Extraído de. Cien años de psiconálisis y todo sigue igual

Michael Ventura y James Hillman Editorial Sudamericana

 

Bienvenidos a la fase de ensoñación

Querido Jim:
Ocasionalmente le he hablado de lo que yo denomino, en el fragor del diálogo, la avalancha": vale decir, los cambios simultáneos y generalizados en todos los niveles de vida y en todo lugar, que han configurado un impulso imparable en su avance acelerado hacia Dios sabe dónde. Hace unos tres años redacté la formulación más clara de lo que quiero decir con ello. Me gustaría reescribirla ahora para usted, añadiéndole ciertas consideraciones en torno de nuestro viejo tema, la terapia, tal y como vayan saliendo las cosas, pues me parece que todo ello cabe en este libro, un libro que no estamos tanto escribiendo sino improvisando (y empleo el verbo en el mejor sentido). ¿Y por qué he de reescribir todo en lugar de simplemente fotocopiarlo y hacerle unos cuantos añadidos? Porque no escribo todo ello con la cabeza: el asunto ha de pasar por mis manos para que afloren los pensamientos. Y si prescindo ahora de esa fase de la escritura que todo el mundo, en especial los críticos literarios, ignora -la cualidad física de la escritura-, acabaré, verdaderamente escarrilándome. Ventura, cállate y escribe.

Así pues: Un inventario de la atemporalidad.
En alguna época, los seres hmanos despertaban con el sol y se iban normalmente a dormir no mucho después que oscurecía. Dependiendo de a qué arqueólogo le crea uno, esto siguió ocurriendo durante un lapso indeterminado que va de un cuarto de millón a tres millones de años. En los últimos cien años ello ha cambiado drástica y definitivamente. Cien años son una parte tan ínfima de la evolución temporal humana que, como colectividad, estamos recién en el segundo inicial de ese cambio; apenas hemos tenido tiempo de pestañear un par de veces. Digámoslo con toda calma: hemos llegado a prescindir de aquello que el tiempo y el espacio están íntimamente relacionados, estar perdidos en el tiempo es estar perdidos a la vez en el espacio. La terapia asume la postura de querer orientarnos pero, como dijo Bertolt Brecht alguna vez, "es muy improbable que lleguemos a vislumbrar las leyes del movimiento si las consideramos desde la perspectiva de un partido de tenis". Ítem: El Banco de la Wells Fargo ha introducido un servicio telefónico permanente durante las 24 horas del día, los siete días de la semana. Estamos ahora en posición de tomar el auricular a cualquier hora, desde cualquier punto, y hablar con alguien, no tan sólo a una máquina, que puede responder a cualquier pregunta imaginable acerca de las propias necesidades bancarias. Esto amplía el término de las necesidades bancarias más allá de todas las definiciones previas y acuñadas en los seiscientos años de la banca occidental. ¿Por qué será que mi banquero se anitcipa al hecho de que yo pueda necesitarlo a las tres de la madrugada del domingo? EN parte, porque no hay forma de saber dónde estaré. Quizás en Tokyo, Barcelona, Moscú, etc., desesperado por saber cuál es mi saldo antes de que un mercado se abra en Berlín o en Hong-Kong. Con todo, un alto porcentaje de las llamadas corresponde al área local de la Wells Fargo y ataña a las cuentas personales, no a las de las empresas. Lo cual significa que, alrededor de la medianoche, en los Estados Unidos, un cierto número de gente común y corriente siente la necesidad compulsiva de interrogar a su banquero.
Y no es sólo que uno esté pensando en su banco a altas horas de la madrugada. Su banco está a la vez pensando en usted. Ha decidido que el límite entre sus propias necesidades y las suyas ha de ser aún más difuso, y al hacer usted esa llamada demuestra que está, en rigor, de acuerdo con esa decisión. Así pues, el banco, una institución tradicionalmente conservadora, ha redefinido un fragmento del tiempo y el espacio. La psicoterapiahabla muchísimo de los límites. En especial en el tema de las relaciones interpersonales y los abusos, se considera que el asunto de los límites es crucial. Yo también hablo aquí de los límites, los límites entre el tiempo íntimo y el tiemop de los negocios; entre el hogar y el trabajo; entre la noche y el día; entre el individuo y la empresa; entre el espacio privado y el público; entre el medio ambiente y la psique. Límites borrosos en todos los casos. Áreas que alguna vez estuvieron bien diferenciadas y ahora se vierten las unas en las otras. El tiempo está dislocado. El espacio se ha vuelto una instancia atemporal. Sabemos que, dentro de la familia, cuando se violan límites de esa magnitud, los individuos comienzan a perder el sentido de su propia individualidad. Históricamente, es claro que ésto está a la vez ocurriendo a nivel masivo. El sistema de llamadas permanentes y cajeros automáticos funcionando las veinticuatro horas del día es, en sí mismo, un detalle insignificante en la vida contemporánea. Pero, como parte de un patrón, nos habla de una población cada vez más habituada a vivir sin un patrón definido. Y que exige cada vez más el vivir sin ese patrón, en el área de los servicios, en tanto lamenta la pérdida del mismo en su ética, su vida amorosa, su pensamiento..., sin tener conciencia de esa contradicción.
Si un individuo exigiera la posibilidad de efectuar una operación bancaria a las tres de la madrugada, nospraecería que su comportamiento encierra un riesgo de algún tipo. Algunos comenzarían a cuestionar otras fascetas de la vida de ese individuo. Cuando una empresa brinda el servicio en cuestión y acaba cumpliendo así con las exigencias de miles de personas, en tal caso, a pesar de lo que los sectores poblacionales más conservadores pudieran preferir en términos morales o políticos, esa opción consumista carente de patrón rompe con los límites que hicieron posible la vieja moralidad.
Habla usted JIm, de la importancia de tratar terapéuticamente el horario de los individuos, pero, vea usted, los horarios de la cultura colectiva han caído en el desorden total, están fuera de todo control, y ella ha sido institucionalizado en la forma de determinados servicios. Ítem: La vida de Clarendon, un pueblo de unos mil cuatrocientos habitantes en Texas, gira en torno de sus varias iglesias fundamentalistas. Como muchos otros pueblos de esa región del país, sigue siendo una zona seca: no es posible adquirir alcohol dentro de los límites del pueblo. Pero, no hace mucho, se instaló allí una tienda de esas que permanecen abiertas las 24 horas y que nunca está cerrada. Y ese tipo de negocios existe hoy incluso en los pueblitos más chicos, en todo el país. ¿Para qué quieren eso en un pueblo así? Hasta hace poco, en el sector de Texas Panhandle, uno podía sintonizar dos, y hasta tres, canales de televisión, dependiendo del clima. Las estaciones en cuestión concluían su programación alrededor de la medianoche, a veces más temprano. Ahora, con el satélite y el cable, hay muchas, muchísimas estaciones, docenas y nunca paran. Y MTV todo el tiempo. Noticias todo el tiempo. Y películas que, de otro modo, nadie hubiera oído mencionar jamás en Panhandle. Así pues, un lugar que ha dependido hasta aquí de su aislamiento para preservar su estilo de vida, de sus reglamentaciones estrictas respecto de lo que estaba permitido dentro de sus límites, de sus arraigados vínculos con lo que imaginaba era la ética del siglo XIX, ha sido penetrado por lo que percibe como un servicio. Ya no está aislado en el espacio ni posee un sentido rural del tiempo. He aquí el equivalente teconlógico de repartir a todo el mundo en Clarendon una dosis de LSD, y no una vez sino todos los días, con el café por la mañana y el té al atardecer.
O considere el caso de Utah, que es propiedad de la Iglesia Mormona, y administrado por ella, un lugar donde no existe la separación del Estado y la Iglesia. Con el satélite y el cable, los shows porno de trasnoche se han hecho muy, muy populares en Utah, lo cual significa que Utah no es ya más Utah a las tres de la madrugada. La noche pone ahora patas arriba a Utah. A esa hora, el espacio ya no puede ser el que pretendía que fuera.
El tiempo y el espacio, en dichos lugares, se han vuelto tentativos, arbitrarios. Y ello en el sentido más concreto y personal. Hay múltiples artilugios en cada hogar, desgastándose en el tiempo y el espacio de esa gente que se ha vuelto adicta a tales artilugios. A nivel consciente, son personas que se perciben a sí mismas como normales, virtuosas y conservadoras y que, desde todo punto de vista, no desean que todo esto les ocurra. Pese a ello, algo opera sobre ellas, cierta avidez a la que se ciñen sin pensarlo ni con un plan determinado, en virtud de lo cual se abandonan a ciertas actividades que, minuciosa aunque sutilmente, socaban sus supuestos más valorados. Quieren más y más límites, aún cuando viven cada vez más sin esos límites. ¿No es juto, entonces, presumir que algo más, algo más profundo dentro de ellas, genera ese anhelo de carácter subversivo?
Pobre la psicoterapia, queriendo tratar la anorexia de Annie o la bulimia de Jill, el alcoholismo de Bobby o la adicción al trabajo de Jack, dado que todos ellos viven en medio, y son expresión, de una avidez colectiva sencillamente voraz que va devorando, en efecto, los límites de la sanidad por todas partes.
Ítem: La lamparita eléctrica, que es una invención de hace apenas cien años, es utilizada en forma generalizada desde hace unos setenta años, poco más o menos. Ella marcó, a nivel tecnológico, el principio del fin del tiempo lineal. Antes de la lamparita, la oscuridad comprimía el espacio humano. Particularmente fuera de las ciudades, la noche encongía el espacio reduciéndolo a la distancia de un brazo, apenas (de hecho, la luna abunda con tal asiduidad en nuestra iconografía porque era, precisamente, el factor que le permitía a uno adentrarse un poco más en la noche, pero rara vez brillaba lo suficiente y a menudo estaba oculta por factores climáticos). Hoy en día hay escasísimos lugares en los Estados Unidos que estén verdaderamente a oscuras durante la noche. Incluso el resplandor de un puelbo menor puede verse desde varios kilómetros a la redonda. La luz nos brinda todo el espacio que anhelamos, a la hora que queramos. Ello da pie, en ocasiones, a ciertos eventos psicoactivos d proporciones monstruosas. Los desfiles de Hitler en Nüremberg, esos miles y miles de personas con el brazo en alto por las noches, hubieran sido imposibles sin la existencia de focos reflectores. La luz crea el espacio necesario, atenuando los límites del tliempo. La fase de ensoñación se transforma en un tiempo para la expresión (acting out) de la pesadilla. ¿Qué es la vida nocturna -como se la denomina- sino el intento de encontrar en la noche real la clase de cosas que alguna vez, y raramente, ocurrieron fuera de los sueños? Ítem: El automóvil es un espacio privado con el que se puede ir a cualquier parte en cualquier momento. El cuarto de un motel garantiza eso mismo: que donde sea que uno vaya habrá un espacio para uno: un factor único de la vida contemporánea y ajeno a cualquier sociedad previa. Pero el hecho de que haya un cuarto esperándolo a uno en cualquier parte hace que el lugar en que se halla sea de hecho insustancial. De ese modo, se vuelve uno una entidad fugaz, sin haberlo elegido. Solía definirse la fugacidad humana casi exclusivamente en función de la muerte. En la actualidad, la multiplicidad de opciones disponibles hace que todos seamos entes fugaces, todo el tiempo. Y hoy, para la mayoría, hace que cada elección individual resulte tentativa, a niveles casi insoportables. ¿Por qué estar donde se está, y ser quien se es, cuando puede estar fácilmente en otro sitio, comportándose muy probablemente de un modo distinto (tener en cuenta que ésto está escrito antes de la popularización de internet...) Una vez más se trata de una pregunta que incluso el ciudadano promedio de nuestra sociedad, en términos demográficos, se hace hoy con frecuencia. ¿No es esperable que ello aumente cada vez más su propia incertidumbre? En virtud de lo cual anhelan encontrar esa certidumbre en los lugares equivocados: en la política, que siempre ha sido incierta; en el amor y el sexo, donde nunca nada deja de ser incierto. Muchas de esas personas culpan de la incertidumbre, de esa cualidad tentativa de sus vidas, al liberalismo, el humanismo, el relativismo y todos los comportamientos que arbitrariamente relacionan con dichos términos. Lo real es que alguna vez fueron prisioneros del tiempo y el espacio, y ya nunca más volverán a serlo, y sucede que echan en falta desesperadamente los muros de esa prisión en particular.
¿Cuánto tiempo nos llevará habituarnos a la atemporalidad? He aquí una pregunta histórica crucial. Pues hasta que nos aclimatemos, seguiremos anhelando soluciones reaccionarias que sólo pueden acrecentar el caos reinante. La psicoterapia va, por desgracia, un paso detrás en reflexionar acerca de estas cosas, pues bien podría jugar en dicho proceso, un papel crucial, podría servir para que miles de individuos adquirieran conciencia de tales cambios y de sus efectos precisos. Y ello, a su vez, puede introducir cambios en los cambios habidos (en qué dirección, no puedo predecirlo). Cierta gente ha de comenzar a reflexionar en torno de estos asuntos, en los términos de la psicología, porque es obvio que, sin el marco teórico adecuado, la terapia no puede entrar a lidiar con ellos en la consulta..., al menos no en escala suficiente para que sean absorbidos por la cultura como un todo.
Para dar paso de una vez a dicha reflexión, puede ser de utilidad examinar la raíces de donde proviene esa práctica moderna de destruir el tiempo y el espacio personales.
Y aquí volvermos al cristianismo, pues esa destrucción se inició, querámoslo o no, con Jesús. Boris Pasternak, en Doctor Zhivago, lo vió muy claramente: "En el primer milagro occidental, tenemos a un líder de masas, el patriarca Moisés, dividiendo las aguas con un gesto de su mano, permitiendo a toda una nación -infinidad de personas, cientos de miles- que las atravesaran... En el segundo milagro tenemos a una muchacha joven -una figura cotidiana, que habría pasado inadvertida en el mundo antiguo- pariendo a un niño, silenciosamente, en secreto... ¡Qué cambio tan significativo! ¿Cómo pudo ocurrir que un hecho humano individual, insignificante según los criterios de los viejos tiempos, fuera considerado ahora equivalente en su significación a la migración de todo un pueblo?... La vida humna individual se convirtió en la historia de la vida del propio Dios, y sus contenidos vinieron a llenar las vastas extensiones del universo." No sabemos cómo pudo ocurrir, pero sí conocemos la vastedad de sus frutos. El el judaísmo, Dios redimía a toda una raza. En el cristianismo, Dios lo redime a uno en una inversión absoluta de la metafísica tal y como era practicada en todos los parajes del globo. En todas partes, con la probable excepción del budismo más refinado, la idolatría era siempre de carácter tribal: un pueblo propiciaba la existencia de una deidad a cambio de favores comparativamente menores. Pero ahora, en Occidente, el individuo tenía derecho a la atención plena e indivisa del universo: un cambio asombroso en el espacio individual y el tiempo, que era eterno.
Era, el universo en que todo ello ocurrió, un mundo bastante más reducido, inferior, rígidamente estratificado -un mundo en el que la mayoría no poseía nada y no podía ir a ninguna parte-, por lo cual demoró unos mil quinientos años que este cambio arraigara verdaderamente. Primero vino la creación de la perspectiva en la pintura; la vivencia individual del espacio saltó por sobre los límites previos hacia un fondo infinito que se perdía en la distancia. El primer plano lo había sido todo hasta allí. Ahora, el primer plano era arbitrario, se había empequeñecido a causa del fondo. Pero el gran catalizador del cambio fue el viaje de Colón a América en 1492. El sueño inherente a la perspectiva plástica se había hecho realidad. El fondo deslumbrante y, para todos los efectos y propósitos, infinito, iba ahora a ser "cartografiado". Europa y el resto del mundo tenían ahora adónde ir. No era preciso ya que nada fuera permanente. Algunos europeos se marcharon allí por elección propia, otros fueron arreados. Los africanos fueron arrancados de sus tierras ancestrales por la fuerza; los indios americanos fueron expulsados de las suyas. El aglutinante social de toda cultura en la historia del hombre, la relación de un pueblo y su tierra, un espacio particular, se había desintegrado.
Y una vez desintegrada la vivencia del espacio, era sólo cuesitó de tiempo de que sobreviniera el instante propicio que también el tiempo quedara desintegrado. El sentido cristiano del individuo como centro del universo disponía ahora del espacio para hacerse realidad a diario. Más tarde, la invención tecnológica de la atemporalidad -esa instancia en virtud de la cual ya no era relevante para la actividad humana qué segmento de la jornada fuera- habría que engendrar a la vez, en el contexto de dicho espacio, la no espacialidad. El individuo, el centro del universo, no disponía ya de un suelo definitivo en el cual pararse. Neil Armstrong en la Luna es la nueva imagen de lo que significaba ser humano: en medio del espacio infinito por los cuatro costados, viviendo en función de varios tiempos a la vez, llevando desesperadamente a cuestas la propia unidad potenciadora, la propia provisión de aire, diciendo frases triviales para conformarse y conformar a los demás, a varios cientos de miles de kilómetros de distancia, que bien podían, o no, estar oyéndolo.
No ha de extrañarnos, pues, que los Estados Unidos hayan abandonado la exploración de otros planetas en las dos décadas siguientes. Los intelectuales del signo liberal adhirieron a la imagen de la tierra suspendida en el aire, sobre la luna, y se declararon maravillados con todo ello, señalando que esa nueva percepción de la tierra, de carácter global, habría de consolidar de una vez la paz mundial. Pero, en otros niveles, la sociedad quedó estremecida interiormente, en mayor grado del que permitía suponer la euforia exterior, por la precariedad de ese hombre extraviado en el espacio-tiempo, lo cual hizo rebrotar el temo de la caída, la asfixia, temores impresos en nuestros genes. ¿Cual es la prueba de ello? Hasta no ver a ese hombre lunar, el impulso colectivo de explorar el espacio era exhuberante, luego de verlo, se diría que decayó por completo. Pero, desde aquel alunizaje, hemos ido más lejos que los astronautas en el tiempo y el espacio. Hoy en día, con la instantaneidad electrónica al alcance de nuestros dedos todo el día y la noche, bien pueden los pequeños pueblitos de Texas y Utah transformarse en una nueva luna, en virtud de la estabilidad temporal que uno detecta en ellos.
Tenga cuidado al desear algo, porque bien podría ocurrir que lo obtuviera. Occidente ha conseguido aquello que anhelaba desde el nacimiento de Cristo: hoy se apela directamente a cada individuo, a cualquier hora, desde un universo infinito.
En la mitología bíblica, a esta condición del ser le seguía el Apocalpsis.
Bienvenida a la "fase de ensoñación", nena.
Porque, ¿qué es el Apocalipsis? En la revelación bíblica se lo describe como la irrupción de la bestia: "Entonces vi subir del mar a una Bestia con siete cabezas y diez cuernos, en los cuernos diez coronas, y en las cabezas blasfemias que desafiaban a Dios. La bestia que yo veía era semejante a una pantera, aunque tenía patas de oso y boca de león; el Dragón le entregó su propio poder y su trono, con un imperio inmenso (...). Entonces la tierra entera, maravillada, siguió detrás de la Bestia (...) ¿Quien es como la Bestia y quien podría competir con ella?

Desde la antiguedad hasta los tiempos de Freud y Jung, el mar es el gran símbolo de la psiquis humana. Así que la bestia es la manifestación, en el mundo de la vigilia, de lo más profundo dentro de la psiquis. Es una imagen de varios estratos y múltiples cabezas, una imagen de simultaneidad, que en sí misma es percibida con un gran poder. "Y en las cabezas blasfemias que desafiaban a Dios": se espera que, cuando esta bestia psíquica aparezca, vendrá a desafiar todas las leyes existentes. Los temerosos autores de la cristiandad más temprana intuían lo que venía: al centarse en el individuo, el cristianismo contribuiría a develar tarde o temprano los secretos de la psiquis, pero de forma que vendrían a contradecir su ética consciente. Y veían todo ello, literalmente, como el fin del mundo.
Pero quizás habían configurado un mito demasiado concreto. Es el fin de un mundo, ciertamente: el mundo en el que la vigilia y el sueño están rígidamente separados entre sí. Cuando la "bestia" se alza del "mar", los elementos surrealistas de nuestra vida onírica se transforman en los hechos cotidianos de la vigilia.
Puesto que hoy, en las postrimerías del siglo XX, vivimos en el espacio-tiempo del sueño. EN los cambios instantáneos del sueño, con sus metamorfosis imprevisibles, con la violencia aleatoria de todos ellos, con la sexualidad arquetípica, esa casacada permanente de imágenes supercargadas, esa sensación amenzante de que en todo ello late un significado múltiple. Durante unos doscientos cincuenta mil años, este paisaje onírico solía rodearnos únicamente en el sueño o en el dominio del arte, una experiencia sólo para unos pocos, o en determinados ceremoniales religiosos cuidadosamente orquestados. Hoy, en nuestro medio electrónico, el universo del sueño nos dá la bienvenida cada vez que abrimos los ojos. Es ese "algo profundo" dentro de nosotros lo que crea esos anhelos, y más anhelos, y más anhelos, de carácter subersivo. La psiquis, largo tiempo reprimida, tan incontinente entre los conservadores como en los espíritus bohemios, entre los capitalistas como en los socialistas, entre lo evangélicos y los ateos, ha sido finalmente liberada para nutrirse del mundo exterior y así desarrollarse.
EN cualquier otro siglo, hubo siempre una separación evidente entre lo que se denominaba lo inconsciente y lo consciente. La vida cotidiana e individual estaba más o menos ordenada, por más injusta o desagradable que puediera ser, y los malentedidos cacofónicos quedaban para ser procesados en los sueños. Pero hoy en día vivimos en un medio de una cultura tecnológicamente alucinógena que se comoprta con la misma dinámica repentina de los sueños, que duplica las circunstancias del sueño. La tecnología proyecta el inconsciente en inifinidad de objetos y personas. Lo que diferencia al siglo XX de otros es que cada vida individual es una progresión diaria a través de un paisaje conconreto pero fluctuante de las proyecciones de la psiquis. El surrealismo, la simultaneidad, la sexualidad y el cambio instantáneo propios de nuestros sueños también ocurren hoy a nuestro alrededor. Así pues, la condición de nuestro inconsciente es hoy también la condición de este medio físico que hemos edificado para nosotros mismos. Y, como Freud fué el primero en señalarlo, "en el inconsciente no exite el tiempo". Sin tiempo, no puede haber espacio. SIn tiempo ni espacio, los filtros, canales y límites tradicionales de la conciencia acaban diluyéndose. Nos desplazamos tambaleantes entre un sueño y otro: entre los sueños de cuando estamos dormidos, que nos hablan por sí  mismos, y el paisaje onírico de la vigilia en el que nos abrimos paso a través de millones de fragmentos oníricos que chocan a nuestro alrededor, cada uno de los cuales goza de un momento fugaz de hegemonía.
Era tan fácil, o eso nos parece ahora, querer a ese mundo de un tiempo y un espacio rígidos. El mundo era un mundo, subsistía lo suficiente para serlo y nos daba tiempo para que aprendiéramos a quererlo. Pero cómo valorar hoy esta condición de flujo total, en la que el tiempo ha saltado hecho añicos y el espacio ha sido a la vez elongado y comprimido más allá de las dimensiones racionales.... Un mundo que intentamos querer, hay amor suficiente en nosotros para brindárselo, pero no sabmoes cómo hacerlo, nadie lo sabe. Con todo, la vida diaria orbita en torno de lo que somos y no somos capaces de amar. Así que los cambios de nuestro tiempo y espacio han alcanzado los fundamentos de lo que hacía vivible nuestra vida diaria y lo que nos parecía más querible de los unos y los otros.
Pese a lo cual nosotros hicimos el mundo así. Nos lo tragamos instantáneamente y, sin haber recobrado el aliento, estábamos pidiendo más. ¿No será que nuestro objetivo colectivo es el de revivir la psiquis enfrentándola a cada momento a su laberíntica imagen física? ¿Será que hemos creado este universo variadísimo, atemporal, no espacial, para finalmente aprender a vivir dentro de y emplear nuestra propia psiquis, inmensa, cacofónica?
¿Será el éste el impulso colectivo de nuestra historia? ¿Una exigencia de orden genético? Individualmente, nos parece que el medio contemporáneo se ha impuesto a nosotros, pero colectivamente -me parece a mi- somos nosotros quienes hemos hecho este mundo. Y, tanto individual como colectivamente, hemos otorgado una ansiosa bienvenida a cada expresión aislada que ha provocado este cambio colectivo. La radio, la televisión, el teléfono, las lamparitas, los automóviles, los aviones, los discos, las computadoras..., todos los ladrillos con que se ha armado la vida contemporánea en todas sus manifestaciones han sido aprovechados en todas partes del mundo. No basta con responsabilizar de ello al capitalismo o al consumismo. La extrema avidez que se percibe en esa acogida del mundo a esta tecnología alucinógena, entre los más diversos tipos de gente, es la prueba de la mayor de las nostalgias.
Pues la psiquis humana es una de las mayores fuerzas de la naturaleza y, lo que es más de temer respecto de esta teconología del espacio-tiempo, es que ella nos expone a esa fuerza dentro de nosotros como ningún otro factor lo había hecho antes. EStamos en la tormenta de nuestro propio ser. Parados en medio de un universo creado no por Dios (salvo indirectamente), sino por nuestra propia psiquis. Y es, innegablemente, nuesro destino, así que debemos enfrentarnos al hecho de que bien puede ser nuestro hábitat natural. Hemos rotos, querámoslo o no, con todas las antiguas rigideces, todos los límites que considerábamos naturales en sí mismos, y nunca volveremos atrás. Es una nueva naturaleza. El sueño se ha hecho realidad. Y en ese hecho en particular resuena el que tal vez constituya el gran parlamento de nuestra cultura: "La responsabilidad parte de los sueños".
Este es, el territorio desconocido que, me parece, la psicoterapia ha de explotar o bien abandonar al sinsentido. Es el espacio en blanco en el mapa, donde los antiguos navegantes escribieron: "Aquí habitan los devoradores de almas".

Michael Ventura.