Hannah Arendt, la dimensión de la amistad


por Héctor Valle


A los amigos

No creáis al ligero lamento
cuando la mirada del apátrida
aún os rodee con pudor.
Sentid el orgullo con que el decir
más puro todavía todo oculta.
Percibid el temblor delicado
de la gratitud, de la lealtad.
Y sabed: siempre renovado
el amor dará.


Hanna Arendt

El querer a Hannah es una de las consecuencias de estudiar y asimilar, en lo medular, su pensamiento, que se nutre de su pulsión de vida, de aquella vida que es tributaria del amor. Así fue ella; de eso se trata su legado, de un canto a la vida.

Ella es el presente, en cuanto a conciliación y a una interpretación de la realidad más cercana a lo fundamental desde el hacer cotidiano. Ciertamente nos aproximamos a su pensar, cuando nos dice que el actor mismo de una vida no puede conocer su significado, que este sólo puede ser comprendido y relatado, después de su muerte, por los espectadores que asisten a su trayectoria completa.

Ella dedicó su vida a la reflexión más honda sobre un tiempo tan lleno de contrastes como lo fue el siglo XX y marcó, con trazo firme y claro, la necesidad de mostrarse activamente en la esfera pública, sin descuidar el ocuparnos de nosotros mismos, desde el interés por la dignidad del quehacer republicano. Sus contradicciones, que las tuvo, dieron marco a la fecundante esencia de un ser que honró a la amistad por sobre razas, credos y nacionalidades. Luego, que al estudiar su larga y proficua obra, en forma de ensayos, libros, aulas, conferencias, diálogos, intervenciones en pro de diversas causas, se hallen contradicciones y a partir de éstas, argüir un resultado gris o, cuando menos, sin "nada propio y de cierta hondura" es tanto como intentar tapar la luz solar con la palma de una mano; lo único que se logra es no percibirla uno mismo, perdiendo lo benéfico de su calor.

Una mujer que se pregunta, "¿cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo –o incluso tú mismo- no acepta quién eres?", es aquella a quien le ocupa adentrarse, cotidianamente, en lo humano. Alguien que, desde la acción, va en busca de la comprensión; búsqueda que comienza con la vida y termina con la muerte.

Comprensión que no refiere, necesariamente, al perdón, llegado el caso –y a cuento de los totalitarismos, por ejemplo y cuyo estudio mereciera un lugar preponderante en su vida y en su obra-, antes bien, tal comprensión procura una reconciliación con el mundo en el que acciones aberrantes también tienen cabida, pues lo conforman.

No se trata, tampoco, de huir, más bien, de estar, de aprender, para un mejor abarcar y llegar a lo verdadero –en la acción, preferentemente pública- sin reticencias, a corazón abierto.

Es en lo público donde el ser humano muestra, verdaderamente, su personalidad. En lo público y en el hoy, en el cotidiano existir, puesto que, recordando al poeta Fernando Pessoa, nadie sabe si la falta de fin de todo es por andar siempre hacia adelante, hacia donde nunca se llega, o por andar siempre en círculo, por el cual no hay adónde llegar.

Para Hanna Arendt, filósofa alemana y ciudadana del mundo, el ámbito público es el escenario al que acuden las personas para "mostrarse" a placer. En el intercambio mutuo se manifiesta entonces algo que es más que la suma de individuos, es un "entre" que a todos engloba y desde el cual cada uno puede entenderse mejor a sí mismo y a los demás.

La facultad humana de crear este espacio del entendimiento es, a juicio de Arendt, el lenguaje, la comunicación y con ello no se refiere a palabras enigmáticas para los no iniciados, sino a "la capacidad de ser popular", de "hablar y escuchar".

El lenguaje es verdad porque la verdad surge sólo con el diálogo; "porque verdad es", dijo su maestro y amigo Karl Jaspers, "lo que nos une a los otros".

Este diálogo comprende otro espacio temporal, en él se hacen tan presentes generaciones largamente olvidadas como personas vivas, se crea un "reino del espíritu" en el que todos tienen cabida. Este reino, nos dice Hannah, "no se encuentra en el más allá y no es ninguna utopía, no es de ayer ni de mañana; es de este momento y aunque es del mundo, es invisible". O como dijera Hermann Cohen, "el lugar del ser es ´ocupado´ por la acción en tanto que el lugar de la causalidad es ocupado por el fin." Tal cual.

Efectivamente, el aprender a ubicarnos desde el silencio, mejora la meditación sobre lo que hacemos, al tiempo que nos permite ver con mayor claridad qué debemos sostener y qué variar en nuestros pensares.

Ahora bien, llegado a este punto uno se pregunta ¿cómo no compartir con Sócrates la idea de que es más importante conversar con la gente en la plaza del mercado que dejar grandes tratados? Al respecto, Arendt sostenía que "todo el amor a la verdad y toda la gratitud por haber nacido proceden del hecho de haber permanecido fiel a lo verdadero, tanto en lo bueno como en lo malo". Así motivados, es que vamos en pos de la interrelación con los otros, filosofando e investigando dónde está el hombre y en qué se puede convertir.

Convenimos con Arendt que, "cada persona es un initium, un comienzo y un recién llegado al mundo, por tanto las personas pueden tomar iniciativas, convertirse en precursoras y comenzar algo nuevo". De lo que colegimos que tanto la acción cuanto las palabras, constituyen las actividades en las que se vuelve a producir el nacimiento, el renacer.

A poco de fallecer Karl Jaspers, con quien compartió, por decenios, una gran amistad así como también un intenso y proficuo intercambio intelectual –no exento de sutiles confrontaciones, propias de dos seres singularmente socráticos-, Hannah regresa a Basilea para asistir a un acto en honor del insigne filósofo. Al culminar su conferencia, Hannah manifiesta que "lo más temporal y quizá también lo más grande de un hombre, su palabra y su comportamiento único, mueren con él y por ello nos necesita, necesita a los que pensamos en él. Tal pensamiento nos lleva a una relación con el desaparecido de la que surge y vuelve a resonar en el mundo la conversación sobre él. La relación con el difunto es algo que debe ser aprendido, y ahora comenzamos a hacerlo en la conmemoración de nuestro dolor".

A su tiempo, muerta ella, fue su amigo Hans Jonas quien en idéntica circunstancia a la recién narrada, culminó su despedida a la amiga, con las

siguientes palabras: "Puesto que ella apreciaba la amistad por encima de todo lo demás, permítanme hablarle como amigo. El año pasado, Hannah, celebramos los cincuenta años de nuestra amistad y recordamos cómo empezó todo entonces, en el seminario de Bultmann sobre el Nuevo Testamento, en el que éramos los únicos judíos, y cómo esta amistad creció con el paso de los años. Por encima de largas épocas de separaciones y una tormentosa diferencia de opiniones estuvimos seguros de un sentimiento compartido: lo que era importante y lo que no lo era, lo que en realidad contaba, lo que se podía honrar y lo que había de ser despreciado. Hay muchos aquí que podrían elogiarte como amiga, que podrían atestiguar que, cuando te vinculabas a alguien de verdad, era para toda la vida. Tú te mantuviste fiel; siempre estuviste allí. Hoy somos un poco más pobres sin ti. Sin tu calidez, el mundo es un lugar más frío. Nos has dejado demasiado pronto. Intentaremos mantenernos fieles a ti".

Digamos que Jonas se dedicó, a partir de entonces, con mayor énfasis que antes, a todo lo concerniente a la ética en su relación tanto con lo tecnológico como, por citar algunos ejemplos, con la aplicación en el ámbito de la medicina, en la esfera de lo biológico. Hans Jonas, un pensador que en sus comienzos fue un profundo estudioso de la Gnosis.

Ante el dolor, Hannah exteriorizaba su pena, al tiempo que mantenía la porfía, cobijada en su esperanza activa, como bien dijera Erich Fromm, para con los otros, para con la gente común.

Falto de fundamento es el recurso utilizado por sus detractores respecto de que ella privilegiara la relación con las élites. Por el contrario, Hannah era una forjadora de realidades, por lo que rendía tributo a la amistad, sin claudicaciones ni estratificaciones groseras, sin desapegos ni olvidos, sabiendo tanto estar como ser. Amiga de sus amigos, tenía en la más alta consideración a la amistad y dio pruebas de ello, en más de una oportunidad, época y circunstancias.

Al cabo de un tiempo y ante la muerte de su esposo, Heinrich Blüchner, se pronuncia de manera sublime sobre "la presencia de la ausencia". Expresión ésta que tiene varias derivaciones: recuerdo, permanencia y una suerte de inmortalidad, al estar de los comentarios que de inmediato despertaron sus expresiones. Recuerda, así, la siguiente cita del Kadish, la liturgia fúnebre hebrea: "No te quejes de que se te arrebate algo que te fue concedido pero que no poseías. Has hecho mal si pensaba que lo poseías, si has olvidado que te fue concedido." Arendt, notoriamente, no lo olvidaba.

Al pensar en ella y a partir de su sistema de pensamiento, vuelvo la mirada hacia aquella frase que consta en el Talmud y que expresa que el mejor orador es el corazón y el mejor maestro es el tiempo.

Nuestra pensadora, y digo "nuestra" por su humana condición, por su darse, por su sistemática acción en pro del otro, sin exclusiones y, especialmente, en contra de ellas, por su busca incesante de la luz desde la oscuridad; termina su obra Vita Activa, con una frase atribuida a Catón: "La persona nunca es más productiva que cuando no hace nada y jamás está más sola que cuando está a solas consigo misma". Lo que nos lleva a cuestionarnos respecto de, ¿qué hacemos cuando pensamos?

Cuando una persona piensa, activa la consciencia –despierta un diálogo interior- con lo cual cobra vida el ser interior que dialoga con nosotros y del que ya no se puede huir, salvo que dejemos de pensar, de reflexionar. Dejar tal diálogo, impedir el "encontrarse" con aquello que nos cuestiona y genera diálogo en nuestro interior, sería tanto como el despertar otras entidades, estas sí, de signo negativo, puesto que estaríamos dando paso a la huida ante el pensar, al ser anecdótico y no al ser analítico, que tanto Hannah como otros pensadores propugnaron. Salvo que esta mujer lo hizo desde, y para, la gente en un espacio público en donde se diera la atmósfera, ética y moral, propicia para que un tal proceder tuviera lugar y consecuencia en el humano existir.

Si visitamos su obra La vida del espíritu, encontraremos la siguiente advertencia: "Quien no conozca el intercambio silencioso en el que se examina lo que se dice y lo que se hace, no encontrará nada para contradecirse a sí mismo, lo cual significa que ni está capacitado para rendir cuentas sobre su discurso o su forma de actuar, ni desea hacerlo. Tampoco le importa cometer cualquier tipo de crimen porque puede contar con olvidarlo al minuto siguiente". Prosigue, estableciendo que: "Una vida sin pensar es muy posible; pero entonces no desarrolla su propio ser, y esto no es sólo un sinsentido, también es muy poco vital. Las personas que no piensan son como sonámbulas."

Llaneza, apertura, devoción, dedicación, así supieron definirla tanto sus amigos cuantos sus innumerables alumnos con los que departía luego de las clases, si bien durante las mismas tenía un trato muy claro, muy definido con ellos en cuanto al rol de cada uno en el aula. ¿Dónde, entonces, queda esa idea que Hannah Arendt fue mujer de elites?

En el Antiguo Testamento y de la mano de Isaías (LV,1), podremos interpretar que así como el agua, el vino y la leche, se conservan mejor en vasijas ordinarias –de barro- que en vasos refinados, así también aprovechan más a los humildes que a los orgullosos.

Mutatis mutandi, Hannah Arendt no desperdiciaba la vida en falsas premisas, ella, meramente, saboreaba la vida en vaso de barro.

Una mujer sin barreras, aquella que afirma y hace honor a que "las palabras usadas para combatir pierden su cualidad de discurso; se convierten en clichés", puesto que tal uso no sólo esclarece cuánto hemos perdido la facultad del discurso, sino que también sirve de muestra de cómo solemos recurrir a medios violentos para solucionar, o meramente pretenderlo, nuestras diferencias.

De aquí al adoctrinamiento, media sólo un paso y Hannah quiso advertirnos de tal posibilidad. Por ello, recurrimos, una vez más, al otro principio cardinal del pensamiento arendtiano: la comprensión. Tanto aquella que precede como la que prolonga el conocimiento, en tanto le otorga sentido a éste al visitar, reiteradamente, juicios y prejuicios que hubieren precedido y guiado toda investigación rigurosa.


Agreguemos que una comprensión cabal, amerita el valerse de dos actitudes que benefician su aparición: la humildad y la capacidad de escuchar. Claro está, debemos tener el valor suficiente. "El valor", como indicara Hannah, "libera al espíritu de la preocupación por la vida, convirtiéndola en una preocupación por la libertad del mundo." Y éste concepto es capital para un emprendimiento como el propuesto.

Hannah trabajó largo tiempo en la edición de los diarios de Franz Kafka, a quien admiraba, luego de aprender a conocerlo y valorarlo y extrajo un elemento vital en su conceptualización de lo que llamó "la esfera privada y la esfera pública": el prototipo del perfecto padre de familia –pater familia-, a quien considera un nuevo tipo de hombre convertido en asesino, llegado el caso, por miedo a hacer peligrar su esfera privada.

En una carta dirigida a Gershom Scholem, manifiesta que "considero que el mal es siempre extremo, pero nunca radical, no posee profundidad ni dimensión demoníaca alguna. Puede crecer desordenadamente y destruir todo el mundo porque se extiende como un hongo en la superficie. Pero lo verdaderamente profundo y radical es siempre el bien."

Quedan, obviamente, temas y personas por tratar y considerar. Queda, sin duda, Heidegger, su relación con Hannah así como también la intervención que a ella le cupo en la obra Ser y Tiempo, por ejemplo; queda sin duda la amistad entre ambos; el manido tema de la vinculación política de Heidegger en un triste pasaje de su existencia; resta por tratar su obra Eichmann en Jerusalén y la banalidad del mal o, como ella dice, el peligro "de la irreflexión".

Queda, pues, mucho por abordar pero recordemos que el hombre es un sistema abierto y por consiguiente inacabado. Tiempo habrá, y así esperamos ocurra, para ocuparnos de tales asuntos. Hoy quisimos visitar un sentimiento y un estado del alma.

Recordamos, casi al final de estas meditaciones, a Erich Fromm cuando desde su obra Y seréis como dioses, nos hablaba del halajá, el camino.

Una forma noble de transitarlo, y saberse en él, es el darse al Otro para luego, reconocernos en nuestra unicidad. Por ello, propiciamos al inicio que unos versos de Hannah nos hablaran de la amistad; por lo mismo culminamos con otros versos de ella sobre la Persona.

En el plano de lo sensible, en la renuncia al yoísmo, será posible encontrarnos y reconocernos como personas.

Dejemos que ella lo exprese en sus propios términos:

Persona

Queréis iros del Yo a la Persona

y no sabéis que un tono debe

Sonar primero a través de la imagen,

el tono de la cal

que calma sin quererlo

dulce al entonars

porque, sufrido desde una reconciliación

que funda un nunca-olvido,

enlaza com el más lejano el más lejano corazón.-

Hanna Arendt

Héctor Valle

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Bibliografía:

¿Qué es la política?, Hanna Arendt, Paidós
De la historia a la acción, Hanna Arendt, Paidós
Entre el pasado y el futuro, Hanna Arendt, Península
La condición humana, Hanna Arendt, Paidós
Eichmann en Jerusalén, Hanna Arendt, Lumen
Hanna Arendt-Martin Heidegger, Correspondencia 1925/1975, Herder
Pensar sobre Dios y otros ensayos, Hans Jonas, Herder
La filosofía como profesión o el amor al mundo- La vida de H. Arendt, Alois Prinz, Herder
Hanna Arendt y Martin Heidegger, Elzbieta Ettinger, Tusquets
Y seréis como dioses, Erich Fromm, Paidós
Poesía, Fernando Pessoa, Alianza 30 Editorial
Teeteto o de la ciencia, Platón, Aguilar