El Señor de los anillos
Ensayo sobre una interpretación grafológica
de la escritura del anillo concebido por Tolkien


Manuel J. Moreno
Instituto de Grafología Analítica
http://perso.wanadoo.es/grafoanalisis


Pensar grafológicamente es hablar ineludiblemente de simbología. Las posibilidades de aprehensión de significados asociados a los gestos gráficos y en general, la simbología gestual relacionada con el espacio, el ritmo y la forma, nos permiten establecer correlaciones con las pautas conductuales, los procesos cognitivos, los estados anímicos, la tipología dominante, etc., del sujeto escribiente. Existen, no obstante, correlaciones más directas (inferencias causales), como cuando inferimos trastornos nerviosos o déficit en las fuerzas vitales a partir de temblores y/o desorganizaciones características de la escritura.

Hasta pocos años más de la mitad del siglo XX, la hegemonía del conductismo como paradigma dominante en las investigaciones psicológicas y en los criterios epistemológicos (filosofía de la ciencia), desterró lo mental (pensamiento, sentimientos, motivaciones...) del objeto de estudio de la Psicología, al considerarlo una especulación no científica, fundamentalmente debido a la imposibilidad de observación pública y directa. El conductismo radical concibió al hombre como una máquina susceptible de control mediante técnicas de modificación de conducta surgidas de los estudios sobre el condicionamiento clásico (pavloviano) y el condicionamiento instrumental u operante. “Skinner, fiel representante del conductismo radical, mantuvo que la conducta y el aprendizaje están regidos por factores ambientales y no admitía lo mental. Para Skinner, la conducta es una función de las variables ambientales y puede expresarse mediante leyes.” (Soledad Ballesteros – Psicología General Vol-I · 2001 UNED)

Actualmente, la psicología cognitiva (paradigma dominante) define la psicología como “la ciencia que estudia la conducta y los procesos mentales. La psicología científica intenta conocer lo que piensan, como se comportan, qué sienten y por qué actúan los seres humanos y otros organismos. Para ello, la psicología estudia la conducta observable, los procesos cognitivos, los procesos fisiológicos, la influencia del medio cultural y social, y también los procesos inconscientes que influyen en el modo de conducirse los seres humanos.” (Soledad Ballesteros – Psicología General Vol-I · 2001 UNED)

Lo que nos interesa aquí, como introducción al escenario de la simbología inherente al Anillo concebido por Tolkien, es darnos cuenta de la tremenda importancia que tiene en el desarrollo del conocimiento (y de otras áreas por supuesto) lo simbólico natural o arquetípico.

Es la capacidad de manipular símbolos lo que establece una diferencia en la escala filogenética entre el hombre y los animales, en realidad, el pensamiento, es esa misma capacidad de procesar símbolos. “Todas las áreas encuadradas dentro de la psicología general cognitiva aceptan dos supuestos fundamentales: a) la existencia de representaciones mentales (estructuras) formadas por símbolos en las que se almacena el conocimiento; y b) la existencia de procesos mentales (procesos psicológicos) que constituyen los elementos dinámicos de la mente.” (Soledad Ballesteros – Psicología General Vol-I · 2001 UNED)

La Grafología general, ha establecido sólidos nexos correlacionales entre la conducta gráfica y los presupuestos psicológicos del escribiente. Esto ha sido posible en primera instancia gracias a la familiaridad de la inteligencia con las analogías y correlaciones simbólicas que se evidencian entre, por ejemplo, la dirección de las líneas y el estado anímico; la inclinación axial de las letras y la actitud vital (progresión-regresión, extraversión-introversión); el protagonismo y plenitud de las hampas con la creatividad y la imaginación; el sobrealzamiento de la zona media y el sentimiento autoestimativo de distinción y/o la soberbia; la simplificación de las formas en un contexto dinámico con la objetividad y el pensamiento positivo; las desproporciones y la subjetividad en los juicios; las irregularidades no excesivas con la sensibilidad..., todo esto simplicando un poco y a modo de una breve pincelada sobre un largo etcétera.

Los grafólogos de todos los tiempos han propuesto significados partiendo de la simbología natural o arquetípica que comportan ciertos signos, formas, movimientos, etc., que luego han sido debidamente contrastados y refrendados por la experiencia o bien descartados y sustituidos por otras interpretaciones más afortunadas.

La evaluación Grafopsicológica siempre es posible y exige que se domine el lenguaje implícito en los elementos de la escritura; este lenguaje subyacente no es otro que el lenguaje de los símbolos, y surge de la tendencia natural a la producción de analogías y materiales simbólicos que caracteriza al dinamismo de lo psíquico, tal y como podemos observar profusamente en el material onírico de los sueños, las producciones artísticas y aún en los modelos y concepciones científicas.

Max Pulver, fue el grafólogo a quien debemos mayor dedicación explícita a la comprensión y difusión de la simbología arquetípica en el proceso escritural sin olvidar, desde luego, las analogías y correspondencias simbólicas que tanto Klages como Crépieux-Jamin formularon de manera implícita, asignando significados asociados a conductas gráficas. Así Klages establece correlaciones simbólicas referentes a la velocidad escritural en reflexiones como “en la voluntad (la velocidad significa), necesidad de actividad y laboriosidad; en el sentimiento, vivacidad (temperamento sanguíneo); como correlatos negativos: agitación y ajetreo, en la voluntad; excitación e inconsistencia, en el sentimiento; a la lentitud corresponden, respectivamente, en sentido positivo: tranquilidad y calma, así como ecuanimidad (“flema”); y en sentido negativo: inactividad y debilidad de voluntad, así como obtusidad y apatía.” (Ludwig Klages – “Escritura y carácter”)

En su “ABC de la Grafología” Crépieux-Jamin habla de la escritura contenida en estos términos “La escritura contenida resulta de la tendencia a frenar una expresión que podría arrastrarnos demasiado lejos; sus movimientos, particularmente los finales, están voluntariamente cortados o limitados; (...) Podemos decir que el trazado está controlado. Mucho difiere su valor según se dé en escritura armoniosa o inarmónica. En la primera será la inhibición consciente, flexible, prueba de autodominio, reflexión, sabiduría; en la segunda, manifestación negativa, temor de comprometerse que no deja actuar, y disimulo de la imposibilidad de comportarse razonablemente, causa de estúpida obcecación. Entre ambos extremos hay muchos grados y matices.”

Como vemos, las conductas atribuibles a un sujeto escribiente, así como sus rasgos de personalidad, a partir de los fenómenos que se pueden apreciar en el proceso de elaboración de su escritura, comprendida a posteriori, se basan en analogías que tienen su fundamento en nuestra capacidad natural para generar y procesar símbolos.

Ahora bien, tanto la producción como la percepción de símbolos tiene dos vertientes, una consciente, deliberada, voluntaria, atencional, como puede ser el caso de los modelos matemáticos “Hacia mediados del siglo XIX las matemáticas se empezaron a considerar como la ciencia de las relaciones, o como la ciencia que produce condiciones necesarias. Esta última noción abarca la lógica matemática o simbólica —ciencia que consiste en utilizar símbolos para generar una teoría exacta de deducción e inferencia lógica basada en definiciones, axiomas, postulados y reglas que transforman elementos primitivos en relaciones y teoremas más complejos” y otra inconsciente, fuera del control de la voluntad. Es obvio que cuando escribimos no creamos deliberadamente los símbolos que constituyen el lenguaje de los gestos con los que se revestirá nuestra producción gráfica, sino que éstos emergerán de nuestra idiosincrasia particular como expresión de nuestra naturaleza personal y de sus circunstancias.

Refiriéndose a la escritura Max Pulver nos dice “La materia que su lenguaje nos aporta es enormemente abundante. No podemos juzgar por una apreciación superficial del material que se nos presenta y las averiguaciones que nos permita realizar. El contenido de la escritura es mucho más grande que la afición que los adeptos y adversarios de la Grafología puedan sospechar. Aquí se reflejan todas las escalas, desde el auténtico lenguaje del ser hasta los signos y señales de trastornos corporales y nerviosos. Es claro que los matices son muy finos y que los indicios o grupos de indicios en el número restringido de los elementos de expresión se prestan a una interpretación muy variada, porque la vida psíquica se compone de numerosas capas superpuestas. Para comprender este apilamiento complicado psíquico, se presta tan sólo una psicología que se ocupa de las profundidades de la persona.” (Max Pulver – “El impulso y el crimen en la escritura”)

En su excelsa aportación a la Grafología, Max Pulver, señala muy justamente que existen categorías apriorísticas de significados asociados al espacio, las formas y los movimientos. Se trata de una atribución de significados que nos es inherente en primera instancia y que va de la mano de nuestra condición humana. La reflexión siempre renovada y a salvo de las estereotipias en cuanto a la significación simbólico-arquetípica que Pulver atribuye a las zonas espaciales, tanto en relación a las letras, los trazos, la página, etc., son o deberían ser para el Grafólogo su ABC, ya que le permitirá realizar inferencias respecto a un grafismo con grandes posibilidades de comprensión. Lo simbólico nos es característico; ahora bien ¿qué es un símbolo? "...Una expresión que se emplea para designar una cosa conocida no pasa nunca de ser un mero signo y jamás un símbolo (esto es, un símbolo preñado de significado) a partir de conexiones conocidas. Pues lo creado de esta manera no contiene nunca más que aquello que dentro de él se ha puesto. Todo producto psíquico puede ser concebido como símbolo siempre que sea la mejor expresión posible en ese momento de una situación factual desconocida o sólo relativamente conocida hasta entonces, y siempre que nos inclinemos a admitir que la expresión quiere designar también aquello que sólo está presentido, pero aún no está claramente sabido.

(...) "...El símbolo es siempre un producto de naturaleza sumamente compleja, pues se compone de los datos de todas las funciones psíquicas. A consecuencia de eso no es ni de naturaleza racional ni de naturaleza irracional. Tiene, ciertamente, un lado que es accesible a la razón, por cuanto está compuesto no sólo de datos de naturaleza racional, sino también de los datos irracionales de la pura percepción interna y externa. La abundancia de presentimientos y la preñez de significado del símbolo son cosas que hablan tanto al pensar como al sentir, y su peculiar carácter de imagen, cuando se configura en una forma sensorial, estimula tanto la sensación como la intuición.” C. G. Jung

Max Pulver nos recuerda, tal y como hizo el sabio suizo Bachofen, que tanto influyó en Jung, que lo “alto” y lo “bajo” conlleva connotaciones de orden simbólico que no podemos eludir fácilmente, es decir, que están entrelazadas con una conciencia arcaica, o más bien con una memoria inconsciente que acompaña cada nuevo nacimiento como una estructura psíquica subyacente y colectiva, biológicamente diferenciada “es un gran error admitir que el alma del recién nacido es una tabula rasa y afirmar en consecuencia que en ella no hay absolutamente nada. Puesto que el niño llega al mundo con un cerebro predeterminado por la herencia y diferenciado, y por lo tanto también individualizado, no se enfrenta a los estímulos de los sentidos con cualquier disposición sino con una disposición específica, que ya condiciona una selección y configuración peculiar (individual) de la apercepción. Se puede comprobar que estas disposiciones son instintos y preformaciones heredadas.” (C. G. Jung – Arquetipos e inconsciente colectivo)

Las zonas superior e inferior, por no extendernos más en consideraciones preliminares, están impregnadas de asociaciones positivas y negativas respectivamente. “Arriba” concebimos de manera natural lo luminoso y excelso, mientras que “abajo” concebimos lo abismal y sombrío. En las representaciones e imaginería mitológica, los dioses se ubican en cielo, “arriba”, mientras que los demonios infernales están “abajo”, en el reino de lo telúrico, lo ctónico (divinidades infernales).

Pulver señala la asociación arquetípica y atávica de la zona inferior, no sólo con lo material e instintivo, también con la “producción de símbolos colectivos, sueños y estados afines” (Max Pulver – “El simbolismo de la escritura”) así como con lo inconsciente profundo.

Continúa diciendo Max Pulver “Este sentimiento de espacio que llevamos dentro de nosotros es quizá el original y del cual ha nacido más tarde el de tridimensionalidad exterior. Se crea, pues, el primer símbolo intuitivo que todavía no es de orden intelectual. En la originalidad del concepto mítico hay un esquema de la concepción del mundo que hemos elaborado mucho más tarde. (...) El concepto espontáneo de arriba es: el cielo, el sol, el día, fuerza espirituales, la luz. Debajo de esta línea está el reino contrario al lúcido: noche, oscuridad, abismo, profundidad. Es imposible sentir de modo distinto... (Max Pulver – “El simbolismo de la escritura”)

Cabe preguntarse si el sentimiento ingenuo y natural que nos lleva a situar el mal “abajo” no proviene de un mecanismo ancestral de evitación, frente a una potencial regresión evolutiva hacia estadios animales.

El salto evolutivo hacia la condición erguida parece constituir el preludio filogenético que llevará a que los humanos tengamos “el índice de encefalización más alto de todos los mamíferos” ya que “la bipedestación es un rasgo imprescindible para que pueda desarrollarse un encéfalo tan grande como el nuestro: si fuéramos cuadrúpedos no podríamos sujetar la cabeza.” (“Fundamentos biológicos de la conducta” - Equipo docente del Departamento de Psicobiología. Facultad de Psicología UNED - 2001)

El peligro de regresión hacia pautas de conducta animales podría estar asociado a la reminiscencia atávica de “estar abajo”, es decir, a perder la “condición erguida” y las funciones psicológicas a través de ella alcanzadas, volviendo a la posición cuadrúpeda (hacia abajo) y con ella al reino de la inconsciencia y la irracionalidad.

Ese podría ser “nuestro abismo” o infierno, en oposición con la conciencia, la voluntad espiritual de elegir, asociada en este caso a lo de “arriba” que podría representar la analogía con el salto evolutivo hacia la conciencia en la posición que emerge del suelo hacia “arriba”, hacia lo alto. “La cultura, como nuestros sentimientos, es reflejo de nuestra historia evolutiva y está condicionada por ella, cualquier pequeña variación unos miles o millones de años hacia atrás, hubiese conducido muy posiblemente a un encéfalo distinto, a otro tipo de cultura, a otros valores.” (“Fundamentos biológicos de la conducta” - Equipo docente del Departamento de Psicobiología. Facultad de Psicología UNED - 2001)

El anillo
El anillo en torno al cual gravita la novela de Tolkien, fue forjado con el magma de las grietas del destino. La escritura inscrita en el anillo, fue realizada por el Señor Oscuro, Saurón, quien utilizó “letras Tengwar (o Tiw – Pags. 1214 a 1222 · El Señor de los Anillos – J R R Tolkien · Ed. Minotauro - 1993) y el lenguaje orco de Mordor.

Parece obvio que desde la óptica grafológica la inscripción del anillo, sus características grafonómicas y espaciales, estén asociadas a la psicología de su creador, Saurón.

La escritura muestra el protagonismo gráfico de las jambas, es decir, de las letras exteriores cuyo asiento natural se encuentra en la “zona inferior”. Una zona media muy regular y homogénea; así como una inclinación de los caracteres dextrógira, con jambas desviadas sinistrógiramente, muy prolongadas (profundas) y con finales acerados.

La inscripción reza “Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”

Desde mi punto de vista, el protagonismo de las jambas prolongadas, sinistrógiras y aceradas de esta escritura, pone de manifiesto el influjo que ejerce el sombrío mundo de la inconsciencia profunda, el ámbito conductual y motivacional de la Sombra colectiva, puntualmente manifiesta en cada individualidad.

El Anillo, símbolo del poder oscuro, no sólo representa el diabólico mundo de su creador, su siniestra personalidad y sus nada luminosos planteamientos, sino que supone la amenaza de la fascinación hipnótica que el poder de los instintos, la recurrente ambición de dominio, el caos y la destrucción (el impulso de muerte), el odio y el resentimiento, la envidia, la mentira, la frivolidad... puede y de hecho ejerce a menudo sobre la frágil conciencia humana, cuya conquista constituye uno de los últimos capítulos y de lo más reciente en el desarrollo filogenético.

Es, por tanto el peligro de la “perversión” y de la regresión hacia la animalidad y la inconsciencia, con la consiguiente pérdida de libertad moral y la esclavización tiránica de los instintos y los impulsos incoercibles.

El propio Gandalf, el mago, representación arquetípica de la Sabiduría del Espíritu, del Sí-Mismo, del arquetipo del Significado, siente y presiente este peligro y rehusa siquiera tocarlo, mirándolo con temor y precaución, contrariamente a lo que hizo su maestro sucumbido al magnetismo del poder de Saurón.

La regularidad de la zona media (obsérvese que la prolongación de las jambas es irregular, señal de que la sensibilidad está determinada por la constelación del mal) muestra la no reversibilidad de los propósitos de Saurón, de su inflexibilidad conductual, de Saurón o de cualquier “portador” del anillo.

Los trazos dirigidos a la zona superior en formas espirales, hablan de la complacencia egocéntrica, del narcisismo y la voluptuosidad de quien ostenta este poder despótico y absotutista.

La inclinación, muestra la determinación, la pasión incluso con que obra, así como la orientación del oscuro poder hacia la satisfacción hedónica de quien lo ejerce o sucumbe a él (orientación de las jambas hacia la zona inferior-izquierda).

En la zona media también podemos observar enroscamientos cegados, volutas, signos de recreo en la elaboración de estrategias y planificación (lentitud) de las actuaciones.

Finalmente, nos podemos preguntar, ¿Qué relación guarda todo esto con la vida moderna y con nuestras ciudades cosmopolitas, con nuestras tecnologías modernas, con las perspectivas de nuestro mundo?

A mi juicio, Tolkien traza un mapa virtual del psiquismo humano colectivo, un mapa y una trama, en la que se debaten los potenciales arquetípicos que están en nuestra naturaleza y que mueven la historia así como cada una de nuestras conductas.

Tolkien, señala que el peligro está en los territorios subterráneos de la psique inconsciente y profunda, cuyos “habitantes” son responsables de las miserias y sufrimientos que el ser humano inflige a sus congéneres; en el desconocimiento de los potenciales destructivos relativamente autónomos que pueden activarse en el fondo mismo de nuestra naturaleza, con episodios de psicosis colectivas como la historia y los teletipos contemporáneos no se cansan de mostrarnos.

Kant, considerado frecuentemente el pensador más importante desde Platón, acude al símil de un mapa territorial al hablar de la mente “nuestra mente sería como un inmenso mapa en el que sólo existirían unos pocos lugares iluminados”. Como Frodo y sus acompañantes, nuestra tarea consiste en iluminar los recovecos de nuestro mundo y destruir en el fuego (espíritu) la tentación de sucumbir a la indiferenciación alienada que representa el Anillo, impidiendo la realización de un nuevo orden (cosmos) en la individuación que sólo el héroe alcanza.

Manuel J. Moreno
Instituto de Grafología Analítica
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