El lado oscuro de los tipos
por James Hillman


Artículo publicado en: "¿Quien soy yo realmente? Tipos psicológicos y autorrealización"
Biblioteca de la Nueva Conciencia Kairós.


EL LADO OSCURO DE LOS TIPOS

James Hillman

En Grecia, el concepto typos se utilizaba para referirse a la forma vacía o hueca de un molde de contornos toscamente perfilados. Cuando Platón y Aristóteles comenzaron a utilizar el término, éste tenía la acepción de esbozo impreciso e incompleto que tiene más que ver con una configuración visible que con una forma claramente definida. En la lógica y la epistemología actuales, la imprecisión sigue siendo todavía el rasgo que diferencia al concepto tipo de otras categorías de orden.

Pero es precisamente esta misma imprecisión de sus fronteras la que explica el motivo por el cual los tipos son utilizados con tanta frecuencia en las disciplinas científicas y en las humanísticas. Los tipos pueden entremezclarse fácilmente unos con otros y resulta sumamente difícil establecer una separación clara entre los períodos históricos típicos (Medioevo y Renacimiento), los estilos literarios típicos (épica y tragedia), los distintos grupos típicos de desórdenes psicológicos, de funciones sociales e, incluso, de especies animales. Así pues, las características más distintivas del concepto de tipo son la fluidez, la relatividad y la flexibilidad.

Por consiguiente, parece obvio que los seres humanos tampoco podemos ser encuadrados dentro de un tipo puro porque -tal como acabamos de indicar- los tipos nunca pueden ser puros. Un tipo puro es una clase y las clases se rigen, por tanto, por una lógica completamente diferente que la que se aplica a los tipos. Mi apellido, por ejemplo, comienza con la letra H y fui llamado a filas el año 1944, lo cual me hace partícipe de dos clases netamente definidas. Así, aunque todas las personas cuyo apellido empieza por H o que fueron llamadas a filas en 1944 no compartamos ninguna cualidad específica común, podemos, sin embargo, ser clasificados dentro de la clase H y dentro de la clase 44. Las clases responden, pues, al modelo de pensamiento «esto o aquello» mientras que los tipos, por su parte, se atienen a la lógica del «más o menos». Yo puedo ser un H o no serlo pero no puedo, en cambio, ser más H que T. En lo concerniente al tipo psicológico, no obstante, puedo ser, al mismo tiempo, más extravertido que introvertido, un punto que el mismo Jung planteaba al comienzo de su libro Tipos psicológicos. La extraversión, pues, no excluye per se a la introversión. No resulta sencillo, sin embargo, mantener esta distinción entre clases y tipos ya que, con demasiada frecuencia, confundimos a los tipos con las clases como ocurre, por ejemplo, cuando tratamos de clasificarnos a nosotros mismos de acuerdo a un tipo y separamos, de este modo, el flujo continuo de nuestra naturaleza en fragmentos claramente delimitados y mutuamente exclusivos. Pero esta confusión conceptual entre tipos y clases acarrea, no obstante, muy graves consecuencias. En lo que concierne al ámbito político, por ejemplo, cuando confundimos un tipo con una clase, éste se transforma literalmente en un estereotipo que actúa a modo de lecho de Procusto. Un americano o un alemán típicos traen a nuestra mente una imagen estereotipada que nada tiene que ver con la definición legal de nacionalidad. Sin embargo, si lo típico estuviera constituido por lo nacional, es decir, si la imagen típica fuera la definición de la clase nacionalidad, todas aquellas personas que tuvieran la nacionalidad americana o alemana deberían ajustarse a una imagen estereotipada, lo cual, sin duda, abocaría a la exclusión política y al genocidio. Tendemos a hablar de tipos cuando tratamos de relacionar principios generales amplios con casos particulares individuales. En este caso, los tipos nos ayudan a ordenar en agrupaciones más o menos toscas un amplio número de acontecimientos similares, ya que resulta sumamente difícil trabajar con una cantidad elevada de eventos. En la década de los treinta, Gordon Allport y Henry Odbert compilaron en el Laboratorio de Psicología de Harvard un listado de 17.953 expresiones inglesas -tomadas de Shakespeare o Joyce, entre otros- para referirse a rasgos de la personalidad humana; un listado que incluye términos tan diversos y descriptivos como alerta, reservado, alcohólico, altruista, atractivo, alterado, sensible, hábil, imponente, etcétera. Esta lista no hace sino revelarnos el inmenso vocabulario que tenemos a nuestra disposición en un solo idioma para referimos a la naturaleza humana. Una de las razones de la agudeza actual comparada con la situación presente hace cincuenta años es que la riqueza del lenguaje y la riqueza de la comprensión se apoyan mutuamente. Ya no nos permitimos utilizar el lenguaje ingenuo de aquella época y es por ello que la mayor parte de las expresiones que utilizábamos regularmente para referirnos a rasgos caracterológicos han pasado de moda o se han convertido en un tabú: expresiones étnico-raciales (judío, turco, chicano, prusiano), términos bíblicos (Jeremías, Ruth, Juan), referencias a la clase social (sangre azul, sirviente, golfo, negrito, bastardo). Las nuevas «logías», por su parte, insisten en que este tipo de expresiones son el reflejo de estereotipos y prejuicios que en lugar de ayudamos a ampliar nuestra comprensión tan sólo logran bloquearla. Por consiguiente, estas nuevas disciplinas han introducido su propio lenguaje objetivo y en la actualidad hablamos, en cambio, de «fascista», «neurótico», «descompensado», «obeso», «subdesarrollado», «no realizado», «elitista», «inconexo» y «chauvinista». De este modo, nuestra percepción de los epítetos obscenos se ha desplazado del paisaje de una

raza, un nacimiento o una región inferior al paisaje de un cuer-po inferior. Permítaseme añadir que, si bien poseo un pensamiento ade-cuado, no obstante, el mundo de mis sentimientos resulta más bien pobre. También me doy cuenta, sin embargo, de que exis-ten ciertos rasgos característicos de mi pensamiento que no puedo controlar fácilmente. Me refiero, por ejemplo, al hecho de guardar adecuadamente mi talonario de cheques, compren-der los principios que rigen la teoría de la información, la ló-gica simbólica o la reparación de un aparato de televisión. Asi-mismo, todavía tengo serias dudas con respecto al correcto uso gramatical del «que» y del «cual» en determinadas expresio-nes, el cambio horario o la conversión de grados Celsius en grados Farenheit. Quizás, aun cuando pueda llevar a cabo con precisión, facilidad y comodidad muchas otras actividades analíticas, lógicas y sistemáticas, todo esto no sea más que un índice de las carencias de mi pensamiento. Del mismo modo, también existen ciertas cualidades específicas de mi supuesta-mente empobrecido sentimiento que no sólo no se contradicen con el pensamiento sino que incluso llegan a reforzarlo como, por ejemplo, sentir el valor de una idea excelente y poder di-ferenciarla sutil y estéticamente de otra idea de menor impor-tancia o experimentar las consecuencias éticas de una determi-nada argumentación o de una cierta planificación organizativa. Asimismo, a pesar de las limitaciones de mi función senti-miento, puedo ser un amigo leal, un anfitrión magnánimo y un crítico bondadoso de mis alumnos, puedo admitir y contener mi desesperación y no sentir miedo de llamar a las cosas por su nombre cuando están en juego mis valores. En otras pala-bras, también las particularidades morales y caracterológicas -e incluso la destreza técnica- acaban siendo reducidas a me-ros conceptos tipológicos. Un tipo está compuesto de ciertos rasgos, un tipo es definido como un sistema axial que aglutina ciertos rasgos o que actúa, simplemente, como un principio de correlación carente, por sí mismo, de toda substancia indepen-diente de estos rasgos. Así pues, renunciar a la multiplicidad y la exquisita variedad de 18.000 rasgos diferentes equivale a tratar de reducir la esencia de una persona a un solo tipo. De ese modo, sin embargo, sólo llegaremos a perder de vista el auténtico ser de la persona. La vacuidad de los tipos, la oquedad inherente al mismo término, su «invisibilidad», en suma, suscita además otra cues-tión adicional. Siempre que hablamos de tipos nos vemos obli-gados a citar también ejemplos y casos concretos, ya que los tipos deben ser ilustrados con casos vivos. En este sentido, el propósito del capítulo décimo del libro Tipos psicológicos, de Jung, es el de encarnar las imágenes de los tipos con aconteci-mientos y personas concretas para que, de ese modo, podamos comprender todo lo dicho anteriormente. Peculiar proceso de pensamiento éste, que requiere de la utilización de ejemplos, y que ensombrece el empleo del pensamiento tipológico, espe-cialmente en los campos de la psicología y la psiquiatría. ¿No se corre, acaso, así, el peligro de tratar de llenar una noción va-cía con personas concretas y de crear casos -aun patológicos -para poder satisfacer, de ese modo, las condiciones de una pa-tología típica? Jung jamás aspiró a que su tipología fuera utilizada para encorsetar a las personas dentro de un determinado tipo psico-lógico. El mismo Jung se hubiera mostrado en completo desa-cuerdo con la forma en que su tipología es utilizada experi-mentalmente por el moderno cientifismo clínico propio de los tests de Grey-Wheelwright y de Briggs-Myers. Según Jung: No aspiro a la creación de una tipología psicológica que per-mita clasificar a los seres humanos en categorías ya que esto, en sí mismo, constituye una pretensión absurda.' Existen muchos lectores que han sucumbido al error de creer que el capítulo décimo ("Descripción general de los tipos") de mi libro representa el contenido y el propósito esencial de éste, en el sentido de proporcionar un sistema de clasifica-ción, una guía práctica para poder establecer juicios certeros

sobre el carácter humano... Esta lamentable conclusión, sin embargo, deja completamente de lado el hecho de que este tipo de clasificaciones no es más que un pueril juego de sa-lón... Mi tipología... [no tiene el objetivo de] adjudicar etique-tas superficiales a la gente. No es una fisiognomía... Es por este mismo motivo por lo que he situado la tipología gene-ral... al final del libro... En consecuencia, quisiera recomendar al lector... que comenzara sumergiéndose plenamente en la lectura de los capítulos segundo y quinto, ya que obtendrá de ellos mucho más de lo que pueda proporcionarle cualquier terminología tipológica superficial cuyo único propósito es el deseo completamente improductivo de asignar etiquetas". Entonces, si no se trataba de tipificar a las personas ¿cuál era, pues, en tal caso, el «propósito fundamental» del libro? En este sentido Jung es suficientemente explícito: Su verdadero propósito es el de proporcionar una psicología crítica... El sistema psicológico que he propuesto aspira a ser, primera y principalmente, un instrumento crítico en manos del investigador. Constituye un intento... de pro-porcionar el fundamento explicativo y el contexto teórico que nos permita dar cuenta de la ilimitada variedad de conceptos psicológicos existentes". En la cita anterior, llama nuestra atención la referencia de Jung a la variedad de los conceptos psicológicos y no a la di-versidad de los seres humanos. La psicología crítica, pues, nos brinda un instrumento que nos permite someter a examen nuestras propias ideas y, en este mismo sentido, debemos si-tuar esta orientación psicológica en el ámbito de la epistemo-logía, lo cual no parece sino una simple consecuencia del lugar preeminente que Jung otorgaba al psiquismo. Como escribe Aniela Jaffé: «El alma no puede ser un objeto de conocimien-to ni estar sometida al juicio intelectual sino que, por el con-trario, son el juicio y el conocimiento los que constituyen los objetos propios del conocimiento del alma». Los tipos, por consiguiente, nos proporcionan las antinomias psicológicas fundamentales inherentes a todo juicio psicológico. Una de las consecuencias del uso de una herramienta múl-tiple es el relativismo psicológico. Jung era muy consciente de este hecho y es por ello por lo que uno de los corolarios más importantes de su libro sea el de relativizar y trascender cual-quier postura psicológica. No debería, pues, extrañamos que, en el epílogo del citado texto, diga: "... en el caso de las teorías psicológicas, la necesidad de una pluralidad de explicaciones es algo asumido desde el principio... una comprensión intelectual del proceso psicológico sólo puede abocar a la paradoja y la relatividad.'