto más crítico y el problema más álgido en justo la última, la más oculta, la más peligrosa: la inferior, la cuarta.

Técnicamente, dicho de esta manera tan matemáticamente fría, se resume en “sólo” eso la esencia de lo que queremos decir con Individuación, realmente.

Pero resulta demasiado simplista, demasiado abstracto, ¿verdad?, para hacernos una idea de lo que en la práctica eso implica en una vida humana. Dicho así, son impensables las complejas implicaciones y el alcance que, por ejemplo, Jung extrajo y desglosó para Robert aquella tarde en referencia a lo que aquel sueño con ese proceso cuatripartito significaban para su paso por la Tierra (Recomiendo la lectura del libro referenciado si se quiere abundar en estos detalles).

Para intentar comprender en una medida más cercana, concreta y, por ello, seguramente más justa, el significado de este esquema simbólico, vamos a adentrarnos hasta donde nuestra tenue lámpara permita en la manifestación de tal Arquetipo en el meollo de una biografía personal, y nos vamos a tomar la atribución de elegir para un análisis al respecto una vida suficientemente completa y complicada: la del mismo C. G. Jung.

Análisis Funcional. Las siglas del carácter.

No es nada difícil, ni siquiera para un lego, percatarse de qué funciones se encontraban en Jung punteramente desarrolladas. Obviamente, era un pensador intuitivo. Si afinamos un poco más, podemos decir que era un pensador introvertido con una también muy desarrollada capacidad intuitiva, por ley de opuestos, preponderantemente extravertida. Digamos que su ego, su conciencia, tenía estos dos “Budas” como fieles compañeros de nacimiento, que fueron creciendo y desarrollándose a la par que él, y que constituían los valores principales que su carácter consideraba más fiables y sólidos. Empleando la árida nomenclatura del test tipológico junguiano por excelencia, el MBTI, caben pocas dudas al adscribir a Jung el carácter INTP, es decir: pensador introvertido, intuitivo extravertido, sensitivo introvertido y, finalmente, como cuarta función inferior, sentimiento extravertido. Sin embargo, tal y como el sueño previno que le ocurriría a Robert, la maestría de estos caballeros consiste en haber superado las limitaciones de su tipo básico y haberse adentrado en el cultivo y complementación de las funciones inferiores al mismo tiempo que en el perfeccionamiento y diferenciación cada vez más profundo de las superiores, y del conjunto completo en general. Por ejemplo, en su proceso, Jung adquirió un mayor peso de su aparato intuitivo, que además se introvirtió, otorgándole a su carácter un toque profético, allende lo filosófico, que es más preponderantemente intelectual.

Volviendo una vez más a ese sueño paradigmático, vemos con nitidez que la madurez psicológica consiste en desarrollar una función lo suficiente para que entre en contacto íntimo con la lucidez del Sí- mismo (el Buda), tras lo cual se produce su sacrificio para dejar pasar a la siguiente a primer plano y centrar la energía psíquica en pos de su desarrollo consiguiente, y así hasta haber completado el ciclo completo. Recuerden los mitos solares, y podrán parangonar sin ningún esfuerzo aquel simbolismo que expresa lo que acontece una vez llegado a su cenit el sol, tras lo cual comienza a declinar hasta adentrarse en el útero de la noche y la tierra, de regreso al caos de su Madre Inconsciente, para después renacer renovado y diferente, cíclicamente, con este mito onírico que cuenta como los Budas van creciendo y madurando, muriendo después y renaciendo de nuevo. Estamos delante del mismo mitema, con total evidencia.

Los griegos, conmovidos por la apreciación de esta terrible maldición que hace suceder inapelablemente una caída a un éxito, una condena a una consecución heroica, achacaron la postrera derrota del héroe al pecado de Hybris, al insulto al orgullo divino que significa quererse un hombre equiparar a un Dios (“la temeridad de una idea así”), pagado con un martirio, una muerte, un sacrificio. Sin embargo, en su mismo mito Prometeico podemos entrever qué necesaria es esa temeridad, aún con ese costo, para que los seres humanos lleguen a ser lo que están destinados a ser, hombres con la lucidez que les corresponde por naturaleza. Es decir, que les corresponde como mandato de Dios. Prometeo el héroe fue encadenado a la roca por cometer la grave Hybris de ayudar a los humanos a alcanzar un grado más alto de diferenciación, de individualidad, por lo tanto de semejanza con el Sí mismo, pues lograron ese nuevo status gracias a un robado fuego divino.

Fue encadenado por los dioses que estaban por encima de él y su temeridad. Pero, al fin y a la postre, su heroísmo y la consecuencia de éste...¿no fueron amañados seguramente por un Dios superior que está por encima de estos otros dioses? Un Dios que sabe que ser Humano implica esa hybris y su castigo consecuente, y apaña las cosas entre los dioses inferiores, los héroes y los hombres para que suceda así, una y otra vez.

Una escena similar se produjo en el Paraíso cuando los primeros humanos pecaron otra vez de hybris, y pagaron también con su expulsión ese nuevo estado de lucidez que les procuró la tentación del “seréis como dioses, conocedores del bien y el mal”. Ya en otro lugar he esbozado una comparativa entre éstos y otros mitos genésicos fundamentales de nuestra cultura (2), y he mostrado cuán íntima es la conexión entre la diferenciación, el desarrollo, la perfección y la totalización de la conciencia (es decir, de lo humano) con el asunto luciferino de la rebelión...y su condena.

En el mito genésico masón La muerte de Hiram, al arquitecto sabio Hiram, una encarnación divina en la Tierra, un gran Maestro, que se encargaba de la construcción del Templo de Salomón, tres compañeros albañiles le dieron muerte, intentando robarle la sabiduría, ciertas palabras maestras, cosa que no consiguieron. Luego escondieron su cadáver. Las Palabras Sagradas y de Paso originales, que sólo conocía Hiram, se perdieron de esta forma para el mundo. Pero de todos modos el Maestro finalmente resucitó y pasó a mejor vida, quedando como ejemplo de transformación y purificación. Al mismo tiempo, a través de las peripecias en la recuperación de su cadáver (un verdadero camino iniciático), se desveló y recuperó un conocimiento que, aunque fragmentario, empezaba a estar a disposición de los iniciandos y es el basamento sobre el que se construye la Orden desde entonces, según esta leyenda. La mayoría de las Logias contemplan a Hiram como el fundador, según un mito de estilo heroico cristiano, bastante clásico, como vemos.

Creo que es fácil distinguir entre todo ésto los mitemas básicos de los que estamos hablando: el ser cuasi perfecto, el héroe en muchos puntos semejante a Dios que sin embargo necesita del sacrificio máximo para seguir evolucionando, y, justo a su lado, íntimamente implicada, esa rebelión luciferina, ávida de conocimiento, que roba una sabiduría divina a través incluso del mal y la traición, pero que acaba otorgando el bien de colocarla finalmente un poco más cerca, más a disposición de lo común humano, es decir, a disposición de la conciencia.

Claro, no nos es difícil entender lo punible que es aquel pecado que los griegos llamaron Hybris y que nosotros llamamos inflación, y por lo tanto en qué gran medida es aconsejable intentar apartarse lo más posible de esta patología de arrogancia, que parte de un complejo de superioridad que hace creerse héroe al que no lo es y omnipotente al héroe. La inflación se arroga cualidades colectivas impersonales que están más allá del valor del ser individual, y le hacen al individuo desdibujarse de sus límites. Suele ocurrirle a menudo al Puer, y una arremetida de Saturno será la consecuencia de esta extrapolación de sus fronteras personales, que probará la valía o no del supuesto acerbo de cualidades extraordinarias del joven y exaltado aspirante. Recordemos los personajes y el argumento del mito de Icaro. También en una historia ahora tan popular como el Señor de los Anillos, se nos hace ver qué significa identificarse con el Sí-mismo, y qué significa investirse infladamente de su omnipotencia y omnisciencia; cuál es la virtud de renuncia y modestia que provoca la redención de ese estado y en qué consiste realmente ser héroe en contacto y armonía con el Anillo (Sí- mismo).

Pero lo que intento mostrar ahora es lo consustancial al instinto de perfección y de superación de la conciencia, lo consustancial al instinto heroico genuino, que es llegar a un punto que es un cenit, excederse, y acabar cayendo en picado desde lo alto. Ese exceso siempre significa un monto de inflación, de arrogancia y de presunción, pero es un monto de Hybris al fin y al cabo inevitable.

Me permito hacer en este punto una digresión dentro de la digresión. Muchas son las acepciones de lo diabólico, pero en este contexto la que más nos interesa es la soberbia de Lucifer, que quería ascender en el Cielo, hasta llegar a la semejanza del Altísimo, y su consiguiente draconiano castigo. Sí, lo diabólico es entre otras cosas lo imitador de Dios, el “mono” de Dios. Pero entonces ¿es que no existe en su impulso la misma sustancia que la Iglesia adopta como una de las virtudes capitales, en la Imitatio Christi? ¿No es la misma arrogancia del alquimista, que quería fabricar un redentor en la retorta, y la misma que late en la esencia del impulso individuatorio: encarnar en nosotros al Sí-mismo, la imagen de Dios?
No seré yo el primero que hable del camino de Individuación como una vía luciferina, ni el primero que diga que la enseñanza que recoge la psicología junguiana sigue una estirpe de sabiduría luciférica cainita.

Vemos como en mitad de estas cosas un pecado obvio de soberbia y una virtud quizás no tan obvia de valentía y audacia se entrelazan. Que una entidad se arrogue consustancialidad con los dioses hasta querer usurpar un poder que no le corresponde, es fácil calificarlo como diabólico. Que una parte intente detentar el poder y la jerarquía sobre un todo, como cuando una función se emancipa de la democracia psíquica y empieza a ejercer el mandato propio de un dictador sobre el resto de la economía anímica, como cuando el yo se erige mefistofélicamente en emperador del sistema psíquico y se intenta desembarazar del Inconsciente, es claramente un mal.
Pero existe algo tan noble en la ambición luciférica, que una de las definiciones del divino Grial es la de ser la piedra caída de la corona de Lucifer cuando fue derribado al inframundo desde su lugar en los Cielos. La maldad de Lucifer se convierte en heroismo prometeico que coloca, aunque en un lugar remoto y prácticamente inaccesible, un pedazo del Ser de Dios al alcance de los hombres. Que quizás sólo los más soberbios humanos quieran perder su tiempo en buscar.

En palabras de Jose Antonio Delgado:

(...) Pero, así como el Diablo es la figura despiadada y malvada, que trasunta por entre las fisuras del entendimiento humano más excelso, para traicionarlo y abocarlo a sus inflados dominios, es la parodia de Dios, que advierte de los peligros que corre aquel que utilice las energías (y la sabiduría luciferina) por él conferidas, a favor del propio y exclusivo provecho. Solo Lucifer aporta la luz y se convierte en el Príncipe de las Tinieblas. El demonio luciferino, el ángel caído por el pecado de Hybris, simboliza la iluminación superior a las normas habituales. El confiere una especie de presciencia que permite ver más lejos y con más seguridad. Autoriza a romper las normas de la pura racionalidad en nombre de una luz trascendente, que es tanto del orden del conocimiento, cuanto lo es del Destino. Pero los dominios del Diablo son extensos y sus disfraces multifacéticos engañan a la conciencia que trata de descubrir sus ardides, y lucha por alejarse del verdadero peligro que supone el pecado de Hybris. Como símbolo de todas las fuerzas que debilitan, oscurecen, obnubilan y turban la conciencia, determina el regreso (y la caída) hacia lo ambivalente, lo dúplex y lo indeterminado: al centro de Lux Aeterna que yace en el mundo de Vulcano (18)

En efecto, con la caída del Lucero, nos encontramos con otra de las definiciones de lo diabólico: un contenido espiritual, una imagen arquetípica que debía empujar a la conciencia desde arriba, usando sus alas angélicas, se ha despeñado hasta el suelo y aún más abajo, desde donde es percibido como una picazón tentadora en el cuerpo, hipnótica, que empuja desde los pisos inferiores al Yo con todo el poder de una compulsiva tentación.
El que ascendió a lo más alto acaba encontrándose en lo más bajo, pues los opuestos se tocan en los lugares de su exaltación, y así quien está cerca de Dios está cerca del fuego, léase siempre infernal. Cuando El está tan alto que nuestros ojos y nuestros más audaces vuelos de pensamiento no lo divisan, entonces suele escuchar su arcaica llamada el animal en nosotros, con su fino oído genital.

Regresando a nuestro discurso central, decimos que todo este hiperdesarrollo parcial del que estamos hablando, se convierte en un exceso, que lo es a partir de la creación de un desequilibrio, un desequilibrio que es necesario que ocurra para después volverse a compensar ya veremos en qué manera. Justo cuando en una persona se alcanza un verdaderamente alto grado de diferenciación en su faceta favorita de adaptación, es cuando más en peligro está de que sus aspectos ocultos más primitivos e indiferenciados entren en disputa agresiva y amenacen a la conciencia con una oposición que típicamente produce un período de neurosis. Se trata de un conflicto inherente a la naturaleza humana entre el impulso hacia la mayor diferenciación, hacia la perfección y el más alto logro, y el instinto hacia la armonía de la totalidad, hacia la complementación, que sólo es aliviado en un proceso cíclico de ascensión, superación y posterior caída. A la vez, de un conflicto entre la adaptación de la conciencia al mundo exterior y la adaptación al mundo interior. Y también de un conflicto entre la voluntad y la independencia del yo y sus herramientas y su origen colectivo arquetípico, un conflicto entre la libertad y la capacidad de elección y el destino y el instinto determinantes. Entre el yo que uno “elige” ser en un trecho de la vida y la identidad verdadera que siempre espera en el siguiente.

El psicoanálisis ha puesto de moda considerar los conflictos con el inconsciente como resultantes de un yo débil e infantil que sólo ha tenido fuerza para enfrentar sus dilemas y problemas emocionales haciendo uso de la represión. Sin embargo, mi experiencia me dicta que precisamente en individuos de gran maduración y aptitud, cuando han llegado a un determinando punto crucial de agudeza y profundidad en su desarrollo (diferente para cada uno), es muy esperable que se de ese conflicto interior que amenaza cambiarles de dirección la vida, incluso con la virulencia de una neurosis. Por eso hablamos de proceso de Individuación a partir de la mitad de la existencia, en un momento que nos cuenta más de madurez que de infantilismo, cuando el pensamiento ha obtenido formación y aplicación en las carreras y el trabajo, cuando el sentimiento ha formado familias y traído al mundo hijos. Y entonces queda un largo camino más allá.
Recordemos la leyenda del doctor Fausto, aquel eminente médico sabio que en el cúlmen de su profesión, se dejó tentar por su alma para volver a empezar de nuevo.


Si dejamos de lado la metáfora mítica y nos ocupamos de otras metáforas, como por ejemplo la psicológica, podríamos explicarnos de un modo muy gráfico y creo que más comprensible: las funciones psíquicas son como cuatro árboles que hincan sus raíces en el Inconsciente Colectivo psicoideo y yerguen su tallo y sus ramas hacia la luz de la conciencia personal, donde incluso en un punto de su desarrollo hasta se instrumentalizan. Cada carácter “riega y abona” en especial dos de esas cuatro funciones, que son las que alcanzan más frondosidad y altura y son las que dan apoyo, cobijo y sombra fundamentales a esa persona en particular. El principio que las rige a cada una es el de crecimiento, desarrollo, altura y diferenciación; en una palabra, perfeccionamiento.

Entender qué significa este perfeccionamiento es fácil si se compara por ejemplo la diferencia de sofisticación del pensamiento en las tribus primitivas con el pensamiento heleno, o, mejor aún (estoy seguro de que hubieron Neandertales con un pensamiento más refinado no ya que el griego medio, sino más que muchos de nosotros, ciudadanos modernos y cultos del mundo occidental), si comparamos un griego común con un Sócrates

En determinados individuos esas funciones principales alcanzan grados de desarrollo tan elevados que podemos llamar heroicos. Conocemos héroes del pensamiento, héroes del sentimiento, héroes de la clarividencia y también héroes estéticos y gimnásticos, así como también en más de una o incluso en todas las funciones a la vez, los más grandes Maestros de la Humanidad. No creo necesario ejemplificar.

Podríamos decir que una función llega a grado verdaderamente heroico, en sentido individuatorio, cuando logra su fin último, que es expresar a través de ella su fundamento, producir en sus más altas ramas el nacimiento del fruto arquetípico que es la parte de Sí mismo que está llamada por naturaleza a dar a luz. Además, expresado de acuerdo al momento y nivel cultural histórico que sirve de terreno de crecimiento a esa función, es decir, expresado de manera actualizada. Una maduración que incluye un logro creativo, y que arquetípicamente coloca en un “trono”, en una maestría y por consiguiente frente a un discipulado, a su portador. Claro que el desarrollo verdaderamente heroico, el logro con respecto al Sí mismo, no a la sociedad o lo colectivo, sólo se consigue tras sucesivas muertes y renacimientos que renueven, afilen, completen y diferencien suficientemente a las funciones. No hay verdadero perfeccionamiento que no sea a la vez un completamiento, ni verdadero crecimiento que no sea también una profundización hacia la raíz, como veremos más abajo.

En el sueño de Robert este desarrollo heroico de sus funciones se expresa con la bella imagen del nacimiento y maduración de los Budas.

Este impulso de perfección es un aspecto Yang del proceso individuatorio. Está en connivencia con todo lo masculino que mide y selecciona acorde a jerarquías y tan finas como tajantes comparaciones. Para los chicos en la escuela es importantísimo saber “quién mea más lejos”, y el tamaño del pene sigue siendo durante toda la vida un asunto capital. Para un atleta, una diferencia de décimas de segundo puede ser lo decisivo entre sentirse fracasado y ser el rutilante ganador. Para el aspecto masculino del Sí mismo, “la naturaleza es aristocrática, y alguien valioso es de tanto peso como diez de los otros” (3). La preocupación acerca de dónde se encuentra la más profunda verdad, el más grande amor, forma parte de todo este instinto de perfección, crecimiento y progreso que es propio de la naturaleza de las funciones, y por consiguiente del alma y la conciencia.

Pero este instinto de progreso lineal se ve compensado por otro impulso igualmente consustancial del proceso individuatorio, un aspecto Yin que reclama armonía, equilibrio, complementación; en una palabra, totalidad.

Posiblemente no exista suficiente energía psíquica como para emplearse en el desarrollo y perfeccionamiento de las cuatro funciones a la vez; el afinamiento de cada herramienta reclama suprema consideración y atención y no es dable ocuparse en el cultivo de los cuatro “árboles” al mismo tiempo. Para el instinto de perfección eso sería dispersión y por lo tanto fuente de mediocridad, primitivismo. Las conciencias donde destacan los desarrollos armoniosos sobre los diferenciados funcionalmente son las primitivas y podríamos decir también las infantiles. Pero aún más importante que esa de todos modos hipotética falta de energía, es el verosímil obstáculo al crecimiento en paralelo que representa la oposición por pares de las funciones psíquicas, su rechazo recíproco dos a dos, no más se elevan hacia la conciencia desde la profundidad del Sí mismo. En efecto, en el inconsciente, en el magma primordial paradójico, las funciones coexisten con mucha más solidaridad que en la luz de la discriminación, y por eso las conciencias crepusculares que apenas despuntan en su lucidez y diferenciación desde allí pueden permitirse cierta arcaica armonía; siempre señalando que se trata de un equilibrio relativo, pues la básica naturaleza psíquica humana presupone que allí donde despunte una conciencia, con mayor o menor unilateralidad dos funciones queden cercanas a la luz y las otras dos cercanas a la sombra (dejando aparte lo que cambia en ese estado primigenio de cosas el proceso de Individuación). Mas en los individuos donde está despierto el llamado vehemente a la maduración y al crecimiento de la conciencia por encima de lo colectivo primitivo es donde mejor advertimos que el proceso comienza solidario con el desarrollo de sólo sus dos funciones favoritas, aquellas donde en principio se expresan mejor sus dones y que se apoyan mutuamente. Si no fuera así, y pretendiera su psique crecer desde todos los flancos opuestos, el progreso quedaría varado desde el mismo principio porque la hostilidad entre las partes se negaría a sí mismo todo crecimiento. Sería como querer caminar hacia la derecha y la izquierda a la vez.

En culturas de alta exigencia educativa y adaptativa como la nuestra, donde además prima la especialización –hermana del perfeccionismo-, el individuo se demora aún menos en intentar complementar sus aptitudes a través del corolario completo de funciones. Rápidamente y con fruición se abandona a sus cualidades punteras, aquellas que van a proporcionarle la más profunda e inmediata adaptación y éxito. Sólo un impulso a la totalidad individuatorio le hará a un hombre moderno sacrificar tan necesaria especialización y afinación en sus áreas favoritas, para marginarse y entorpecerse cultivando sus puntos débiles, que de momento no van a proporcionarle ninguna satisfacción, sino todo lo contrario.

De este modo, una o dos funciones crecen altas y frondosas hacia el Sol que es la conciencia acaparando casi todo el agua y el abono psíquico que el yo es capaz de entregar. Se convierten en puentes seguros al mundo, y el individuo valorará y construirá su vida a través de ellas. La más introvertida, en su crecimiento solar no perderá nunca del todo la conexión con su origen, el Inconsciente; la más extravertida seguramente se despiste un poco más. Este crecimiento dual no es tampoco exactamente paralelo, pues ya de entrada no sólo es que las diferencias funcionales son siempre aunque no lleguen a opuestas, excluyentes en cierto grado, sino que fundamentalmente ya la introversión y la extraversión de cada una impiden un desarrollo al unísono.

En la vida de Jung, observamos este desarrollo oscilante entre sus dos funciones principales cuando comparamos al Senex en su torreón apartado del mundo con aquel Puer viajero y aventurero que también fue (intelecto introvertido frente a la intuición extravertida), aspecto de su personalidad vivido en toda su extensión por uno de sus amigos más íntimos: el explorador Laurens van der Post.

Esas funciones altivas, aún en un desarrollo muy consecuente y por lo tanto en ciertos puntos genuinamente heroico, como ya sabemos, producen un desequilibrio entre la altura solar de la conciencia y el suelo húmedo y oscuro que es su raíz, el inconsciente. Cuanto mayores son sus éxitos asentados en sus frondosas copas, más recelo y envidia cargan contra ellas las dos funciones reprimidas y raquíticas que quedaron atrás, a ras del suelo. Por esta cercanía a la raíz primigenia, las funciones inferiores y especialmente la más reprimida se convierten en representantes del inconsciente que entabla batalla contra la conciencia representada en las funciones superiores. El instinto hacia la totalidad y el equilibrio no soporta esa diferencia de crecimiento y plenitud entre unas y otras, que al fin y a la postre es un desequilibrio entre los valores ineludiblemente unilaterales de la conciencia en esta parte del proceso y los valores opuestos del inconsciente. La aversión de las funciones inferiores hacia las sobrealimentadas superiores esgrime el estandarte de la lucha de la Luna contra el Sol.

Es entonces cuando la conciencia que había primado el camino hacia la derecha y la luz de la adaptación, tiene que acomodarse en pos del principio de totalidad en un camino hacia la izquierda, hacia la oscuridad y la profundización. Ya señalamos que es imposible el camino a la vez en dos direcciones. Hay que elegir. Pero existe un modo en que pueden hacerse compromisos entre ambos sentidos y que es la única manera en que el desarrollo psíquico, la Individuación, puede expresarse: inscribiendo un desarrollo circular, la Circumambulatio. De este modo, extendidos en un tiempo lineal que oscila a la vez entre los opuestos, alternadamente, y dibuja ese círculo, el perfeccionamiento y la totalidad intentan hacerse mutuamente justicia. En los puntos de giro se produce la enantiodromía; llega el momento de la merma, en que lo superior y superdesarrollado tiene que ceder su altura en pos de aumentar lo inferior y salvar las distancias. Llega el momento de la declinación del Sol, la caída del héroe; la muerte del Buda, en ese sueño que hemos tomado como inicial referencia.

Con la esperanza de renacimiento posterior no se espera sólo una compensación a favor de las funciones inferiores, sino una renovación más profundamente vinculante de las funciones superiores con su raíces arquetípicas. Es decir, una renovación vinculante del carácter de la conciencia con el Inconsciente y la matriz arquetipal, que significa una ganancia tanto en completamiento como también en afinamiento y profundidad.

Las biografías que no dibujan estos movimientos oscilatorios, son propias de individuos colectivos donde no se han perfilado más que los movimientos iniciales del desarrollo psíquico, estadios previos a los procesos individuatorios propiamente dichos (19)

Las funciones superiores, por el mero hecho de afirmar la conciencia, abierta al mundo y a la luz, se adscriben a un carácter solar también en las mujeres. El ego basa su fundamento en la lucidez, la diferenciación y la instrumentación, y esas son cualidades masculinas, aunque sean portadas desde funciones típicamente femeninas como ocurre en general en la conciencia de la mujer. Las inferiores que quedan en el inconsciente, en lo oscuro, sombrío, húmedo de la matriz primordial, adscriben pues las cualidades lunares, femeninas, de esta posición. En hombres y mujeres, conciencia es sol e inconsciente luna (por ejemplo: el lado derecho en ambos sexos es masculino y el izquierdo femenino), aunque desde el inconsciente de la mujer pujen funciones general y típicamente masculinas (desde luego siempre teniendo en cuenta que dentro de esa similitud las diferencias y los matices se vuelven a la vez fundamentales). Esto complica un poco las cosas a la hora de analizar en este sentido el encuentro entre la mujer y su lunar interior, su inconsciente, pues éste adquiere en un punto más bien la forma y modos de un sol negro, un sol nocturno que llamamos animus, así como su conciencia brilla con cualidades luminosas de albor y crepúsculo, más cercanas a la noche lunar que al mediodía (generalizando siempre demasiado, por supuesto).

Hechas estas explicaciones, podemos entender por qué el siguiente dicho de Jung que pone colofón a lo expuesto hasta ahora sobre el conflicto entre los impulsos de perfección y totalidad de la libido, es aplicable tanto a hombres como a mujeres por igual:

“La inconsciencia es para el Logos el pecado primordial, el mal mismo. Pero su acto creador del mundo es matricidio, y el espíritu que se aventuró en todas las alturas y todas las profundidades, también debe sufrir, como dijo Synesius, el encadenamiento a la roca del Cáucaso. Pues nada debe existir sin lo otro, porque fueron uno en el comienzo y han de volver a ser uno al final. Sólo puede existir conciencia si se reconoce y se tiene en cuenta permanentemente lo inconsciente, así como toda vida debe pasar por muchas muertes” (4)


En hombres asentados en funciones típicamente masculinas, el carácter lunar del anima por ser un contenido inconsciente, se redobla por adscribirse a ésta una funcionalidad típicamente femenina. Ese es el caso de Jung: a sus funciones de sesgo racional y clarividente, intelecto e intuición respectivamente, en donde se asienta su “solaridad”, su masculinidad consciente, se opone desde la “lunaridad” inconsciente un carácter puramente femenino del anima: sentimiento y sensación. En un caso así, nos encontramos inmersos en el encuentro entre lo masculino y lo femenino en una forma muy contrastada de expresión originaria. Logos frente a Eros, en estado esencial.

Seguro que algo les ha parecido chocante: que adscriba sin más intuición a masculinidad. Hablando con más profundidad, intuición al ser un puente entre inconsciente y conciencia, en su aspecto receptivo e instintivo es verdaderamente nocturna, lunar, femenina. Cuando la intuición toma el mando de un carácter, lo hace especialmente dúctil, maleable y sumiso ante el destino, receptáculo de visiones. De hecho, y este punto es muy importante, los individuos con una función racional dominante introvertida y una irracional dominante extravertida, tienen todos en su manera de afrontar la vida un sesgo marcadamente femenino, por el peso que en sus biografías se comprueba adquiere lo inconsciente, lo irracional, lo lunar. Es el caso de Jung, y además en este sentido se trata de un caso paradigmático. Su función racional, típicamente masculina, el pensamiento, es introvertida, y su función puente al mundo es la irracional (léase a-racional) intuición visionaria. En un caso así es esperable una influencia masiva de lo lunar, incluido en ello una influencia decisiva de la relación con las mujeres. Este contacto íntimo, siempre problemático, entre un Logos poderoso y una Luna absolutamente subyugante desde el fondo, es el que hizo a los filósofos alquimistas medievales llamarse “hijos prístinos de la Madre”.

Pero no es gratuito que se le adscriba a ella, la intuición, el elemento fuego arquetípicamente, y se considere pues que su aspecto luminoso, creativo, su lado Logos, sea finalmente el más definitorio. En efecto, es una alumbradora de oscuridades cuya finalidad es ser psicopompo que empuja a la creación, un esclarecedor de sentidos que funciona a menudo exactamente como un razonamiento inconsciente, por lo tanto representante de un Logos interior y autónomo, y es un estandarte de idealismo siempre. Estas razones creo nos son suficientes para avalar su adscripción hacia el lado de cualidades masculinas, hacia ese fuego de la necesidad de iluminar la oscuridad, siempre y cuando no olvidemos al mismo tiempo su paradójica humedad mercurial. Esta “ambigüedad sexual”, de la que también participa (desde otros ángulos) su hermana opuesta la sensación (la sensualidad terrenal en astrología se adjudica a Tauro, el toro, regentado al mismo tiempo por Venus) es la que hace que, al contrario que el pensamiento y el sentimiento, que se reparten de manera mucho más excluyente entre las conciencias de hombres y mujeres, sensación e intuición sean dos funciones que se distribuyen “genéticamente” entre los sexos de una manera más, digamos, imparcial. La intuición como función principal en una mujer, cosa que como digo no es nada rara, la capacita para lo ideal, espiritual y abstracto, así como la sensación en un hombre lo capacita para el sentido de lo real, terrenal y práctico.

En definitiva, esa confrontación tan íntima y cercana entre Logos y Eros, se traduce en que en la biografía de un hombre de tales condicionantes, los encuentros con la mujer real en su aspecto más profundamente femenino van a ser de mucho peso, decisivos en la interacción de su ego con lo más oculto, incomprensible, misterioso y peligroso de su propio inconsciente. El anima no va a encontrar ninguna dificultad en vivir cómodamente proyectada en la figura de ciertas mujeres relevantes de feminidad conspicua, y todo lo que ocurra con ella, el anima, en estos casos, será inmediatamente significativo para las relaciones con la mujer correspondiente. Viceversa, también.

Tenemos pues que una de las llaves principales de encuentro para un hombre como Jung con el Inconsciente Colectivo es una mujer interior cuyo interés principal es el amor y lo erótico. No es difícil colegir la tipología correspondiente de este anima, justo el reverso opuesto de la conciencia: sentimiento extravertido, sensación introvertida como funciones principales; intuición extravertida e intelecto introvertido como las más arcaicas. En terminología de MBTI, ESFJ.

Vamos a hacer una breve descripción de ambos caracteres contrapuestos. En mis propios comentarios al respecto, recogiendo impresiones desde diversas fuentes y complementándolas con mis propias experiencias, he dicho en otros lugares (5) de aquel carácter, fundamentalmente masculino (INTP):

(...) Son gente volcada en reflexiones sobre los por qué, los por qué no y sobre todo los para qué de las cosas. A menudo aislados, en su mundo de búsqueda de las verdades y principios universales, del contexto que los rodea. Piensan rápido, con claridad, y en los temas que les preocupan su concentración es intensa. Pueden llegar a ser muy tozudos en la defensa de sus verdades, que a menudo son distintas de las del resto (...) Prefieren la discreción en todo lo externo. Les aburre e impacienta ocuparse de cosas obvias y de verdades de Perogrullo; su interés es siempre la verdad que está más allá de las apariencias y lo evidente.
La belleza y la elegancia de la vida para ellos está en los procesos de pensamiento, la contundencia de la lógica, y la exactitud y gracia de su expresión por medio del lenguaje. Matemático filosóficos por esencia (...) La verdad es buscada por sí misma, no para obtener ninguna meta ni satisfacer ningún proyecto. La meta es la verdad en sí, y esa verdad buscada con ahínco es un modelo universal de entendimiento de la vida y el cosmos, original, completo y complejo. Cogito ergo sum es una expresión que sólo podría salir de un tipo similar a éste. No tienen interés especial en demostrar con pruebas y hechos sus ideas, ni en indagar su comprobación experimentalmente. Para que la verdad sea válida, les basta con que tenga suprema coherencia interna y perfección lógica, pues su última referencia de contrastación no es con el mundo de los hechos, sino con el mundo interno de las visiones y patrones arquetípicos (...).

Jordan en su ensayo de 1896 sobre caracterología citado por Jung en Tipos Psicológicos (6), esboza ciertos rasgos de un carácter masculino que él llama “apasionado” que encajan con nuestro perfil de pensador introvertido:

Sus diversiones no cambian de hora en hora, y sus entretenimientos son genuinos y no formas de huir del desasosiego. Si ocupa un puesto público, es por capacitación precisa, pero no le importaría que su causa fuera llevada por otras manos, si en las suyas tuviera menos oportunidad de éxito. Cuando su trabajo termina, se marcha de buen grado. Con facilidad sobreestima los éxitos de los colaboradores. Se desarrolla con lentitud, duda mucho de sí mismo. Sólo si tiene talento, su entorno lo empujará a escena, pero no por gusto propio.

El mismo Jung, a la hora de comentar sobre el mismo género de caracteres, dice:

(...) Seguirá sus ideas, pero (...) no hacia fuera, sino hacia adentro. [La referencia al objeto] le falta a veces casi totalmente (...). Si el objeto es un ser humano, entontes éste tiene el claro sentimiento de que él cuenta propiamente sólo de manera negativa, esto es, en los casos menos graves cobra consciencia de su superfluidad, en los casos más graves tiene el sentimiento de ser directamente rechazado (...) En la persecución de sus ideas es casi siempre testarudo, obstinado e ininfluenciable. (...) Su aparición externa es con frecuencia poco hábil, penosamente preocupada, por ejemplo, de evitar llamar la atención, o también notablemente despreocupada, de una ingenuidad pueril (6)

Daryl Sharp, en su libro Tipos psicológicos junguianos (7), hace una caricatura muy ilustrativa de él en el capítulo Cena con los Tipos:

(...) Ha llegado un nuevo huésped. Es profesor de medicina (...) Es muy conocido por sus aburridas conferencias y por nuevos descubrimientos en su campo. No tiene contacto con sus alumnos y le desagrada compartir sus ideas. Ni siquiera sus pacientes le interesan, siendo para él sólo “casos” que necesita para continuar sus investigaciones (...) Jamás se ve al profesor con su esposa (...) se rumorea que ella es inculta y que alguna vez fue su criada.


Contrastemos todo ésto con los comentarios sobre el respectivo carácter femenino:

(...) Amantes de las celebraciones, los festejos y las reuniones cálidas, sobre todo si son dentro de un marco tradicional y colectivo. Gregarios. No pocas veces histriónicos, les encanta que sus emociones sean reconocidas por el público y convertirse en el centro de atención. El sentido de sus vidas gira en torno al servicio y la ayuda al prójimo que le resulta interesante, intentando crear siempre para la gente que aman un entorno armonioso. Profundamente empáticos, necesitan ser necesitados y son muy orgullosos de dar (...) Su entorno favorito es un medio estructurado y convencionalmente seguro donde prime el valor de la simpatía y la compasión (...) Es uno de los tipos que más se funde “neptunianamente” con los sentimientos de los demás (...) (5)

Otro pequeño resumen de lo escrito por Jordan, hablando de la que él llamaba “mujer no apasionada”:

Presteza y don de la oportunidad, más que perseverancia y coherencia. Vida llena de multitud de pequeñas cosas. Muy útil en los movimientos sociales. Gusta ocupar posiciones dirigentes si tiene talento. Es bondadosa y hospitalaria con todos. Amar es preferir, odio es una mera aversión y los celos orgullo ofendido. No investiga y no duda. En asuntos importantes se pone en manos de la autoridad y en los pequeños saca conclusiones precipitadas. Se muestra muy distinta en la casa que en sociedad. En el matrimonio suele estar muy influida por razones sociales, convencionales, estabilidad y expansión. En el círculo doméstico es donde sale a relucir lo desagradable. La casa es invierno, la sociedad verano. La transformación se opera nada más llega una visita. Ama la distracción (6)

Jung en sus comentarios sobre la sentimental extravertida:

(...) Los sentimientos corresponden a las situaciones objetivas y a los valores generalmente válidos (...) Tales mujeres son buenas compañeras de sus maridos y buenas madres siempre que sus maridos o sus hijos posean la constitución psíquica corriente en el país (...) quizás piense mucho y muy inteligentemente, pero su pensar no es nunca sui generis, sino que es un apéndice epimeteico de su sentir (...) Cuando el significado del objeto alcanza un grado todavía más elevado (...) la personalidad se diluye completamente en el sentimiento del momento (...) Una vez se es una cosa, otra vez se es algo completamente diferente (6)

Daryl Sharp:

(...) Es una mujer encantadora, cálida y voluptuosa como una pintura de Renoir, una maravillosa ama de casa, liberal, servicial, mundana. Es muy atractiva y hospitalaria (...) Su hogar demuestra un gusto refinado (...) Su conversación no es particularmente excitante. A veces, sus opiniones son las de (...) conocidas figuras de su comunidad (...), ella las expresa con la mayor convicción, como si nacieran de ella (...) Está casada con un [hombre] que concede gran valor a vivir en un recatado lujo (7)


Pasmosa la exacta oposición ¿no es cierto? Así como el carácter masculino que estamos describiendo podría ser en nomenclatura psicoanalítica un obsesivo, la contraparte femenina tendería siempre a caer en la histeria.

Ahora hay que señalar que el carácter de Jung es, obviamente, el carácter del animus de esta señora, recíprocamente a como ella representa el carácter de su anima.

Por supuesto, hay que tener también muy presente que el talante del anima en este tipo masculino no va a tener ese regusto y esa diferenciación que vemos al comentar esta tipología femenina en referencia a mujeres, maduras en sentido psicológico, de carne y hueso. Está adscrito a sectores inconscientes y subdesarrollados, por eso en la caricatura del profesor no encontramos sin más una esposa refinada y de modales cultivados, sino una “inculta que quizás fuera su criada”. Sólo después de sucesivos encuentros con el anima, el “profesor” logrará diferenciar tanto su anima que llegue a enamorarse y sentirse a gusto con una mujer más diferenciada; al principio, cuando él no sabe nada de estas cosas, su pasión tenderá siempre a escoger mujeres de talante primitivo, tal y como él percibe oscuramente su anima. Como en la elección de amor el “profesor” pierde toda noción de conveniencia y sólo se va a dejar guiar por el deseo y la pasión, incapaz de criticar el objeto (así como es capaz con infinita sagacidad de criticar las más complejas ideas), en su biografía aparece este matrimonio tan “descompensado”. Von Franz, citada por Daryl en su libro, dice al respecto:

Tal persona es, por supuesto, muy vulnerable al objeto de su amor. En el film el Ángel Azul, un profesor de edad madura se enamora de una joven bailarina de cabaret, una cálida vampiresa que lo transforma en un payaso que incorpora a su rutina artística. El la ama tanto que renuncia a su vida académica y se arruina totalmente. Este es un buen ejemplo de la lealtad del sentimiento inferior, pero también de su mal gusto.

El amor es ciertamente ciego, cuando la elección se basa en la pura pasión. Esto contrasta mucho con la elección marital del tipo femenino que estamos tratando, pues su mayor cualidad es precisamente la capacidad de obviar el objeto que despierta su mayor pasión subjetiva (con todo lo subjetivo se siente ciertamente incómoda), que sería seguramente alguien con este talante taciturno, cavilante y descuidado, y aplicar su profunda capacidad crítica del objeto en elegir uno para el matrimonio que sea en lo práctico y cotidiano lo más conveniente. Lo que es ceguera en un tipo, en el otro es agudo buen ojo.

Bien es cierto que la criada o la bailarina “seducidas” por el profesor de estos ejemplos se ven de ese modo puestas en contacto a su vez con un representante de su animus oculto, como ya hemos señalado. Pero pasarán muchos años y muchas crisis hasta que puedan valorar qué significa eso más allá de haber obtenido por la boda el status social de ser la esposa de un catedrático. Los mismos años que tardará el “profesor” en entender a su anima, por lo tanto también a la mujer, y por sobre todo a sí mismo.

Finalmente, entendamos aquella ruina y aquel abandono de la academia en su aspecto más profundamente arquetípico: las funciones superiores han sucumbido bajo la presión de las inferiores e inconscientes. Un par de Budas han muerto.

La Visión Interior del Paraíso

El 18 de diciembre de 1913, Jung tiene un sueño crucial. Sobre una bella cadena montañosa bajo el sol del poniente resuena el cuerno de Sigfrido, y luego aparece su figura majestuosa intentando correr hacia el valle. Jung, acompañado de un hombre de piel oscura, desconocido, sabe que tiene que disparar sobre el héroe y convertirse en su traidor. Así lo hace, y la culpa lo inunda. Acaba de destruir algo muy grande y muy bello. Siente asco de sí. Al despertar, una imperiosa necesidad interna le obliga a descifrar inmediatamente el sueño; sabe que si no lo hace, muy posiblemente tendrá que usar el revólver guardado en su mesilla para efectivamente darse muerte. El arquetipo del sacrificio del héroe, este ocaso de los Dioses del que venimos hablando, ha descendido a su vida y lo ha poseído: si no hubiera sido capaz de entender en ese momento ésto mismo, si no hubiera sido capaz de comprender que lo que el Inconsciente requería de él era que debía imponer un sacrificio a sus actitudes heroicas y a su impulso solar sustentado sobre sus funciones superiores, un sacrificio de lo más alto y perfeccionado de su ego, en pos de la sombra y de su lado primitivo y oscuro (el negro acompañante), seguramente esa falta de comprensión lo hubiera conducido a una muerte efectiva real. Ocurre mucho en la vida ordinaria; cuando un destino no es vivido en el plano interno y superior que le corresponde, entonces el “síntoma” del destino no vivido se somatiza, se corporiza, y conduce a desenlaces que ya no tienen remedio, pues en el Espíritu se dan soluciones que en la carne y la Materia no se pueden al ser su energía concreta y carecer de aquella flexibilidad. Escapar de la Heiemarmene que tanto interesaba a los gnósticos y desde siempre a los más grandes sabios, significa este escurrirse del destino compulsivo e irreparable en lo concreto, del “síntoma psicosomático”, para acceder a la consecución del destino correcto en el camino y el nivel espiritual apropiados.

Este camino correcto significó para Jung no dispararse un tiro en la sien pero sí renunciar, por ejemplo, a su carrera académica en ciertos puntos muy claros. 1913 anunció como ya vemos (a los que gusten de la numerología simbólica no va a resultarles casual) una claudicación en el área de logros egoicos, y en abril de 1914 Jung el profesor ya tenía abandonados su puesto como docente en la Universidad de Zurich, la secretaría de redacción del Jahrbuch, y su puesto como presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

El héroe ario, como Sigfrido, en el que se había convertido Jung a la mitad de su vida, había muerto, asesinado por sí mismo. El rito de paso que significó aquel sacrificio explicitado en el sueño, dejaba a Jung a expensas de un oscuro camino en pos de la noche caótica de lo desconocido del Mundo y de su Psique misma. El negro, su sombra, cercano a las praderas y selvas primigenias y a la sabiduría tribal chamánica, tan lejanas del progreso civilizador de Occidente, lo acompañó en ese descenso, y la siguiente visión, a los pocos días, del panorama interior lo puso en contacto con todo aquello que lo esperaba en sus adentros, cerca de las raíces de su conciencia misma, en aquellos lugares donde ya sabemos que habitan las funciones inferiores que son puente estrecho de paso al contacto con el Inconsciente Colectivo:

Al pie de un elevado peñasco vi dos figuras: un hombre anciano y una bella muchacha. Me llené de valor y me presenté ante ellos como ante seres humanos reales. Atentamente escuché lo que me decían. El anciano me dijo que era Elías, y ello me produjo una conmoción. La muchacha me desconcertó casi aún más, ¡pues dijo ser Salomé! Era ciega. ¡Qué extraña pareja, Salomé y Elías! Pero Elías me aseguró que él y Salomé estaban relacionados entre sí desde la eternidad, cosa que me confundió por completo. Con ellos vivía una serpiente negra que manifestaba abiertamente un gran cariño por mi. Me dirigí a Elías, pues parecía ser el más razonable de los tres y disponer de un buen entendimiento. Respecto de Salomé yo sentía desconfianza. Elías y yo mantuvimos una larga conversación cuyo sentido, sin embargo, no lograba captar (8)

Jung seguidamente interpreta estas figuras como personificaciones de los principios arquetípicos de Logos y Eros. En último término, como tales Eros y Logos, forman la imagen ancestral de la sicigia Dios y Diosa que late en el centro de la estructura del Sí mismo humano, pero en una psicología particularmente masculina hemos de diferenciar la figura del anciano sabio Elías como la representativa propiamente del Sí mismo, o imagen ejemplar última para el ego, en este caso de Jung, y a la pareja Salomé como una caracterización de su Anima.

A fin de cuentas, claro, ese matrimonio hace de ambos Uno, el Andrógino, el verdadero Sí mismo. Pero antes de unir y celebrar la boda demasiado aprisa, es preciso hacer unas diferenciaciones. En cierto modo esperaríamos encontrar al lado de una figura tan incuestionablemente elevada como Elías una esposa de una talla divina, una imagen femenina también de incuestionable superioridad. Esperaríamos quizás una visión Shiva - Shakti, Hera – Zeus; una sicigia más, digamos, compensada. Una figura de la significancia por ejemplo de una Virgen María, ya que andamos con lo judeocristiano (aunque sinceramente, eso hubiera sido por otras razones, obvias, aún más chocante). Pero no. Aparece Salomé la casquivana, la cortesana, la femme fatal. Un ídolo para nada moral, sino todo lo contrario. Una mujer peligrosa, y, especialmente, para hombres como Elías. Sin embargo, el profeta parece estar por encima del Bien y del Mal, incluso de los suyos propios, y no siente para nada peligrar la cabeza junto a su joven novia. Un hermoso alegato a favor de esa atracción tozuda, que no se detiene ante obstáculos como son las diferencias morales y de concepción del mundo más abismales, entre el principio del Espíritu y el de la Carne. Una atracción que entre ellos parece haber zanjado, por fin, su ancestral ponzoña. Ciertamente están ahí desde siempre, los dos oficios más viejos del mundo: la prostitución y la profecía. Y desde siempre, amándose y necesitándose mutuamente, por más que ésto sea escandaloso, por más que haya sido siempre acá en la Tierra, a la luz de los egos y las conciencias, un amor trágico e imposible.

En lo más luminoso de esa unión mágica, queda dibujada la grandeza del Unus Mundus donde todas las cosas importantes, grandes y pequeñas, celestiales y terrenas, van de la mano y se aman y se gozan. En lo más chocante y oscuro, podemos decir que así como la superioridad de Elías se corresponde con la diferenciación y capacidad del Logos de Jung, la elección de pareja del profeta lo hace con ese “mal gusto” que nos recuerda instantáneamente a aquel profesor con su ángel azul y su amor trágico. En efecto: Salomé, con su sensualidad y erotismo al lado de su odio, su sed de venganza y su ceguera, es una excelente representante del sentimiento extravertido, la calidez humana interpersonal, en mal estado como función reprimida, olvidada y mal criada en los confines de las sombras de una psique dominada fundamentalmente por el pensamiento, como es la de nuestro doctor Jung a la edad de 38 años. Su Guía le mostró tal imagen, una imagen especular de él mismo como posibilidad futura, a la espera que comprendiera la importancia de entender aún mejor y más profundo las cosas de la vida, como Elías, y la importancia a la vez de valorar su sentimiento escondido y denostado, traerlo a la vida, enriquecerlo de luz y desposarlo (condición además sine qua non para lo anterior) como el mismo profeta le mostraba que había hecho. El sentimiento inferior, aún ciego, se acompaña de la serpiente que es la perdición de los hombres cabales y el instrumento usado por el Inc. Colectivo para cortarles la cabeza. Por eso cuando Jung “se pegó el tiro”, al morder el polvo, vio en su propio suelo a la histérica Salomé, ascendida al rango de esposa divina, que allá abajo le esperaba. Con la cercanía de la serpiente tenemos claro que estamos internándonos en lugares donde la civilización consciente ya no sirve y donde el conocimiento y el amor arquetípicos se inoculan a través de la mordedura de lo instintivo, a ras de suelo.

Hay que decir que si bien como él mismo señala estas parejas de corte un tanto chocante y de significado especialmente profundo y numinoso translucen su profunda arquetipicidad en la universalidad de su aparición (Lao Tse y la bailarina, Simon Magus y Helena, Merlín y Viviana), yo señalaría que es también muy común, incluso quizás un poco más frecuente, encontrar por sobre todo en cuentos y leyendas, esta sicigia representada en una relación de parentesco distinta, no ya como esposos, sino como Anima hija – Sí mismo padre, donde queda más clara la posición jerárquica dentro de la psique y la posición con respecto a la conciencia masculina de estas figuras arquetípicas. De todos modos eso casi queda insinuado en la visión de Jung: Elías perfectamente podría haber sido no esposo, sino padre de Salomé, y así el Anima haberse presentado propiamente como hermana-amante del ego masculino, mientras que el Anciano Sabio haberlo hecho como Padre de ambos. Seguramente así habría ocurrido, si Jung hubiera sido capaz prematuramente de entender que frente a aquella visión, no era meramente espectador, sino activo participante, unido íntimamente a esas figuras por lazos de profundo y verdadero parentesco, de sangre y de espíritu. Tal y como Jung las encontró, fue como mirar en un espejo mágico donde se le presentó la posibilidad, aún inciertamente aprehendida, de su propia identidad futura.

Así que ya tenemos reconocidos fundamentales aspectos del “alma gemela” de Jung, al menos en la mitad de su vida. Su anima Salomé, una sentimental extravertida cargada de seducción, erotismo (todo el que falta en la conciencia), y tanto rencor como amor a los filósofos y profetas, que goza de bastantes prerrogativas al lado de la figura del Sí mismo.

Ciertamente, los aspectos adscritos a la función inferior extravertida no totalizan el inventario de facultades del anima en la psique de un hombre como Jung. Hay otra faz. Salomé representa lo concreto, la atracción entre los opuestos así como su enemistad, pues es el contrario que fascina, atrae y repele a la conciencia, y por ello y por su carga eminentemente sensual y sentimental, acompañada de una tendencia preponderantemente exogámica, es el puente decisivo a las relaciones de pareja reales. Es la emisaria, como puente al Sí mismo, de los retos de éste en el terreno de lo concreto (más que de sus dones). Es amiga de la serpiente, amante exigente y no madre cuidadora. Es morena, morena de nigredo, porque corta cabezas a veces aún con la mejor de las intenciones, y a través de su ceguera histérica trama historias de amor a menudo trágicas. Es Turandot, Kundry, hija emisaria del padre oscuro, el Saturno enemigo y probador del héroe. Un paso angosto e infernal de camino a los altos cielos: la Luna nueva.

Pero la misma Luna, la misma anima (como arquetipo, más allá de ese carácter adscrito a las funciones reprimidas, que es de índole personal), tiene otra faz, luminosa y llena. Es madre, cuidadora de la conciencia, del yo, al que trata como hijo predilecto, una especie de hada madrina. Su tendencia es preponderantemente endógama. Puente de dones y de ayudas del Sí mismo como padre bondadoso, dadora de apoyos y de ánimos, de inspiración; es musa. Se aparece figurada como rubia, de piel clara. Introvertida, espiritual, compasiva y maga, aunque madre, es madre casta, y acompaña al filósofo en sus soledades de pensamiento, al artista en su creación solitaria. Instruye y forma, no como rígida institutriz, sino como profesora delicada. Es Beatriz para Dante, Sofía para Novalis, la Madre Celeste del Dr. Marianus.

Por supuesto, el cuadro tan negativo que he adjudicado al encuentro entre la Luna nueva y el Sol se desvanece ante el espectacular aspecto positivo que supone un Hieros gamos tal que la tradición judeocristiana ha ensalzado en el encuentro entre Salomón y la Reina de Saba, o en entre el novio y la novia morena del Cantar de los Cantares. Y el aspecto positivo de la tutela del anima luminosa se convierta en oscura tenebrosidad cuando lo confrontamos con su sombra, la paralización de la vida en brazos de la Madre sobreprotectora, la Medusa que convierte el fluir de la vida hacia su madurez en puerilidad estancada, de piedra.

Sin embargo nosotros en este artículo sólo nos vamos a ocupar del encuentro con esa energía femenina que representa la amante, y no la madre, la “morena ctónica” y no la “rubia espiritual”, aunque separar en el encuentro con el anima y la mujer ambas polaridades es en la práctica artificioso, pues ambos opuestos viven según el balance entre uno y otro, entremezclados y presentes, aunque en distinta proporción, en las mismas figuras. Hecha la salvedad y pidiendo disculpas por esa parcialidad de entrada errónea, nos vamos a ocupar del encuentro con esa mujer, de la que ya conocemos su perfil interno, su forma de anima en el alma de Jung, de la que él mismo dice:

“La mujer de [este] tipo dirige la cálida corriente de su Eros sobre un hombre cubierto por la sombra de lo materno y suscita de ese modo un conflicto moral . Pero sin tal conflicto no se da la conciencia de la personalidad” (4)

La Escalada del Amor

En el libro Jung y el proceso de Individuación, de Alberto Chislovsky, que se ocupa prolija y magistralmente de los mismos temas que trato en este artículo, y que yo recomiendo para ampliar visiones y datos sobre estos asuntos, encontramos:

“Este lado femenino oscuro tiene su primera manifestación en 1878, en su temprana infancia (...) Esta figura fue proyectada en una criada [que] tenía un tipo físico opuesto al de su madre: cabellos negros y tinte oliváceo en su piel (...) Jung expresa: “Recuerdo la raíz del cabello, el cuello de piel intensamente pigmentado y la oreja. Ello me causaba extrañeza y a la vez me resultaba chocante. Era como si ella no perteneciera a mi familia, sino solamente a mí y como si dependiera de un modo incomprensible para mí de otras cosas enigmáticas que no podía comprender (...) El tipo de la muchacha se convirtió posteriormente en un aspecto de mi anima. La sensación de lo extraño y, sin embargo, ya conocido previamente que ella me producía, fue lo característico de aquel tipo que posteriormente representó para mí la esencia de lo femenino” (9)

No es extraño que sea precisamente a la edad de 3 años cuando aparezca el primer encuentro indeleble de un hombre con su imagen del anima más íntima, precisamente de este anima misteriosa, inquietante y por tanto oscura, al margen de lo familiar y cotidiano, que es tanto personal como arquetípica; la auténtica alma, ese ligamento entre la conciencia y el Inconsciente Colectivo. No es característico este dato sólo de la biografía de Jung, y quizás posteriores estudios estadísticos nos den una noción clara de su arquetipicidad. Puede que sea esa la edad en que la psique, al menos la masculina, empieza a conmoverse con el amor; con el, permítanme, “amor verdadero”.

Importantísimos datos extraemos de estos tempranos encuentros: una muy considerable independencia y autonomía de lo femenino importante para el niño con respecto a la madre y el núcleo familiar, que choca de plano con las consideraciones basales del psicoanálisis, y una prueba clara aunque indirecta del carácter consciente del niño, en una edad en que el condicionamiento cultural y educacional me parece que nadie se atrevería a formular como decisivo y definitorio. El impacto primero con una imagen del anima que ya sabemos luego va a reaparecer en la figura más explícita de Salomé, implica entonces la presencia de un “profeta” (técnica y psicológicamente, un intelectual intuitivo introvertido) configurado embrionariamente en la psique del chaval, de manera innata.

Por supuesto, podría argüirse que, en realidad, la experiencia con la criada personal fue la que “programó” la posterior fisonomía de la imagen del alma para Jung. Incluso él mismo insinúa eso en su anterior cita. No pretendo convencer al lector apelando a esa intuición y fino discernimiento que le haría percatarse de que en una anécdota como esa, queda claro que el peso del objeto es insignificante frente al peso de lo subjetivo proyectante, y que casi la presencia de la criada es más una visión creada desde el niño que una persona real que ejerce influencia desde afuera. Pero sí me parece rotundamente claro que cuando puede comprobarse tantas veces que la atracción y fascinación de una imagen del alma así se produce en individuos de carácter similar al de Jung, pero que jamás han sido criados por una mujer de esos mismos rasgos, ni han tenido una referencia semejante que pudiera resultarnos sospechosa de influencia decisiva en la tierna infancia, estamos frente a la fascinación de una imagen arquetípica autónoma y no ante, meramente, la sugestión del entorno.

El aya fue la primera “novia” de Jung, la primera mujer real que conmovería con un flechazo en la dirección correcta su corazoncito con la tendencia exógama suficiente, quiero decir más allá de la madre, para tejer la apropiada atracción entre el yo y el anima. La tendencia incestuosa, endógama, cuando toma la primacía y es transferida al entorno familiar, ejerce una atracción del yo hacia los complejos materno y paterno que acaba produciendo relaciones y matrimonios donde el yo se ha casado con su padre o con su madre y queda siendo niño y aislado del contacto con el inconsciente, pues ese contacto se da a través de la pasión entre los opuestos, y no del yo con su entorno más familiar. La tendencia puramente endógama, incestuosa, cumple su objetivo si vuelve la mirada del yo hacia adentro, hacia lo Inconsciente, y reconduce el Eros hacia la comunión no con los hombres, sino con los Arquetipos. Propiamente es la fascinación por una mujer desde afuera del núcleo familiar, pero sentida pariente, quien es perfecto puente para este incesto.


La intuición del pequeño Jung dio pues en el blanco: sintió que ella no pertenecía a su familia, sino solamente a él. En efecto: sólo atravesando la trampa familiar escapamos de lo conocido y podemos adentrarnos en eso que nos es tan distante, tan distinto, y a la vez mucho más consanguíneo, que contiene la mirada desde detrás del espejo oscuro, la mirada y el toque de nuestro ser más lejano y más íntimo, nuestro propio Inconsciente. Sólo la justa proporción libidinal exo-endogámica nos hace escapar de nuestro entorno cercano, del yo, para adentrarnos en la busca de ese Otro fascinante y misterioso donde podemos ver reflejado un trozo del corazón de nosotros mismos, donde podemos empezar a hacerle justicia tanto a la carne, al sexo, como al espíritu del arquetipo. He repetido muchas veces que el periplo del héroe empieza en el justo punto donde éste abandona a su padre y su madre, su familia, para adentrarse en lo desconocido y lejano buscando a sus auténticos padre y madre, su auténtica familia. Es la misma enigmática paradoja encerrada en las sensaciones del pequeño: Ella es una extranjera, más familiar que su propia familia.

Los primitivos intentaron solucionar este problema de la justa medida exo-endogámica en sus matrimonios de primos cruzados. Y Jung volvería a encontrar la atracción y el flechazo de este anima primigenia, como no, en su prima hermana Helly, muchos años más tarde, ya en la adolescencia. Pero antes quiero detenerme un momento en su complejo materno.

Jung mantuvo siempre buenas relaciones con su madre, así como con su padre el ambiente fue menos cómodo. Fue un hijo de mamá, como es bastante normal por otro lado que ocurra en su carácter. Por supuesto, amplios sectores de su anima fueron transferidos sin problemas a su madre, y no sólo los luminosos, sino también los oscuros, misteriosos y hasta tenebrosos que resuenan desde el lado oscuro, ese que a nosotros más nos interesa ahora. En muchos momentos Jung transfirió esa familiaridad profunda e inquietante que sintió con su aya a su misma madre, en determinadas condiciones. En Recuerdos, Sueños, Pensamientos, él mismo nos dice:

Era como una profetisa (...). Anticuada y pérfida. Pérfida como la naturaleza y la verdad.

Sí, su Salomé percibida a través de su oronda madre, además indiferenciada de Elías.

Estas cosas producen su efectiva sobrevaloración. Si sólo hubiese encontrado en la madre a la risueña y plácida cocinera, su inquietud por encontrar un estilo de mujer diferente a la materna hubiera sido más agudo. Pero captó en ella también el aspecto oscuro que le subyugaba profundamente, y de ese modo quedó más indisolublemente ligado al complejo materno. Este apego a la madre es muy evidente en la biografía de Jung en tanto sólo hacia la mitad de su vida, tomó verdadero contacto con mujeres que realmente personificaban su anima, más allá de su complejo materno. Sólo en ese momento soltó de veras los brazos de su madre para apretar decididamente al aya morena con inspiración y deseo, superando su miedo.

Pero mientras se había casado. Su matrimonio con Emma Rauschenbach sigue otra línea de relación distinta con lo femenino que la inspirada por el aya. Sigue la línea de inspiración materna, mucho más definida por un contacto optimista, cálido, nutricio y protector con el regazo materno. Es lo femenino que mima e impulsa la conciencia, lo luminoso y familiar en ella, más que lo que la atrae hacia la oscuridad húmeda y lúbrica de una caverna misteriosa. Es lo femenino que apoya y protege la adaptación al mundo, a la sociedad, a la máscara, como una madre cuida que su niño salga a la calle con los pantalones nuevos y bien peinado el domingo, y que quiere para él el mejor de los futuros.

El matrimonio con Emma empezó a gestarse en este otro momento especial, también en la misma época que la experiencia con la criada:

(...) Un paseo en un despejado día de otoño, bajo los arces y los castaños de hojas doradas. “Caminamos a lo largo del Rin, hacia el final de la cascada (...) El sol se dejaba ver por entre el follaje y sobre el suelo yacían hojas amarillentas”. Y Jung añade que veintiún años más tarde encontró nuevamente a aquella mujer: era su futura suegra (10)

Hay que decir que estas dos experiencias tempranas contrapuestas sobre lo femenino, se dieron en un momento en que los padres de Jung se habían separado por un tiempo. Posiblemente por eso, durante mucho, Jung valoró más el sentirse acompañado y seguro con la mujer, el sentirse protegido con la madre a mano, que el sentirse perdidamente enamorado.

En ningún momento es dable dudar del amor dentro del matrimonio Jung, desde luego. Ni de la actuación de la intuición y el destino, siempre adecuados padrinos del amor, en esta relación. Pero es ostensiblemente uno de esos matrimonios que se consolidan “de razón”, que Carl nunca se olvidó de defender y legitimar en numerosas ocasiones, donde la familia convencional, el progreso social y la crianza de los hijos respiran en una atmósfera convencionalmente sana y tranquila. Jung se encontró por primera vez con su futura esposa cuando fue de visita a aquel pueblo de su infancia, Schaffhausen, donde se dieron aquellas escenas tempranas, y alentado por su madre para que pasara a saludar a la señora Rauschenbanch y su familia. Emma sólo lo aceptó como pretendiente cuando él afianzó su carrera con el doctorado y un puesto prestigioso en la Burghölzli, y a través de ese matrimonio Jung tuvo acceso directo a la alta burguesía y a una vida, por fin, cómoda y segura económicamente. Está claro que con Emma tenía que vivir determinados aspectos de su relación con lo femenino protector, con la experiencia de ser padre, con su medrar en el mundo y con su crecimiento egoico social. Pero fue una relación que el mismo Jung nunca reseñó por su apasionamiento (ni por su intensidad sexual), antes al contrario hacia la mitad de su vida la sentía carente de verdadero contacto y comunicación íntima. No fue Emma de las mujeres que le sirvieron de puente al abstruso inconsciente, y de eso era consciente ella misma.

Para seguir el hilo de esa mujer que desde el encuentro con la criada le representó “el prototipo de lo femenino”, hay que dejar de lado al matrimonio con Emma y retrotraerse ahora hasta las experiencias adolescentes con su prima.

En junio de 1895 comenzó a reunirse Jung con un grupo de jovencitas, entre las que se encontraba su prima hermana materna Helene Preiswerk, Helly, para experimentar con el por entonces tan de moda espiritismo. Helly desde la primera sesión demostró tener una cualificación especial para entrar en trance, y se convirtió en el canal, la médium del grupo. Las sesiones se extendieron, con grandes interrupciones debidas a la carrera de Jung y a la oposición por parte de la familia Preiswerk, hasta 1897. La joven quedó fascinada por la propia experiencia y su exótica capacidad, y también quedó enamorada profundamente de su primo. Se sentía el centro de atención de él, y así fue durante este tiempo. Jung también estaba fascinando. Por las implicaciones y posibilidades de su “experimento” (que seguía y anotaba con rigurosidad científica), y también capturado no sabemos si más por su prima o por una de sus “encarnaciones” más frecuentes: Ivenes. Ivenes decía ser judía, de pelo oscuro pero de pureza “blanca como la nieve”, moralmente intachable (una unión de los dos opuestos que ya conocemos del anima), que en sucesivas encarnaciones había sido concubina del rey David, mártir en la Roma de Nerón, una bruja quemada en la hoguera en el siglo XV y la famosa Vidente de Prevorst, investigada y tratada por Justinius Kerner durante los años veinte del siglo XIX (11)

Helly era una jovencita morena seguramente muy atractiva, con una capacidad sobresaliente mediúmnica muy propia de su carácter fundamentalmente sentimental extravertido y su propensión por tanto a la histeria (esa capacidad histérica de introducir al otro dentro, de acomodarlo en el yo, sea una persona o un complejo), como su primo dejó constancia después en la tesis que le valió el doctorado de psiquiatría, que versaba sobre su prima, escondida detrás del pseudónimo S.W., y toda esta experiencia espiritista: Sobre la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos. Es decir, una mujer sincronizada perfectamente con su propia anima. Haciéndose llamar la Hebrea, a través de su mimetización con la judía profetisa aparecida en las sesiones, nos acercamos aún más al núcleo Salomé – Elías que nos sirve de referencia.

No cabe duda de que Jung estuvo muy enamorado de su prima, y de que seguramente el incesto, las oposiciones familiares y, por qué no, la duda “científica” sobre su salud mental, lo disuadieron de concretar esa relación. Centró su interés en la carrera, luego aparecieron Emma y el sí al mundo social.

Helene Preiswerk desarrolló una madurez emprendedora y afianzó mucho su carácter, integró en ella aquella entereza que dejó translucir desde su alma Ivenes. Sin embargo murió temprano, a los treinta años, de tuberculosis. Una enfermedad...romántica, quién sabe sino propia de un corazón roto. Al menos, eso dicen.

Pero sólo un año más tarde de la boda con Emma, en 1904, la hebrea apareció de nuevo en su vida, en la forma de una paciente judía de origen ruso que cuatro años más tarde, en 1908, ya curada, se convertiría en su amante. La relación que se abortó con Helly, en aquel mundo límbico entre la genialidad y la locura, se continúo con Sabina Spielrein.

Sabina llegó a la Burghölzli en un estado lamentable. Ni siquiera podía mirar a la cara a nadie. Posiblemente se tratara de una esquizofrenia, pero hay quien no concede a sus síndromes, al menos desde el material que se conoce, otro diagnóstico que el de una histeria grave. En cualquier caso, su estado mental estaba seriamente deteriorado. Sin embargo, pudo abandonar la clínica en un año, y pasó a ser colaboradora de Jung, que la alentó a estudiar psiquiatría. Inteligente, avispada, dicen que con una gran carga erótica, menuda y morena. Llegó a realizar trabajos señeros en el campo de la psicología, bajo la supervisión de Jung, como por ejemplo La destrucción como causa del nacimiento, o la tesis doctoral que le sirvió para ingresar en la Sociedad Psicoanalítica de Viena: Un caso de Esquizofrenia. Siempre fue prolífica en el escrito de ensayos y artículos al margen e independientemente de los grandes, hasta su muerte.

El romance se concretó en 1908, con una Sabina de veintidós años. Envueltos en la magia de numerosos sucesos sincronísticos y otros milagros sobrenaturales que hacían aparecer la relación a ojos de los dos como de almas gemelas por fin encontradas, llegaron a la pasión y al sexo, al margen del matrimonio, claro está. Este momento queda registrado en una carta que Spielrein escribió, probablemente a Freud (según nos cuenta Richard Noll ), donde decía:

“Quedé sumida en una profunda depresión, esperando. Ahora llega pletórico (...); ya no quiere reprimir su sentimiento por mí, reconoció que yo era la primera, su mejor amiga (...), y que quería contarme todos sus secretos” (11)

Sabina tenía una capacidad mediúmnica enorme y un fino intelecto para analizar los trasfondos psíquicos; no en vano atravesó su enfermedad psicótica. Jung la apreciaba mucho en todos sus talentos:

“Usted no se imagina cuánto significa para mí la esperanza de poder amar a una persona a la cual no tengo que maldecir y que no se condena a sí misma a asfixiarse en la trivialidad de lo cotidiano”

Entrelazado en esta escandalosa relación con Sabina, que costó, como es imposible que no, indecibles problemas al matrimonio y entre ellos mismos, empezó Jung su descensus ad inferus, su viaje nocturno por el mar del Inconsciente del que acabaría trayendo a la luz el tesoro de su obra. Con esta relación, donde Jung por primera vez se implicaba a fondo con la Hebrea, se abrieron las primeras puertas del Inconsciente Colectivo. De la mano del Eros para con su prima, había nacido el Logos de su vocación médica y los primeros trabajos serios en lo que sería su futura psicología analítica, que se separa abismalmente del psicoanálisis en su profundización esotérica y en su relación con el vivísimo “mundo de los muertos”. De la mano de Sabina aparecieron sus primeras y febriles incursiones en la investigación de los mitos, y la comparación del material clínico con los símbolos legendarios. La primera parte de Transformaciones y símbolos de la libido se destiló del período donde entre los dos comenzaba el alejamiento y se recuperaban las proyecciones.

La presión de las exigencias sentimentales de Sabina, que quería tener cuando menos un hijo con él (ni que dudar de que seguramente aspiraba a tenerle para ella sola), expectativas que Jung no estaba dispuesto a cumplir, acabaron minando la relación. Luego más abajo iremos viendo como este tema era la punta del iceberg de un enfrentamiento más profundo entre los dos.

El doctor, atrapado en un conflicto insoluble, se convirtió a veces en un mentiroso, frente a Freud, a su mujer, a Sabina... Ella se fue llenando de resentimiento, y todos los desentendimientos entre ambos acabaron por abortar la conjunción antes de que él se internara en sus incursiones “científicas” más elevadas, o más profundas, en pos del símbolo y el sentido trascendental, religioso. El mejor Jung, ya estuvo muy lejos de Sabina. Quizás también podríamos decir lo mismo para ella, pues sus trabajos en solitario como profesional fueron de tal talla que influenciaron a maestros como Piaget y Saussure. Pero desde luego aquella avezada y pionera mujer analista, que escribió aquel ensayo sobre las tendencias de muerte de la Psique que acabó por trastocar los conceptos centrales de Freud (una influencia que él jamás, ingratamente, reseñó), la echamos en falta en su vida posterior.

Discutieron mucho sobre el significado del trabajo que estaban acometiendo, y su fin último. No hay lugar a dudas de que Jung extrajo mucho de lo que después adscribió a la amarga lucha entre anima y animus de estos enfrentamientos, que no sólo fueron dialécticos, llegaron a veces a lo físico.

En efecto, en una carta de 1908 la dinámica anima animus entre ambos queda suficiente clara:

(...) La complejidad de la situación me fuerza a tomar la iniciativa. Ahora soy yo la que tengo que expresar lo que te está vedado a ti. Me toca a mí adoptar la posición antinatural de hombre y a ti, el rol femenino (...)

Sabina quería llamarle al deseado hijo con Jung, Sigfrido. Su instinto materno se confabulaba con el impulso de su animus para querer parir a su propia masculinidad como héroe hijo, inseminado desde el héroe que ella tenía proyectado en Jung. En efecto, Jung había comenzado una travesía heroica por mérito propio y Sabina con acertada intuición sabía de quién se había enamorado, pero en aquel momento los periplos de los dos estaban cruzados: la aspiración oculta de Sabina era la de elevarse ella misma como Sol victorioso, integrando en sí toda su resuelta masculinidad. Un escrito en su diario de 1911 la delata abiertamente en ésto:

Desafío, porque en la vida he de realizar algo noble y grande. Yo no estoy hecha para lo cotidiano. Para mí se trata de una lucha a vida o muerte (...) Ningún dolor me es demasiado insufrible y ningún sacrificio demasiado grande como para impedirme cumplir con mi destino sagrado.

Y a Jung le tocaba, como ya sabemos, decapitar a Sigfrido y declinar su Sol hasta introducirlo en la matriz primordial de la Gran Madre: el Inconsciente Colectivo. El desentendimiento intelectual y profesional, a nivel de Logos, entre ambos, estaba a priori garantizado. Tanto como el conflicto entre Sabina y Jung como hombre y mujer, en el nivel del Eros.

Uno de los puntos cruciales de esta confrontación, en ese plano intelectual, se dio entre las valoraciones que cada uno le atribuía a lo “artístico” y a lo “científico” como meta individuatoria. Muy seguramente, aquella historia que cuenta Jung en Recuerdos, Sueños...sobre la voz del anima que pretendía convencerlo de que lo que hacía con su trabajo interior era arte, y no ciencia, proviene de estas discusiones con Sabina, ya a nivel epistolar. La Hebrea se atrincheró detrás de su arte, su amada música, posiblemente para proteger el tesoro de sentimiento de su corazón, dolorido por el fracaso con Carl.

A medias como buen mentor y para desembarazarse de un problema que por momentos se le hacía demasiado grande, Jung alentó la proximidad de Sabina a Freud y al círculo psicoanalítico oficial. Tras la ruptura de éste con Freud, prefirió la ya prometedora analista quedarse del lado de este último, muy probablemente no sólo por razones intelectuales, sino por auxilio en un padre protector...y quizás también como venganza.


La función inferior, que ya empezaba a dar cuenta de qué significaba en su desarrollo y su futura identidad, que ya empezaba a tener rasgos de personalidad y vocación bastante definidos, aún enfrentaba a las funciones superiores con odio y saña, reclamando la primacía ahora para ella. Superar el aspecto negativo del anima, que exige para sí toda la atención de la conciencia como compensación a su anterior olvido, es uno de los pasos más difíciles y cruciales en el camino de Individuación.

A partir de 1909, el romance va apagándose, quedando sólo la controvertida amistad.

Sabina se casó en 1912 con el también judío ruso Dr. Pawel Scheftel, aunque la comunicación con Jung continuó hasta 1919. Acabó regresando a Rusia y centrando su vocación en la psicología infantil. Escribió muchos artículos, fue prolífica aún bajo las prohibiciones de Stalin. Murió fusilada por los nazis en Rostov en 1942.

Vienen y van las relaciones entre hombres y mujeres, pero el anima y el animus son eternos, tan eternos como Elías y Salomé. En 1910 apareció en la vida de Jung, como paciente esquizofrénica, Toni Wolff, que se había precipitado en la psicosis a raíz de la muerte de su padre en 1909, aunque siempre fue desde niña muy problemática y lo siguió siendo hasta su muerte, aún después de haber atravesado con éxito rotundo su enfermedad. Está claro que nació con una psicología naturalmente complicada. En 1913 Jung dio por terminado el tratamiento; se había dedicado prácticamente a ella sola como paciente durante dos años, 1910 y 1911. A partir de este último año, pasó a ser, al igual que Spielrein, colaboradora y aprendiza.

Al poco de concluir el tratamiento, empezaron las relaciones íntimas entre los dos, que se prolongaron más de cuarenta años más y que obligaron a Emma a compartir de ahí en adelante su marido con ella, en un más o menos tenso menage à trois. El único remedio contra el poso de celos mutuos que esta situación creó entre todos, fue esa especie de “sobredosis” de amor que capacitó a que Emma pudiera decir una vez públicamente, seguramente tragándose su sombra resentida: “Él jamás me quito nada por dárselo a Toni. Pero cuanto más le daba a ella más parecía darme a mi”

En palabras de Richard Noll:

(...) El destino había interpuesto en su camino a otra mujer joven, morena, intelectualmente seductora, y ésta era más parecida a él: tenía visiones religiosas, sabía leer cartas astrológicas y estaba fascinada por las publicaciones teosóficas, así como por la sabiduría oculta occidental y las filosofías orientales que aquellas destilaban. Spielrein no era así (...)
(...) Con seguridad podemos afirmar que conoció más facetas de Jung que ninguna otra persona, y que estuvo más próxima a él que cualquier otra amiga o esposa.”

Tenemos, como queda bien a la vista, un nuevo vástago en el “linaje del aya”. Sin embargo, Wolff tenía unos aspectos más suaves de conjunción con Jung que Sabina; la Salomé, después de un trabajo preliminar intenso con el anima, empezaba a resultar una serpiente menos peligrosa, aunque faltara aún un tiempo para conseguir cierto éxito sólido en la aventura de integración que ocupó a Jung durante toda aquella década. El camino de acercamiento interior a los contenidos escondidos tras la función inferior, por afuera otorgaba su regalo: Wolff sería el exponente exterior de la integración con el anima en la vida de Jung, y así quedó con él hasta su muerte. Lo acompañó en aquel descenso, en todos los siguientes, y en todos los ascensos de su vida a partir de entonces. Al final, un Jung viejo que ha superado la muerte de ella y también la de su esposa, diría que ya no necesitaba ni de la mujer ni del anima, de mediadores para acceder a su Inconsciente. Pero eso ocurrió mucho, mucho tiempo después, cuando la Piedra estaba ya muy pulimentada.

Toni Wolff tenía un carácter que encajaba perfectamente con el destino de “concubina” que le había deparado el destino. Ella misma acuñó el término de Hetaira para nombrar a las mujeres de esta tipología. Se trata de un estilo femenino que vuelca toda su calidez y protección en el cuidado y nutrición de la relación con un hombre creativo y con los hijos de ambos que no son de carne, sino del Espíritu. La Hetaira carece de interés maternal en la generación de una familia colectiva, y en ese sentido es una especie de opositor o compensador del arquetipo de la Madre. Al mismo tiempo, tiene un Logos inquieto que es proyectado y entrelazado con facilidad en las facultades del mismo hombre en quien vuelca su protección y cariño. Ese Logos acentuado, ese animus activado, la capacita e incita para el trabajo de investigación, de exploración, de individuación en última instancia, allende lo colectivo y lo material.

El arquetipo de la Hetaira necesita cierta maduración para ser vivido propiamente. El aspecto inferior de esta constelación tipológica lo representa la mujer meramente “musa”, la niña eterna que sólo es capaz de ser alguien si es animada y vivificada por la mirada y el aliento de una figura paterna, en quien sostiene su identidad. Si la Hetaira carece de una mínima coherencia, constancia y equilibrio de lo sentimental e instintivo representado por la Madre, la coacción y obstrucción del complejo paterno resulta entonces en una psicología seductora, un Eros exaltado, que intenta tender un puente en las relaciones a través del sexo compulsivo, anhelante frustrado de relación personal; un sexo frío, casi sin capacidad de amor y cargado de poder manipulador. Wolff nunca vivió el arquetipo de la Madre hasta su última consecuencia, pero fue lo suficientemente consistente en sus sentimientos como para crear una “familia”, una extraña familia alquímica de dos con Jung.

Propiamente, el arquetipo de la Hetaira se activa en las mujeres en la segunda mitad de la vida, después de haber desarrollado sus aspectos colectivos maternos, y busca instintivamente la conjunción con el animus (y la Individuación consiguiente) a través de la relación de amor con un hombre que le afecte eróticamente la esfera subjetiva, más íntima y personal. Wolff se ancló en él desde muy jovencita, y por ello jamás reclamó de Jung ni matrimonio ni hijos, y por ello ella nunca abandonó ni la casa de su madre ni la de sus hermanas para vivir independientemente. Su sombra era Emma, la que sí trajo al mundo hijos en una familia propia. La desconexión con la tierra de lo maternal y lo colectivo Wolff la compensó exitosamente, aparte de con su capacidad de entrega y (cómo no) abnegación en la pareja, con un trabajo de investigación y una labor terapéutica profesional a la altura de su amante. Tenía una muy especial capacidad para acompañar en los viajes oscuros a sus pacientes, y en ayudarlos a regresar de vuelta con las manos cargadas de tesoros. Emma integró la sombra que le significaba Toni en el esfuerzo que hizo para realizar sus propios trabajos de investigación, y en su también profesión terapéutica. La rivalidad entre ambas dio sus frutos.

Más allá de esas diferencias decisivas que señalamos antes entre el talante, más escéptico y pragmático de Sabina y el talante más místico de Wolff (que quizás se correspondan tanto a las diversas inclinaciones tipológicas de ambas como a la diferencia de la inclinación y profundidad del Jung que las influenció –desde luego las dos partían de una condición en un punto similar: excelente contacto “mediúmnico” con el inconsciente-), está el asunto de que Sabina tenía una enorme necesidad instintiva de casarse y fundar una familia y, en eso, no le respondió Jung (conflicto imbricado con aquel sutil desentendimiento que ya conocemos, entre los periplos solares de cada uno: Sabina quería ascender hasta la luz del reconocimiento social, impulsada por su animus Sigfrido, en un momento en que Jung necesitaba descender hasta el reconocimiento del Inconsciente Colectivo, decapitando a Sigfrido y siguiendo a su anima). En efecto, la frustración con su amante intentó recomponerla como sabemos en poco tiempo con su matrimonio y sus inmediatos hijos. Además, su inclinación materna era tan grande que la mayor parte de su trabajo independiente versó sobre psicología infantil.

El instinto materno frustrado de Sabina, en el que ella había depositado también parte de su ambición solar masculina, la llenó de ese odio destructivo hacia Jung que acabó prestándole el cariz perfecto para representar en la individuación del doctor los aspectos negativos del anima, de la Hebrea, la misma Salomé decapitadora. Toni, gracias a su capacidad hetárica madura de ser madre nutricia y protectora de su amante (que sólo se consigue cuando el Sol animus de la Hetaira está sincronizado perfectamente con el periplo del Logos de su pareja, lo que quiere decir entre muchas otras cosas que los aspectos externos, colectivos y carnales del “hijo” de ambos están suficientemente bien diferenciados de sus aspectos espirituales), sin dejar de ser esa Luna oscura que es paso al inconsciente y que siempre significa conflicto y segregación de lo colectivo y lo material, representó un papel más cercano al anima luminosa, positiva, al psicopompo:

“Toni Wolff fue el receptáculo de la proyección del anima positiva, al inicio de la confrontación con el Inconsciente. Más tarde, la figura se interioriza y se revela cada vez más claramente bajo sus aspectos positivos y negativos. Así, Jung devino menos dependiente de una mujer exterior, como intermediario para acceder al inconsciente, que él pudo afrontar enteramente solo” (12)

En estas declaraciones de Bárbara Hannah de las que nos hacemos eco, echamos en falta las alusiones al anima oscura representada por Sabina, que es anterior a Wolff, que aparece aún más al inicio de la confrontación con el inconsciente, y que está presente durante toda la nigredo; un aspecto que, repito, también significó Toni. Y no más hay que mirar al perenne conflicto que la relación con ella instauró en el centro de su biografía como marido, padre, y hombre burgués en general, si no queremos aludir al mismísimo epicentro del conflicto, obviamente, que está en la tensión entre opuestos del interior.

Si con Sabina comenzó la indagación comparativa entre el material mítico y el psíquico, que dio como fruto la primera parte de Transformaciones..., con Toni se elaboró la segunda parte de esa obra, y ya del resto de su producción hasta que ella falleció.

Creo que nos queda claro que, sin ser judía, Wolff está mucho más cerca de aquella Ivenes hebrea que decía ser de pelo oscuro y a la vez blanca como la nieve, la “morena pero hermosa” del Cantar. Sólo una mujer que al lado del hombre le signifique una unión de opuestos que represente para él el espectro anímico que va desde la prostituta peligrosa hasta la madre donadora, es decir, una Hetaira madura, integrada con lo mejor de la materno, puede establecer con él una pareja de hecho que dure más de cuarenta años, y que se signifique como relación tántrica. Pero para que una mujer así aparezca en la vida de un hombre, debe haber un correlato sincrónico perfecto con la integración de ambos aspectos del anima en el alma del varón. Antes que eso ocurra, podemos decir con Emma Jung en la Leyenda del Grial:

(...) el anima se comporta paradójicamente o bien se divide en dos figuras opuestas que arrastran de un lado a otro la conciencia hasta que el yo comience a recordar la tarea de individuación (...) mientras el anima continúe contaminada con la imagen del sí-mismo, el hombre no puede sustraerse a su doble juego, puesto que quiere atraparlo en la vida y al mismo tiempo apartarlo de la misma, iluminarle y engañarlo, hasta que se haya encontrado a sí mismo y haya descubierto un lugar más allá de este juego paradójico (13)

Las relaciones íntimas con Toni comenzaron en el justo punto cuando en el interior del alma de Jung ocurría el siguiente drama de conjunción, una experiencia visionaria que continuaba con la saga de encuentros entre Jung, Elías, Salomé y la Serpiente:

Jung miró alrededor. Vio a Elías en una cadena rocosa, un anillo de peñas que era, pensaba él, un “lugar sagrado druídico”. En el interior, el anciano se subió a un altar druida fortificado, y entonces Elías y el altar empezaron a hundirse al tiempo que se ensanchaban las paredes. Jung percibió la presencia de una mujer diminuta, “como una muñeca”, que resultó ser Salomé. También vio una serpiente en miniatura y una casa.
Las paredes que rodeaban a Jung continuaban ensanchándose. De pronto comprendió que había estado descendiendo. “-Me encontraba en los Infiernos” (...)
Cuando tocaron fondo, Elías le sonrío y dijo:
-Es lo mismo, arriba o abajo.
Entonces ocurrió.
“Salomé se interesó mucho por mí y supuso que yo podía curarle la ceguera. Empezó a adorarme.
“-¿Por qué me veneras? –le pregunté.
“-Eres Cristo.
Jung objetó, pero Salomé insistió en que era Cristo.
-Esto es una locura –le dijo Jung, y añadió que “le invadía una resistencia escéptica”. (...)

“Entonces vi que se acercaba la serpiente. Se aproximó y empezó a rodearme y a ejercer presión sobre mí. De pronto su espiral alcanzó la altura del corazón. Mientras luchaba, comprendí que había asumido la actitud de la crucifixión. En la agonía y la lucha sudé tan profusamente que rezumaba agua por todo el cuerpo. Entonces Salomé recobró la vista y se irguió (...) (11)

La función inferior, ese sentimiento fundamentalmente extravertido, acababa de despertar y de abrir los ojos a la luz de la conciencia.

Jung acababa de tomar contacto directo con su Judas y su Cristo interior. Salomé se iniciaba como una María Magdalena, y en la vida cotidiana quedó abonado el terreno para que empezara a fructificar positivamente la flor del amor. Comenzó la singladura con Toni Wolff, “la discípula amada”, si me permiten seguir jugando con toda esta Hybris, toda esta inflación...

 

Eva y la serpiente

En su obra más señalada, Las Formas estructurales de la Psique femenina, Toni nos habla de cuatro tipos femeninos básicos: Madre, Hetaira, Médium y Amazona. No es lugar este artículo para profundizar en este tema, pero podemos usar esta clasificación para apuntar algunas cosas sobre la explicitación y el encuentro entre estas potencias femeninas, entrelazadas a la vez con el encuentro entre el yo femenino y sus funciones inferiores, la conciencia femenina y su inconsciente, en la historia que nos concierne.

La Madre es vivida en plena extensión por Emma, con ese sentimiento extravertido volcado por completo en la crianza de hijos, siempre capaz de convertir a su marido en un hijo más y preocupada por esa adaptación al grupo colectiva en sus estratos más prácticos y funcionales, que Jung en un momento de romanticismo idealista calificó de “asfixia en lo trivial”. Obligada por la competencia con Toni, desde la solamente Madre, Emma evolucionó hacia un estado de individuación superior en su proceso propio, donde los rasgos de la inquietud del Logos están más presentes y la relación con el marido es más personal y más llena de íntima colaboración y amistad. Integró a su opuesto, a la Hetaira. Ésta ya hemos dicho que está representada por Wolff, de una manera tan “pura” que dejó todo lo materno en manos de su sombra Emma, cualidades que no actualizó en su forma concreta jamás. La Hetaira primitiva vive lo masculino como Padre, y siempre corre el riesgo de quedarse en una infancia o adolescencia eterna, donde es muy posible que lo intelectual tenga gran preponderancia, pero la capacidad de cuidar, entregarse, en definitiva, de amar, que le llega desde lo materno, queda atrofiada en meramente coqueteo y seducción. Es el sexo de la histérica, que puede ser tan compulsivo y arrebatado como frígido a la vez, sobre todo sentimentalmente. La posesión por el arquetipo de la Hetaira en su cariz inferior, inmaduro, crea una psicología femenina que siempre envidia y quiere competir con la Madre.

La posesión por lo solamente madre, crea una psicología sin dinámica, inercial, conservadora, vacía, donde el Eros, es decir, el instinto individuatorio de conjunción, queda inconsciente, transformándose en poder, y donde la ambición de desarrollo heroico queda proyectada en el hijo.

Ambos opuestos pertenecen a la esfera del sentimiento y, en realidad, son contrapartes que rara vez se dan separadas, y menos en la sociedad actual, donde la solamente madre ya casi no tiene lugar. Lo hemos visto en Sabina, en aquella mezcla suya entre la madre que quiere ofrecer su vida al cuidado de una familia y que pone el acento en la figura de los valiosos hijos, y de la concubina del genio con el que comparte y madura su propia genialidad.

Lo normal es que la mujer sentimental actual pendule indiferenciadamente entre ambos arquetipos, sobre todo mientras un trabajo interior no los madure a los dos y los integre en los niveles y los contextos apropiados para cada uno. La oscilación entre los dos aspectos del anima que antes hablábamos para la psicología masculina, ahora podemos tratarla para la femenina entre los dos correlatos masculinos correspondientes de su animus: el Puer y el Senex. La mujer se balancea en las formas colectivas de su sentimiento entre la relación con el Senex, el Patriarca legislador e infalible, de poder colectivo, el perfecto cabeza de familia convencional o perfecto jefe o tutor, que se encuentra en el centro de su fascinación por el complejo paterno, y el Puer, el hombre niño sensiblero, fantasioso e idealista, atrapado en un complejo materno, profundamente necesitado del regazo de una madre que vele por él.

Emma no penetró jamás en los reinos de la Médium, la Casandra fantasmal. Pero sí lo hicieron con gran éxito Wolff y Spielrein. Ya a través de sus psicosis, estuvieron obligadas a ser portavoces del Inconsciente, y a tomar contacto con esos magmas interiores tan alejados de la luz del día. Bien es cierto que ser mensajero o canal del Reino de los Muertos, no significa per se que esa riqueza se integre en la propia personalidad y conduzca a una apropiada madurez e individuación, y por eso hay quien dice de Wolff que acompañaba perfectamente a los otros en sus viajes por laberintos interiores pero que ella, propiamente, no bajó (curiosamente hay quien dice de Emma, que sin tener esa capacidad mediúmnica, consiguió una legítima individuación). Sin embargo, yo creo que la profundidad espiritual de ambas y el ejemplo de sus vidas y sus obras, conformadas por lo Inconsciente en grado sumo, nos habla de que sí existió esa integración y esa comprensión, más allá de solamente la explicitación mediadora de los contenidos desde el Inconsciente Colectivo. En la Médium, el sentimiento extravertido, volcado en las relaciones, se introvierte por momentos, y además la intuición, como función inferior o secundaria de estas mujeres, hace su aparición estelar. En sus escritos intelectuales, apreciamos perfectamente la madurez y desarrollo de la función de pensamiento, y, por lo tanto, el grado de complementación al que llegaron las dos.

La Amazona quedó lejos de Emma y de Wolff. Ese arquetipo es propio de mujeres, o bien de tipología masculina de por sí, como Von Franz, una intelectual introvertida que jamás se casó, o bien de mujeres (y era a las que mayormente aludía Toni) con un animus tan desarrollado que se convierten en maridos de ellas mismas. Por supuesto, este arquetipo tiene un lado inferior, que es la posesión por el animus que rigidiza el carácter, espanta las relaciones y crea un psicología puramente dialéctica y contestataria, donde el yo femenino y sensible queda escondido tras una maraña de ambición profesional, y un aspecto superior, donde aparece una mujer dotada de cierta androginia, de una firmeza masculina que no eclipsa ni reprime el Eros relacional de manera grave, donde el animus no ha usurpado el lugar del yo. Sólo en Sabina, la que coqueteó con el arquetipo de Hetaira, fue Médium y Madre, podemos entrever ciertos rasgos de Amazona, en esa capacidad suya para continuar independientemente con su vocación y sus investigaciones en Rusia, lejos, hasta donde yo sé al menos, de influencias y tutorazgos masculinos (sin entrar en ninguna valoración profesional). Podríamos decir que Sabina, en comparación con Wolff, es una mujer más “completa”. Pero le falta la diferenciación, la “perfección”, a la que Toni en sus facetas llegó. Me atrevo a decir que la individuación de Sabina Spielrein quedó varada en la imposibilidad de distinguir adecuadamente el Filium Philosophorum, el Hijo que nace en la matriz del alma, de los niños que se gestan en la matriz corporal. Es decir, jamás liberó del todo su aspiración espiritual heroica, del peso biológico y colectivo de su necesidad maternal.

Jung y el amor

Sería una obviedad redundante hablar de qué significó el encuentro con lo Femenino, que es siempre el paso por el Inconsciente, esa Madre de toda existencia y toda conciencia, en la vida de Jung. Se significa en él mismo, en llegar a ser; se significa en C.G. Jung, toda su vida, toda su obra, todo lo que sintió, pensó, hizo y fue. Todo lo que le hace merecer, como los viejos y mejores alquimistas, el título de hijo prístino de la Madre.

Vamos por ello a seguir el hilo que convoca este trabajo, y vamos a ocuparnos concretamente de qué significó la integración de eso femenino particular que conlleva asimilar a la conciencia el sentimiento como cuarta función, la inferior.

Como quedó expuesto hace rato, el sentimiento extravertido es la herramienta más útil en la crianza de los hijos. Tiene, como ya sabemos, esa capacidad de repartirse equitativamente sin hacer distinciones de sexo, belleza, inteligencia o habilidad, y así hace justicia a las necesidades de todos y cada uno de los hijos. Por extensión, es un pastor que mantiene unidos fuertemente los miembros no sólo de una familia, por más diversos que sean, sino de toda una comunidad. No gusta de distinguir ni diferenciar; el Yo, que sería la medida de referencia y comparación, queda eclipsado detrás de la importancia del Otro, detrás de su reclamo y su necesidad. Es indispensable en la caridad cristiana, indispensable en la compasión.

Jung nunca fue un padre convencionalmente ejemplar, a tanta maternidad jamás le condujo la integración de su sentimiento (demasiada necesidad de soledad y aislamiento para eso), aunque tampoco podemos decir que fuera un padre abandónico, irresponsable. El aspecto Madre, el “pastor” familiar de su anima, quizás se expresó mejor en otras esferas de relaciones aparte de la paternidad: en los contextos amoroso y profesional. En esa capacidad “poligámica” que comenzó a explorar Jung a partir de la segunda mitad de su vida, en esa capacidad de delicada entrega equitativa tanto a su mujer como a Wolff, que el espíritu abnegado y sensible de Emma dejó constatada en aquella declaración, se percibe claramente esa cualificación tan propia del sentimiento extravertido de poder atender varias parcelas sentimentales a la vez, y hasta llegar a hacerlo bien...Mientras nadie se queje, claro: en la sombra de esa capacidad siempre anda agazapada la histeria y su desmembración, en este caso adscrita seguramente a los profundos miedos de acometer cambios tales como un divorcio. Ya conocemos la profunda seguridad que adquiere el sentimiento extravertido cuando se siente protegido y a salvo en los límites de lo convencional. Y en aquella época, el divorcio no era tan convencional como en la nuestra.

Estos aspectos sombríos son mucho más evidentes en la relación anterior con Spielrein. Jung fue poseído por su anima, tan apasionada como histérica (“...no puedo prescindir en la vida de la felicidad del amor, del amor tempestuoso, extremadamente mudable” –la cursiva es mía-), en la relación con Sabina, donde ella misma sabía que se estaba enfrentando con una Salomé ciega y caprichosa a la que hacía falta enérgicamente despertar.

El aspecto apasionado más “romántico” del sentimiento extravertido, especialmente cuando es función inferior, lo describe Von Franz en estas declaraciones:

Mientras el tipo pensante extravertido que ama profundamente a su esposa dice con Rilke: “Te amo, pero eso no es asunto tuyo”, el sentimiento del tipo pensante introvertido está enlazado a objetos externos. Por lo tanto, él diría, en el estilo de Rilke, “Te amo y será asunto tuyo; ¡y yo haré que sea tu asunto!”...El sentimiento de ambos tipos es pegajoso, y el tipo pensante extravertido tiene esa especie de lealtad invisible que puede durar indefinidamente. Lo mismo es aplicable al tipo pensante introvertido, sólo que no será invisible...(7)

Que podemos contrastar con esta carta de Jung a Sabina en los aledaños de su tormentosa relación:

En este momento usted debería devolverme un poco del amor, de la deuda, del interés desapasionado que he podido tributarle en la época de su enfermedad. Ahora el enfermo, soy yo ( Citado en –9-)

Pero, propio también como decimos de la histeria de este sentimiento extravertido inmaduro y compulsivo, con su romanticismo más bien diabólico, “saloménico”, Jung se fragmentó en varios pedazos. La muchachita avispada que había hecho tan conveniente matrimonio sólo unos cuantos años atrás, léase su anima, se negaba a abandonar la sólida empresa. Se negaba a hacerle daño a sus hijos y, siempre con esa compasión tan ambigua en estos casos, a su esposa. Como suele ocurrir, la mentira, piadosa a veces (sobre todo con uno mismo), arriesgada siempre, fue la única manera de seguir aparentando cierta coherencia de cara al exterior. Ante la incapacidad de sentirse moralmente bien, como suele ocurrir en tales situaciones, optó por reprimir sus dudas internas con una máscara de corrección ética falsa, que es poco más que una autojustificación. En este contexto, las teorías del doctor Otto Gross sobre la poligamia, que fue su paciente durante un tiempo, las adoptó con la alegría de quien encuentra un antídoto para su peso moral. Pero la biografía del mismo Gross demuestra en pocos puntos sanidad espiritual. Las teorías de Gross le valían poco más que un clavo ardiendo. Finalmente, en 1919, un Jung a punto de empezar a comprender el verdadero juego tras los enredos sentimentales, diría a la misma Sabina en una de sus últimas cartas:

“El amor de S. A J. Terminó por hacer consciente algo que sólo presentía de manera confusa, una potencia que determina el destino del Inconsciente. Este descubrimiento lo llevó a cosas importantísimas. La relación tuvo que ser “sublimada”, porque de lo contrario lo hubiera llevado a la ceguera y la locura (...) Algunas veces hay que ser indigno para poder vivir plenamente” (9)


Por eso más allá de estas inferioridades y carencias, aunque siga sonando a sarcasmo, yo quiero destacar la claridad que podemos destilar desde toda esta sombra, en esta capacidad de diferenciación sentimental que es capaz de atender, con cierta justicia, al corazón de dos mujeres a la vez, y que sólo empezó a dar sus frutos en las relaciones posteriores con Wolff, en esas relaciones trianguladas llenas de “indigna plenitud”.

Ciertamente Jung llevó una vida tan arquetípica, que su personalidad de profeta veterotestamentario se cumplió hasta en esta poligamia, tan común en los tiempos bíblicos. Mirado desde el punto de vista de precepto masculino, contemplaríamos a las damas en cargo poco más o menos como las esclavas concubinas de un harén bíblico judío. Pero más bien, la profundidad del trato y de relación con ellas, tan íntimamente personal, a lo que le capacitó el aspecto Hetaira de su función sentimental, nos recuerda los preceptos femeninos que él mismo describió así:

“En realidad ella se divide entre sus hijos y puede que también entre su familia, y mantiene en consecuencia múltiples relaciones íntimas. Si su marido mantuviera tantas relaciones semejantes con otras personas, estaría muerta de celos” (14)

Y así fue exactamente, de esta manera femenina, como también vivió él su mundo íntimo sentimental.

Luego estaban las pacientes y, por qué no, los pacientes. La transferencia es tratada por Jung de una manera completamente diferente a Freud, una manera con la que yo concuerdo: no es un impropio efecto colateral del análisis, tan eternamente repetido como desatinado, importantísimo de tratar pero del que en conclusión hay que huir y librarse lo mejor y antes posible, sino, precisamente, el vehículo y la via regia a la curación. Jung mimaba, cuidaba y hasta alentaba las transferencias, y consideraba que tan importante como era el médico para el proceso del paciente, era el paciente para el proceso del médico...aunque el pago fuera sólo en una dirección. Emma le escribió una vez a Freud diciéndole que las pacientes estaban naturalmente enamoradas de él. Y él les correspondía con el sumo afecto que sólo un hombre conmovido por lo femenino desde adentro puede ofrecer.

Muchas veces habló Jung refiriéndose al amor en la pareja aconsejando un cierto desapego, una cierta, digamos, laxitud en la relación, proponiendo una pareja alentada por un amor suave antes que por una tormentosa y compulsiva pasión. Solía decir que el punto estaba en ese momento donde somos capaces de estar o no estar con una persona, gracias a que conservamos frente a ella cierta capacidad de elección, a que nuestra voluntad no ha sido completamente eclipsada por el fuego interior. No puede menos que recordarme este discurso a esa capacidad de instrumentalización que tiene el sentimiento extravertido cuando es la función dominante y usa su buen ojo para la elección. Resuenan en estos preceptos aquellas palabras de Jordan, que decían: Amar es preferir, odio es una mera aversión y los celos orgullo ofendido, que precisamente adscribía él al carácter que llamaba “no apasionado”. No cabe duda de que más allá o más acá de la conveniencia psíquica general de este sano desapego, ésta es la voz del sentimiento extravertido hablando por boca de Jung.

Añadiremos que nuestro profesor experimentó el poder de la Médium en su propia capacidad para convocar a los muertos desde el inicio de su viaje interior, y este desapego personal del que hablamos ahora es propio también quizás de una Amazona integrada ya en la vejez, cuando un hombre solo se sintió también completo y en paz, dejando atrás una vida bien cumplimentada en relaciones.

De este modo, hemos realizado el paseo completo por todos los aspectos de su mujer interior. Donjuán, histérico u hombre de sentimiento en vías de diferenciación...cada cual tendrá una opinión, y, seguramente, todas tendrán su parte de razón.

“The last but not least” de un visionario: El Sexo

Toni y Carl se adentraron en unos terrenos, que para muchos resultan muy escabrosos, en donde exploraron el intento de conjunción más difícil y audaz que puede darse en los caminos de Individuación: la armonización del Espíritu y la Carne a través de la práctica tántrica.

Conocemos las grandes dificultades de las que partían para ello, porque conocemos las grandes dificultades que plantea el carácter vidente profético en el terreno sexual:

(...) El intuitivo introvertido tiene problemas especiales en el área del sexo. Tales tipos no son los mejores amantes del mundo, sencillamente porque tienen escasa percepción de lo que está ocurriendo en sus cuerpos o en los de sus parejas. Al mismo tiempo, se inclinan a tener una naturaleza lasciva –reflejando la función sensorial inferior y por ende primitiva- y, por una falta de juicio, saldrán con alusiones sexuales groseras y socialmente inadecuadas (7)

Así que ya sabemos que en Jung la práctica tántrica cumplía la función de mantener despierta y con los ojos abiertos a Salomé, para que el aspecto espiritual, las visiones intuitivas que nunca ya dejaría de tener, no lo arrastraran definitivamente hacia su lado. Al mismo tiempo, para Wolff, la práctica tántrica ritualizaba y concretaba el símbolo que expresa cómo a través de su sólido y consciente Eros, el Logos la venía a inseminar.

Hoy día se pretende instrumentalizar su ejercicio, convocando diversas posturas yóguicas rituales a la hora de hacer el amor. Eso es un mero remedo de la sustancia original de esta disciplina, que no es por cierto tal, sino una necesidad espontánea del corazón llegado a cierto punto de evolución y maduración psíquica, que en verdad no puede convocarse más que como trivial entretenimiento desde el exterior. Lo que convierte al mero sexo en Tantra, a mi entender, no es la práctica en sí, sino las personalidades de los participantes.

Esta sacralización de lo femenino y corporal, este intento de unificar sensación e intuición, sexo y espíritu en la cámara sellada y reservada del amor, que pugna por llevar a la práctica personal la tarea alquímica de conjunción entre lo alto y lo bajo en la intimidad de la retorta-contenedor de una relación, es una quintaesencia del significado que intenta transmitir la psicología analítica, y que por eso vale para que algunos hablen de la psicología junguiana como el auténtico Tantra de Occidente.

Lo que ellos exploraron en lo personal, en este terreno que intenta sacralizar en su justa medida y honor el cuerpo, la materia y la sexualidad, en 1950 se convirtió en dogma de la cristiandad católica con la Asunción de la Virgen María: se le otorga reconocimiento celestial a lo Material, a lo Femenino, a lo carnal. Lo divino, también está presente en la materia. El mundo, en su esencia de pureza, cuando se alcanza, también es mágico, tal y como nos demuestra con absoluta certeza la sincronicidad (el Unus Mundus).
A través de este entrelazamiento entre la práctica sexual del Tantra y la ascensión de la virgen diosa, descubrimos que hay otra forma de sexualidad que puede ser sagrada...Y no sólo la castidad. De todos modos, estos asuntos requieren trato extenso y aparte.


Epílogo


Lo cierto es que al lado del Jung que aconsejaba “domesticar al amor”, estaba otro que habló mucho del Eros como Daimon, como la intempestiva energía que en el fondo es cuando traspasamos el nivel fraterno de acompañamiento cotidiano y nos adentramos en las pasiones de conjunción. Tan necesario en su arrebato (como su propia biografía demuestra), para alcanzar a la postre el hogar interior (y exterior) y la correcta vocación:

La emoción es el fuego alquimístico, cuyo calor es lo que hace aparecer todo y cuyo ardor “omnes superfluitates comburit” (quema todo lo superfluo) y es también por otro lado, ese momento en el cual el eslabón golpea el pedernal y se produce una chispa: la emoción es la fuente madre de toda conciencialización (4)

Liberar la proyección, calentar la vida en ese fuego fuerte para soltar las alas del genio de la Verdad, es nuestra tarea cotidiana. Es la tarea de redención. Pero nadie puede ser redimido de pecados que no cometío, y así el Destino es una fuerza irreductible que escribe nuestro mito extrayendo los mejores pensamientos de nuestra alma y delineando nuestras mejores historias de amor (sabiendo que a veces sólo lo peor es lo mejor). Únicamente en los aspectos más superficiales el amor puede ser instrumentalizado, y es necesario que haya ese estrato superficial, y es necesario que haya gentes que puedan instrumentalizarlo. Pero acercándonos al núcleo arquetípico del Eros, a los factores eternos y absolutos, puede elegirse el amor tanto como puede elegirse una verdad en lugar de otra. El Eros y el Logos, antes bien, nos eligen a nosotros. En palabras de Von Franz:

[El amor] es mejor dejarlo al destino (...) Por eso pienso que las proyecciones o el error y un probable divorcio son a veces una encrucijada inevitable. Es trágico y triste, pero por primera vez en la historia de la humanidad estamos experimentando con el amor libre. Originalmente, como institución, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor. Pero no podemos seguir con eso; es demasiado impersonal y colectivo. Por lo tanto, si queremos una relación personal, tenemos que experimentar nosotros mismos. Creo que habrá mucho dolor y sufrimiento –los hombres torturando a las mujeres y viceversa- hasta que despertemos a la posibilidad de relacionarnos mejor (15)

El Jung que propugnaba poder elegir, eligió para siempre en su vida las mujeres que le propuso su destino, en una mezcla moral ambivalente y paradójica de fidelidad exquisita dentro de un escándalo grosero de infidelidad.

Para establecer hoy día relaciones personales en un momento crítico del Eros como éste, toda la energía de la Hetaira debe ser puesta concentrada en el cuidado de las frágiles parejas, exactamente igual que Madre cuida a sus hijos, con esa dedicación y compromiso cuasi religiosos. Pero aún existe mucha confusión en hombres y mujeres con los significados de libertad y poder de elección. Aún se cree que el sexo puede ser sólo divertido, y el amor un relleno para el tiempo de ocio y esparcimiento. Así puede ser, para las personas que sólo viven la periferia de su corazón, o para el que está librado ya de las pasiones fogosas, pero entonces a ese ya no le interesan ni el sexo frívolo ni tan siquiera el amor de a dos. En igual proporción que esas creencias están extendidas hoy día, está extendido el virus de la crisis del corazón y la pareja. Las relaciones que empezamos a abordar en esta Era, pertenecen a un estilo de amor completamente nuevo, y aún no tenemos ejemplos en los que apoyarnos e identificarnos. Ya conocemos la parábola de los odres de vino viejos...Siempre anterior a la pregunta y la exigencia sobre quién es y qué me puede dar el otro “ideal”, está la cuestión sobre quiénes somos nosotros mismos y qué cualidades tenemos para entregar a través de nuestra pretendida “idealidad”.

En el centro del Arquetipo del Eros, encontramos un Grial y un Anillo. No sabemos de qué se trata realmente el amarse hoy, pero sabemos que será una alianza, una nueva alianza con un estilo renovado de compromiso y fidelidad.

Es un trabajo, una aventura ardua y arriesgada propia de exploradores, que se encuentran en estas selvas frondosas, tan lujuriosas como vírgenes, con peligrosas serpientes a cada paso, y por eso no se pueden permitir ni un momento de distracción. Lo que estamos buscando, es realmente algo parecido a la Atlántida:

"En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, un Rey, un Palacio; un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en una Isla, hace cinco mil años... Es el Amor, es la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo... (16)

Pero en este paraje, ya estamos incluso más allá de la relación de pareja, en aquel lugar del Destino que significa por naturaleza desapego y al mismo tiempo suprema pasión:

“Usted debe llegar al nivel de la comprensión cuyo vehículo es el amor y no la mente. Este amor no es transferencia ni tampoco amistad o simpatía común. Es más primitivo, más prístino y más espiritual de todo lo que yo pueda decirle...Ese estadio superior ya no es usted o yo, significa muchos, incluyendo a usted misma y a todo aquel cuyo corazón usted pueda tocar. No hay distancia sino presencia inmediata. Es un secreto eterno. ¿Cómo podré explicárselo? (17)

Con estas palabras de Jung, que intentan expresar lo que atisba la función de sentimiento cuando más allá de su mirada en los otros, se introvierte y mira a la cara al Sí – Mismo, terminamos nuestra charla.

Quiéranse

Raúl Ortega
Terapeuta Junguiano

Agradecimientos: Jose Antonio Delgado González, Nora Galliano, Alberto Chislovsky, Fabio Muriel Blanco, Francisco Romero Toro.


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(1) El equilibrio entre el Cielo y la Tierra, Robert Johnson, Paidós, 1999
(2) De nuevo Edipo, o la actualidad de una ilusión, Raúl Ortega, 2002
(3) Las relaciones entre el yo y el inconsciente, C.G. Jung, Paidós, 1990
(4) Arquetipos e Inconsciente Colectivo, C.G. Jung, Paidós, 1994
(5) Colección de fichas de personalidad para talleres de tipología, Raúl Ortega, 2002
(6) Tipos Psicológicos. C.G. Jung, Edhasa, 1994
(7) Tipos Psicológicos junguianos, Daryl Sharp, 4 Vientos, 2002
(8) Recuerdos, Sueños, Pensamientos, C.G. Jung, Seix Barral, 1992
(9) Jung y el proceso de Individuación, Alberto Chislovsky, Continente, 1994
(10) Carl Gustav Jung, su vida, su obra, su influencia, Gerhard Wehr, Paidós, 1991
(11) El Cristo Ario, Richard Noll, Vergara, 2002
(12) Jung, sa vie et son oeuvre, Barbara Hannah, Dervy Libres, 1989
(13) La leyenda del Grial, Emma Jung – Marie Louise von Franz, Kairós, 1999
(14) Civilización en transición, C. G. Jung, Trotta, 2001
(15) El Camino de los Sueños, Fraser Boa, 4 Vientos, 1997
(16) El Circulo Hermético, Miguel Serrano, Kier, 1994
(17) Jung y la historia de nuestro tiempo, Van der Post, citado en (9), pag. 125
(18) Jose Antonio Delgado y Raúl Ortega, diario de conversaciones privadas, 2002
(19) Teoría del sistema psíquico, Jose A. Delgado, 2001